Por Jose Hoyos

Vendedoras

Solteritas

Es ágil y resuelta, se mueve con soltura por entre los carros. Su punto base está al pie del semáforo, donde tiene una canasta repleta de solteritas y obleas. Lleva una gorra con una visera enorme, tenis, va liviana. Cuando corre o camina rápido le salta un bolsito que lleva atado a la cintura donde mete la plata. No parece haber toreado la calle antes, pero tiene talante. A veces pone cara de susto cuando el semáforo pasa a verde y la apura el pito de los carros. Pero se sobrepone, entrega fugaz la devuelta con el carro ya en marcha. La esquina donde trabaja es apeñuscada, apremiante, el rudo centro de Pereira. En días soleados no hay sombra. Parece tener edad de abuela reciente o de madre veterana, aunque conserva un porte que en la juventud debió de airear a los hombres. Es bonita porque no se propone serlo. A pesar de la gorra no renuncia al pelo suelto, negro y sin una sola cana. Pudo ser una seria crisis económica, la súbita pérdida del empleo o algún plan de vivienda, en todo caso algo la empujó a pararse en esta esquina con sus solteritas diez horas al día. Pero no, cosas así darían espera. Su hijo —único, 14 años, leucemia linfoide, hospitalizado— no da espera. Son las tres de la tarde, la canasta sigue llena y el bolsito vacío. En cada mano están los mismos cinco paquetes. El sol aplasta, está molida. No se sienta, toca seguir. Es la tercera vez en media hora que el mismo Renault destartalado pasa despacito a su lado, el tipo que maneja le pregunta algo, ella finge no escucharlo y sigue de largo. Antes de que cambie el semáforo se mira a sí misma, la canasta, el bolsito, el sol, la vida que no eligió, la suerte que le está tocando. Se devuelve hasta el Renault, cruza dos o tres palabras con el tipo, asustada finge seguridad, el tipo se parquea. Presurosa, como quien quiere pasar rápido un mal trago, abre la puerta de atrás del carro, se sube y mete la canasta, todo en un solo movimiento. Mientras se alejan, el tipo no disimula su cara de excitación. Ella procura mostrarse digna, pero a veces ni con dignidad ni con solteritas alcanza.



Mangos


La carreta está parqueada en una calle muy transitada. El amarillo verdoso de los mangos hace agua la boca. Las rebanadas están partidas de un solo tajo. Una mujer gorda y bajita que parece siempre enojada los pregona a viva voz, sin el menor indicio de timidez, al contrario, parece dueña y señora del sitio, del negocio, de la calle. Es una redomada desafiante de centro, de las que no temen confrontar el barullo. El manejo del cuchillo con que parte los mangos es contundente y preciso, lo afila y esgrime con habilidad de carnicero. Tiene la piel tostada y curtida y un delantal blanco raído. No se preocupa por disimular la agresividad. Un cliente le reclama porque el mango le salió podrido. Ella responde a grito pelado: «La venta ya está hecha y no devuelvo plata ni cambio nada, mire a ver qué hace», y con cada palabra revienta un mar de saliva. Uno se pregunta si será mamá, esposa, hija, y dónde tendrá los sentimientos de mamá, esposa, hija. Los sentimientos de mamá vienen cruzando la calle, doce o trece años, trenzas, uniforme del colegio. La niña viene arrastrando su zapato derecho, y apenas ve a su mamá la abraza desconsolada. La mujer se ilumina, su falta de nobleza se convierte en error de paralaje. El aura de un guardián la recubre, se frunce de amor, se separa del mundo y de los mangos y ahora es solo una mamá, indefensa de lo fuerte. «Mija y ahora qué le pasó que anda cojeando». «No estoy cojeando, mami, es que se me descosió toda la suela del zapato, ya no aguanta un remiendo más, y acuérdese que son los únicos que tengo». La señora la abraza entre su pecho, sabiendo que no sabe qué hacer, pero segura de que va a resolverlo para mañana antes del colegio.



Minutos


Doña Ligia es una mujer borrosa perdida entre la multitud urbana. Sesentona, fatigada, frágil. Sus hijos se fueron y le dejaron los nietos. Hace poco le diagnosticaron una desviación en la columna. Sus herramientas de trabajo son cinco celulares con muchos minutos, un banquito de plástico (no aguanta mucho rato de pie) y un chaleco de amplios bolsillos donde mete las monedas.  Empieza a descolgarse la noche. El calor de la tarde le dejó la cara brillante y el cuerpo tan hecho polvo que ya no se para del banquito, se limita a entregar el celular, revisar cuántos minutos fueron y echarse las monedas en los bolsillos ya repletos. Solo quiere casa, cama, café, televisión. La ilusiona saber que tiene un televisor nuevo donde las novelas se ven mejor, qué importa que le cueste 75.000 por los próximos 24 meses. Solo espera que el mercado de minutos se mantenga y no se presenten gastos imprevistos, como cambiar algún equipo o cosas así. Pero lo que más la tranquiliza del televisor es saber que ahora la calle va a atraer menos a sus tres nietos adolescentes. La cuota apremia, hay que extender la jornada hasta la noche, abuela. Su vida, su tiempo, se le escurre entre los minutos que vende. Ya casi es hora de irse. Un último cliente está haciendo una llamada muy larga. Agotada, doña Ligia cabecea de sueño en el banquito, cuando abre los ojos el cliente va a una cuadra escabulléndose entre la multitud con el celular en la mano, ella salta como un resorte y sale corriendo detrás, el bulto de monedas en los bolsillos del chaleco rebota y caen esparcidas por el andén, los avivatos les echan mano, ella no sabe si quedarse recogiéndolas o perseguir al ladrón, agacha la cabeza con amarga resignación sabiendo que de todos modos va a perder. Perder, siempre, de todos modos.

Las mujeres sostienen el mundo, se le meten entre las fauces, dan la pelea, entregan todo, vencen, y terminan anónimas, olvidadas, mientras los hombres se llevan todo el crédito. 



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