Por Jose Hoyos

La desigual sociedad de los iguales II

Durante el apogeo del bolchevismo, cuando el régimen envolvía cada milímetro de la existencia del ciudadano ruso, la gente del común (muchos de ellos realmente convencidos de la supremacía socialista, del logro enorme que había alcanzado la sociedad) asistía sin zapatos a las manifestaciones, desfiles y eventos propagandísticos. Moscú era la primera ciudad del mundo y sus gentes andaban descalzas. No era excentricidad, era pobreza pura y dura. Se despreciaba la abundancia porque la miseria y la estupidez son una dupla peligrosa. Es como si ante la carencia de leche se decretara que es perjudicial para la salud. Los dirigentes del partido –del país– paladeaban caviar rojo y vino francés mientras en las komunalkas apenas si se probaba el pan negro de dotación oficial y el genérico atún rancio. En cambio siempre llegaba generosa la adormecedora dotación de vodka. Joseph Brodsky escribió que jamás existió un cambio social fundamental sino un giro del carácter propiamente ruso, una alternancia de la altanería a la sumisión. El engaño socialista duró setenta años. Y pensar que el socialismo fue una idea que nació de la generosidad. Pero las ideas masivas, según Borges, nacen dulces y envejecen feroces. El poder y el miedo son animales crecientes. Stalin avivó el miedo hasta para sí mismo: a lo largo de la ruta que a menudo recorría, unos noventa kilómetros desde el Kremlin hasta su cabaña de descanso, ordenó que se prohibieran los grupos de más de dos personas, abolió los pocos comercios existentes e hizo talar todos los árboles. Él era la ley misma. El establecimiento se alzó como un apabullante sistema administrativo deliberada y artísticamente confuso, donde el individuo era solo un punto en indisoluble conexión con otro y sometidos al absurdo de tramitar cinco diligencias distintas para preguntar cuándo aumentará la ración de pan. La burocracia tomó su definitiva forma de disuasivo.

Insistamos con el individuo. Nada más individual que las emociones ni más punzante que los sentimientos. Sin libertad para soltarlos se forma una costra en el corazón que crece y crece hasta que la amargura se vuelve normalidad. La doctrina comunista más agria consideraba que el amor era un asunto burgués, decadente y de dominación. Impuso el despropósito de medir el amor con el metro de la política. Caridad del Río fue una mujer pero pudo ser un estandarte. De su boca solo salían consignas y proclamas furibundas. No se consideraba mujer de piel y hueso: se consideraba una revolucionaria. La Causa estaba por encima de sus necesidades femeninas, de su familia, de su misma persona. Quién sabe hasta qué punto debajo de toda esa furia revolucionaria no haya una pulsión de odio revanchista. Puedo ver una escena durante los fusilamientos: una hermosa mujer hace parte del pelotón y cuando dispara sus vivaces ojos azules lanzan una mirada más penetrante que el proyectil. Pero allá en la penumbra, en la intimidad liberadora, toda su aspereza es doblegada por el poder de un amor capitalistamente irresistible. Recuerdo a Yelena, el personaje de un cuento de Serguéi Dovlátov. Es una comandante de brigada del victorioso Ejército Rojo, y es también una belleza rusa. Cuando ama solo lo hace con el cuerpo porque la mente y el corazón están reservados para El Partido. El pobre Nikolai, un soldado raso, cae fulminado de amor. A él apenas le importa El Partido porque concentra toda su alma en los ojos de Yelena. A todo cuanto ella dice él responde que sí con tal de que lo invite a la cama donde la comandante combate por la igualdad de género. A veces, en el momento más humeante del amor, él tiene que decirle: “Deja de darme conferencias y llega de una vez”. Cuando le habla, Nikolai siempre espera una orden. Ella se empeña en ocultar el brillo de sus ojos, pero el conjunto de su cara se frunce. Él no sabe de qué parte de su rostro fiarse. De repente, en la noche, Yelena hace un gesto con el dedo y él entiende que es hora de hacer el amor. Quieta y desnuda, indica aquí y allá con el dedo varios puntos de su cuerpo, como dirigiendo el ataque de un regimiento, y Nikolai lleva sus labios obedientes adonde vaya el dedo andariego. El amor se abre camino porque es libre como un canguro. El amor es la más vigorosa de las revoluciones.

