Por John Better

LA LEVE BISEXUALIDAD DEL SER






Para un hombre gay   en edad madura –Digamos entre los 30 y 50 años-enamorarse de otro hombre  mucho más joven, si bien puede resultar una experiencia solo comparable a la de encontrar una perla dentro de una lata de atún, también  corre el riesgo de que la nueva aventura termine siendo un naufragio irremediable con tumba marina asegurada. Más si “el amado” –como diría Platón en El Banquete-nunca estará dispuesto a un sacrificio -y solo asuma su relación como una forma  de intercambio de belleza por sabiduría al mejor estilo griego.
El asunto se hace un poco más complejo cuando el joven amado lleva acabo sus deseos en la clandestinidad, huyendo tal vez del señalamiento de una sociedad heteronormativa donde la religión es el máximo castrador de las libertades. En este punto traigo a colación las palabras de la filósofa Pop, Verónica Louis Ciccone (Más conocida como Madonna) incluidas en su libro Sex y el single "Justify mylove” (Justifica mi amor) incluido en Erótica, su álbum de 1992 : “Poor is the man whose pleasure depends on the permission of another.” Traduzco: “Pobre es el hombre cuyo placer depende del permiso de otro”.

Partiendo de esta premisa, es apenas obvio que “el amado” en el instante de cualquier acorralamiento donde se vea amenazada su identidad sexual o su noble "reputación", estará dispuesto a cortarte la cabeza y servirla a la misma Salomé en una charola de plata. Con tal de salir ileso ante el ojo escrutador de la moral será capaz -como el apuesto y arrogante Lord Alfred Douglas hizo con Óscar Wilde-de hundirte en la más pavorosa de las mazmorras para que escribas tu propia balada carcelaria. Como el Judas hizo con el Cristo, te negará una y mil veces , y con las monedas cobradas por su traición se comprará una nueva, reluciente e hipócrita moral que le permita ser eximido de toda culpa y no salir corriendo a colgarse del primer árbol que se cruce en su camino.

Ahora bien, “el amante” (Tal vez usted o el que escribe estas líneas) pretende algo más, quiere todo, poseer por completo al objeto de su deseo. Para ello se vale de artificios diversos,  despliega una red de seducción que va desde el escribirle poemas, obsequiarle libros,  interpretaciones de obras pictóricas, hasta invitaciones a comer, beber o ínfimas dádivas de dinero.
El romance empieza,  embriagados,  celebran el mundo reciente, al mirarse el uno al otro mil galaxias revientan, nuevas estrellas aparecen en el oscuro cielo de sus pupilas.
En retribución, el amado entrega su cuerpo, sus besos, sus más manoseadas palabras de cariño: un “mi amor” inesperado desde el otro lado del teléfono, un  “te quiero”, un “te amo” después del sexo, y otras cosas por el estilo.  En aquellos instantes todo es un paraíso Adánico: dos hombres creados por un mismo Dios, dos adanes con sus costillas completas sintiendo la hierba mojada del edén bajo sus pies. Dos seres en una misma ciudad separados por años de diferencia y muchas veces por  pocas cuadras de distancia.


Pero un día en que el cielo es tan azul como de costumbre y ninguna señal de mal presagio se divisa en el horizonte, aparece ELLA, y ahora son tres en escena, la sala del teatro empieza a llenarse de a poco a contemplar una función inesperada, tal vez el peor de los montajes. Ahora todo  es un incipiente y encubierto “ménage à trois emocional”, un juego lúgubre  donde quedarse significa las  lágrimas y el desasosiego.  En este nuevo banquete platónico,  el amado es salomónicamente dividido en dos mitades, pero el hambre del amante es demoníaca, no desea compartir nada, y allí  empieza a ponerse peligroso el asunto, cualquier cosa podría suceder. El amante explota en histerias consecutivas ante su joven preciado, discuten a solas, delante de ella, de su madre o  la virtualidad de las redes,  y ahí todo empieza a arruinarse. “El hombre al que amas es el monstruo al que temes”, dice otro filosofo popular llamado Bryan Warner (Marilyn Manson). Sabias palabras, entonces la única salida que queda es huir, correr lo más rápido que puedas. ¡Escapar!.



 Verlaine tiene un arma: ¡Bang,  bang!

