Por John Better

NADA MÁS PRECIADO PARA MÍ: UN ENCUENTRO CON FITO PÁEZ


En 1996 el cantante argentino Fito Páez se presentó en el festival de verano de Cartagena.  Su show estaba programado para  la noche del 29 de junio de ese año,   allí  compartiría escenario con  bandas  de pop español como Zimbabwe, y los desafinados edulcorantes de  Vilma Palma e Vampiros.
Desafortunadamente algunos músicos de Páez no alcanzaron a llegar a tiempo y el show fue   reprogramado para el día siguiente. Noche en la que también actuarían los cantantes Diomedes Díaz y Kinito Méndez.

Estos pastiches musicales parecen darse en el Caribe colombiano más de lo que pensamos, cabe recordar el episodio ocurrido en Barranquilla donde la legendaria banda Soda Stereo fue  telonera de la agrupación merenguera Rikarena.

Páez aterrizaba a la costa atlántica  luego de una carrera en ascenso que disparó la placa  de 1992, El amor después del amor, (el disco más vendido en la historia del rock en Argentina) Al que precedieron el clásico álbum Circo Beat  y  el disco en vivo, Euforia, del que Páez adelantara  en Cartagena la pieza Dar es Dar.

El concierto se realizó en la plaza de toros. El público estaba claramente dividido. Por un lado, una tribu de bellos chicos  y chicas que sostenían un enorme cartel de tela que decía: “Fito te amamos”. Por otro, los fanáticos de Diomedes que  miraban con desconfianza a ese hombre de pelo rizado, delicados ademanes y flacura extrema que inició el concierto con los primeros acordes de su icónico tema, Hazte Fama, perteneciente a su álbum Tercer Mundo de 1990: “Fito tiene sida, toma anfetaminas”.

Los seguidores de Páez estallamos en júbilo ante aquellas palabras del flaco que seguía sin ningún pudor cantando las cosas que la gente suponía sobre su vida: “duerme con patillas fuma marihuana”, “Dicen que lo vieron no hace mucho tiempo recolectando jeringas en el parque japonés”.


Debo decir que fui un  fanático obsesivo del cantante rosarino desde los 15 años. En Barranquilla, la música de Páez era casi desconocida. Gracias al programa Frecuencia Pop, de Uniatónoma Stereo,  a cargo del argentino Alfredo Bendek, pudimos conocer gran parte del movimiento de la música popular argentina y latinoamericana. Cantantes como Spinetta, Charly García, Fabiana Cantilo o Páez, formaban parte de la programación habitual de Frecuencia Pop.
Enloquecer por un músico es quizá una de las experiencias más salvajes y románticas  que se puede vivir cuando se es joven. Coleccionar sus discos, casetes, fotografías de prensa, es  una labor que tiene que ver con el amor incondicional.   Y allí estaba yo ese junio del 96, junto a J.C, mi novio de aquellos años.

Llegar hasta ese lugar  fue una odisea.  Un mes antes del concierto, J.C   consiguió un carrito de jugos de naranja para vender en el centro de Barranquilla y poder  levantar el dinero e irnos juntos a ver a nuestro ídolo.

Abrazados, con 18 años cada uno, escuchábamos en vivo y en directo  aquellas canciones que solíamos oír en viejas grabadoras o desvencijados tocadiscos. “Tu amor es un karma, es parte de la red, pero me hace bien”,  susurraba J.C a mi oído mientras Páez en el escenario coreaba: “Nada más preciado”, canción incluida en su potente álbum Ciudad de pobres corazones.

Tan cerca, tan lejos, vestido con pantalón morado brillante  y camisilla negra, moviéndose  con gracia, sacudiendo su ya recortada melena, estaba Fito Páez danzando y cantando en nuestros corazones, una ciudad se incendiaba con el poder de la música esa noche.


Las malas caras se hacían notar, una que otra rechifla era lanzada por algún combo de fanáticos del vallenato. El músico argentino seguía en lo suyo,  nos paseaba por diferentes épocas de su carrera, desde clásicos como Giros, Once y Seis, Tercer Mundo, hasta piezas aun recientes en aquella época como Circo Beat, Mariposa Tecknicolor, A rodar la Vida, o Dar es dar.

Y de repente, lo que nadie esperó, los seguidores del Cacique de la Junta, empezaron una seguidillas de insultos a coro que lograron sacar de quicio a Páez quien había anunciado cantar su tema Polaroid de Locura ordinaria,   tema inspirado en el texto La chica más guapa de la ciudad de Charles Bukowski e incluido en  su disco ¡Ey! De 1988.

-Hemos hecho un pequeño cambio, tocaremos Ciudad de pobres corazones, dijo Páez escuetamente.

Entonces  la ciudad ardió sin piedad.  Como si vinieran imágenes de aquella época oscura en que escribió ese tema-maldito en su naturaleza  debido a que el génesis del álbum del mismo nombre se inspiró en el asesinato de su familia-de repente el cantante se transformó en un huracán de odio que se precipitó por todo el escenario gritando a viva voz: “En esta puta ciudad, todo se incendia y se va, matan a pobres corazones”. Guillermo Vadala, uno de sus guitarristas de entonces, acompañaba la furia eléctrica de Páez tocando la guitarra con los dientes, al mejor estilo Hendrix. 

