Noticias de domingo, por Cristian Acevedo

El autor nació en Argentina y tiene treinta y tres años. Con «Fortaleza alemana» fue finalista en la Convocatoria de Cuento Digital Itau 2012. Y con «El domingo en que por fin llovió», fue seleccionado para edición digital de FIN.ELALEPH.COM 


El domingo arrancó con el Gordo Gómez —el que cría chinchillas— gritando desde la vereda.
Yo me asomé para vaciar la yerba del mate y lo vi haciendo equilibrio en el cordón, lanzando no sé cuántas puteadas para lo del Herrera, que no tardó en abrir la puerta del pasillo.
Y ni bien me llegó el ruido metálico de las llaves y el rebotar de las sandalias del Herrera, me apuré en tirar la yerba bajo la sombra del limonero y me mandé para adentro, porque estaba claro: había quilombo en puerta.
—¿Qué te pasa ahora, Gordo? —dijo, y ahí nomás cerré la cortina y traté de concentrarme en mi lectura.
—¿Que qué me pasa, que qué me pasa? —gritó el Gordo, y su voz de rockero pesado hizo calentar a los dóberman de la esquina, que empezaron a ladrar. Y enseguida se les acopló el resto: todos los perros de la cuadra —más de veinte o treinta— ladraban desbandados. Bah… todos menos el Conan, el siberiano del Herrera: como la va de lobo, se mandó con uno de esos aullidos punzantes que asustan hasta al menos supersticioso. Porque es bien sabido: cuando un perro se compenetra en su papel de lobo, alguno de por ahí ya es fiambre, o en cualquier momento le cae la parca y se lo lleva. Es así. No tenía dudas antes, ni las tengo ahora. No después de lo que pasó.
Y con semejante barullo yo no puedo leer. O puedo, pero en seguida me pierdo y tengo que volver al principio para ver qué carajo estoy leyendo. Así que prendí la tele y me mandé derecho para los canales de deportes, que transmiten desde temprano los partidos de la Champions.
—¿Que qué me pasa? —había dicho el Gordo, y fue él mismo quien respondió—: Que ya no te alcanza con estacionarte donde se te canta el culo con ese autito de mierda. Eso ya no te alcanza. Ahora me tenés que afanar el diario también. Porque vos sos así, Herrera: bien forro sos. Hasta el diario me tenés que afanar. ¿Pero sabés una cosa, Herrera? A los forros como vos, a los boludos como vos, yo los tengo bien junados. Y es hora de que sepas que conmigo no se jode.
En la terraza, la Silvana tendía la ropa del Gordo: un par de camisas celestes, vaqueros engrasados. Cuando le llegó la voz del dorima, dejó todo a medio hacer y desapareció de mi vista.
—No sé de qué me hablás, energúmeno —dijo el Herrera, que no gritaba, pero yo igual lo oía clarito porque la medianera es baja y, a esa hora, a no ser por los perros y algún que otro zorzal, la cuadra es bastante silenciosa.
Intenté no darles bola, porque yo me conozco y termino siempre en el medio del bardo. Y no va a ser la primera vez que me ligue una ñapi por irla de referí. Pero todos los canales se veían con lluvia, y como el cable lo pagamos miti miti con el Herrera, no tuve otra que apagarla y quedarme viendo cómo avanzaba el asunto. Porque con lo caldeado que estaba el clima en la calle, no iba a salir para pedirle que me revisara la conexión. Así que me prendí un pucho, abrí la ventana y me quedé con la nariz pegada al mosquitero.
—Yo no leo los diarios de mierda que leés vos —dijo el Herrera, poniendo los brazos en jarra—. Y si sos tan picante, cruzá nomás. Yo no me rajo a ningún lado. Pero si cruzás, si ponés un pie en mi vereda, te coso el orto a balazos.
No llegué a ver si andaba calzado, pero lo vi levantarse la remera y palmearse la panza. Y en el barrio es bien sabido que el Herrera anda enfierrado, así que seguro. Porque la fama ya la tiene. Si no hay Navidad que no se empede y festeje a los tiros. Y la cara del Gordo Gómez lo dijo todo: tiene fama de guapo, pero igual los ojos se le pusieron como el dos de oro, y reculó.
