Por Jose Hoyos

La vigencia de Ramón Escudero




Una obra literaria es inmune al tiempo y al olvido cuando después de muchos repasos sigue manteniendo poder de revelación y el vértigo de la primera lectura continúa estremeciendo con la misma intensidad. Es como renunciar o montar en parapente: algo que nunca perderá su encanto. Los lectores que han ahondado en la obra del cuentista Ramón Escudero no dejan de experimentar una curiosa sensación de frescura en sus relatos. Juan Rulfo se refería a él como “el hábil dinamitero de los esquemas, porque no se sabe cómo lleva al lector de la curiosidad a la fascinación”. Escudero llegó a Bogotá siendo niño, a mediados de los años treinta, junto a su mamá y a un perro criollo al que le faltaba una pata. Venían huyendo de los baquianos que habían acuchillado a su padre y ahora querían comprarles o quitarles la pequeña parcela. Pasó por cuatro colegios, y de todos lo expulsaron por darse trompadas cada que sus compañeros se reían de las historias increíbles que contaba con la cara de palo de quien las cree verdad: lo tomaban por un mentiroso compulsivo. Años después se supo que jamás estuvo en ningún colegio. El anciano dueño del inquilinato en Chapinero —donde vivió con su mamá hasta que a ella le dio por morirse de un ataque de asma— le enseñó a leer y a escribir y lo envició a los libros amarillentos de su biblioteca, donde sobresalían los títulos de Rubén Darío, Chéjov, Carrasquilla, Quiroga, Maupassant. A los veintiún años la revista Senderos, de la Biblioteca Nacional, le publicó el cuento Avatares de un ministro. Recibió buenas críticas, y eso le bastó para seguir escribiendo cuentos por el resto de su vida. En una entrevista para El Espectador dijo: “Acostumbro aprender literatura en dos libros: el que se compone de todos los buenos libros de papel, y aquel público y universal manuscrito que está ahí a los ojos de todos todo el tiempo”. No se refería a la vida cotidiana o a la naturaleza, se refería a la inventiva, que está al alcance de cualquier buen tejedor. “El cazador que quiere atinarle al ciervo no le dispara directamente, sino que apunta un poquito más adelante. Lo mismo ocurre con la vida humana: tenemos que apuntar al momento siguiente para poder inventarla”.

El más de medio siglo que tienen sus cuentos los ha renovado y afianzado. Pasa con obras de todo tipo. Un cuento corto, podría pensarse, difícilmente arrojará nuevos descubrimientos o trazará una nueva ruta de interpretación. Nada más falso. No es el cuento el que se devela, es el lector. A medida que rodamos por el despeñadero de los años nuevas formas de entendimiento van sitiando la mente y el espíritu. Es un trance del que solo nos enteramos cuando ya pasó, cuando la edad empieza a tomar carácter de cuenta regresiva. Cambian las obras literarias porque el mundo y nosotros no somos los mismos que cuando acaecieron. Por eso desde hace un tiempo vengo abrevando en cuentistas que, por más que daten de la última mitad del siglo pasado, ya son clásicos. O sea que cada día son nuevos. No le doy importancia a las quejas de los vanguardistas que alegan innecesario volver a los clásicos y escribir sobre ellos, como si lo nuevo no tuviera asidero en lo viejo. Y la de Ramón Escudero es una revisión que siempre suelta cosas nuevas, con justicia fue el único cuentista colombiano en recibir el Premio Aga Khan de la revista Paris Review, en 1972, una época en que premiar cuentistas era poco habitual.

Entre las relecturas fascinantes, hay una a la que regreso cada tanto con el mismo fervor de la primera vez. Se trata de La razón mala costumbre, un cuento incansable que me sigue quitando el aliento. Escudero lo escribió hace cuarenta años, pero solo una década después fue publicado junto a siete cuentos más en Serna o el cautiverio (Salvat Editores), un libro total, sin una sola sílaba fuera de quicio —cualquiera que lo haya leído lo sabe—, escrito por un autor maduro, sereno y prodigioso, cuyas páginas también pueden considerarse un manual de escritura sobre el género del cuento. Uno de esos relatos se llama Modus ponendo: dos personas conversan en la calle mientras esperan el inicio de un espectáculo público, nunca se enterarán de que el espectáculo ya empezó ni de que los protagonistas son ellos. En una entrevista radial el autor habla de los orígenes de La razón mala costumbre. En 1965 fue invitado a La Habana por Roberto Fernández Retamar para hacer parte del jurado del premio Casa de las Américas junto a Allen Ginsberg, José Lezama Lima, Nicanor Parra y J.M. Cohen. En la puerta del hotel Nacional conoció a Artigas, un cincuentón que de joven supo ser un brillante profesor de lógica matemática, ahora casi en la miseria, rodando por bares y calles con una guitarra desvencijada al hombro. El profesor le contó a Escudero —en el español musical de los mexicanos han andado por medio mundo— los pormenores de su drama y caída, lo que también podría entenderse como la síntesis universal de la impotencia. El profesor Artigas es solo un escenario, porque en realidad el cuento está protagonizado por la impotencia. Junto a ella siempre camina el destino como un perro desobediente. Ese destino absurdo es la almendra argumental, aunque lateralmente se insinúa la futilidad de las posiciones sociales y del esplendor de la juventud cuando de búsqueda de realización existencial se trata. Escudero comprobó los detalles de la historia a partir de una serie de hallazgos de prensa y averiguaciones hechas en cinco países a lo largo de varios años. La trama del cuento no deja tiempo para la distracción: el joven profesor Artigas y Amalia, una mujer arbitraria y conmovedora, son dos adinerados de apellidos insignes que acaban de descubrir que el mundo no les va a alcanzar para tanto amor y se van a Roma de luna de miel y si quieres saber más, ve y lee el cuento. El armazón que sostiene el argumento es simple y absurdo, una elaborada sincronía de eventos sin el menor indicio de tragedia, que terminan conduciendo a la tragedia.

