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Contra Jose Hoyos

lunes, julio 02, 2018Jose Hoyos


Por favor avísenme si empiezo a hablar como Jose Hoyos. Avísenme si estoy siendo como él para empezar a ser otro, cualquiera, pero otro. Avísenme si le ven la nariz por aquí cerca, para partírsela. El primer día de primero de primaria me oriné en los pantalones sentado en el pupitre delante de todos. La niña sentada a mi lado lo informó abiertamente con un grito de espanto. La profesora hizo poner a todos en círculo y en silencio alrededor mío. Me miraron con tanto repudio que sigo viendo esa mirada en casi todo quien me clava los ojos. Con cinco años ya mi curva descendente había empezado. Fue Jose Hoyos el que se orinó y fui yo el que tuvo que pagar los platos rotos. Desde que tengo memoria él hace todo para fastidiarme. Es mi ruina. Fue él quien me convenció de que la anomalía que yo padecía no era orinarme en los pantalones en frente de todos: la anomalía era orinar. Estuvo meses diciéndome que nadie más orinaba, que eso solo me pasaba a mí, que incluso la palabra orinar acababa de empezar a existir y solo tenía significado para mí, y que era algo horrible, repudiable y siniestro, el síntoma peor de la bajeza peor a que nunca ha llegado ningún ser humano. Por él fue que empecé a odiar mi lugar físico en el mundo. Entre los dos jamás hubo ensamble. Qué Doctor Jekyll y Mr. Hayde ni qué putas, esa comparación es facilona. La cosa con Jose Hoyos es más indigna y menos literaria y ni quisiera psicológica, es casi de mala educación, es insultante.

Soy yo el que se electriza la cabeza leyendo y buscando saber algo para mí, y es Jose Hoyos el que sale a hablar, y a veces da dizque charlas y talleres, o mejor dicho los burla, y cobra la plata y se la bebe. Noche y Cerveza son palabras ante las que se arrodilla. La plata le gusta, pero tampoco hasta el punto de forzarse a trabajar. Le aterra el trabajo porque está seguro de que se inventó para evitar que los hombres hablen demasiado consigo mismos. Soy yo el que asiente o niega con la cabeza y demuestra profundo interés en las conversaciones literarias y es él quien cuestiona desde adentro: “¿Acaso no notan que están hablándole a un tonto?, si no lo notan es porque son igual de tontos.” El otro día me dejó sin con qué pagar el arrendo. Y después usó la plata de la comida para comprar cigarrillos y cerveza negra. No me quedó de otra que alimentarme con eso. Ahora me informan que tiene una cuenta sin pagar en El Pavo y que yo tengo que responder. Como sabe lo mucho que me cuesta hacer amigos, aplica todo su talento para ahuyentar a los pocos que me quedan. Lo más desconcertante es que llega a ser tan claro y tan sereno. Pero su claridad y serenidad son apariencia. Las finge como un acto de amor propio, un favor que, dice, me hace a mí. "¿Y para qué?", le pregunto. “Para que se callen los gritos que los dos oímos”, responde. A diario me pide que me calle, y está tan cansado de hacerlo que ha decidido gritar de forma continua y a todo trapo, pero el grito le sale siempre para adentro. Es enemigo de la distancia. Y yo sin distancia no sé ser. La verdad es que él tampoco, pero simula. Sostiene que perder es la mejor claridad y la más provechosa distancia. Dice que basta con perder algo todos los días para aprender que perder no es ninguna catástrofe. De no sé quién le quedó un mantra: “Quien no comprende el fracaso está perdido.” Me habla como un monje o como un condenado a muerte o como un hombre que está sentado esperando un tren que nunca llega en una enorme estación siempre vacía o como el sonido de un cable de alto voltaje que se partió y zumba en medio de un huracán. Nadie le hizo nunca nada malo: todos los problemas se los ha causado él solo. Hace que el Principio de Incertidumbre parezca un juego de niños. Es un hombre de un revoltijo, como ustedes pueden imaginarse, inimaginable.

