Por Keren Marín

Danza voluminosa

Bastó tan solo un segundo para que Juan Miguel Mas saltara al escenario y desafiara, ante una multitud escandalizada, los prejuicios del ballet clásico. El incómodo atuendo de arbusto no fue impedimento alguno para que realizara algunos plies, pirouettes y arabesques. Su cuerpo había encontrado finalmente su ritmo y ni él ni nadie habría de acallar nunca más aquella música dentro de sí.

El sueño comenzó en su niñez: en medio del calor sofocante de la Habana Juan Miguel danzaba frenéticamente por todos los espacios de la casa familiar. Con las túnicas de su abuela ideó algunos atuendos para sus coreografías y en medio del bullicio y el desorden caribe, comprendió que bailar era el único modo de hallarse en el mundo. Ante aquella revelación todos sus esfuerzos se encaminaron a lograr lo imposible: aprender ballet. Sin embargo, su cuerpo era el impedimento pues, contrario a las figuras esbeltas y el talle perfecto, Juan Miguel era un joven de contextura gruesa, voluminosa.

Al principio varias escuelas de danza le negaron la entrada a sus claustros. No obstante, Juan Miguel siguió empecinado en su sueño, hasta que en 1989 logró entrar en la Compañía Nacional de Danza y aprender de la mano de Lorna Burdsall, bailarina y coreógrafa norteamericana, la magia del ballet. Tras estos primeros aprendizajes siguió sus estudios en Danza Contemporánea de Cuba. Allí conoció a Ramiro Guerra, director artístico y coreógrafo cubano, que creó para Juan Miguel un papel acorde con su contextura: el bebé gigante. Sin embargo y pese a la formación adquirida, las apariciones de Juan Miguel en el escenario eran mínimas. Solo le era permitido actuar a través de papeles marginales pues la forma precedía la esencia. Ante el desencanto fundó en 1996 su propia compañía: Danza Voluminosa. En ella, Juan Miguel desafió y mostró al mundo entero que bailar dependía únicamente del ritmo que se llevase consigo en el corazón, no de la forma.

La tarea no fue fácil. La primera coreografía de la compañía, titulada Corazón sonoro, se presentó en la Casa de las Américas ante un público escéptico. En el escenario, Juan Miguel junto a cuatro bailarinas y una cantante, todas ellas de cuerpos robustos, actuaron con alegría y entusiasmo pese a las risas y rechiflas de los espectadores. Poco a poco y sin proponérselo, Danza Voluminosa fue ganando mayor espacio y reconocimiento a nivel nacional e internacional, pues su propuesta desafió de principio a fin las tradiciones artísticas y la idea de belleza asociada al ballet clásico.

Para comprender la ruptura que supuso Danza Voluminosa, basta exponer la idea dominante en torno al ‘deber ser’ del cuerpo de un bailarín: el ballet, al tener amplio desarrollo durante el neoclasicismo francés (S. XVIII), asocia la belleza con lo etéreo, es decir, con el alma. Ante ello, el cuerpo es objeto de perfeccionamiento y racionalización, siendo la danza un medio a través del cual este puede ser delimitado, dominado, rehecho. En ese sentido, el ballet incorpora imaginarios sobre lo valorado estética y socialmente, siendo el cuerpo el lugar donde estos mundos culturales, materiales y simbólicos se construyen, reafirman y expresan.

Ahora bien, frente a estos estereotipos y disciplinas corporales, rebelarse contra ello requiere ser capaz de habitar el mundo de manera particular; es decir, reconstruir nuestra subjetividad a partir de la corporalidad y dotar a esta de nuevos significados. Juan Miguel hizo ello al considerar el cuerpo como un vehículo a través del cual se percibe, se explora y se habita. Para él la esencia prima sobre la forma, y la danza, como expresión del alma y su ronroneo continuo, hace de nuestra corporalidad un medio para transformarnos en aquello que queremos ser, no en la imagen que esperan de nosotros.

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