Por Jose Hoyos

Burokracia




Volví a las oficinas de la DIAN confiado en que estaría listo mi certificado de radicación como persona natural. El procedimiento manda que solo con esa radicación puede obtenerse el RUT, un papel de importancia minúscula. Dos empleados rigurosamente vestidos de traje gris y corbata roja sonrieron entre sí al mirarme. Estaban parados junto a la puerta de una oficina espaciosa, con una luz mortecina que apenas iluminaba lo suficiente para dejar ver un escritorio atiborrado de documentos en carpetas desgastadas amarradas con tiras de hilo negro, detrás había una silla alta de hierro forjado. Uno de los hombres me tomó suavemente del brazo y me ubicó en una silla diminuta frente al escritorio. «Vine a reclamar mi radicación de persona natural, ¿pueden ustedes ayudarme con eso?», pregunté. Los dos se miraron con expresión irónica, y el hombre de actitud más altiva se me acercó sonriendo sarcásticamente. «¿Y usted viene a pedirnos ayuda a nosotros?», me dijo con voz pausada y muy cerca de mi oído. No bien terminó de hablar ya estaba entrando en la oficina una funcionaria alta y robusta, de pelo entrecano lambido y apretado con fuerza, vestida enteramente de negro, sosteniendo una bandeja sobre la que llevaba una montaña de folios y documentos donde sobresalía la palabra Control. «Mire si nos ha dado trabajo usted, señor Hoyos. Ahora mismo estaba ocupándome de su asunto. No esperará a hoy avances en su caso», dijo, acomodando su autoridad en la silla de hierro. Los hombres salieron y acallaron el bullicio de la sala de espera atiborrada de gente aguardando su turno. Regresaron y tomaron su lugar, a unos veinte centímetros de mi espalda.

Por la pequeña ventana que daba a la calle algunos transeúntes se detenían y me miraban y susurraban con aire de desconcierto. Un desconocido que pasaba pegó su cara a la ventana de modo que yo pudiera verla plenamente, mantuvo una mirada punzante directo a mis ojos y vocalizó mi nombre y apellido, dos veces, y siguió su camino. La funcionaria terminó de ubicar los expedientes sobre el escritorio, se reclinó en su silla y me habló mirando justo donde yo no estuviera. «Usted ha hecho alusiones a un documento de radicación, pero dígame, ¿de qué se trata?», y subiendo el tono de su voz agregó: «valoraría especialmente su caso si me dijera cuál es su verdadera intención.» No pude más que sorprenderme y decirle que no había ninguna otra intención que cumplir con un requerimiento oficial. Me tensé sobre la silla, hecha justo a mi medida. Uno de los hombres le entregó un documento de renglones apretados, ella lo ojeó y asintió muy despacio mirándome con frialdad por encima de sus gafas de marco grueso. No supe a partir de qué momento estaba sentado en el borde de la silla, inclinado mi torso hacia adelante, juntas mis manos sudorosas sobre las piernas. No sé por qué empezó a dominarme la ansiedad y el pavor que un reo experimenta frente al juez.

La funcionaria habló despacio y quieta, sin un solo parpadeo y con el tono tranquilo y rígido que confiere la autoridad, vocalizando a la perfección cada palabra: «La DIAN es una organización justificada en el cuidado del valor principal de nuestra sociedad: su economía. Los impuestos no encierran el propósito de recaudo que, siendo justo e incuestionable, se reservan los gobiernos. De lo que se trata es de mantener viva la figura de autoridad, a la que ustedes deben tributo. Nuestro principio de autoridad queda justificado por la organización de conjunto y la ley. Mi dependencia despachó el expediente con su petición de radicación, señor Hoyos, pero este parece no haber llegado a la dependencia destinataria, sino a una equivocada. Por eso no se ha obtenido respuesta. Afortunadamente guardé copia de su expediente, pero esa copia no puede usarse bajo ninguna circunstancia, a menos que lo autoricen altas instancias, y para conseguirlo puede pasar una vida entera, créame. Según me acaban de informar, dicho expediente cayó en manos de un funcionario famoso por su escrupulosidad, un hombre de enormes facultades, alguien del que no se tiene descripción física alguna porque jamás ha sido visto por nadie», su voz y su cuello se templaron antes de continuar; «las paredes de su oficina, la más amplia de este edificio, no pueden verse a causa de columnas y columnas de expedientes y archivos, documentos de la mayor importancia para los asuntos en curso. Usted comprenderá, la suma de muchas importancias confiere a cada una, al final, carácter de insignificancia. Su caso no llega siquiera a ese grado. Él la remitió con la anotación de que se le pusiera un sello y se labrara un acta y se asignara un número de expediente al extravío. Desde ese momento se entabló entre las dependencias una amplia correspondencia, con el objeto de establecer en qué punto de nuestra estructura se había roto el debido procedimiento. Eso fue por los días en que su trámite, señor Hoyos, cumplía tres años. Cuando se me informó que, por una casualidad, su expediente fue encontrado en un cajón, ya solo podía acordarme del asunto muy vagamente. Fue por eso que se ordenó una nueva revisión de su caso, desde el principio. Imagino que no requiere para pronto ese documento. ¿No lo abisma toda esta historia?», preguntó al final.

«Al contrario», respondí, «me atrae, porque solo así obtengo la posibilidad de echar un vistazo a ese absurdo embrollo del que depende la existencia oficial de un hombre, ese enmarañado proceso de certificarse como persona natural.» «No le he contado todo esto para su entretenimiento, señor Hoyos, y tampoco crea que se ha enterado de nada, ni siquiera ha echado un simple vistazo sobre el túnel burocrático, hay para adentro mucho más de lo que usted jamás llegará a saber.» La mujer miró la hora, tomó una pequeña llave triangular y se apresuró a darle vuelta en un orificio en la parte superior de la pared hasta que una luz roja dejó de parpadear. Entonces continuó. «Nuestra organización cuenta con un férreo método de control de fallas. Hay solamente oficinas de control. Aunque no estén destinadas a descubrir fallas en el sentido bruto de esa palabra, ya que esas fallas nunca se producen, y en el caso suyo, por ejemplo, solo nosotros podríamos decir definitivamente si se trata de una falla», y entonces se alzó, puso su boca junto a mi oído y sentenció: «usted no lo sabe, pero tanto las primeras como las últimas oficinas de las organizaciones institucionales, tienen como único fin controlarse a sí mismas. La burocracia existe exclusivamente para el acto oficioso del control, para la intención de controlar con severidad ese control, para nada más. Solo ella tiene el poder de decretar qué es una falla. Espero que le hayan quedado claras las razones por las que no podemos permitir que se le tome por persona natural.»

Uno de los hombres de gris me tomó de repente por los hombros y me echó fuera, mientras la funcionaria se despedía cortésmente. Salí de ese lugar aturdido, como un recién llegado al mundo. En la calle hacía frio y yo estaba desabrigado. Dudé de mi condición de persona natural tras comprobar que la autoridad y la vida habían cambiado su sitio. El establecimiento no tiene más que defender causas invisibles y remotas en nombre de señores invisibles y remotos.

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