Por Jose Hoyos

Contra el genérico profesor de literatura


Profesor de universidad que especula como escritor: usted se escuda en el revisionismo de autores para disfrazar su incapacidad de crear. Usted merodea como hiena alrededor lo que otros cazan. Es una lapa que chupa del pensamiento ajeno porque el suyo es un paisaje desértico. La casa de citas y el abuso de pie de páginas que conforman sus escritos son su llamado de auxilio, su pensamiento escuálido necesita ser defendido por autores pesados sin los que usted quedaría expuesto. Solito, sin citas, sin ideas ajenas, sin defensores, ¿habrá en su pensamiento fuerza suficiente como para crear?

Tuve la resistencia para leer uno de sus libros. Ni siquiera yo he escrito tan mal. Escribe usted en académico: una cosa muerta. Confunde escribir con redactar. ¿Se ha detenido a examinar objetivamente esas cuartillas intragables? ¿Alguna vez ha seguido el consejo de mirar, al terminar de escribir, ese bloque de palabras y preguntarse si están presentes la fuerza, el color, la seducción, el ingenio? ¿Ha conseguido doblegar su ego y leer sus borradores aplicando la fórmula de revisar lo propio como si fuera escrito por el peor enemigo? Intente al menos por una vez que sus narraciones no terminen contando solo la historia de sus emociones. Y si así lo quiere, recuerde que trasladar emociones al papel con absoluta fidelidad exige, primero, osadía, y segundo, honestidad para revelar miserias y confesar lo que a otros les avergüenza, reconocer lo poco que se llega a saber, cosas contradictorias con la dignidad de un reputado académico. Escribir con arrojo es lanzarse en parapente. A la escritura académica apenas le alcanza para columpio. Escribe realmente quien consigue crear algo tan verdadero y tan vivo como lo verdadero y lo vivo. ¿Por qué no toma, profesor, el honesto recurso de reírse de sí mismo?, así ya tendrá el cuero duro para cuando los demás se rían de usted. Sus escritos temen al humor como el agua bendita al diablo. No logra más que contrariarlo asignándole un concepto serio. Lo confunde con la comicidad ramplona y anecdótica de unos personajes salidos de moldes de cartón. Puedo verlo listo a darme una interminable cátedra de pesadilla sobre el señor que dijo que la risa se debe al contraste entre la inmensidad espiritual interior del hombre y su pequeñez y restricciones exteriores, pues parece una broma que una casa sea más grande por fuera que por dentro. Y usted, profesor, vive en la casa de afuera.

Tiene datos suficientes como para llenar enciclopedias, pero desconoce cómo ponerlos al servicio de la imaginación y de los sentidos, de la ficción. Saber el nombre de algo y saber algo son cosas diferentes. Sus fárragos están exentos de la palpitación de la piel y del hervor de la sangre. Pero considera que el secreto de la poesía le ha sido entregado solo a usted. Me refiero a la soberbia con que sentencia qué es y qué no es poesía. La niebla del retórico se opone a la claridad del testigo que calla y apunta. Si dejara de pontificar, ¿podría su obra hablar por usted?, ¿podrían sus libros defenderse? Imagino que además de escribir versos, la poesía es una presencia natural en su alma. Me pregunto cómo hace para que tanta ponencia, ceremonia, reunión de notables, proyecto, congreso, disertación y vitrineo le dejen tiempo y serenidad suficiente para detenerse al lado del camino y conversar con su alma. La filosofía personal (la más valiosa de todas) germina en los espíritus solitarios. En su prosa reseca y mercantil puede verse el resultado de tanto agite mediático. Su amor por la literatura ha superado su fuerza para escribir. Usted buscó escondite en hurgar, calificar y reprobar lo creado por escritores genuinos. Pregonar sobre ellos en realidad es pregonar sobre usted mismo, es exhibir su discursillo de aula. La mejor parte de sus escritos es la que usted no escribió. Ha vivido entre libros teóricos, algo admirable, lo sospechoso es que crea que en la teoría literaria está el secreto. Entre saber de teoría literaria y escribir bien hay la misma distancia que entre ver pornografía y tener sexo. Leyendo sin más pretensiones que alimentar el espíritu, pasando cada lectura por el filtro riguroso del pensamiento propio, borroneando, tachando, retirándose, volviendo, frustrándose, cuestionándose, solo así se caza al demonio. No hay día en que el sabio verdadero no tome por asalto sus propios atrincheramientos interiores. Cuando usted llama a alguien maestro, solo busca exhibir su propia genialidad para detectar la maestría. Usted no tuvo más remedio que dedicarse a cumplir la sentencia de que alguien se convierte en crítico literario igual que se convierte en espía quien no tiene el valor para ser soldado.