Los cabos que el autor va dejando regados a lo largo del relato —puestos a modo de bisagras sin las que el cuento no cerraría— terminan atando perfectamente. No me refiero a los cabos a manera de pistas de los cuentos policiales. Hablo de los enclaves de la fatalidad. Si la historia nos la contara un amigo en una charla informal no le creeríamos ni pizca. Parece paradójico, pero ciertas maneras de hacernos creer algo solo resisten el lenguaje escrito. Una de ellas es el absurdo clavadamente logrado: “Amalia cruzó la frontera de los sentidos a las nueve y diez de la noche del jueves quince de enero, después de dos meses de búsquedas inútiles de un médico en toda Europa”. Y lo mejor es que los lectores terminamos creyéndolo. Aun sin acudir a la regla de que leer literatura exige una voluntaria suspensión de la incredulidad, hay que rendirse ante la forma y recursos con que el autor narrador nos ubica ligeramente a un ladito de la acción. Nos vemos envueltos en la angustia del profesor al verse perdido en Roma, una ciudad dura como el granito de sus monumentos, inclemente y apática, igual que sus amistades más cercanas, sin poder encontrar un médico disponible en medio del congreso de médicos que por esos días se celebraba en la ciudad. La habilidad de Escudero está en cargar el hecho —previamente— de aportes verosímiles. Un recurso heredado de Quiroga. No es Amalia la que se desvanece, sino la esperanza de la continuidad del amor que recién había nacido tan fuerte y rozagante. Examinando los relatos anteriores de Escudero pueden verse indicios o intentos de narrativa que vienen a terminar de consolidarse en este cuento magistral. Ya ha superado el vicio ese de las descripciones innecesarias. En el libro Las ventanas con su noche todos los cuentos se dirigen hacía el terreno de la angustia después de momentos de euforia y plenitud, una celebración épica precede las tragedias, las carencias encuentran su medida en la ostentación, la multitud indiferente ante un hombre que carga con el sino de la muerte, las novias frustradas en la primera semana de matrimonio, las contiendas internas de cada personaje como una metáfora de las que vendrán con su sociedad y su tiempo. Los cuentos de Escudero transparentan un diluido dolor antes de que este se presente, una indignación anticipada jamás hecha explícita, un alegato contra el destino y los convencionalismos disimulado con elegancia a través de una prosa panorámica vaciada de ripios.

Después de la segunda mitad del cuento nos adentramos tanto en los infortunios de extranjero del profesor Artigas que —conducidos de cabestro por el narrador— olvidamos o no caemos en cuenta de que toda la acción sucede por fuera de la narración: la espantosa agonía de Amalia, el descalabro del método analógico en que tanto creía el profesor, la ansiedad porque llegue rápido el día jueves sin saberse para qué. La noticia absolutamente inesperada de la muerte de Amalia me dio más duro, creo, que al mismo profesor Artigas. Más de dos décadas de relecturas y aún me estremezco. El encuentro que Ramón Escudero tuvo con el profesor Artigas es poco probable por algo muy simple: el profesor Artigas es un invento, nunca existió. Tampoco la historia fue real, por más que la mano maestra de Escudero nos lo haga creer insertando hábilmente afirmaciones como “según el profesor Artigas me contó en La Habana y me confirmó años después en Bogotá”, además de otros finos recursos de veracidad. “De las diversas felicidades que puede suministrar la literatura —decía Escudero, citando a uno de sus maestros—, la más alta es la invención. Ya que no todos son capaces de esa felicidad, muchos habrán de contentarse con simulacros”. Los cuentos de Escudero son la prueba de la enorme facilidad con que cede la realidad. Tenía razón Stevenson cuando dijo que la potencia con que nos impactan ciertos personajes literarios nos hace olvidar que son una mera ristra de palabras. Solo la fuerza del lenguaje al servicio de una imaginación sin coyunda puede hacer que el caudal de invenciones de La razón mala costumbre siga fresco después de medio siglo. Una obra literaria adquiere valor histórico cuando logra convertirse en un león imposible de cazar que con los años se hace más fuerte.

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