Puntera 1. Fragmento narrativo.

Azul de Yves Klein.

Al despertar Silverado no tuvo la menor idea de dónde estaba. Se preguntó, ¿cómo era que había llegado a ese cuarto y a esa cama entre la que nadaba desnudo y aceitado de sudor frío? Miró al lado derecho y vio un portarretrato con la cara sonriente de Alicia Caldera, la novia de Montalvo, posando ante lo que parecía ser un portal de madera en una reserva natural con un letrero de acrílico amarillo desconchado por la lluvia y el sol que decía Cab _ _ _ _ _ ron, pero que antes debió decir Cabo Tiburón.

Algún vago recuerdo de la noche anterior le llegó de manera fulminante para irse con la misma velocidad. Extendió la mano derecha hacia el lado izquierdo de la cama en busca del calor y el hálito mínimos de su compañera de juerga esclarecida. No podía pensar mucho más, iba a comenzar a ponderar con mayor complejidad cuando creyó que su cabeza, o el dolor que era toda esta, no cabía en ese cuarto que estaba a punto de sacarle el hígado por la boca por el efecto revulsivo del color azul con que estaba pintado. También le fastidiaban los rayos del sol que se colaban como puyas por la parte baja de las persianas que no acababan de cubrir del todo las ventanas. Se quedó dormido y despertó media hora después con temblores involuntarios en sus pies y estómago, y ahora sí, bañado todo de un sudor glacial repelente. Estas sensaciones y varios retorcijones en su abdomen lo llevaron a correr a arrodillarse frente a la taza de loza inmaculada del baño de la habitación para vomitar como un cerdo atragantado que ha comido más de lo que debe. Estuvo en el suelo un rato más recuperando fuerzas y soltando la cisterna varias veces para echar a la borda su propia porquería. Cuando vio que su cuerpo no daba señales de tener algo más para expulsar, se lavó la cara en el lavamanos y fue hacia la habitación caminando con pasos lentos, casi tambaleándose, hacia el perchero junto a la cama, y sacó del pantalón colgado su teléfono móvil. Llamó a Alicia y cuando ella contestó le dijo que ya iba en camino con un par de antídotos para su malestar. Antes de colgar, la mujer le envío un beso sonado que Silverado no supo muy bien cómo interpretar.

Mientras Alicia llegó, Silverado se duchó y se puso un traje negro de Montalvo Araz sin corbata y una camisa blanca con mancornas de plata grabadas con pequeñas cabezas de lobo. Todo se lo había dejado listo Alicia en la mesa de noche del costado derecho de la cama. Como casi no tenía alientos, se sentó enseguida en un diván, sufriendo todavía un leve dolor dentro del cráneo y la invasión de ráfagas de pensamientos paranoicos sobre el hecho de haber amanecido con la mujer de su viejo compañero de universidad. El arrepentimiento no era una de sus emociones esa mañana, pero sí buscaba entender los pasos siguientes en su vida después de haber traicionado al flamante abogado Araz con Alicia y con el rechazo frontal de su entrada a La Dinámica. En la visita que Montalvo le había hecho en la sede de la revista el lunes pasado antes de su viaje a Zurich, junto a Filpa, le había pedido el favor de no insistir más con el capricho de querer escribir para la revista o entrar al consejo editorial, pues con excepción de él, los demás miembros del comité editorial se habían opuesto y ofendido con el ofrecimiento de dinero a cambio de su admisión o publicación.
De la nada, Alicia abrió la puerta, subió todas las persianas del cuarto para dejar entrar la luz y le embutió a Silverado una mezcla helada de limón con una plasta de efervescencia blanca que no acababa de deshacerse. Le entregó un desayuno surtido con frutas y un par de bebidas isotónicas en una bolsa de supermercado.

─¿Te gusta el azul del cuarto?─preguntó Alicia Caldera.

─No ahora mismo. Me hizo vomitar.─respondió Jacobo Silverado.

El tono es de un artista, ummm, no me acuerdo, pero se lo inventó. Ya, un tal Klein. Dizque inventarse un color o un azul. Tremenda mentira. ¿No te parece?

Aja.

¿Cómo estás? Eres todo un artista para vomitar. Eres como Yves Klein. No has dejado ni una huella. Muchas gracias.

Estoy acabado. Gracias por la bomba con limón. Este azul es como el negro antes de la muerte. Ya la veo venir por mí. Aunque tu pócima ya me hace sentir mejor.-comentó Silverado mientras comenzaba a comer trozos de papaya.

Borracho: no me trates como a una bruja. ¿Vas a alcanzar a recuperarte para ir a la inauguración del Festival Lío?

¿No es el otro fin de semana?

Así es. Pero quedamos anoche de ir hoy a la rueda de prensa y la recepción especial a los invitados en el Fontanar. Habrá dos conferencias.