El admirable Harold Bloom se ha ganado un justo respeto porque además de estudiar autores y obras es un viejo sabio que exalta el valor de la palabra y del silencio, y escribe con alma. Son pocos los que critican con humildad y muchos los que se arrogan la importancia de lo que critican. Mario Vargas Llosa puede escribir los ensayos críticos que le dé la gana porque su océano de creación ya lo salvó. Y Ricardo Piglia tenía licencia para criticar y sostener cualquier teoría porque él no era de este mundo. Bienvenida la crítica bien escrita. En cambio la suya, profesor, es una contribución al vacío. Escribir una revisión de una obra siempre será más fácil que crearla. Usted pertenece al bloque de críticos que escribe para atacar o adular al autor. De modo que escribe pensando en el autor, nunca en el lector. Rebaños de profesores estudian con el propósito de enseñar, el problema es que a la larga olvidan su condición de estudiantes. Nunca existirá un hombre que no sea un estudiante. El acoso administrativo de la academia los convierte en un estómago al que no le queda tiempo para digerir los alimentos y termina arrojándolos crudos. Enseñar sin sabiduría, además de tramposo, es soberbio, ¿acaso usted se autoengaña? Aceptar flaquezas e ignorancias, improbable acto de contrición en un negociante que solo atiende el cálculo redituable de cada movimiento: el ascenso en el escalafón, el salario, su nombre en letras de molde. Existen personas sin coyunda, con una idea de saber por saber que no se compara con ningún título o dignidad, que diferencian el vivir de una cosa del vivir para una cosa. Querido profesor, permítame seguir su ejemplo y disparar con pólvora ajena. Diderot encontró que quienes enseñan arte no son los que lo comprenden y practican fervorosamente, dado que, en el caso último, no les quedaría tiempo para enseñarlo. Kafka nunca enseñó nada porque es el corazón del átomo y usted, profesor, un zángano electrón que le baila alrededor.

Vine al mundo a escribir esta diatriba. Un tipo de desparpajo libertario mueve mi mano. Tener puntos de vista no equivale a tener un sistema de ideas. A un miembro social le favorece tener puntos de vista porque puede ponerles un moñito y vendérselos al sistema. Lo que diferencia a un espíritu libre es la apropiación de un sistema de ideas que le rompa la piel. Hay una señora célebre, Berthe Trépat, con unos delirios de grandeza que dan lástima. Es soberbia, admiradora de sí misma hasta la ofensa, fervorosa integrante del club del autobombo, nunca para de confundir su pobreza artística con incomprensión. Alcanzó el nivel de artista de la misma forma que usted: la pobreza del medio en que se mueve hace que el hecho de tener publicaciones por volumen le alcance para sobresalir. La vara bajita se ha impuesto como estándar. Cantidad de libros y artículos de revistas que equivalen a mercancía de almacén, el reino de lo accesorio: nadie los lee, están ahí para la apariencia y el lucro. Eso sí, suficientes para endilgarse la condición de maestro y enseñar. Escribir y enseñar requieren pleno dominio de los dos oficios. Escribir bien encarna una exigencia totalitaria: hay que darle todo. Enseñar no obliga a un compromiso menor. Pocos han alcanzado la excelencia en ambas conjuras al mismo tiempo. La poltrona de la cátedra lo ha convertido en paralítico, profesor. Nunca olvide que los libros fueron pensados por otros. Las ideas brillantes de los grandes pensadores son indispensables como punto de partida, hay que conocerlas. Pero si se dedica a replicar pensamientos ajenos, no será más que una fotocopia, un facsímil de argumentario recalentado. Ser dueño de sí mismo aporta insumos para la creación de ideas propias. Haga un alto y respóndase: ¿hay en sus publicaciones algún vestigio de la azarosa felicidad de las ideas propias?, ¿o de la gloriosa lujuria de la duda?, ¿no estarán sus cuartillas encomendadas a la mera imitación? Y en el caso remoto de que haya ideas propias, ¿son lo suficientemente volcánicas para llamarse arte?

Sus clases, mi genérico profesor, giran sobre la órbita de la autoafirmación, están destinadas, lateralmente, a recordarle a sus estudiantes quién es el que sabe, el que exalta, el que discrepa, el que sentencia, el que aprueba. Incluso fuera del aula es incapaz de conversar con soltura y desinterés, siempre cree que está dando una clase. Hubo un tiempo —yo no lo recuerdo— en que se aprendía por asociación. Aprender casi sin darse cuenta es la más efectiva forma del conocimiento, así como saber sin saber que se sabe es la forma más alta de la sabiduría. Usted es un empleado. Y todo empleado, en mayor o menor grado, tiene miedo. Con miedo es imposible enfrentar al toro negro de la escritura. Una mano temblorosa no puede empuñar el carbón encendido. En el gremio docente universitario la sabiduría ha sido reemplazada por la mediocridad. Hablan de libertad de cátedra y por lo bajo terminan obedeciendo. Un contrato laboral es una mordaza. Las excepciones son pocas, poquísimas. Sin autonomía ni tiempo, el empleado se debe en absoluto a sus responsables políticos y a la administración. El proceso en el que usted está atornillado es simple: solo estando rodeado de mediocres puede el mediocre subsistir. Sujeción y mediocridad son las principales condiciones de acceso a los puestos universitarios. El mundillo académico es una comunidad pequeña y mezquina, donde todos se odian, se temen o se necesitan. Tal vez se odian y se temen porque se necesitan. Pero todos actúan como si se quisieran. En los pasillos de las facultades rueda por lo bajo una premisa, un mandamiento: «Cuanto más haga un profesor, cuanto mejores sean sus clases, peor para él, no se lo perdonarán».

Ese misterioso mecanismo por el cual la tierra se convierte en girasoles no está al alcance de su mano hipotecada y mecánica. Si usted, profesor, llegara a encontrarse de frente con un unicornio resplandeciente, no dudaría en calificarlo como fallido intento de ternero.

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