Por Jose Hoyos

Pesca en el río Paraná


Vaya uno a saber si son posibles los traslados por el espacio y el tiempo o los cuentos realistas. Vaya uno a saber si no son un laborioso engaño de la imaginación o de la literatura que nos convence de que una vivencia, un recuerdo, en realidad pasó. A menudo los recuerdos se truecan en imaginerías, o al contrario. Pero un rincón de la mente insiste con fuerza en los recuerdos que sí fueron, de dónde entonces las experiencias que conforman la historia. En el resto del océano mental gobierna la imaginación autoritaria. Vayamos mejor a una experiencia propia, cuando fui de pesca al río Paraná. Yo vivía en un pueblo del interior argentino llamado Las Rosas, provincia de Santa Fe, bien adentro de la pampa húmeda. Los sábados en la noche hacíamos un asado y tomábamos vino. Era agosto, era invierno, era el encierro, era insoportable. Como Ezequiel decía ser un pescador taimado que conocía cada resquicio del Paraná, uno de esos sábados a las tres de la mañana propuso que nos fuéramos a pescar de inmediato. Dijo que el invierno era la mejor época, que justo al amanecer bastaba meter la mano al río para sacar dorados y barbudos. Lo malo era que tocaba viajar unos noventa kilómetros hasta Monje, el pueblo más cercano por donde pasaba el río. En el interior es común tener auto, así sea destartalado en casi todas las casas hay uno. Pero ninguno de nosotros tenía, y a pescar se acostumbra ir en auto porque hasta el río no llega transporte público. Ezequiel convenció al gordo Lucas de que le pidiera el auto prestado a su tía Nela. Antes del amanecer estábamos ante la señora, efusivos y amables.

La tía Nela era una viejita pensionada, diminuta, celosa de sus posesiones, llena de resabios, pero el gordo Lucas era uno de sus sobrinos preferidos. De entrada se negó a prestarnos el auto. Dijo que todo lo que tenía en la vida era ese Fiat Matice modelo 2011, que lo quería y cuidaba como a un hijo, y que la última vez que lo prestó se lo habían devuelto con una avería en la puerta del conductor que impedía que cerrara del todo y estaba todavía sin arreglar. El gordo Lucas la apabulló con un repertorio de vendedor nato, y Ezequiel y yo le prometimos por todos los santos que se lo devolveríamos en perfecto estado por la noche. Le juramos que ni una gota de vino durante todo el camino, con una seriedad tan convincente que empecé a temer que fuera cierto. Al final accedió de mala gana, después de advertirle al gordo Lucas que en todo caso fuera a menos de sesenta por hora. Apenas doblamos la esquina las ruedas derraparon contra el cemento. Todo el trayecto fue una sola línea recta. Llegamos en menos de media hora.

Unos metros más allá de Monje estaba una zona destinada al camping, la caza y la pesca. Un río gris brillante más amplio que el Magdalena cortaba el paisaje de eterna planicie y una franja de tierra gruesa al otro lado se extendía hasta perderse en los campos áridos desplumados por el invierno. El viento sonda pegaba pleno y los huesos crujían. Algunos botes pequeños arrugaban las aguas que parecían planchadas e iban y venían moviendo pescadores domingueros y cazadores de patos armados de escopetas de goma. Un anciano silencioso remaba un pequeño bote con parsimonia por la mitad del cauce. Se puso de pie y tiró de una boya hecha de un tarro plástico que horas antes había dejado allí. De ella colgaba una cuerda que sostenía una red, parecía infinita. El anciano la sacaba del fondo del río con la serena felicidad de quien nació para pescar, al tiempo que el bote avanzaba con dirección a la orilla entre aguas que saltaban en espuma y círculos y volvían a su calma. Aquella maniobra de viejo sabio parecía no tener fin ni frutos visibles, la red salía y salía sin dar muestras de pez alguno. «Es un trasmallo que abarca todo el río, como la memoria de Funes», dijo Ezequiel. El resultado no fue el esperado, aunque logró sacar dos barbudos del tamaño de medio bote cuyo chapaleo fue desactivado por el anciano con un golpe seco de remo en cada cabeza. El tamaño de la pesca le valió la admiración de los campistas.

Todo eso lo veíamos todavía desde el auto, ahogados en vino y con los párpados pesados. A la orilla un terreno desnudo, amplio y algo descendiente servía como estacionamiento improvisado, apenas separado del río por un listón de madera podrido. El gordo Lucas se dispuso a estacionar mientras Ezequiel y yo íbamos a comprar las carnadas. El gordo ya casi no resistía despierto y mientras manejaba en el tramo del estacionamiento el sueño lo terminó de vencer, su cuerpo se inclinó hacia la izquierda y la puerta averiada del Fiat se abrió, el gordo cayó a tierra y el auto siguió solo, el terreno en bajada le dio impulso, rompió el listón de madera y el amado auto de la tía Nela se entregó por completo a las aguas del Paraná. Corrimos, pero en un parpadeo el compartimento del motor estaba lleno de agua, ganó peso, y el Fiat Matice modelo 2011 terminó de hundirse frente a nuestras bocas abiertas. Hace mucho tiempo estando en mi pueblo me senté a conversar con mi amigo Víctor y me contó que cuando él era más joven bebía mucho con Ovidio, el más conocido borracho de toda esa región de Caldas. Andaban en un Land Rover chatarrudo. Una vez venían muy borrachos a eso de las cuatro de la mañana, Víctor se bajó en una esquina y Ovidio siguió solo, y bajando por la calle principal del pueblo se quedó dormido al volante, su cuerpo se fue inclinando a la izquierda, debido a su gordura la puerta se abrió y él cayó y el carro siguió, fue a dar contra un pequeño almacén de ropa, el muro frontal se desplomó y la gente que había cerca se dijo a saquear. Ovidio tuvo que amanecerse cuidando el hueco. De algún sector de mi mente viene la certeza de recuerdo del río y la pesca y el Fiat, mientras anhelo algún día poder conocer Argentina y poder ir a pescar al río Paraná.

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