Vamos entonces.

El tiempo se alargó a su antojo en esa mañana de sábado. Los rayos del sol mermaron su potencia al ser cubiertos por nimbos gigantescas. La temperatura bajó y la luz enceguecedora también se disipó al punto de anunciarse un aguacero con el bochorno, el olor a tierra en el aire y las nubes que se resbalaban como en trineo desde las montañas altas del Valle de los Alcázares al casco central de la ciudad. Alicia y Jacobo Silverado partieron al medio día a Chaia, un pequeño pueblo aledaño a la capital del país, donde clubes deportivos, sociales y religiosos prodigaban a sus afiliados con un lugar de esparcimiento exclusivo a quienes pudieran costearlo. Fue esa tarde cuando la nevada histórica dejó casi toda Ciudad Puntera cubierta de nieve con la apariencia irreconocible de una metrópoli de otro lado en su temporada más fuerte de invierno.

La revista Lío había alquilado en Chaia el Fontanar para lanzar la campaña de expectativa de su festival cultural por todo lo alto; en compañía de la crema y nata local y las luminarias artísticas que estarían presentes durante los cuatro días del festival abierto al público en el fin de semana consecutivo. En la fila del peaje, antes de salir de Puntera, un camión de cuatro chasises, tumbado de medio lado, le cerró el paso a los estrenados amantes. El espacio estaba franqueado por todo tipo de mercancías literarias y souvenires del festival, esparcidos a lo largo y ancho de la carretera por el furgón antes de ser frenado por el sardinel de contención del tránsito. Una marea baja de volantes y libros de todo tipo iba y venía al son de los embates del viento y las ruedas de los carros que todavía transitaban en el sentido contrario en que iban los nuevos enamorados.

-Mira, ahí hay unos libros tuyos.─Dijo Alicia señalando con los dedos fuera de la ventana hacia el borde de la autopista marcado con pintura blanca.

─¿Te imaginas cómo sería si ese desorden no fuera de libros, sino de los cuerpos de los autores de esos libros?─preguntó con sorna Silverado.

─No digas esas cosas.─le increpó Alicia.

─Si vas a comenzar a censurarme, lo mejor será que nos devolvamos. ¿Ves por la ventana? La literatura está por el piso por estos días, porque acá no nos gusta pensar. Acá se alienan muy fácil con un reinado de belleza o un festival de estos donde se anuncia la presencia de los voceros de la gran intelectualidad del pipiripao. La banalidad y la farándula tienen nubladas las cabezas de todos. Se la pasan esnifando cocaína mientras piden la paz. O de adulones de la Sunín. En este país, en este lado del planeta, se embrutecen con las noticias de los famosos o la televisión más mala de todas o con un par de pendejos que se quitan un balón de cuero, de caucho, con los pies, las manos o sus culos. Prefieren eso en vez de ver el desastre en que vivimos. Acá en Puntera, por ejemplo, vivimos en medio de una guerra cruenta y el neoconservadurismo pero creemos que pasa por allá lejos en el campo o en provincia, porque casi no pasan hechos violentos de consideración en las ciudades grandes. Nadie ayuda, como dices tú, a los que están jodidos. 

─No es para tanto, Jacobo. Modérate un poco. No te pongas así con esa resaca que traes. Además, ya vamos a mitad de camino y mira, ya están despejando la vía …. di lo que quieras acá, pero no te vayas a poner pesado allá en el festival. Tienes que dar tu mejor impresión a todos y en especial a la prensa por el bien de La Dinámica y de tu próximo libro….sonríele a todo. La tristeza y las malas caras no han vendido nunca.

─Ya, ya … me lo dijiste toda la noche pasada: para ganar y seducir hay que ser un hipócrita, algo así, … la tristeza nunca ha estado de moda…hay que negar el dolor y el malestar. Hay que sonreír, …sonreír. Ya me lo aprendí de memoria. Mira, así.─Dijo Silverado sonriendo; forzando sus quijadas a su máxima abertura, mostrando los dientes.

─¿Sabes una cosa?─preguntó Alicia.

─¿Qué?

─Se te ve muy bien el vestido de Montalvo.

─Jajajaja. Pobre marica.

