Por Jose Hoyos

La desigual sociedad de los iguales I

Permiso, voy a hablar de mis ignorancias. Esto es lo que sé acerca de Rusia: sé que es el país más grande del mundo, que en Siberia está la mamá y el papá de todos los fríos, que Dostoievski era un ludópata y que la ensalada rusa lleva atún. Lo más cerca que he llegado a estar de ese país es cuando tomo vodka. Pero ¿qué tiene que ver conmigo la Revolución rusa de 1917 y el bolchevismo? ¿Qué tienen que ver conmigo Moscú, Stalin y Trotsky? Yo padezco Wikipedia, vivo en el siglo de los emoticones usados para evitar esfuerzos mentales, en la era gobernada por los matices más variados de la imbecilidad. Ahora, por una extraña razón que no logro entender, de unos días para acá siento que empiezo a conocer algo, no ya de la historia soviética y del comunismo, sino del mundo en que vivo y cuál es su concepción de igualdad. La razón se esconde en las páginas de El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura.

El hombre que amaba a los perros tuvo que ser un oscuro mercenario furioso de ideología durante varias guerras para, ya viejo, encontrar en sus dos galgos el valor de la vida. Hagamos una suma, pero reemplacemos los números por valores ideológicos y conceptos históricos: Comunismo más Stalin más Trotsky más Proletariado más Guerra más Militancia más Cuba más Utopía más Cinismo más Silencio más Miedo. No sé con certeza cuál sea el resultado. La historia tampoco lo sabe aún del todo. Lo que sí sé es que Leonardo Padura pudo desmenuzar cada valor, cada ambición, cada trampa, y aventuró como resultado a El hombre que amaba a los perros, más de quinientas páginas de historia política novelada que capotean con soltura las exigencias de un género así de culebrero.

Liev Davídovich Trotsky vive de exilio en exilio. No se le puede decir a Stalin “sepulturero de la revolución” y seguir tan tranquilo. A partir 1929 el destierro se le convirtió –se lo convirtieron– en patria. Desde la estepa siberiana de Alma Atá hasta México, y en un recorrido que parte de Turquía y pasa por media Europa Occidental huye del asedio de Iósif Stalin, quien para enmendar el error de haberlo desterrado llanamente, quiere aplicarle su forma habitual de arreglar las cosas: matando. Uno de los robles revolucionarios que comandó el movimiento comunista vencedor en la Revolución bolchevique, que junto a Vladímir Ilich visionó la forma de aplicar la teoría marxista con que el hombre abriría el sendero de la igualdad y la fraternidad, el ideario del concepto de Revolución Permanente, es decir, un agudo revisionista político, recibió como recompensa el odio tiránico de Stalin, un odio capaz de ensañarse hasta con la cuarta generación que llevara el apellido Trotsky. La revolución que barrió al zarismo y convocó a los Soviéts (aquellos grupos y asambleas regionales rusas compuestas de obreros, campesinos, proletarios) a formar un nuevo orden social –“Paz, pan y tierra”–, con apenas una década, ya estaba prostituida. Ahora la comandaba un despiadado montañés, un ajedrecista político borracho de poder que se entregó a la perversidad mediante el culto a sí mismo y se alzó con la dirigencia del partido y después con la URSS y después con la vida de los opositores y después con la de sus copartidarios y después con medio mundo. Un zar vestido de bolchevique como Stalin, según Trotsky, solo podía enfrentarse con una nueva revolución “porque el mundo necesita revoluciones verdaderas”.