Furia que nos llegaba a ráfagas hasta la arena de la plaza de toros: ¿Qué es lo que quieres de mí, qué es lo que quieres saber? Preguntaba el rockero que de niño oía a  The Beatles, Stan getz o Jobim en su casa paterna de Rosario, provincia de Argentina. El mismo que yo contemplaba obnubilado en la caratula de su vinilo El amor después del amor, indecomisable posesión de aquellos años noventa en que la música fue , al menos para mí, el abrelatas del alma, como dijo  alguna vez Henry Miller.
El público mantenía expectante, los acordes de Ciudad de pobres corazones  fueron desvaneciéndose. Un breve silencio. Luego  la euforia saliendo a gritos  de las gargantas de  los fieles fans que lo acompañamos esa noche.
Casi dos horas duró aquel concierto, después JC  y yo regresamos al hotel de  mala muerte donde nos quedamos, y allí entre vino barato y cigarrillos seguíamos coreando los temas de Páez hasta caer fundidos.







Viaje a bordo de Fito Páez



Fito Paéz está frente a mí. Tiene ya 54 años, está de visita en Bogotá invitado por la feria del libro  en donde presentó su texto  Diario de viaje (Emecé, Planeta) un trabajo  que recoge impresiones, fotografías, notas críticas, y anexos que rememoran apartes de la vida del autor, hasta  ahora desconocida, como aquella bella anécdota  de finales de los ochenta cuando conoció a Atahualpa Yupanqui en una fiesta en Francia:
-Atahualpa me tomó de la mano con curiosidad y me llevó hasta una habitación,  cantó al oído parte de la letra,  luego me preguntó si yo había sido el que compuso ese tema, ¿podés creerlo? Dice Páez como un niño emocionado. Y a veces es un niño inquieto, lleno de delicadas maneras y anécdotas. Nuestra charla pasaría por la obra de autores que admiraba como Lemebel, Fogwill,  Noy,  Bukowski, Puig o Nestor Perlongher, lecturas que podemos rastrear a través de muchas de sus canciones

-Hay un verso de Perlongher que habla de una ciudad liberada, quizá así se llame mi nuevo disco, “La ciudad liberada”, ya lo estoy grabando,  seguido canta a capela uno de sus versos, luego sorbe algo de agua mineral.

EL libro de Páez es su segunda incursión en el mundo literario,  ya en 2013 había lanzado su novela La Puta Diabla. El lanzamiento fue un suceso, el auditorio  José Asunción Silva de la Filbo 2017 estuvo a reventar, el autor argentino firmó más de dos mil ejemplares. Cantó un par de canciones de su antiguo repertorio como Gricel, Yo vengo a ofrecer mi corazón ( a capella) Desarma y sangra de Charly García y Mariposa Tecnicolor,  canción icono en su carrera y que en Diario de viaje nos revela el misterio de su composición: luego del éxito desmesurado de su disco   El amor después del amor-que le permitió al rosarino convertirse en una figura mediática e influyente-vinieron días en que pensó que después del éxito comercial  solo había un pavoroso agujero negro. 

En ese dilema y mientras descansaba en una terraza, una frágil mariposa se posa en una de sus piernas, una revelación de colores, un nuevo renacer en la forma de un efímero ser alado le da al músico un nuevo aire y compone la primera de muchas canciones que hasta hoy nos sigue entregando sin descanso.




En esta visita lo acompaña Margarita, su hija menor, quien en la presentación de su libro en la sala José Asunción Silva sorprendió a todos ejecutando una melancólica pieza para piano.
Nos encontramos en el restaurante Osaka al norte de la ciudad, Páez ha pedido un paseo por los platillos  del afamado local peruano. Diminutas porciones de pescado y otros mariscos pasaban por nuestros ojos como coloridas y minimalistas piezas de arte que acompañábamos con sake helado.

-Te vi por primera vez en Cartagena, el 30 de junio de 1996,  mi novio me llevó,  le dije.
-Vaya, te acordás de las fechas exactas, anotó. Belén, su  platinada asistente personal.
-Y bueno,  Belén, yo me acuerdo de las fechas de los primeros conciertos de Charly a los que fui. Cartagena, claro, lo recuerdo, apuntó Fito.

Todo aquello no dejaba de ser extraño. ¿Qué me trajo hasta este momento? ¿Cómo un chico fanático y de barriada   termina con su ídolo frente a frente? Pensaba. Debe ser “el mundo que cabe en una canción”,  me dije a mi mismo parafraseando el título de uno de sus discos. En otro tiempo estuviera gritando  histérico de solo tenerlo cerca, pero el tiempo y el mundo se encarga de alivianarnos.

La noche siguió entre charlas, risas, delicados platillos, recuerdos. Páez, algo cansado, pidió permiso para retirarse, no sin antes tomarse unas fotos con los trabajadores del lugar. Le entregué mi novela, nos hicimos un par de fotos y le di un breve abrazo.

El resto de la noche terminaría para mí en un extraño lugar como salido de una película de Kubrick, después en un bar gay donde el sopor del sake, el wiski y el vodka me iba dejando fulminado. Desperté en un cuarto de un apartamento al norte de Bogotá, un vaso de Wiski reposaba sobre la cama,  bebí lo que quedaba.  Abrí el Diario de viaje de Fito al azar, y me encuentro con un capitulo donde habla sobre las resacas. Imágenes nítidas vienen a mi cabeza: una habitación roja con un gran piano de cola, un abrazo eufórico en el que me fundo con Belén en un fresco patiecito lleno de flores, la voz de Páez cantando la ciudad liberada, un mesero de ojos gris mármol sirviendo un interminable sake., el cabello rubio de Margarita.


“Mis resacas para escribir o hacer música son fabulosas” dice el cantante  en su texto. Me pasa igual, bebiendo o no, siempre tengo resaca, así que voy por una cerveza a la nevera y empiezo a escribir este texto que recuerda a un chico cuyo nombre prefiero callar, al que desafortunadamente  no pude salvar de su descenso  irremediable hasta las tumbas de la gloria.

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