Por Jose Hoyos

Tenemos que hablar de Berenice

Berenice la indiferente, Berenice la resignada, Berenice la miedosa, Berenice la cansada, Berenice la mediocre. Hay una foto en la que tiene el mismo pelo corto crespo de siempre, la mirada asustada, el cuello curvo de la gente ingenua, la piel tono caramelo, no lleva aretes, el maquillaje casi no se percibe y la blusa blanca de cuello amplio se confunde con el fondo de la imagen. Es la foto para la cédula. Ya tiene dieciocho años y hay que salir de la casa, pasar de una escoba a otra, devengar, buscarle por dónde a la vida. Cuando Berenice salió por primera vez con un hombre, él no dijo más de cinco palabras en toda la noche. Hubiera respondido con gran interés a cualquier cosa que dijera porque él era el hombre. Nada le hubiera parecido tonto o autoritario. Fueron a ver una película que no se entendía muy bien. Después fueron a un parque donde no se dijeron nada. Después no se miraron a los ojos. Después caminaron por donde a él se le ocurría. Después comieron pizza en un lugar olvidable. Después estuvieron en un hotel. Después volvieron a ese hotel. Después ella tuvo tres hijos. Después él se alejó. Después ella lo buscó. Después él respondió con indiferencia. Después ella se tuvo que ir a trabajar lejos dejando los niños al cuidado de doña Genoveva. Después pudo venir cada quince días y traerles torta de vainilla. Después padeció meses porque sus hijos lloraban en una casa donde no conocían a nadie. Después no aguantó más y fue por ellos. Después los niños fueron creciendo y ella no sabía cómo se crían los hijos. Después su hijo mayor, al tercer año de colegio, decidió no estudiar más porque un perro lo persiguió y le mordió los tobillos durante el recreo y frente a todo el mundo. Después él le reveló que ya era suficiente vergüenza ir con los zapatos rotos al colegio. Después ella siguió sin darle importancia a esas minucias. Después ella tuvo rabia con el mundo pero siguió a su servicio. Después quiso más todavía a sus hijos pero dejó que algo, cualquier cosa, los moldeara. Después el trabajo la inmoló en el hueco de la sumisión. Después tuvo miedo. Después no supo cómo se resuelve nada.

La serena Berenice una vez estalló en rabia. Fue ante un yerno reciente que no quería. Cuando se lo encontró cruzando una calle lo increpó y estrujó. Cuando de adolescente Berenice empezó a tener novios, su mamá los increpaba y estrujaba. El hermano cantinero de Berenice le dejó marcas moradas en el cuello. Ella tendría quince años y dejó saber que el muchacho del parqueadero de la esquina le gustaba. Entonces el hermano cantinero le hundió en el cuello sus garras brutas de oso macho hasta que los pulmones de Berenice se quedaron sin aire. La soltó cuando quiso porque él es un hombre. La mamá de Berenice permaneció sentada tejiendo una colcha. Un vecino pasó por ahí y se detuvo conmovido a darle aire y soporte a Berenice porque él también es un hombre.

La mamá de Berenice tiene quebrantos de salud. Se lamenta todo el día, y cada lamento termina en exigencia. Dice que la dejen morir porque “ah vida infeliz y desgraciada”, que apenas muera tiren su cuerpo a la quebrada con más gallinazos que encuentren, que no se preocupen por ella. Todos en la casa obedecen: nadie se preocupa, salvo Berenice. Se alivia, pero permanece encamada. La enfermedad como ventaja. Tiene un pito de árbitro con el que llama para pedir esto o lo otro. Berenice atiende asustada y se afana a llevarle esto o lo otro.

Un día Berenice llevó a su hijo menor, siendo muy niño, a una casa enorme y lujosa, lo ubicó en un cuarto lleno de juguetes fascinantes con olor a nuevo, y le dijo que jugara ahí con el niño Sebastián mientras ella hacía algo en la cocina, todos los días. Una vez tuvo que salir largo rato al supermercado y fue cuando el hijo menor conoció el desamparo, la rabia, el miedo, la soledad. Cuando volvió lo encontró llorando a caudales montado en un triciclo que no quería pedalear, donde la señora de la casa lo había subido tratando de distraerlo. Lo abrasó y consoló, entonces él conoció el desencanto. Una marca de hierro caliente quedó en la piel del niño. Si volviera la madre sin astillas, si volviera la inocencia naranja de la niñez, si volviera el salto a ojo cerrado desde la ventana seguro de que alguien habrá para recibirlo, si volviera el aire cobijo de la leche tibia, él podría volver también.

Frente a la casa de Berenice estaba el árbol más imponente del pueblo. Un guayacán del que se tiraban las flores amarillas cuando estaban maduras. En diciembre, el amarillo mullido cubría la mitad de la cuadra y Berenice prefería caminar por un ladito para no pisar el tapete. Vinieron los aserradores del municipio, la orden del planeador de abrir paso porque vendrá una calle pavimentada y la vida andará mejor. Berenice, silenciosa, dejó de creer y de esperar el día que frente a sus ojos tumbaron vivo el guayacán de veinte metros: la caída de un árbol rotundo —pedazo de mundo venido abajo, que se caiga la bolsa o un imperio son menudencias—, cómo se desploma lento y seguro, cómo se impone el vacío que seguirá ocupando ese lugar, cómo retumba la tierra y cómo el aire deja una estela de terminación, de muerte, de rendimiento. Ahora Berenice camina menos vertical.