—El diario metételo en culo, forro —dijo dándose vuelta—. Y a mí no me hacen falta balas para mandarte al carajo. No me hace falta cruzar la calle.
Al final se metió por el pasillo donde tiene encanutados a sus bichos.
Todo parecía calmarse: al fin de cuentas, este domingo no había empezado muy distinto a cualquier otro. Por la ventana entreabierta se filtraba el olor a parrilla. Y el chamamé de los paraguayos de la vuelta se confundía con la propaganda del Gran Circo Júpiter, con la avioneta sobrevolándome justo.
Encendía la hornalla con la idea de seguir mateando, cuando el chirrido de la puerta del Gordo Gómez me alertó. Puse la pava a las corridas y volví a mi puesto en la ventana.
Gómez y su hijo el mayor se estaban atrincherando detrás de una pila de ladrillos huecos. El gordito se asomaba y se soplaba el flequillo. Gómez le decía algo, le daba indicaciones, y él asentía con la cabeza.
Al principio me pareció que eran piedras, cascotes que habían juntado de entre los escombros que le sobraron del cuartito para sus chinchillas. Pero después me apiolé: eran huevos los que estallaban contra la pared del Herrera. No llegué a contar, pero habrá sido un maple entero. O más: cuarenta, cincuenta huevos. ¡Qué desperdicio!
Lo vi salir al Herrera en calzoncillo —fierro en mano—, el pelo húmedo, los ojos revirados y los tatuajes de la espalda a punto de estallar. El elástico del calzoncillo dejaba ver más de lo necesario: desde mi ubicación, la vista era bastante patética, como se dice.
El otro le apuntaba con una de esas escopetas que más vale que no te agarren porque no la contás.
—Estoy esperando que te muevas para enseñarte cómo son las cosas, forro —dijo el Gordo Gómez, con su pibe acobachado entre los ladrillos—. Forro, forrito, puto —y no sacaba el ojo de la mira de su escopeta.
El Herrera hizo un gesto que no alcancé a ver del todo y cerró de un portazo. El Gordo Gómez se rajó por el pasillo sin darle la espalda y sin dejar de apuntar. La cosa estaba clara: ninguno cruzaría para averiguar qué tan en serio hablaba el otro. Porque se venían midiendo de larga data, pero nunca habían llegado tan lejos como ese domingo.
Para esa altura, la pava silbaba y escupía vapor por el pico, así que apagué la cocina y me prendí otro pucho.
Lo que vino después, es de no creer.
El Herrera sacó los parlantes a la vereda. Arrancó con todo: unas cumbias clásicas que sonaban a todo volumen y que a Gómez —rockero viejo— tanto lo jodían.
Ya no se oían ni los chamamés ni los ladridos ni los zorzales. Solamente el chingui-chingui del bafle del Herrera. Eran las dos y pico de la tarde, plena siesta. Teniendo enfrente una de cowboys, ni de comer me acordé.
Más tarde cayeron unos amigos del Herrera y un par de pibas, y armaron flor de joda. Ahí nomás, en la vereda. En el aire tenso, corrían las birras, las carcajadas.
—Gordo cornudo —se escuchaba de alguna de las pibas atrevidas.
—Gordo puto —decía algún otro, y Herrera se cagaba de risa para que lo oyera todo el barrio.
Ahí fue que salió la mujer de Gómez, la Silvana, con un armatoste tipo aspiradora. Iba y venía sonriendo, con aires de acá-estoy-yo, rociando las plantas con un líquido verdoso que largaba tal baranda que tuve que cerrar la ventana para no vomitar.
—Hormigas putas —decía la Silvana, sin levantar la mirada del piso. Sin dejar de disparar ese ácido inmundo—. Qué putas que son las hormigas, bien putas. Qué putas que son. Qué putitas baratas… Concha pa’ arriba van a quedar.
Y anduvo echando esa mierda de veneno como media hora, que ya me picaban los ojos. Y no paró hasta que los de Herrera decidieron seguir la joda puertas adentro.
Al rato, todo se calmó.

