Por CAMILA GARCIA

Hay cosas que es mejor que no se sepan




Hace años leí El hombre duplicado de José Saramago, una novela en la que el protagonista, un profesor de historia, descubre que existe su doble, luego de que un colega le recomienda ver una película en la que actúa un tipo idéntico a él. Lo que sigue después es la búsqueda del doble y el encuentro, pero no voy a hablar del libro- del que recuerdo muy poco-, sino de los dobles. Hasta hace poco esa idea de que el doble de uno anda suelto por ahí en el mundo me parecía fantástica, ficticia, una ocurrencia más de la imaginación. Resulta que no es así, es perfectamente posible que su doble exista en Vilnius o en Cafarnaúm o en cualquier lugar de este atribulado planeta, tan así que existen páginas web y aplicaciones en las que uno puede subir su foto y esperar que aparezca su doble como por ejemplo Twin strangers.

Hace poco la compañía para la que trabajo desarrolló una función en la que la gente que quiere encontrar su media naranja puede subir su foto o la de una celebridad y esperar por el doble, parte de mi trabajo consistía en buscar los dobles de gente que no tenía ni idea de que a alguien en el mundo le estaban pagando para que encontrara a su doble, supongo que después, si el resultado era sorprendente, mis anónimos jefes procedían con su plan, un plan del que nunca supe nada porque no me gusta preguntar. Por supuesto no resistí la tentación de subir mi propia foto y aunque obtuve resultados impresionantes, ninguno de ellos fue una prueba tan contundente como la que vería después, en vivo y en directo, acá en Colombia; porque si lo que he dicho hasta ahora no los convence de la existencia de dobles, lo que me dispongo a contarles no tiene refutación posible.

Sucedió en Salento, durante un paseo familiar, en el Willy en el que nos subimos para ir al Valle del Cocora. Mi mamá y mi tía se fueron adelante viendo que sería más cómodo, yo me hice atrás, espichada entre un poco de turistas, al frente mío se sentaron dos extranjeras que hablaban en inglés y después, casi en el último momento, otras dos mujeres que parecían haberse conocido hace poco, en el hostal seguramente, y hablaban en italiano. No saludaron a las otras dos, por lo que asumí que no se conocían ni se habían visto antes. Una vez arrancó el Willy y cuando ya no quedaba más remedio que mirar a quienes tenía al frente, descubrí que la chica que hablaba italiano era idéntica a la que hablaba inglés, la única diferencia estaba en su corte de pelo, una tenía capul y la otra no, detalle que ocultaba el increíble parecido. Estoy segura de que ante una mirada descuidada este simple detalle bastaría para ocultar la asombrosa paridad de sus facciones, pero la mía no fue una mirada descuidada porque no tenía para donde más mirar durante los próximos 45 minutos.



Una de ellas estaba ligeramente bronceada y la otra no, eso y el capul eran las únicas diferencias, lo demás era idéntico, la boca, la nariz, los ojos…todo, son hermanas gemelas, pensé, pero como no se hablaron en todo el camino y nunca hubo ningún indicio de que vinieran juntas y una de ellas hablaba en italiano y la otra era a todas luces una angloparlante y no una italiana que hablaba inglés, descarté esa posibilidad. Por un momento pensé en decirles que eran igualitas y preguntarles si eran hermanas, pero desistí, preferí disfrutar el viaje en silencio, la idea de quedar como la nativa ridículamente amigable que considera que los viajeros son interesantes solo porque son extranjeros me provocó náuseas, recordé lo jarto que me parecía en mis viajes tener que responder la eterna pregunta Where are you from? y fingir un interés del todo inexistente por el otro. No, no tenía ningunas ganas de entablar conversación y menos aún de hablar en inglés.

Al cabo de un rato, tras mirarlas una y otra vez, no pude evitar comentarle al pasajero de al lado, que las miró y dijo impresionado: son idénticas, y tal como me temí creyó que yo andaba buscando amigos y empezó con las preguntas típicas. Cuando llegamos a nuestro destino las dos parejas de mujeres se fueron cada una por su lado, nunca dieron señales de conocerse, por lo que deduzco que no eran hermanas. Habían estado tan ocupadas hablando con sus respectivas amigas que ni se vieron, la gente se pierde de muchos descubrimientos por andar acompañada. Me pregunté si al verse se hubieran dado cuenta de que eran idénticas o si habrían caído en la trampa del capul, me pregunté si eran gemelas y las separaron para darlas en adopción en países distintos y justo habían coincidido en sus vacaciones en Colombia, ahí en ese Willy destartalado. Me sentí poderosa por haberme dado cuenta y más todavía por no haberles dicho nada, hay cosas que es mejor que no se sepan, pensé, también tuve la sensación de que eran dos chicas muy estúpidas, pues cómo es que pasaron casi una hora sentadas a menos de un metro de distancia la una de la otra y no se dieron cuenta.

Imagino a Eva Casado cuando su primo le dijo por teléfono: qué calladito te lo tienes, fuíste a la tomatina y no nos dijiste nada, la imagino diciéndole que no fue a la tomatina y a él: pero si vi tu foto en la revista del avión. Recuerdo una historia que me contó alguien de cómo estando en la India vio una procesión en la que llevaban un ataúd y cómo uno de los hombres que cargaba ese ataúd era idéntico a él. Después de todo esto El hombre duplicado no me parece una novela descabellada y ocurrente sino pasmosamente posible.

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