Por John Better

Cruising (Una intención gay)

Cruising
(Una intención gay)


Al igual que el pájaro que lleva en su jaula, el muchacho negro silba una tonada que me es familiar. Yo lo voy siguiendo por un estrecho camino del monte denso.

-Es por aquí, dice él señalándome una cueva de follaje.
El pájaro en la jaula se agita nervioso. Se golpea con violencia hasta ensangrentar sus plumas. Luego se queda quieto.
El monte habla incesantemente: el canto de diversas aves, croar de ranas en alguna poza cercana o el reptar de alimañas al acecho.

El chico cuelga la jaula de una rama saliente y se quita la camisilla. Su flaco pecho exhibe algunos tatuajes verdosos: el escudo el Junior, un pato Donald mal dibujado, un ancla y una cruz.

-¿Te gustan?
-Sí, contesto.

De su calzoncillo saca una pelota de papel periódico y la desenvuelve. El aroma de la yerba se impone y se mezcla con el del monte regado por los últimos aguaceros. Enciende el joint y al instante sus ojos se atizan. Estamos sentados uno frente a otro. Su ancha pantaloneta recae hasta su entrepierna. Me pasa el joint. Le doy solo dos aspiradas.

-¿Ya?
-Sì, es suficiente para mí, le respondo.
Lo apaga y guarda la chichara en una caja de fósforos, no sin antes echarle una bocanada de humo al pájaro.
-Ey, yo te he visto en los periódicos. ¿Tú qué eres? Pregunta con curiosidad el muchacho negro
-Debes estar confundido, yo no soy.
-Nada, eres tú.
-Ya te dije que me debes estar confundiendo, además yo no vine a hablar.

Hay más tatuajes, en su ingle: un nombre: “Cecilia”. En su pierna izquierda: lo que parece ser una silueta femenina. En la derecha: una hoja de marihuana y un rosario. Su pubis huele a yerba y papel periódico. El pájaro en la jaula, canta, podría jurar que es algo de Vivaldi. Mis rodillas se hunden ligeramente sobre la tierra húmeda. Él tensa los músculos de sus piernas, y empuja mi cabeza con fuerza, trato de zafarme pero es inútil: un espeso torrente de esperma golpea mi garganta. El muchacho negro sale de mi boca y una de sus manos acaricia mi mejilla. El sol empieza a caer.
-Te compro el pájaro.
-¿Cómo?
-Lo que dije.


-No, nada, no lo vendo. Te vendo este, dijo mientras se agarraba la verga.
-No, quiero el que canta.
-A este monte vienen muchos vales con jaulas a cazar, puedes hablar con ellos.
El muchacho negro se puso la camisilla y descolgó la jaula de la rama donde la había colocado.
-Me das lo mio, dijo él.
-Toma lo tuyo, le contesté, nuestras manos s e unieron en el más efímero de los pactos.

-Tú eres el que sale en los periódicos, fue lo último que dijo y se alejó silbando. El pájaro en la jaula permaneció callado, atento al sonido que emitía. Oyendo, tal vez con algo de lástima, aquella desafinada melodía que su dueño entonaba.

Relacionados

0 comentarios:

Publicar un comentario

RevistaCorónica se reserva el buen gusto de retirar del foro los mensajes que sean ofensivos