Por Jose Hoyos

Me acuerdo de Joe Brainard



Las evocaciones de Joe Brainard son las de una generación entera: la niñez desencajada, el terror de ir al colegio, la sublevación de las hormonas, el asco a los comportamientos predefinidos, la amenaza de la moral, la religión fundillona, el yerro que fue la sociedad del siglo pasado y esta y las que vienen. Los pensamientos insólitos y las observaciones más tontas, que la gente gris considera descartables, tienen un gran poder de regresión y de proyección, son una ruta para hallarse. Los adultos somos tan pueriles como los niños, con la diferencia de que nos toca fingir que no. Tratamos de esconderlo dándole un aire muy serio a lo que decimos y hacemos en público, pero allá en la soledad comedora de mocos, allá donde hablamos solos, donde sonreímos sin motivo, donde nos metemos los dedos al oído, donde hacemos muecas, está la verdad de lo que somos: cándidos, incorrectos, anhelantes de la honesta animalidad de la niñez. Joe Brainard no se preocupó por esconder nada. Me acuerdo (Sextopiso, 2009) es un libro honesto y simple, como tendrían que ser todos. El artista ve las mismas cosas que la demás gente, la diferencia está en cómo las siente y cómo las expresa, y en ese aspecto Brainard tiene ventaja: lenguaje directo, sentido natural del humor, memoria no siempre libre de invento, como todo buen creador. Un artista ocupado en nada más que expresar su visión del mundo —risa, odio, denuncia, dudas, certezas, extravíos— no teme que se sepan sus pequeñas miserias porque sabe que él no es el importante. Entonces hace lo que Brainard: se quita de encima ese peso insoportable de la dignidad y echa a andar sin careta. Como muestra de eso, he seleccionado algunas de las mejores líneas de un libro que no obedece a una estructura definida, es decir, es simplemente original.

Me acuerdo de mis primeras erecciones. Creía que tenía alguna horrible enfermedad o algo parecido.

Me acuerdo de cuando, en el colegio, tenía por costumbre meterme un calcetín en los calzoncillos.

Me acuerdo de cuando trabajaba en una tienda de antigüedades y cosas de segunda mano; lo vendía todo más barato de lo que tenía que venderlo.

Me acuerdo de que mi padre se rascaba las pelotas un montón.

Me acuerdo de haber pensado en arrancar la página 48 de todos los libros que leyera en la biblioteca pública de Boston, pero perdí pronto el interés.

Me acuerdo de muchos primeros días de colegio. Y de ese sentimiento de vacío.

Me acuerdo de un día en clase de gimnasia en que no pude decir “presente” cuando dijeron mi nombre. Algunas veces tartamudeaba tanto que las palabras no llegaban a salirme de la boca. Tuve que darle varias vueltas al campo.

Me acuerdo de cuando trabajaba en un snack-bar, el coraje que me daba la gente que pedía batidos con leche malteada.

Me acuerdo de cuando, en el colegio, le dabas una tarjeta de San Valentín a toda la gente de tu clase, no fuera a ser que alguien al que no le habías dado te diera una.

Me acuerdo de que siempre perdía un solo guante.

Me acuerdo de cuando la fibra de vidrio iba a ser la solución para todo.

Me acuerdo de la silla detrás de la que solía pegar los mocos.

Me acuerdo de la gente muy mayor cuando yo era muy joven. Sus casas olían raro.

Me acuerdo de lo mucho que intenté que me gustara Van Gogh. Y de lo mucho que acabó gustándome. Y de lo mucho que, ahora, me revienta.

Me acuerdo de fantasear con morir y de lo triste que estaría todo el mundo.

Me acuerdo de fantasear con ser cantante, solo en un escenario, sin decorado, un único foco sobre mí, cantando con toda mi alma, y conmoviendo al público hasta llorar de amor y ternura.

Me acuerdo de una vez que perdí la moneda de cinco centavos en el césped antes de que la furgoneta de los helados llegara delante de mi casa.

Me acuerdo de Anne Kepler. Tocaba la flauta. Me acuerdo de sus hombros rectos, de sus grandes ojos, de su nariz ligeramente romana. Y de sus labios gruesos. Me acuerdo de un óleo que pinté de ella tocando la flauta. Murió hace unos años en un incendio mientras daba un concierto de flauta en una casa de acogida de Brooklyn. Todos los niños se salvaron. Había algo en ella como de mármol blanco.

Me acuerdo de cuando no creía en Santa Claus pero tenía tantas ganas de creer en él que al final lo conseguí.

Me acuerdo de meter los calzoncillos en la lavadora a último momento (sueños húmedos), cuando mi madre no estaba mirando.

Me acuerdo de pensar lo embarazoso que debía ser para los escoceses tener que llevar falda.

Me acuerdo de decir “gracias” en ocasiones que no lo requieren.

Me acuerdo de decir “gracias” en respuesta a “gracias” y que la otra persona se quede sin saber qué decir.

Me acuerdo de los pedos que huelen a huevo duro podrido.

Me acuerdo de los pueblos vacíos. De las lunas tintadas de verde. Y de los carteles de neón justo cuando se apagan.