Puedo ver el océano de información recogida por Leonardo Padura en los ocho años de investigación que le demandó la novela. Imagino el susto de verse enfrentado a tantísimas notas, entrevistas, cartas, fotos, biografías, textos de historia, archivos y documentos de todo tipo. ¿Por dónde se empieza a escribir? Padura los sabe: se empieza por la cabeza. Perfilar la historia y trazar una ruta, darle una atmósfera, un tono, matizar los personajes, todos esos pasos se resuelven, inicialmente, sentado pensando (saber cómo se escribe una novela no significa saber escribir una novela). En una entrevista reciente Padura explica parte del proceso creativo de la novela: “Todo lo relacionado con Trotsky es real, sucedió, y lo supe por la gran cantidad de material escrito que dejó, en ese caso me atuve a la evidencia histórica. Con Mercader fue distinto porque no hay tantos registros escritos de su vida, de modo que su historia es en parte real y en parte novelada. Hay episodios que si bien no pasaron, los creé siguiendo la línea literaria planteada por Alex Haley de que si algo no pasó en realidad, bien pudo haber pasado como está escrito en la novela. La investigación que hice me permite asegurarlo. Esa es la ficción documentada”. Y el narrador, que es otro personaje con penurias propias, lo concibió desde la posición de un cubano decepcionado del régimen pero silenciado por el miedo. Recordemos que en Cuba, hasta los años ochenta, pronunciar el nombre de Trotsky podía llevarte a la cárcel (otra cosa era si te referías a él como “El traidor de Trotsky”). El narrador es Iván, redactor de una revista veterinaria, un escritorzuelo que ve cómo se le escurre la vida flagelándose por haberse convertido en una traición a sí mismo.

En una de las historias que componen Siete días en La Habana, la película donde Padura es coguionista, una repostera tiene que cumplir con el compromiso de entregar una torta y no cuenta con los ingredientes necesarios. Se ve obligada a pedir huevos por todo el barrio, y casi nadie tiene, pero los recoge gracias a esos arrestos de compasión que se dan entre los pobres. Al mismo tiempo, en la radio, el locutor encargado de la propaganda, excitado de júbilo socialista, pregona sobre la abundancia de huevos alcanzada por la producción estatal. Es el cinismo llevado a escala oficial. Iván pasó años como un locutor propagandista encargado de encumbrar los avances de la sociedad cubana mientras él mismo malvivía en la miseria. Se traicionó, fue un vendido, un cobarde, un impostor, justo lo opuesto a un escritor. Un escritor cumple un deber cuando cuenta lo que sabe aun a pesar de sí mismo. Esas revelaciones contribuyen a limpiar los ojos de la sociedad y a arrinconar el desconocimiento, la falsedad y la ignorancia. Al igual que Cuba, yo desconocía la historia verdadera de Trotsky, Stalin y Mercader, que es también la de cómo terminó gangrenándose el experimento político más generoso jamás soñado por el hombre.

La novela era una necesidad. Los aspectos técnicos dejan ver una obra aferrada a las exigencias más inclementes del género: alternancia cronológica, profunda perfilación de personajes, dosis gradual de reflexiones con una vertiginosa agilidad narrativa, andamiaje perfecto de los diálogos, capítulos y subcapítulos que dejan en el aire un suceso que más adelante se resuelve donde uno menos se lo espera. A la maestría de su estructura, a la investigación minuciosa, a la prosa vehemente y seductora, hay que sumarle la honestidad literaria: no se pone con trucos, y desde la primera página anuncia el asesinato. La novedad está en tomar una ruta que retenga al lector. Las insinuaciones aparecen en puntos estratégicos, saben cuándo es su momento y cuánta la cantidad exacta de información que deben soltar, al mejor estilo de los policiales de Mario Conde, ese personaje creado por Padura que atraviesa toda su obra literaria. El espionaje, la ley hecha trampa, los ismos, las infamias políticas, los regímenes impiadosos, la enfermedad del poder, el endiosamiento de criminales, las borracheras bélicas y el mar de mierda de la guerra: no se crea que el convulso siglo XX dejó listica la literatura. No, solo se encargó de proveer toda la materia prima creíble e increíble para que el escritor se entregue al trabajo espinoso de darle forma literaria y alumbre tanta oscuridad.

Ojalá te toquen vivir tiempos interesantes, le dijo una vez Eric Hobsbawm, siendo adolescente, a un hombre que lo ofendió, como queriendo echarle una maldición. No sabía que tanto al hombre como a él les tocaría vivir dos interesantes guerras mundiales. Yo no viví los horrores dictatoriales de Stalin, ni las degradaciones humanas producto de los embates ideológicos de caverna. Pero di con un sustituto que pudo limpiar mi pátina de ignorancia sobre la agitación social y política que significaron las tempestades de carne donde animales comedores de hombres –comunismo, fascismo, capitalismo– decidieron que la vida era prescindible (Stalin se fumó veinte millones de vidas). Padura mostró una época en que siempre fue de noche. No se piense que ya ha amanecido. Hace apenas siete décadas la razón no había sido domesticada. Tampoco hoy. Mi ignorancia no consiste en no saber, sino en querer saberlo todo. Soy un escéptico hasta las uñas, y aun ahora que el escepticismo se me volvió planetario no creo más que en la única igualdad posible: la de las víctimas. Ahora puedo decir que conozco algo de la historia del siglo en que nací, una versión más honda y viva que las entregadas por Wikipedia, los noticieros y los historiadores. Este mundo quiere que seamos especialistas, pero es el sentido del descubrimiento lo que saca lo mejor de nosotros. Frente al incendio mortal de la vida, el arte parece apenas un pálido reflejo. Pero cómo termina brillando.

El mundo en que vivo ha terminado por imponer la idea de que es normal pensar como países, es decir, expandir las divisiones. Cada uno con su discursito, su ismo. Cada uno resistiéndose a pensar como especie.

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