Para 1913 cualquier ciudadano ruso sabía quién era Trotsky y nadie –salvo su familia– sabía quién era Stalin. Lenin había reunido una camarilla de convencidos marxistas, probados como revolucionarios durante 1905, y con el apoyo de trabajadores y campesinos levantaron el movimiento bolchevique que embistió contra la dominación zarista. Por ese entonces Stalin cultivaba té y remendaba zapatos en las montañas de Georgia. Cuando los presentaron en 1914, a Trotsky no le causó mayor interés el inculto y burdo bigotudo que decía seguir los ideales marxistas. “Trotsky recordaba que en esa ocasión Stalin apenas le había extendido la mano, para volver a su taza de té, como un animalito mal alimentado, que únicamente se lograría fijar en su memoria por aquella mirada arrinconada y amarilla salida de unos ojos pequeños que, como un lagarto acechante –¡ese fue el detalle!– no pestañeaban. ¿Cómo no había advertido que un hombre con aquella mirada de reptil era un ser altamente peligroso?”. De no ser por el alcance que tiene la estupidez humana resultaría increíble que un hombre puramente hiena llegara a consolidarse como el dueño de la Unión Soviética, del pensamiento comunista y de millones de vidas. La famosa foto que le tomó el retratista Moisei Nappelbaum lo pone en evidencia. En ella aparece Stalin leyendo un libro, un acto teatral que pretendía demostrar su “amor por la lectura”. La foto fue puesta en todas las escuelas del país, donde provocó risas por lo bajo al observarse que El Gran Educador necesitaba seguir con el dedo las líneas que leía.

Junto al tema de la opresión soviética se cuenta la historia de Ramón Mercader, el de los perros. Uno no sabe si despreciarlo o compadecerlo. Mucho se sabe sobre Mercader, un comunista español que pasó de ser un militante mediocre a un fundamentalista temido, dominado por el comunismo más cerrero y empeñado en materializar su odio contra los enemigos del pueblo. Quienes no gritaran por el ideal del partido o lo hicieran pasito pasaban a ser opositores, enemigos. Fue sacado de las filas del comunismo catalán (donde había ingresado de la mano de su madre, Caridad del Rio) por Kotov, un agente del servicio de inteligencia soviético NKVD (el organismo que ideó los métodos policiales para la simpática KGB) y adiestrado durante años para cumplir una sola misión. Stalin promovió una campaña de odio y difamación tan poderosa, que la palabra Trotsky llegó a ser sinónimo de Enemigo de la revolución. El pueblo tenía la obligación patriótica de odiarlo. Mercader se convirtió en un espía capaz de matar dos veces antes de que la víctima tocara el suelo, cuya única tarea era cazar a Trotsky. Le fue extirpada la personalidad: fabricar un espía es vaciar el envase para que sea llenado por cualquier personificación. Y Ramón cumplió porque la obediencia al partido constituye el valor supremo de todo alelado. Las consignas políticas irracionales no son cosa del pasado. Hoy, una horda de ramones arrasa en las urnas y pone en duda eso de que los buenos son más. Ramón estaba convencido de que Stalin conducía a la humanidad hacia un mundo de iguales, y mientras tanto el régimen y el NKVD se tragaban a todo quien fuera señalado por el dedo estalinista. Si no era matando era mediante conspiraciones que enlodaran nombres o farsas de juicios que derivaban en confinamientos en los campos de trabajo siberianos donde sobrevivía uno de cada cinco prisioneros. Ramón asumió la misión de matar a Trotsky como la más alta dignidad que un militante pueda alcanzar. Aunque una vez conocido el secreto de que Stalin había decidido sacar del mundo a una personalidad de esa dimensión, a Ramón no le quedaba más opción: su negativa a obedecer podría convertirlo, tras ser uno de los cuatro únicos conocedores del plan, en un fusilado o en un prisionero siberiano.