Berenice volvió a creer y a esperar el día que fue besada por Luís. Luís no tenía nada en común con aquel hombre que no decía más de cinco palabras en toda la noche. Luís tocaba la guitarra. Luís llevaba serenatas. Luís contaba historias. Luís componía canciones. Luís tenía esposa. Berenice, que nunca amó salvo demasiado, no se detuvo a revisar su entrega como animal en sacrificio. Pisa los treinta años anegada en amor. Una felicidad mal cuidada puede ser tan peligrosa como ventearse acalorado. Pisa los treinta y dos años con el pantano del desamor hasta el cuello. Un árbol mole de más de veinte metros vuelve a venírsele al piso, esta vez alcanzándola. Experiencias que terminan volviéndose tatuajes. La lógica del mundo conduce su vida sin que Berenice se ocupe de su lógica ni de su vida: está buscando trabajo. Irse no es igual que largarse. Se van quienes quieren pasear. Se largan quienes no quieren volver. Se larga con sus tres niños de vuelta a la cuidad de las películas que no se entienden muy bien. El hombre que no dice más de cinco palabras en toda la noche no la espera ni la recibe. La niña va a dar a casa de la tía Martha, el mayor a casa de una amiga, y el menor se viene con Berenice a una casa enorme y lujosa y lo ubica en el cuarto del niño Sebastián, lleno de juguetes fascinantes con olor a nuevo, mientras ella hace algo en la cocina, todos los días.

Ires y venires de la rutina, de casa en casa, de una cuidadora a otra, de golpes con la mano a golpes con la escoba, los niños se han convertido en adolescentes. A regañadientes van a colegios que varían cada que llegan a una casa nueva y ajena. Como solo puede visitarlos una vez por semana, abarcan toda la preocupación de Berenice. La suma de oficios y aflicciones y derrumbes hace que se le vean bien claras las marcas grises en el pelo. Se ensanchan las grietas por fuera y por dentro de la carne. El oficio empieza a devenirle en artritis. No le da ninguna importancia a la decisión de su hijo mayor de no volver a estudiar, tampoco al hecho de que su personalidad se convierta en un solo complejo de inferioridad porque en el colegio un perro lo persiguió y le mordió los tobillos durante el recreo. Bobadas, dice Berenice. La seguridad, el conocimiento, la autonomía, el carácter: bobadas, como bien se lo enseñaron desde niña. El hijo mayor se echará a la calle, huidizo y bruto, se ocupará en oficios a veces dentro de la ley, amurallado de rabia, pedregoso para conversar con alguien, incapaz de mirar a nadie a los ojos, adultez a rastras.

Testigo de la ingenuidad y el conformismo, la niña empieza a entrar en las brumas de la juventud. Acerca de su papel como mujer, tiene arrestos y dudas. Se pregunta en qué puede ayudarle la obediencia, y se responde que en nada. Se dedica a hacer lo que mejor le sale: no hacer caso. Quiere ser algo, cualquier cosa, pero otra cosa. Tiene ilusiones con el muchacho que hace dos meses sale con ella. Un día, el muchacho le hace un reclamo celotípico, ella no se perturba, él alza la voz y la mano, entonces a la niña, como del rayo, le sale la fiera en llamas y se echa como ariete a golpes en la cara del muchacho y le parte las muelas y se le caga en la madre. También se caga en su madre. Le sobreviene, como un rugido, el carácter que en adelante la va a acompañar. Su personalidad ya tiene método, un sello. Ya se convirtió en otra cosa. El alma no conoce de herencias.

Un día Berenice recibió una llamada de uno de sus hermanos para decirle que tenía que ir al pueblo a enterrar a la mamá. No quiere volver pero vuelve. El cáncer no había terminado de comerse a la anciana postrada a la que ninguno de sus otros hijos visitó. Fueron dos semanas de agonía, ese periodo en que la vida tira con todas sus fuerzas y la muerte también. Una celda imposible de ocupar o abandonar. La anciana recobra la conciencia por momentos, solo para encontrarse con la certeza terrible de estarse muriendo, sabe que el desplome es peor entre más lento, sabe que su hora será alguna de este día, sabe que son las dos de la tarde y a las cinco no va a estar en ninguna parte, sabe que en minutos llegará una tenaza de hierro frio y le arrancará la vida despacio, sabe que no tendrá cómo defenderse ni quién la ayude ni a dónde huir, entonces agarra fuerte la mano de Berenice, no puede hablarle más que con unos ojos que contagian un desespero que no se compara con nada conocido, como si quisiera descargar en ella el miedo terroso, cambiar de cuerpo, Berenice lo sabe y está dispuesta a dar su alma para ayudarla, pero esa impotencia es la marca de la soledad de todos los seres humanos. Berenice seguirá siendo, además, esta caída rotunda, esta terminación, un vacío que ya nunca dejará de ocuparla. Berenice está sola con un cadáver que empieza a enfriarse y de pronto piensa en el problema que será elegir la ropa con que la va a enterrar. Espera, derrumbada en el piso, la llegada de alguien que le diga qué hacer. Aferrada a las rejas del miedo, ese lugar que es todo límites, donde nunca deseó vivir y donde siempre vivió.

El hijo menor de Berenice crecerá inconforme, tempestuoso, arisco, insolente, al revés. Algo que no se suponía que fuera a resultar así. Sin familia ni hacienda ni nombre. Vivirá afuera de todo, como si el mundo no existiera, ¿qué puede salirle mal? Una búsqueda. Un recodo. Una torcedura que, a veces, disfrutará. Una huida, y otra y otra más, siempre con el cuello erguido de la gente fuerte. Vivirá sin saber cómo volver. Pero sabiendo que ese volver es prescindible. Vivirá sabiendo que se le ajusta mejor el largarse. No hará nada por abrirse paso en la vida, salvo tratar de zafarse un anzuelo clavado en el labio superior, uno de esos que salen únicamente arrancándose la carne.

En fin, cosas que a Berenice tienen sin cuidado.

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