John Better

De maricas, fútbol, homofobia, y otras poses (Crónica deportiva)

sábado, junio 16, 2018John Better


           


-        Espera y me doy un pase.
-        ¡Dale!
-        Ahora sí, empieza…

Como infantes enloquecidos por una vistosa piñata,   algunos miembros de la barra brava  Los Cuervos daban garrote limpio al esquelético cuerpo de la Loca de Siempre. La encontraron in fraganti dando su espectáculo callejero, esos encuentros sexuales   al que invitan los lugares desiertos en altas horas de la noche.
Hirviendo en cólera y licor colado con pastillas, luego de haber sido derrotado el equipo de sus  tristes vidas, desfogaban  su frustración con la Loca,  quien no advirtió a tiempo  esa troupe que ser acercaba a sus espaldas.
 Qué iba a presentir nada, si ella  apenas empezaba su ronda de cacería por  los alrededores  del estadio Metropolitano  y no se veía un alma a esa hora. Nada presagiaba lo que se avecinaba.
Estaba  tan prendida a la verga del chicuelo con el que había tropezado hace unos minutos,  tan absorta con el aroma de ese ramajeado valle alcalino de su pubis que   cuando sintió el primer golpe reventando en su cabeza  fue  inútil aferrarse a ese mástil erecto que no pudo sujetarla en su caída. 
 Se oyó un disparo,  la manada de bastardos emprendieron la huida, dejando a Loca De Siempre revolcándose en el suelo, vomitando sangre sobre aquella arena de la lujuria donde noche tras noche llegaban en enjambre los maricas de toda la ciudad; escondidos en el follaje, mimetizados en la sombra, a la espera del unicornio que se oculta en la espesura o del atleta corriendo en pantaloncitos apretados.
Todas aguardando el momento propicio para descorrer la bragueta adolescente y desenfundar los tibios nabos de la cosecha.

En la distancia los agresores reían alucinados con  sangre de la Loca salpicada en sus camisetas roji-blancas como el triunfo de sus más íntimos odios. 
Las luces del estadio se  apagan. Los hinchas vuelven a su estado amorfo .Mañana les aguarda otra dura jornada de trabajo. Decepcionados, algunos beberán  con desgano sus cafés amargos en  frías oficinas donde   kilos de  papelería contable  se alzan contra ellos como muros del tedio.
Otros, ocuparán los bordillos y las esquinas  donde hierve el desempleo y   el debate futbolero sobre quien tuvo la culpa de la reciente  derrota. Las mismas  discusiones que  retornarán  hasta el próximo juego, al que llegarán llenos de odio. Traspirados por el tedio laboral volverán en hordas al sagrado estadio-templo, al poquito de opio (cafuche) que les da la vida: esos once chicos corriendo como autómatas tras un balón. Un balón como una cabeza decapitada a la que patean duro.  ¡Porque el fútbol es de machos!

-¿Verdad, marica?
-Sí, niña,  no interrumpas, déjame y sigo leyéndo…








Debieron ver  a un grupo de  travestís dándose rejo en un campito de arena en el barrio San Roque de Barranquilla. Debieron ser testigos de  las patadotas, los cuerpos hormonados,  los vozarrones de trueno gritando  “pásala, pásala”.
Fue hace tantos años:….

-Anda , marica, una historia dentro  de otra historia, qué enredo.
-Deja de interrumpir, sigo…

En ese entonces  éramos un club de mariquitas clandestinas que nos reuníamos en los parqueaderos del estadio Metropolitano, una extinta cofradía de la que hoy solo quedan  amargos silencios,  voces extintas en la noche peluda de aquellos años., viejas fotografías donde casi todos ya están muertos.
Sonrisas congeladas por el flash plateado del Sida que ya empezaba a cosquillear en nuestra sangre.


Cualquier día llego la Loca De Siempre con la noticia de que en el barrio San Roque estaban organizando un partido de futbol que no podíamos perdernos.
En principio nos pareció extraño, y lo fue  más cuando nos enteramos que jugarían  las travestis fleteras del centro contra un grupo de lesbianas estibadoras del mercado público.
Aquello fue un evento inolvidable, una extraña historia que aún se cuenta con nostalgia en círculos negros de la ciudad. El lugar se hizo pequeño para recibir a tantas personas atraídas por la naturaleza del evento. Apareció gente de todos lados, un zoológico de las más raras especies, esa fauna urbana que se esconde monte adentro, ciudad adentro.  Mariposas nocturnas que se ocultaban tras  lentes oscuros para disimular el mal sueño, el rictus de la peste que a la luz del sol era tan evidente.

Pero aquel fue un día para mezclarse todos con todos en un estadio improvisado. Un día para alegrar el mundo en nombre del sagrado fútbol, la pasión católica de un pueblo que a veces les prende velas a santos vestidos de guayo y camisetas. Poco importaba que estos fueran jugadores de otra clase. Chicos que prefirieron el labial y la pestañina a los juguetes bélicos de la niñez; mujeres que eligieron algo más rudo que eso de usar tacones o maquillaje.
Salieron al campo, enfundados en una identidad confusa. Corría el aguardiente por las gradas, nubes alucinógenas  se desarmaban con las risotadas de los chicos negros que pedían a las travestis que les dedicaran al menos un gol. 

Las “trabas” que parecían vestidas para una noche de puteo. Mientras las divas se pasaban el labial de mano en mano, acicalaban sus peluquines  o encementaban sus pestañas, las nada femeninas “Chicas de acero”,  se entretenían haciendo malabares con la pelota como auténticos jugadores profesionales.

Cuando rodó el balón todo fue una fiesta, un estallido de locura colectiva, gritos y aplausos. A medida que el disco solar rayaba las caras y el primer gol por parte de las travestis hizo hervir la sangre, el ambiente se hizo tenso, el ave del mal augurio dejo caer su pluma negra, y aquel espectáculo se convirtió  en una furiosa división de barras corales que se acribillaban unas a otras con obscenos himnos de combate.

El primer tiempo terminó con un empate, el intermedio fue un receso de quince minutos, y lo que vino después fue una final de balas y cuchillos rasgando la tarde. Porque no todo en el fútbol es alegría, porque a veces el odio tiene la forma de un balón, y con goles se saldan viejas cuentas, antiguos rencores.

El campo quedó vacío en segundos, nadie supo cómo o porqué  empezó todo. Quienes estuvieron allí,   recuerdan gritos, vidrio partido buscando incrustarse, niños con largas pelucas en la estampida: ¡un muerto! Alguien dijo señalando el campo desierto. El recuerdo es una bandera de sangre que aún se sacude en mi memoria,  y en esta noche de junio de 1996  cuando llego hasta la romería  que rodea a la Loca De Siempre, quien agoniza sin que nadie diga o haga algo, es  como una paloma que  parece gritar: “no miren por dónde se me escapa la vida”. Allí me quedo hasta el final de este juego lúgubre, solo en esta tribuna de llanto, con el consuelo de las estrellas en la altura, con las luces del estadio apagándose lentamente una a una, con algo como el sonido de una sirena de ambulancia  que se acerca.

-Está como fuerte la cosa…
-Un poco. Cuando termine te presto el libro, es de una loca escritora de acá, escribe así siempre
-Niña, hablo del perico, está “Forte”
-¡Maldita!
-¿Y todo eso sí pasó?
-La marica lo cuenta, yo creo que sí.
-Bueno, ya  basta de historias,  pongámonos actuantes y  a producir, hoy es quincena y hubo partido de la selección y ganamos, esta noche  los hombres vienen bien prendidos, hoy el puteo no tiene nombre.








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