Lo que voy a contar no se lo digan a nadie. Una mañana llegó a la casa vestido nada más que con una bolsa de cemento. Fue cuando conoció a Fulvia, una mujer a medio camino entre la esbeltez y la desnutrición, con fragancia de flaca fugaz, con aretes largos como su cuello, cara afilada y unos ojos inclementes que hacían innecesaria la sonrisa. Estaba sentada sola en El Pavo, donde él acababa de entrar. El Pavo: cantina céntrica combativa candente y pringosa, punto de ebullición y paraíso de la cerveza barata, rincón atestado de gente arisca y sardónica que entre tanta palabrería no consigue expresar ningún sentimiento, que quieren esconder bajo algún discurso lo solos que están, un lugar que entre más tumultuoso más se agranda el hueco de su vacío, lascivo y fascinante cuanto más decadente. No se acercó a Fulvia porque la consideró un zancudo más. Pues ese zancudo de repente vino y se le plantó enfrente y lo miró con todo el desprecio de que es capaz una mujer íntegra y no parpadeó mientras le dijo: “Estas son las cosas que he probado: disparar una escopeta contra un conejo amarrado, vender cédulas falsas, regresión por hipnosis, cocaína, dormir una noche sí y otra no, participar de un linchamiento, boxeo intergénero, lecciones de taxidermia, seducir a un celador para que se robe lo que cuida, trabajar como aseadora en el claustro de un seminario franciscano y llevar falda sin tangas y agacharme pulpita frente al novicio más devoto, pararme frente a un payaso sentado solo en El Pavo y desafiarlo a que no tiene las pelotas para venir a mi casa mientras mi violento marido está en el trabajo, ahora mismo.” Así era Fulvia, una humanista. Él aceptó nada más porque se sintió bobito. En realidad quien aceptó fue su ego. Voy a ahorrarles la parte cursi, pasemos mejor al final, cuando a las seis de la mañana una llave abrió la puerta de la casa de Fulvia tan repentina y bruscamente (porque así acostumbraba abrir el marido celador, machete en mano, desde que le contaron que su putarraca mujer dormía acompañada casi todas las noches en que él no estaba) que a Jose Hoyos no le quedó de otra que dar una zancada furtiva hasta la ventana y echarse a la calle limpio de ropa. Su mentalidad de neandertal pudo alcanzarle para echar mano de una bolsa de cemento que encontró en el andén y abrirle dos huecos en la parte inferior por donde meter los pies y caminar dos cuadras larguísimas enfundado en ese enterizo marca Argos sostenido con una mano mientras con la otra intentaba parar un taxi o lo que fuera que lo sacara de ahí lo antes posible.

Insiste grotescamente en mantener sus costumbres urinarias. Hace días caminábamos de noche por el centro de Pereira (una ciudad donde no se puede escupir sin darle a un poeta) después de la religiosa docena de cervezas y le importó un jopo mi resistencia a orinar en la puerta de un Bancolombia y lo hizo a todo chorro aludiendo lo divertido de la transgresión, pero el ánimo transgresor se le volvió miedo cuando vio venir una patrulla de policía y se acordó de la multa y se abrió a correr por varias cuadras sin haber terminado la meada. “Y qué, es el instinto que insiste, además Rulfo se orinó en la cama hasta los quince años”, dijo. Cuando llegamos a la casa, indispuestos y sin un peso, le reproché el no haberme hecho caso cuando por la tarde le sugerí que no saliéramos y nos quedáramos leyendo un rato (dice que las lecturas de media hora son para cretinos) o escribiendo algo. Me dijo que la única forma de sacar algo en limpio de ese portátil era empeñándolo. Solo fue mencionarle lo de escribir para que, a la una de la mañana, se echara de nuevo a la calle buscando cualquier otra cosa. Asegura que sufre de boviscofobía, una especie de miedo mórbido a comportarse como un bovino, y que ese sentimiento se le despierta cada que le menciono la escritura porque “no hay nada más innecesario, efímero y común, salvo si se escribe con la mala leche de Barry Hannah”. Tiene muy clara su postura, pero esa postura se le evapora cuando, para sacar provecho, afirma algo que traspasa los límites de la truculencia y de la falta de respeto: dice que es escritor. Miente: el escritor soy yo. Entonces lo confronto. Él evade la confrontación. Lo persigo. Él me persuade. Yo condesciendo. Él abusa. Yo le recrimino. Él se ríe malcriado y termina haciendo lo que le da la gana. Cada vez son menos los momentos en que se larga y me deja solo, entonces puedo escribir. De no ser porque yo terminaría jodido lo mandaría de una vez por todas a la mierda. Yo soy la valentía, pero él es la guerra.