El 10 de junio de  junio de  1873 en un hotel de Bruselas, los poetas y amantes, Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, se reunieron después de una breve separación. Ese día, encerrados en la habitación, hablaron, bebieron, se embriagaron, y tuvieron sexo.  Verlaine estaba en la capital belga tratando de convencer a  Constanza Mautè,-su exmujer -de volver con él. El autor de los Poemas Saturninos, había conocido al joven poeta dos años, dos años atrás cuando Rimbaud le envió a su residencia en París una carta que contenía algunos poemas que deseaba que fueran evaluados por Verlaine , mayor diez años que él , aunque su afición por la absenta lo hacía ver  como un hombre viejo. Lo que vino después fue el romance más escandaloso del que hasta la fecha se tenga noticia en el mundo literario. El  matrimonio con Constanza Mautè- quien contaba con 17 años- se vino a pique con la presencia  del  joven  y futuro poeta maldito a quien Verlaine hospedó en su propia casa.

Días antes de aquel encuentro en Bruselas, Verlaine escribió a su amado: “solo conmigo puedes ser libre, piensa quien eras antes de conocerme”.  Por su parte, semanas antes, Rimbaud le había enviado una misiva  s  por su partida a Bélgica: “vuelve, vuelve querido amigo, único amigo, juro que seré bueno”,   tras la apariencia de súplica en la carta del muchachito se escondían las intenciones de   un ser malvado y egoísta que solo deseaba doblegar al otro con  una sola palabra. Tal vez lo único que deseaba de Verlaine era la aprobación a su obra, después de haberla enviado a otros escritores franceses de la época y nunca obtener respuesta.
Y ya sabemos que un hombre que pasa largas temporadas en el infierno nunca será bueno, sin duda se convertirìa en un genio, en el averno se cocinan gran parte de ellos.





Pero Verlaine le  tenía a su amado algo más que reproches aquel julio de 1873. “Bang , bang”,  sonaron  dos disparos, el primero fue directo a una chimenea , el otro, rozó la muñeca del joven poeta que empezó a sangrar. Verlaine   sintió vértigo. Discutieron más, el chico herido abandonó la habitación, su amante lo siguió. Salieron a la calle, se origina un pequeño escándalo, un policía los intercepta. Rimbaud lo acusa de intento de asesinato,  sale a luz el romance,  aunque  el amado días después retira la  denuncia  a su amante, la “sodomía”  es un delito en Europa. Verlaine  pasaría dos años encarcelados entre Bruselas y Mons, escribe libros esplendidos, se convierte al catolicismo. A lo mejor durante todo ese tiempo en prisión a Verlaine se le vendrían una y otra vez las palabras dichas a su amor antes de disparar: “esto te enseñará a irte de una buena vez”.
Después de salir de la Cárcel,   tuvo un último encuentro  en Sttugard con su insufrible compañero, así lo describió Rimbaud: “Llegó con un rosario en la mano, tres horas después había renunciado a su Dios y reabierto las 98 heridas de nuestro salvador”

Verlaine estaba equivocado, su amado era el mismo demonio, lo más parecido a un hombre libre. La libertad que le ofrecía el amante a su amado en aquella misiva de   1873 no era más que una vida algo confortable dentro de la legalidad, asunto que a Rimbaud nunca le interesó ya que  no podía amar a más nadie que no fuese el mismo. Verlaine era el masoquista y el luciferino párvulo el instrumento de su aflicción.
Rimbaud  siempre vio a Matilde, la esposa de su amante, como una cosa hecha para el placer, una mujer adinerada sin ningún interés por el arte incapaz de entender a un genio como Verlaine.
En la película Total Eclipse (1995) dirigida por Agnieszka Holland y protagonizada por David Thewlis (Verlaine) y Leonardo DI Caprio (Rimbaud) hay un dialogo imaginario entre Constanza y Rimbaud , en esta escena la mujer dice a su rival: ¿por qué nos haces esto? Refiriéndose  a la relación destructiva entre él y su marido. A lo que el endemoniado  poeta responde: “Te lo devolveré pronto y solo un poco dañado”. Constanza fue el refugio para un artista atormentado por sus sentimientos, en este tipo de relaciones, la mujer parece reducirse a una sicoanalista encargada de ajustar los desequilibrios del hombre. El amor a veces es la peor de las bebidas, si  la absenta y el opio hicieron de Verlaine un despojo, la pasión por su joven amado lo fulminó como un rayo.
El amor entre hombres de naturalezas proclives a sensibilidades artísticas puede producir  el arte más puro o el caos total, más si hay terceros que desequilibren el supuesto orden y peso  del amor.
Debo concluir diciendo que soy el amante del que habló Platón, me retiré a tiempo del campo de guerra y padecimiento  que representó mi “amado”, salí fracturado, despreciado y casi muerto. Para mí solo queda la hoja en blanco a la que me enfrento día tras día, a él, una Constanza Mauté lo esperará por siempre en cualquier esquina.

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