Por Jose Hoyos

Voces de poetas, brújula de Mauricio Peñaranda




Definir supone un dominio sobre tal o cual tema. Definen los que saben o los que engañan. Pueden definirse cosas o fenómenos sobre los que el hombre ha bregado por siglos: la medicina, los subsecretarios, la moneda, la física, el juego, la lógica de un hormiguero. El juego y los hormigueros representan definiciones en extremo difíciles. También hay honduras a las que el hombre ha intentado vanamente acercarse: el universo, la justicia, el origen y destino humano, el sonido de la palma de una mano chocando contra sí misma, Dios y los mosquitos javaneses, el lenguaje, la imbecilidad, el fondo del mar y la poesía. Algunas mentes luminosas han definido la poesía, pero alguien más iluminado todavía dijo que poesía es todo lo que queda por fuera de su definición. Otras definiciones conforman buenos versos: “Realización total de la existencia”. “Esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y que contagia el amor y que repite las imágenes en los espejos”. “La poesía es lo único que le ha sucedido al universo después del Big Bang”. “Es el diario escrito por una criatura de mar, que vive en la tierra y desea volar”. “Es el murmullo del azúcar cuando sube a las naranjas”. Fue León de Greiff quien mejor sentenció eso de dar significados: “Definir, pamplinas, no es asunto que yo entienda. Son otras mis aficiones. Dejar que otros definan y los de allá contradefinan. Y yo, irla logrando en tanto, como salga ella”. Haría falta un volumen que recogiera no solo definiciones, sino percepciones y formas de vida, hundimientos y elevaciones, senderos y abismos de los grandes poetas de nuestro tiempo y las expresara con voz propia, con intención estética y originalidad.

El volumen se llama Voces de poetas, lo escribió Mauricio Peñaranda y es el ganador del concurso Premio Colección de Escritores Pereiranos. Su lectura es viento que sale de las grandes voces literarias: Rubén Darío, Hölderlin, Rulfo, Virginia Woolf, José Asunción Silva, Pavese, Salgari, Cortázar. Mucho cuidado con Hemingway, Balzac, Maupassant, Proust, con esas prosas tan deslumbrantes y versos tan abrasivos, son universos demasiado intensos porque esa gente no escribía así: era así. Hay que ser, después escribir. A lo largo de Voces de poetas puede verse una personalidad poética desbordante y a la vez contenida, serena, honesta. Comparto la idea de que alejarse del caos cotidiano es acercarse a la verdad, en caso de que exista una. La personalidad del poeta y su universo vívido son condiciones que se alcanzan solo a través del alejamiento y la introspección. Parece paradójico que el dominio de un lenguaje se consiga hundiéndose en el silencio de la lectura y la escritura. De esa disciplina está hecha la personalidad de Mauricio. El carácter constituye el estilo de un escritor. Su respiración natural es la palabra pensada, y se traduce en entendimiento mediante la palabra escrita. Si me ponen a escoger entre hablar o pensar, no lo dudaría ni un segundo. Para qué hablar si ya los grandes poetas lo dijeron casi todo (el casi es la pequeña esperanza que nos alienta a escribir). Y lo lograron porque la precisión del lenguaje —que fue pasado mil veces por el tamiz del pensamiento allá en la intimidad— alcanzó alturas suficientes para sobreponerse a los siglos. Leer Voces de poetas es establecer comunicación con esas intimidades.

Una leyenda judía sostiene que a Dios siempre hay que temerle porque una rabia apocalíptica lo mantiene a un pasito de acabar con el mundo por lo mal que se portan los hombres. Pero con cada generación que viene a la existencia, según la leyenda, llegan 36 personas justas que, sin saberlo, sostienen el mundo. Logran salvarlo y resarcir a la humanidad ante Dios, al menos por un tiempo más. Dentro de ese grupo se cuenta uno que otro líder mundial, científicos y, desde luego, artistas. Y dentro de los artistas, quienes más sobresalen son los poetas que no dan pequeñas limosnas sino que se dan, enteros, ellos mismos. La voz del poeta devuelve paz al espíritu. Basta leer a César Vallejo para vincularse con una fuerza superior. Hasta sus silencios son como gritos. ¿Por qué insistirá entonces el mundo moderno en desestimar las voces de los poetas?

Para acercarse —si se puede— a lo que significa la escritura, conviene conocer aspectos de vida de los poetas mayores, sus inclinaciones, demonios, desajustes, alumbramientos y subyacencias. La desventura de Edgar Allan Poe es expuesta en solo tres líneas certeras: “¿La muerte era esto? ¿Un lugar tan claro, tan parecido a la esperanza, a la paz? Ni siquiera una brizna de imaginación. Dios, si en algún lugar existes, debiste haberme plagiado”. Pasa igual con Tolstoi: “Desde que se produjo mi muerte, mi nueva estadía consistió en esperar con horror la llegada de Sofía”. Queda la sensación de que Mauricio abrió una puerta y lo hizo pasar a uno al otro lado, allá donde vivió y cantó el poeta, allá donde los episodios racionales son innecesarios, estorbosos. Las biografías son remiendos de la historia. La mejor biografía para un poeta que se ha ganado un lugar en el altar es, desde luego, un poema. Voces de poetas camina en esa dirección, como atándole a la historia una brújula diferente, una que orienta en dirección contraria a la de las aburridas semblanzas y reiteraciones.

No siempre hay que escribir largo para decir mucho. La economía de lenguaje es la marca identitaria de los buenos poetas. En la poesía de Mauricio bastan tres o cuatro líneas, basta un párrafo de breve y finísimo andamiaje, para esclarecer el símbolo de cada escritor, para echar a volar los pájaros de la imaginación, para demostrar que los grandes poetas terminan quedándose con la historia, porque todo lo que esté bien escrito es una verdad superior a la verdad ordinaria.

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