Volvimos a casa (el estuche de nuestra vida: silla y cuatro paredes) a las tres de la mañana. Él se acostó a rascarse las pelotas. Yo me quedé disfrutando de las tres de la mañana, una hora tan honda que cualquiera que esté despierto está de algún modo rezando. Y también una hora sumamente peligrosa: el que se asome a su alma corre el riesgo de perderse en ella. Único momento en que la porción de universo que a uno le toca se deja agarrar. Me siento y le pido a Jose Hoyos que al menos por una vez me diga lo que realmente piensa. Rehúsa rabioso. Dice que “cada vez que alguien le dice a otro ‘Diga lo que piensa’ está dando por sentada la infalibilidad del lenguaje. A la pregunta ‘¿Qué es lo que usted es?’, se está dando por sentado que el hombre tiene palabras para cada sentimiento, para cada realidad de la tierra y del cielo y del infierno, ignorando adrede que el alma tiene matices más desconcertantes que los colores del agua del mar o de una montaña en una tarde de invierno. Todos saben que hay bajezas y noblezas jamás contadas, pero siguen creyendo que cada una de esas inflexiones y mezclas y matices pueden ser sacados del alma a través de un conjunto de silbidos y gruñidos y soplos, como si no existieran aguas tan profundas y traicioneras que escapan al dominio de cualquier salvavidas retórico, como si de repente pudieran dejar de ser insondables todas las cavernas de la mente y del corazón.”

Fuimos a la biblioteca municipal a ver si lograba escribir un artículo sobre actualidad política que me habían encargado, pero no pude porque uno escribe sobre eso cuando la circunstancia exterior coincide con la circunstancia del corazón. Aprovechando que estábamos ahí, Jose Hoyos quiso prestar un volumen ilustrado de cocina. Como lo vi caminar por los pasillos con toda la despreocupación serena de que hacen gala las criaturas que tienen ventaja en la cadena alimenticia de cualquier biblioteca, preferí hacerme a un lado. La funcionaria, una mujer con un estrabismo que parecía una venganza de Dios, asumió su rol de call center y le dijo que sí tenían el libro y su estado era “disponible para préstamo” pero que no podía ser prestado. No entiendo, dijo él, entonces no está disponible. Claro que lo está, dijo ella, es su disponibilidad la que no está disponible. Ah, ya veo. ¿Y la disponibilidad como para cuándo estará disponible?, dijo él. Eso depende de la disponibilidad de disponibilidades, respondió ella, y de cuándo disponga el sistema la disposición mediante la cual dispongamos de alguna disponibilidad. Ah, ya veo, dijo él. ¿Y esa disposición como para cuándo estará disponible? Eso depende de cuándo esté disponible la disponibilidad del sistema, dijo ella. Y a continuación explicó detalladamente el proceso mediante el cual nada podía hacerse. Oiga, dejando de lado su condición de patada al hígado, ustedes los funcionarios de biblioteca municipal constituyen en sí mismos un fascinante objeto de estudio científico subcultural, dijo él. Y antes de que detonara me vi obligado a taparle la boca y llevármelo casi a rastras.

