Por CATHERINE RENDON

La librería imaginada


Un lector ha ubicado sus libros, después de tantas andanzas en una especie de castillo medieval ubicado en Poitou-Charentes, en Francia. Es un lugar que ha pasado por tantas personas y tantos episodios que quizá lo que ahora prevalece, más allá de lo monumental que pueda ser estar presente en ese lugar por su impresionante supervivencia arquitectónica, son las grandes estanterías de libros, la calidez de la luz, la comodidad de las sillas y sobre todo los miles de fantasmas que ahí habitan. Las voces de libros que ya fueron leídos, de los libros que son olvidados y además de las historias contadas y aún no contadas de quienes por allí pasaron.
Se parece quizá a la historia de un lugar en un pueblo colombiano que fue una cárcel del horror donde hacinaban a las personas para luego matarlas y que años después fue y es una biblioteca. Una biblioteca que un lector visitó en su niñez y que fue el lugar que marcó el destino de su vida para dedicarse de manera decidida a la lectura y la escritura. Los lugares que fueron escenarios de horror o de infortunio pueden ser en un presente el escenario de la esperanza.
Al parecer los lugares en los que hay libros son lugares que tienen sus propias normas, que llaman al silencio, a la conversación y a la curiosidad que crea ese lugar encerrado y que permite conocer el mundo exterior, lugares mágicos. Los lugares en los que hay libros pero además hay gente que lee libros son aún más mágicos: se crea una especie de círculo encantado donde se juntan lectores con lecturas compartidas, con gustos disparejos, con encuentros, sorpresas.
En ciudades pequeñas, como Armenia, una ciudad que con un infortunio marcado en su pasado ha logrado a pasos lentos dejar la pasividad excesiva del ambiente característico de las pequeñas ciudades, hay lugares con libros, claro. Pero tienen además lugares con libros y lectores para sentirse en calma y con curiosidad por las historias que faltan por descubrir. Nosotros tenemos uno de esos, una pequeña librería, Libélula Libros, que tiene joyas en sus estantes, y que es, con toda seguridad, la librería tesoro de la ciudad.
Hace pocos días cambió de ubicación y parece ser más encantadora que el lugar anterior donde estaba. Este lugar parece más fascinante por hacer de lo privado algo público, común. La primera cara de la librería que vemos antes de entrar es la privacidad del lugar del lector que después de muchas andanzas ya ha ubicado sus libros. Es la fotografía de la biblioteca personal del escritor y lector argentino Alberto Manguel, tomada por Ana Obiols.
Hace cuatro años llegó Libélula a la ciudad, antes de que hubiera libros en las estanterías y estanterías en las paredes, los libreros tenían que discutir sobre los tamaños y las formas y el orden de la pequeña librería, entre muchos amantes de los libros hablaron de Manguel, y tantas maravillas que ha dicho sobre la relación entre el orden de los libros y el orden del cosmos. Cuatro años después no hubo mucho por discutir: sería una foto de la biblioteca personal de Manguel la que daría la bienvenida a los visitantes. Encontraron la foto, escribieron a la fotógrafa, ella dijo que sí, y que había consultado con él y que "será un gusto que su foto esté en la librería".
Es un encanto más ver que no usaron los vidrios para exhibir libros y vender más, como la norma indica, sino para mostrarnos un lugar privado e íntimo que ahora es público y es el reflejo del espacio captado por la fotografía.
Alberto Manguel sabe que ahora su biblioteca personal no solo circula en La biblioteca de noche (un libro que poco circula), sino que es también la entrada de un lugar público, de una librería, de un tesoro de una pequeña ciudad.



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