Por MARIANGEL VILLASANA

Quesillo: el seductor




El carrusel de sensaciones comienza con la vista, que identifica el beige de la leche condensada y sigue el movimiento en caída libre de esa sustancia untuosa en el vaso de la licuadora. Pasa dos veces, cada una desde una lata de 357 gramos (es importante reservar una de las latas porque será la clave de las medidas del resto de los ingredientes). La paleta de colores no es muy variada en esta preparación, pero tiene el equilibrio perfecto para extasiar a cada sentido.
El segundo tono es un amarillo intenso, una figura redonda rodeada de un componente suave, elástico y transparente. Sólo es posible verlo si se rompe su frágil capa. Así, van cayendo los huevos en una de las latas de leche condensada. Caben 5 sin que se rebose. Luego, van también en la licuadora.
Una vez que está libre de nuevo el envase de metal, vuelve  a llenarse con leche, esta vez sin condensar, completamente líquida. Se va poniendo pálido el círculo cromático. Lo que viene es echar la leche con todo lo demás.
Es el momento del olfato y de oscurecer drásticamente. Un chorro de vainilla perfumará todo el ambiente y pondrá grisácea la mezcla. Ese olor es tan invasivo como placentero. Seguidamente, los oídos ya están preparados porque el preámbulo generó felicidad. El sonido será un poco estruendoso al encender la licuadora para unir bien todo.
Vuelve el olfato a embelesarse con otro de los aromas más agradables de las preparaciones dulces, el caramelo. Va un molde metálico al fuego, 6 cucharadas de azúcar y 3 de agua dentro de éste. El clímax es la reacción de estos tres elementos pasados unos 5 minutos. El resultado es ámbar y ardientemente oloroso.
El molde no se conformará con tener el caramelo en el fondo, querrá acariciarlo y éste lo recorrerá completo por dentro, donde caerá la mezcla de leche condensada, leche, huevos y vainilla.
Aunque parece que ya hace suficiente calor, al molde tapado hay que llevarlo a tomar un baño caliente, que llaman “de María”, y consiste en meterlo en una olla más grande con agua y luego al horno. Esto será durante unos 45 minutos.
El postre está listo para desmoldar con cuidado, sólo hay que voltearlo en un plato. Aunque en este punto las ganas de probarlo son enormes, es mejor dejarlo enfriar. Al llevarlo a la boca, entrarán en acción el tacto y, claro, el gusto. La textura es un abrazo a la lengua, suave, cremoso y con amargura acaramelada.

Este postre, el quesillo, es una versión venezolana del flan, con la diferencia que lleva leche condensada y menos cantidad de huevos. Se llama quesillo porque, debido a los huequitos que se forman cuando se cuece, este platillo se asemeja a un queso. Los quesillos son protagonistas en los cumpleaños y se sirven junto a la acostumbrada torta de estos festejos. Cada familia le da su toque personal. Esta receta en particular, confieso que me ha hecho conquistar muchos paladares.

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