Hace poco volvió a desoírme y se colgó cabeza abajo, mirando hacia la calle, en la ventana del quinto piso donde vivimos. Lo sentí respirar como un reloj con rabia. Tuve miedo, pues de nada sirve la valentía si no hay dónde demostrarla. Dice que se pone patas arriba para aligerar el peso del mundo que va acumulándosele sobre los hombros. Hay algo magnéticamente repulsivo entre él y la vida. Verlo da sudor helado. “Lo veo y me da la impresión de que existe algo que vale la pena”, dije en voz baja, y él alcanzó a oír y me respondió: “¿Por qué todo lo que vale tiene que medirse en penas?” Después se sentó y maldijo por lo bajo a todos los gobiernos mientras ojeaba un periódico. Cuando no bebe le da por esas cosas, su cerebro no irriga bien. Está convencido de que lo único peor que ser un borracho es ser un borracho recuperado. Cree que poniéndose patas arriba se le baja el voltaje. Lo hace para procurarse unos minutos de evasión de lo que él llama los ramalazos: metrallas de memoria que de noche salen a destajo sin avisar, como una válvula que lleva tiempo atascada y de golpe se rompe. Es algo tan repentino como sospechoso. La verdadera causa de su estado la supe hoy por el mensaje que le mandó a su abuelita: “Querida abuelita, unos granujas me robaron la quincena, tanto trabajar y estoy sin un cobre, mándeme plata, al menos la mitad de su pensión. La plata que me va a mandar se me va a acabar pasado mañana, entonces vuelva a mandarme más, y para ahorrarnos tiempo mándeme las dos tandas de una vez”.

Soy yo el que más sufre con el insomnio. Él se emperra en disfrutarlo. Cree que no hay diferencia cuando se está acostumbrado a la noche del alma. A mí esas cosas me resbalan: quiero dormir y ya. Yo sí me agoto, no como él, que nunca trabaja más de tres cuartos de hora seguidos. El trabajo que le consiguieron como tallerista le duró veinte minutos: renunció porque no le nombraron un asistente que pudiera dejar a cargo mientras se iba a jugar billar. Cómo no me voy a cansar, si tardo siete borracheras de las suyas en escribir una página (páginas que me salen fallidas, no son testimonio ni cuento ni ensayo ni nada, me voy por las ramas, abandono personajes, hay manojos de inconsistencias, pongo el punto final muy rápido o muy tarde). La otra noche me dijo que el mejor remedio para el insomnio era poner un revólver cargado bajo la almohada. Sostiene que no hay nada que no pueda solucionarse con un revólver. Es otra alharaca, sospecho. Eso no calma mi terror: nada más peligroso que un loco de amor por la vida, alguien que miente como nadie y dice la verdad como ninguno. Dice la verdad como solo las mentiras pueden hacerlo. Salvo para discutir, es poquito lo que hablamos. Dice que hablar de los propios problemas de forma razonable es el modo más rápido de perder la cabeza. No me explico, por ejemplo, que solo consiga dormir oyendo una composición de Alphonse Allais llamada “Marcha fúnebre para despedir a un hombre sordo”, o mirando largo rato el famoso cuadro que el mismo Allais pintó: una tela en blanco llamada “Muchachas anémicas rumbo a su Primera Comunión a través de una fuerte nevada”. Está convencido de que es la única forma de dibujar la felicidad: con tinta blanca sobre papel blanco.

