Por Keren Marín

Sal


Aquella tierra inhóspita fue en otro tiempo un mar abisal. Tras sus muros de piedra se escuchó alguna vez el leve rumor de las olas, el trasegar de reptiles y peces. De aquel pasado sólo quedó la arena y la sal, la búsqueda desesperada de quien aún intenta encontrar su reflejo entre el mar que era y estaba. En este espacio desértico y sin tiempo se encuentra Heraldo: un hombre cuyo único propósito es hallar las historias que se tejen alrededor de la figura, ausente y heroica, de su padre. Para lograrlo deberá dejar atrás la tierra conocida y olvidar que alguna vez fue dueño de su suerte, pues sólo así podrá enfrentarse consigo mismo y huir finalmente de aquella cárcel -¿o refugio?- que representa el desierto.

La travesía no será fácil: el horizonte se expande indefinidamente y Heraldo, incapaz de medir las distancias, deberá aprender a vivir entre el silencio, los espejismos y la incertidumbre. Por fortuna contará con la guía y apoyo de Don Salo y Magdalena, dos seres aislados cuya vida transcurre entre el paisaje umbrático y ocre. Ambos proveerán a Heraldo de refugio, alimento y sanación, siendo la sal el medio para hacerlo ya que esta puede a su vez conservar, curar y proveer. A través de la relación de estos personajes descubriremos poco a poco el misticismo del desierto y el carácter cíclico de toda búsqueda, pues al final lo importante no es el punto de llegada sino aquel espacio entre el olvido y la nada, el lugar donde solo habita el presente.


Bajo este argumento se desarrolla Sal, película dirigida por William Vega y producida por Contravía Films. Vega, cuya ópera prima fue la Sirga, apuesta en esta ocasión por narrar las historias de sus personajes de manera fragmentaria y onírica. En este sentido, los diálogos aparecen como elemento transversal más no indispensable del filme, ya que es mediante las imágenes del paisaje árido y el silencio que este evoca en que es posible expresar la errancia, las pruebas de la voluntad y la búsqueda- siempre interminable- por nuestros orígenes. Además, si bien Sal ocurre en un espacio atravesado por la violencia y la guerra estos conflictos aparecen de manera marginal, pues aunque la travesía de Heraldo y el aislamiento de Don Salo y Magdalena tengan estrecha relación con estos sucesos, es la voz de quienes aún sobreviven la única capaz de dar sentido a la vida que transcurre y al tiempo que dejó de existir.

Sal es una pieza que confronta al espectador. Sus imágenes y diálogos al no apelar a la totalidad nos dan solo algunas pistas de aquello que fue y pudo ser. Además, todo en ella produce extrañamiento y ansiedad pues aquel paisaje amplio y extenso aparece a su vez como una cárcel. Por momentos nos sentimos desorientados, incluso perdidos entre los diferentes lenguajes que narran y enuncian, siendo la realidad una especie de espejismo del cual es imposible escapar. Sin embargo, en esta atmósfera delirante es que empezamos a descubrir y comprender los motivos que guían la búsqueda de todo hombre ¿Será también nuestro futuro un desierto?

Relacionados

0 comentarios:

Publicar un comentario

RevistaCorónica se reserva el buen gusto de retirar del foro los mensajes que sean ofensivos