Me acuerdo de las lavanderías por la noche, con todas las luces encendidas y nadie dentro.

Me acuerdo de reordenar las cajas de caramelos para que no pareciera que faltaban tantos.

Me acuerdo de algunas reuniones en las que es difícil levantarse e irse.

Me acuerdo de intentar imaginarme lo grande que es el mundo.

Me acuerdo de que conseguí una beca en la Escuela de Bellas Artes de Dayton (Ohio), y de que no me gustó, pero, como no quería herir sus sentimientos yéndome sin más, les dije que mi padre se estaba muriendo de cáncer.

Me acuerdo de las pelotillas de los dedos de los pies. Nunca me las comí pero me acuerdo de niños que lo hacían. Sí que me acuerdo de haber comido mocos. No estaban tan mal.

Me acuerdo de haber intentado chupármela una vez, pero no llegó a funcionar.

Me acuerdo de historias sobre las intrigas en las cocinas de los restaurantes. Como escupir en la sopa y eyacular en la ensalada.

Me acuerdo de leer doce libros todos los veranos para que me dieran un diploma en la biblioteca municipal. Me importaba una mierda leer pero me encantaba conseguir diplomas. Me acuerdo de que cogía libros con letra grande y un montón de dibujos.

Me acuerdo de una placa colgada en la pared encima del televisor que decía “Dios bendiga nuestra casa hipotecada”.

Me acuerdo de buscar tréboles de cuatro hojas, aunque no mucho rato.

Me acuerdo de intentar imaginarme qué cara tendría de viejo.

Me acuerdo de que un año le compré un frasco de Chanel número 5 a mi madre pero mi padre se enteró de lo que había costado y tuve que devolverlo.

Me acuerdo de lo vacío que podía llegar a ser el día de Navidad una vez que habías abierto todos los regalos.

Me acuerdo de varias veces que me pusieron el termómetro en el culo y del miedo que tenía a que se colara y se perdiera dentro.

Me acuerdo de un niño que me dijo que era más divertido mear con alguien que solo, y así lo hicimos, y era verdad.

Me acuerdo de una vez en que mi madre hizo desfilar a un puñado de mujeres por el baño mientras yo estaba cagando. ¡Nunca he sentido más vergüenza en toda mi vida!

Me acuerdo de un hombre gordo que vendía seguros. Un caluroso día de verano fuimos a visitarle y llevaba puestos unos pantalones cortos y cuando se sentó se le salió un huevo. Me acuerdo que era igual de difícil mirarlo que no mirarlo.

Me acuerdo de que fantaseaba con que un agente de Hollywood me descubriera y me mandara a un centro especial en California donde “rehacían” a la gente. Me pondrían fundas en los dientes y me dejarían el pelo perfecto y harían que ganara algo de peso y me pondrían músculos y saldría de allí como nuevo, rumbo al estrellato. Pero antes pasaría por casa para dejar a todo el mundo con la boca abierta.

Me acuerdo de que las ollas a presión no me inspiraban mucha confianza.

Me acuerdo de los anuncios de seguros contra incendios en los que se veía a familias sin casa envueltas en mantas.

Me acuerdo de imaginarme que toda mi familia moría en un accidente de tránsito menos yo, y de que todo el mundo se compadecía de mí y me prodigaba atenciones, y me admiraba por ser tan fuerte.

Me acuerdo de imaginarme que estaba en la cárcel, a lo anacoreta en mi celda, escribiendo a mano una gran novela de muchas páginas.

Me acuerdo de estornudar en mi propia mano, en público, y del problema de “qué hacer con eso”.

Me acuerdo del dedo de “vete a la mierda”.

Me acuerdo de que “bastardo” perdió mucha fuerza para mí cuando me enteré de lo que significaba. Esperaba algo muchísimo peor.

Me acuerdo del sexo después de haber fumado mucha hierba y de la completa desconexión entre mi cabeza y lo que está pasando allí abajo.

Me acuerdo de casas de ancianas en las que hay un montón de cosas rompibles.

Me acuerdo de una vez, llenando un formulario, no saber qué poner en “raza”.

Me acuerdo de una vez en que intenté mantener una conversación con alguien que tenía un pelo sobresaliéndole de la nariz.

Me acuerdo de “Vaya a la cárcel. Vaya directamente a la cárcel sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar los $200”.

Me acuerdo de “La próxima vez te quedas en casa” porque quería esto o lo otro, y esto o lo otro siempre era muy caro, o no era bueno, o algo.

Me acuerdo de que una buena forma de conseguir un “a lo mejor” en vez de un “no” era preguntarlo delante de los invitados.

Me acuerdo de la forma que tiene de plegársete sobre el dedo una mano de bebé, como si fuera para siempre.

Me acuerdo de cuando el pensamiento más profundo del mundo se te evapora antes de encontrar un lápiz.

Me acuerdo de tomar la hostia y de lo difícil que era no reírse.

Me acuerdo de no entender por qué Cenicienta no hacía las maletas y se largaba, si la cosa estaba tan negra.

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