Tocan la puerta. Él abre refunfuñando por tener que levantarse a las once de la mañana. Es una evangélica que nos trae la palabra de Dios. Unos veinticinco años, pelo negro y duro y ojos negros como el diablo, nariz hecha sobre medida, labios como sandía recién partida, sonrisa de setenta dientes, falda larga que no alcanza a disimularle el tremendo culo balcón, suspendido en el aire sin caerse, toda ella es una obra de ingeniería. Le digo a Jose que, sin ir a insultarla, le diga no gracias y hasta luego. Él me desoye. Puedo verle la cara de gavilán, bueno, es la cara que cree tener, porque en momentos así yo lo veo más como una figura de cera después de un incendio. Mucho gusto, Jose Hoyos, le dice. Mucho gusto, Jose Hoyos, le digo. Ella pregunta cuál creemos que sea el verdadero mensaje de la biblia. ¿Honrar la fornicación?, pregunta él. Ella sonríe inocente y empieza su perorata. Él dice qué interesante, si quieres entra y lo hablamos mejor. Ella accede, es una mujer de fe. Él pone cara de caballito de carrusel y le pregunta cuánto tiempo lleva con los jesucristonianos. Lo oigo y quiero destriparlo. Ella se sienta y antes de la prédica le pregunta en qué trabaja. Él dice que es vendedor de alpiste. ¿Y crees en las Escrituras?, pregunta ella. Sí, en las de Baudelaire, responde él. Y agrega: mi necesidad de creer solo puede compararse con mi necesidad de dudar. ¿Qué sabes sobre Jesucristo?, pregunta ella. Que tenía sobreexitación del sistema nervioso porque entendía a plenitud todos los placeres y todos los vicios de este mundo, responde él. Yo me niego a participar, cierro los ojos y trato de ignorarlo todo y cuando los abro lo veo rojo de rabia: ella, como al pasar, mencionó las palabras en fin, , y bien, y Jose Hoyos se convirtió en un ogro: Usted pronuncia tres conceptos tan elementales como en fin, , y bien, y lo hace como si nada, toma la trinidad que hace mover el mundo como simples silbidos fonéticos, es una monstruosidad. Lárguese, animal, le dijo. Ella lo miró como si acabara de comunicarle que era nieto de Stalin, y salió pitando, supongo que a buscar agua bendita. A mí no me engaña, yo sé por qué la hizo entrar: para él es muy importante tener alrededor al menos una persona a quien odiar, algún chitrulo sin alma en quien detonar toda la dinamita de la ironía que mantiene acumulada.

A veces está seguro de ser un hombre bueno, entonces escribe, y le sale pura basura porque el corazón es el órgano más estúpido. Ignora que el hecho de que un canalla se vuelva buena persona y continúe escribiendo con toda su rabia y perfidia narrativa es tan improbable como que un tonto se convierta en astuto y siga escribiendo con toda su inocencia. Si quisiera saber sobre inocencia y bondad le bastaría con preguntarme a mí. Yo, que soy modesto y buen observador. Yo, que soporto su grosería mediante esa ausencia tensa de comentarios que acompaña únicamente a la más hipócrita y grotesca etiqueta social. Ya debería conocerme, si por las mañanas tengo que dejar la misma marca que él en la sábana, la misma mugre, bañarme con el mismo frío, comer un pan con la misma boca, tragar con la misma garganta, cepillarme con las mismas manos los mismos dientes, lidiar con la misma candela entre el pecho y la página, salir a vivir con la misma manera de estar vivos. Es una vergüenza lidiar con alguien que en un test de personalidad (que encontramos en una revista mientras estábamos en un café esperando a Fulvia) que pide escribir algunos usos posibles para un ladrillo y una manta es capaz de dar estas respuestas: Ladrillo: hacer compras cuando la tienda está cerrada, teñir el aire de anaranjado después de la demolición, hacerle frente a los cobradores, pendularlo y atravesar mi cabeza en su trayectoria para que me recuerde la urgencia de actuar, sonarle los mocos al marido de Fulvia. Manta: tapar las manchas de semen de un colchón, hacer señales de humo desde un edificio en llamas, practicar sexo ilícito en un parque, quitarle la respiración a una funcionaria de biblioteca, como filtro en una destilería ilegal de aguardiente, empaparla en gasolina y prenderle fuego a la biblioteca municipal.

Apenas hasta hoy pude sacar el portátil de la prendería. No veo la hora de agarrar a Jose Hoyos y eyectarlo hasta las antípodas. Porque lo que yo quiero es escribir y lo que ese atarbán quiere es vivir. Llevar una vida arisca y fulgurante y endiablada como cohete pirotécnico. En este momento él no está, la juerga de anoche lo dejó medio catatónico: prácticamente se fue. Por eso estoy tranquilo y pude escribir esto, y lo hice con más disciplina que nunca. Estoy siendo un hombre serenito y correcto que se mantiene al margen del mundo y que encuentra en los libros toda la vida que quiere abarcar. Puedo escribir largo y parejo de la misma forma que un cocinero prepara una comida cuya receta se sabe de memoria. Ahora vengo a percibir que la comida que acabo de preparar me quedó sin sal: avísenme si ven a Jose Hoyos y pídanle en mi nombre que por favor regrese.

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