Cinco o seis de la tarde.
Un nuevo griterío me arrastró de narices a la ventana.
—¡No, gordo hijo de puta, no! —gritaba el Herrera—. ¡No, Conan, no! —repetía cada diez segundos. Y ahí me di cuenta de que su siberiano ya no podría alcahuetearle más a la parca: ella ya se lo había llevado, pobrecito.
Y no sé qué carajo fue lo que le hizo el Gordo al Conan. Pero, si tengo que apostar, le pongo un par de porotos a que le metieron algún bife con vidrio molido. Pero eso va por mi cuenta, porque la posta de lo que le pasó —la posta posta— no la tengo.
Y el Herrera, no me pregunten cómo hizo, se contuvo y ni se asomó a la vereda. Y yo ya le entregaba el cinturón de campeón al Gordo Gómez por nocaut técnico. Pero, cerca de las ocho, el Herrera tuvo su venganza. Primero, la explosión y el ruido a vidrios rotos. Y, bien seguido, un destello que me llevó a tirarme al piso y taparme la bocha, porque un veterano esas costumbres no se las saca nunca.
Pero cuando me apiolé de que era fuego nomás, me acerqué sin levantarme y abrí la puerta desde el piso. El humo —más lo sospeché que lo vi— venía del fondo de lo del gordo Gómez.
El Herrera estaba plantado en su vereda, un brazo apoyado en el canasto de la basura, el otro sacudiendo el .38 como diciendo salís y te quemo. Se lo notaba más duro que de costumbre, satisfecho con el incendio que había provocado. Y yo ahí medio que iba a salir, porque al final el día terminaba en tragedia. Pero, cuando me pareció que ya podía pararme y relojear mejor para lo del Gordo, me di cuenta de que el Herrera había sido medido. Había sido diente por diente: el cuartito a medio construir de las chinchillas ardía con los bichos adentro. Chillidos, jaulas sacudiéndose, tufo a pelo quemado y a carne quemada.
Y el Gordo salió como un toro y se puso a llenar unos baldes, mientras la Silvana intentaba apagar algunos focos con el líquido ese para las hormigas.  Pero cuando medio lo tenían controlado, las chapas se vinieron abajo. De los bichos, ni noticias.
Los vecinos se asomaron, pero en esas cosas nadie se mete. Son asuntos personales. Y distinto hubiera sido si le incendiaba la casa con los pendejos adentro, pero el Herrera se ve que se midió.
Después de eso, no supe más. Ninguno volvió a salir. A lo mejor entendieron que su batalla terminaría con uno muerto y el otro sopre. No había forma de que la sacaran barata.
Igual yo me mantengo alerta, por si otra vez se calzan los guantes. Porque es fija: en cualquier momento, estos dos terminan a los tiros.

Todo por un diario que vale… ¿cuánto? ¿Diez, doce mangos? Un rollo de papel lleno de mentiras y que tarde o temprano termina en la parrilla o envolviendo milanesas.
De haber sabido que se armaba tal embrollo, me mandaba para lo del Gordo y se lo devolvía, nomás. Qué tanto quilombo.

***
Ilustración: especial para Revista Corónica de Pedro Ismael Toloza

3 comentarios:

  1. Genial desenlace, ¡me encantó! Mis felicitaciones, Cristian.

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    1. Celebro que te haya gustado, Noelia. Mil gracias.
      Cristian.

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  2. muy bueno Cristian , felicitaciones.

    Adrian Casco .

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