Se rumoraba de cierto tiempo a ese sábado la posible presencia de Lujac Callens en el Festival Cultural Lío, pero ningún medio periodístico ni los representantes locales de la editorial Penta habían afirmado o desmentido nada. Cuando Jacobo y Alicia bajaron del auto los recibió la vista de una floresta soleada, rondada por caminos artificiales de piedra caliza, que sin quererlo iban en juego con las carpas, mesas y manteles en punta de blanco, engalanados los últimos con floreros repletos de dalias amarillas, cubiertos de plata y copas de cristal. Banderas y pendones rojinegros anunciaban en la floresta el primer festival de la revista Lío con el logo oficial y el número del año en curso. Carpas amarillas hospedaban pequeños puestos de venta de libros y de revistas, además de fondas con comidas y bebidas de cortesía. Al fondo, en la pradera cercada con postes de cemento pintados de blanco y rojo, cuatro perros dorados se perseguían por turnos, cerrando y abriendo nudos ballestrinque, en el aire a ras de suelo, frente una recua de vacas blancas orejinegras que los espiaban desde su rumiar pasible y vacío.

Alicia y Jacobo fueron andando hacia la sala de recepción de la casa quinta. En la entrada les revisaron sus invitaciones y los requisaron con un sensor de metales. Una vez adentro saludaron a Kika Eyes, la editora de Venero; Andrés Rellenos, el anfitrión del emporio Lío; Carlos Trepo, el periodista cultural, gay, que había reseñado mal el último libro de Silverado; Jota Mario Chávez, el poeta más laureado de la temporada y Luz Mary Echenique, la poeta y crítica plagiaria inmutable. Así hicieron un rato; saludando a todos sin discriminación, y Alicia recordando a Silverado sonreír, hasta que avistaron la mesa que les correspondía por la presencia de Germán Alcocer y H. R. Rubio acompañados de sus esposas y un par de gandules colados en la celebración. Se sentaron y comenzaron a charlar entre todos sobre la comidilla del gremio literario.

La nueva pareja compuesta por Silverado y Caldera no disimulaba arrumacos y querencias. La noche anterior habían decidido jugárselo todo por su relación. Aunque aún no sabían cómo encarar a Montalvo cuando regresara de Europa. En el momento en que llegaron a la mesa, H. R. explicaba que más allá del fuerte entusiasmo por los ideales y las reivindicaciones del pueblo y la teología de la liberación mezcladas con el discurso viejo de la guerrilla, al cura-guerrillero Camilo Torres le había caído la desgracia por culpa de los protestantes o de los cristianos evangélicos en general. Cerró diciendo que al final, antes del asesinato a manos del ejército, Camilo se había vuelto un Luterano recalcitrante; un cristiano hasta el tuétano, pues primero se lo había hecho a su amante Marcela Torres por el útero y luego, con algo de mañita, por el ano.
Cuando Silverado tuvo el turno de hablar, dijo que para él la revista Lío era como el The New Yorker pero de un barrio de Puntera, por las ínfulas y el tono que trataba de calcar y combinar el editor Andrés Rellenos con el contenido local y los textos traducidos que tomaba de esa revista y de otras publicaciones anglosajonas. Retomó Silverado y soltó que el paje de Rellenos Lucio Jarichí no daba ni para poeta ni traductor de escritores italianos, sino para cagarse de la risa si se le ponía a decir con su dislalia incurable r con r cigarro, r con r barril, rápido corren los carros por el ferrocarril o como fuera que siguiera el trabalenguas digno de Eliseo Herrera. En ese momento se llamó la atención de los presentes por los parlantes y Fernando Vargas Calo subió a la tarima y se puso detrás de un atril acompañado de una manada de perros dorados amarrados con lazos, tirados por un grupo de activistas uniformados con camisetas verdes estampadas con animales en peligro de extinción.

En la alocución, Vargas Calo dijo que él no tenía nada qué ver, ni qué decir, ni qué hacer con mil quinientos millones de ciudadanos chinos. Que si por él fuera los cambiaba todos por conocer a un marciano. Habló con su perorata de siempre en que tildaba a la reproducción humana como el crimen máximo, a la iglesia católica y a la familia como empresas criminales y a las religiones y a la humanidad entera como incapaces de valer algo por encima de un segundo de dolor causado a un animal con el fin de hacerlo alimento o diversión en una corrida de toros o en un matadero municipal. Recordó que la directora vigente del programa de asistencia para la infancia abandonada en Puntera era la misma que había impartido la orden, como directora de salud, para electrocutar diez mil perros callejeros. Vargas Calo lanzó también insultos a la clase política y preguntó a los asistentes el porqué las potencias mundiales desperdiciaban tanta bomba atómica en pruebas en los atolones del Océano Pacífico teniendo un terreno fértil para la hecatombe en Ciudad Puntera o en cualquier lugar del país, en donde tanto asesino, ladrón, narco, sacerdote y patirrajado deambulaba obrando de la peor manera.

