Por Jose Hoyos

Indulgencias y fotografía




Mi abuela decía que ganar indulgencias con padrenuestros ajenos era doblemente infame: usurpar algo que es esfuerzo de otro, y pretender crédito por ello. El mérito, esa contingencia tan exaltada y tan amiga de lo injusto, engañifa de lo prometeico, consiste en lo que hace a alguien digno de un merecimiento, la siembra que, se espera, eche frutos. La imagen que acompaña esta publicación es del chileno Sergio Larraín, el poeta del encuadre, fervoroso maestro de la fotografía del siglo pasado. Andaba por el mundo con su Contax 1.2 buscando una imagen que vivificara el concepto que ya traía en la cabeza. A veces pasaba meses enteros sin disparar la cámara, solo buscando. Primero veía en abstracto. Luego, al encontrar lo buscado, veía en concreto: ángulo y encuadre son el alma de la imagen; los esquivos chispazos del arte tardan en descubrirse porque “uno se demora mucho en ver”.

Nereo López, otro grande de la fotografía, desdeñaba las cámaras: “Uno es el que dice dónde está la foto. Las cámaras solo son impresoras: imprimen la foto que uno ya tiene adentro”. La fotografía artística supone un vínculo directo con las emociones, con una estética de la percepción. Eso habla, por tanto, de exigencias de tiempo y esfuerzo, como todo arte verdadero. Se debe tributar esfuerzo en la búsqueda y agudeza en la capacidad de observación para que esa imagen, solo ese diminuto, huidizo y evanescente pedacito de tiempo y espacio, termine contando una historia entendible para cualquier espectador de cualquier tiempo, y que además le punce las emociones. Entre la fotografía artística y la mera obturación de una cámara existe la misma diferencia que entre la nota de una flauta y el chirrido de una bisagra sin aceitar.

El mérito es habitué de las fórmulas religiosas. Como ellas, ha pasado a entablar demagógicas relaciones con la burocracia. Es una idea que se mueve en el resbaladizo terreno de la justicia. Despacharse una serie de padrenuestros es entendido, por muchos, como cierto tipo de mérito: la pleitesía, la penitencia, el tributo. La tradición cristiana estableció la promesa de que las oraciones tienen un efecto benéfico en las personas. El mérito de la oración, dicen, es que nos vincula con una divinidad superior y que de esa relación algo bueno quedará. 

Pero, si me preguntan, diría que mecanizar una oración que dura menos de medio minuto es tan fácil como disparar la cámara del celular frente a un atardecer, una cascada, una playa, la luna, y después regar la imagen por las redes sociales en busca del elogio, como diciendo miren lo que hice, miren el fotógrafo genial que soy, prodigo sensibilidad, merezco su respeto y admiración. Primero es el autoengaño, después, el engaño elevado a escala de masa, y finalmente, la popularidad. Las redes: la ilusión de las indulgencias, la trampa, el reino idiota de las farsas y los facilismos.

En medio de ese hatajo de ñatos y trogloditas y reaccionarios que predomina en las redes sociales (un saludo para Carolina Sanín), sobresale una facción de “cultos” gandules empeñados en deslumbrar fotografiando platos de comida y fragmentos de libros que no escribieron y que probablemente no leyeron del todo. Leer un libro entero tampoco es mérito alguno. Salvo que seas un chef de lo más innovador, hay que tener una humanidad e intelecto muy, muy minúsculos, áridos, para pretender que el plato de comida que te engulles te haga digno de admiración. Más numeroso todavía es el grupo de los que caen deslumbrados. Tanto los unos como los otros inspiran cierta ternura.

Habrá que detenerse a pensar de quién es el mérito. Si nos atenemos a lo justo, una buena porción le pertenece al inventor de la cámara de alta resolución. Otra, al que la acondicionó al celular. Otra, a los genios de la programación, cuyos programas y pantallas son cada vez más versátiles y deslumbrantes. Y siendo más minuciosos, no podemos ignorar a la fuerza que creó ese atardecer, esa cascada, esa playa, esa luna: la señora naturaleza. Tampoco podemos restarle crédito al inventor de esos platos y libros. Habiéndose repartido entera la torta de los méritos, el individuo que obturó la cámara y se alzó con el crédito y publicó en sus redes y esperó las indulgencias es lo que mi abuela llamaría un zángano.

Relacionados

0 comentarios:

Publicar un comentario

RevistaCorónica se reserva el buen gusto de retirar del foro los mensajes que sean ofensivos