Ramón Mercader –o Jacques Mornard, o Soldado 13, o Frank Jacson, o Ramón Ivanovich López– era un pusilánime incapaz para la autonomía. El pensamiento propio se le había atrofiado porque Stalin pensaba por él. “El Gran Líder nunca se equivoca”, rezaba una consigna aplicable a esta pobre Colombia. A Ramón no le alcanzaba su albedrío ni para elegir qué comer, era otro quien decidía por él. Lo permitía porque para alguien que no sabe quién es, el albedrío es lo de menos. En la Unión Soviética metida en puño por el régimen estalinista todas las personas tenían el mismo nombre: Camarada. Los totalitarismos exprimen la individualidad y en su lugar erigen una masa. Para el comunismo un individuo es fácil de sustituir, por tanto prescindible. El individuo es apenas un concepto diminuto que vale solo si hace parte del proletariado, si es gritona fuerza laboral, y hasta ahí. Y ese conjunto tiene que mantenerse alineado con el partido, con la forma de pensar de una dirigencia en la que sí resuenan los nombres propios. Ese tipo de sociedad de los iguales, de los comunes, resultó ser la más desigual de todas. Ahora, si un individuo tiene los nervios para oponerse, el régimen le encuentra una utilidad: lo usa como escarmiento. Ningún corrector social es más efectivo que un fusilamiento público. Una antesala a la muerte eran las cárceles siberianas, lugares donde se disuadía el carácter a base de trabajo forzado y degradaciones para que el espíritu muriera lento. Puede sentirse el terror del infierno siberiano al conversar con Mandelstam. El individuo, por tanto, carecía de valor en sí mismo. Es una de las razones por las que comunismo y religión se muestran los dientes. Si no importa el hombre, mucho menos el nombre. Ramón terminó su vida sin saber qué comida le gustaba ni quién era. Del niño que fue solo sobrevivió el amor por los perros.

Pero el nombre de Stalin sí que retumba en la historia. Para 1955, dos años después de su muerte, Stalin empezaba a ser mala palabra. Tanto, que los países del bloque socialista se apresuraron a cambiarle el nombre a calles, edificios, plazas, montañas y ciudades dedicadas a él. Cuando se es el amo y señor del país más grande del mundo, cuando basta mover un dedo para que se despliegue un poderoso ejército, cuando se ha impuesto el miedo como política de gobierno, cuando los líderes de medio mundo están dispuestos a pactar con él antes que contradecirlo, es imposible que la persona no termine convertida en el Estado. La furia personalista de Stalin lo llevó a emprender brutales alteraciones en la historia (Orwell sentenció que quien controla el presente controla el pasado), la política, la literatura, la agricultura, la arquitectura, la lingüística y la ley en favor de la grandeza de su nombre. ¿Han visto ustedes alguna imagen del Hotel Moscú? ¿Pueden creer que una construcción así haya podido ser fruto, no ya de la arquitectura, sino de la cordura? Más que un edificio es un monumento a la obediencia. La idea de Stalin de crear una nueva Moscú incluía echar abajo obras de enorme valor histórico e izar un orden arquitectónico acorde con la visión socialista. Escogió un lugar en las inmediaciones del Kremlin para levantar un hotel donde recibir a los visitantes ilustres. Con base en sus sugerencias encargó dos proyectos por separado a los arquitectos Leonid Savéliev y Osvald Stapran. Cada uno hizo su diseño y a la hora de revisarlos Stalin debió estar borracho, porque aprobó dos estilos completamente diferentes para la misma edificación. “¿Será que quiere dos hoteles, o habrá aprobado los dos proyectos por alguna confusión?”, se preguntaron los arquitectos. Pero el Gran Líder nunca se confunde. Además nadie tenía el valor para preguntárselo. No les quedó más remedio que obedecer en silencio y aportar a la historia de las demencias dictatoriales el esperpento que es el Hotel Moscú. No le bastaron los millones de bustos y estatuas suyas que hizo sembrar por todo el país para satisfacer el enloquecido tributo a sí mismo, siempre bajo el disfraz de que él era la encarnación del espíritu del nuevo hombre soviético. Nadie se atrevió a protestar cuando hizo demoler el imponente Templo del Cristo Salvador, con sus noventa metros de altura, sus paredes cubiertas de mármol y granito traídos de Turquía, sus cuatro torres cargadas con catorce campanas, entre ellas una de 24 toneladas que maravillaba a los fieles de toda Europa. Al Gran Timonel se le antojó que ese preciso lugar era el sitio perfecto para levantar el nuevo Palacio de los Soviéts. Para el montañés no había distinción entre música y ruido.
Lo increíble es que un hombre con el intelecto de un roedor haya dirigido medio mundo por treinta años. Aunque no debe sorprendernos, está demostrado que para gobernar, un dictador necesita más mezquindad que razón.

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