Después de un receso en que sirvieron la comida, subieron a la tarima Isabela Navia y Martina Loboguerrero. Ambas fueron presentadas como actrices y autoras de los dos libros de no ficción más vendidos del año. Dieron una presentación de su obra teatral Los hombres las prefieren brillantes cargada de lugares comunes sobre los problemas y estereotipos entre hombres y mujeres y comentarios vulgares sin gracia. Los aplausos fueron cada vez menos según avanzaba el espectáculo. Cinco minutos delante de iniciada la obra, H. R., su esposa Alejandra, Silverado y Alicia se apartaron del salón principal para ir a caminar al jardín y ver las montañas verdes musgo, los pinos canadienses de verde cetrino, el pasto verde fluorescente, el verde granate de los sauces llorones y pensativos y el azul; el maldito azul por encima de las vacas apenas perceptible al fondo y en lo alto, según iba nombrando todo Jacobo como en el primer día del mundo. En cierto momento todos vieron al lado de las vacas, a lo lejos, fragmentos de la panorámica anaranjada, marchita y rojiza de Ciudad Puntera por el efecto creado por las muchas construcciones hechas de ladrillo cocido y la caída de la tarde conocida como el sol de los venados. Estuvieron todos callados un rato contemplando aquello. Luego se pusieron a murmurar, cada uno a su estilo, que de repente un aguacero del demonio caía sobre Puntera.

─Miren eso. Como decía Arturo Morada Sur: ``Donde el verde es de todos los colores´´-dijo Silverado señalando a la nada y a los verdes y continuó-….qué circo tan asqueroso allá adentro. No se para qué vine a conseguirme semejante desencanto.

─¿Por qué escribes Jacobo?─preguntó Alejandra.

─Mira, hay muchas razones. Me gano la vida como editor, pero no puedo vivir sin escribir…. siempre ha habido circo, pero no tan desfachatado. Las muchachas de la obra daban lástima. Como humanos continuamos haciendo cosas, entre ellas seguir contando y escribiendo porque no sabemos nada y porque queremos saber más de los demás para tratar de conocer y sentir lo que hemos sentido antes y anticipar lo que vamos a sentir. Escribimos para expresar y crear un soplo negro, un bestiario nuevo en la medida de lo posible, y el hogar inexistente y más real para los lectores de turno. Los escritores no estamos satisfechos con una herencia … un mundo recibido. Estamos inconformes con el estado actual de las cosas y la posibilidad de un planeta aún más inadecuado que se podría dejar a las generaciones que vienen. Escribimos para desafiarlo todo. A la ciencia, el sistema y la realidad. ¿Pero que son estas cosas? Tampoco lo sabemos. Escribimos para saber por qué escribimos y escribimos para agradecer cada nueva toma de aire. También escribimos por el simple amor a la literatura. ¿Sabes qué es la literatura?

─Dímelo─solicitó Alejandra.

─No sé qué sea. Puede ser muchas cosas. Pero Alicia me ha enseñado a ver a la ficción y el periodismo combativos como muy cercanos a la verdadera literatura. Pero la literatura no es un festival literario como este, ni solo combativa; ni un compromiso político forzado, ni un tour de presentaciones ni una carrera de estudios universitarios, ni pantallear así como esa muchachas
allá dentro. La literatura es como el azul más azul que te hace vomitar. ¿Me entiendes? Es de las pocas cosas que aún no se malogran del todo y nos dice qué grandes y entusiastas fuimos como especie para acabar siendo cada vez más esta mierdita pequeña y robotizada. La literatura es malparidez en grado sumo. La literatura es todo menos esto que hay acá en el Fontanar hoy.

Iba en eso el berrinche de Silverado cuando un flamante Alfa Romeo negro se estacionó ante la puerta de la casa quinta. Un chofer abrió la puerta del auto a un Lujac Callens golpeado a la vez que acicalado por el paso de los años. El escritor español entró pisando fuerte al ruedo donde lo esperaban los leones, acompañado de una rubia platino, con una cara y unos pechos de ensueño, que le agarraba del brazo izquierdo para no caer desde sus altos tacones rojos. Silverado en esas horas del final de la tarde ya sabía dónde andaba y qué debía hacer. Se apresuró a despedirse e irse de allí lo más pronto posible. Como muchos, tenía una idea mitificada de Callens y quería conservar ese gusto por sus libros y lo poco que sabía de su personalidad sin atreverse a tratarlo ahora que lo tenía a un palmo. H. R. y Alejandra que no sabían nada de Callens se despidieron con efusión y entraron al salón principal de la casa quinta.

Dentro Callens saludó a boca de jarro diciendo que esa noche, allí en el Fontanar, ocurriría un asesinato del cual él mismo escribiría una novela. Todos soltaron una risotada. Después se disculpó por su tardanza por la increíble nevada que tenía anegada y bloqueada a Puntera. Lujac Callens subió a la tarima para dar su conferencia, no sin antes desprenderse de su rubia bomba en la mesa donde los dos gandules colados fingían de invitados.

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