Por LC Bermeo Gamboa

Diario para dos Marías (IV)


Sábado, marzo 18 de 2017 – María y Andrés inventados por la nostalgia

He dicho que María es una canonización post mortem, ahora concibo la posibilidad de que, en el caso de Andrés Caicedo, tengamos otro fenómeno similar: una deificación post mortem auctoris.

Esta deificación pudo ser el resultado de las múltiples versiones, diseminadas en conversatorios, prólogos, entrevistas y documentales con las que su círculo familiar y de amigos ha construido el imaginario de un movimiento juvenil y cultural caleño —movimiento del cual Caicedo decidió ausentarse radicalmente— cuyo referente más sólido es su obra, pero que no es la única manifestación artística, por ello es complementada con otras figuras representativas del mismo núcleo local, así tenemos en el teatro a Enrique Buenaventura y el TEC, las leyendas en torno a Ciudad Solar y Caliwood del que sobresalen creadores como Carlos Mayolo y Luis Ospina. Esto por lo pronto es un claro ejemplo de cómo la literatura influye en la vida real creando sus propias formas de reproducción social y vigencia en determinados espacios geográficos.

Al respecto no deja de ser sorprendente cómo el imaginario literario sobre un lugar seduce y atrae a los extranjeros, cosa común en Dublín donde cada 16 de Junio se celebra el Bloomsday, evento al que acuden bastantes aficionados a la obra de Joyce. Algo similar, guardando las proporciones, ocurre por lo menos en el Valle del Cauca, donde es casi obligatorio ir de paseo escolar “a conocer la hacienda El Paraíso donde hicieron La María” (sic), dejando claro que los locales nunca leemos la obra y que al menos cuando vamos nos damos cuenta que es un libro y no una película, y que María y Efraín no existieron, pero que Jorge Isaacs escenificó su novela en esa hacienda que fue de su padre. Nada de esto importa a un extranjero, buena muestra es aquello de que a principios del siglo XX muchos japoneses se arriesgaron a viajar a este departamento colombiano, enamorados de las descripciones del paisaje valluno que leyeron en la obra de Isaacs.

Esta forma de reconstrucción nostálgica de un personaje que se convierte en héroe de su generación, es la que emplea Jorge Isaacs en María, donde se narra la tragedia amorosa de Efraín y María, pero desde la perspectiva de Efraín quien en su soledad presente idealiza el pasado. Así como María es inventada en la memoria de su Efraín, Caicedo es inventado para toda su generación a través de la memoria de sus amigos, una recreación nostálgica del pasado colectivo, un pasado que Caicedo ayudó a construir y se negó a vivir.

Obras románticas, autores no tan románticos

La obra de Caicedo le da sentido terrorífico a Cali y no intenta que la aceptemos, Caicedo nos quiere asustar con Cali: “Entonces oímos una cosa horrible: como aullido de lobo herido (¿quién se imagina a un hombre lobo, a un lobito recién empezando el día?) que llegó a nosotros desde toda la mitad del parque Versalles, una qué, siete cuadras más allá. Era el Miserable que abría el ojo y expresaba así su horror, tirado ante el nuevo día”.

La obra de Isaacs le da un sentido edénico al paisaje valluno y nos seduce para que lo amemos y lo extrañemos, Isaacs a través de su protagonista Efraín nos quiere compartir su duelo único donde perder a la amada equivale a perder la patria: “Ya no volveré a admirar aquellos cantos, a respirar aquellos aromas, a contemplar aquellos paisajes llenos de luz, como en los días alegres de mi infancia y en los hermosos de mi adolescencia: ¡extraños habitan hoy la casa de mis padres!”.


Ambos expresan un conflicto con sus espacios de origen, lo cual es una característica de la literatura romántica, el instinto salvaje desenfrenado en la ciudad y la patria ideal perdida por el destino. Para Isaacs es el “nativo valle” del que tuvo que exiliarse y para Caicedo es el “Calicalabozo” donde permaneció encerrado como bestia hasta que siguiendo su propia sentencia se ejecutó. En este sentido Andrés Caicedo resulta un auténtico romántico de la categoría de Thomas Chetterton, poeta inglés quien se suicidó a los 17 años, en un acto de precocidad que ni el caleño pudo replicar a sus 25. En cuanto al romanticismo de Isaacs, lo dejamos limitado al de su obra, su abandono del Valle obedeció, aparte de la ruina económica, no a su sensibilidad poética, sino a sus intereses políticos conservadores que fueron mejor acogidos en otra región del país.

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