Hacerse el candado (o como lucir una vagina imaginaria)

viernes, agosto 24, 2018John Better




Por estas tierras caribeñas, sexuales y voluptuosas, cuando en alguna reunión de “machos” sin oficio, alguno toma la palabra y sin ningún reparo comienza a vanagloriarse del tamaño, grosor,  y demás cualidades de su miembro viril; no falta el vacilador  que cercena su monólogo fálico con la siguiente expresión: “te puedes hacer el candado si te la gana, cara de gaver”.
No hablamos de  “el candado”, esa figura dibujada a punta de cuchilla en las barbas masculinas, sino,  de “hacerse el candado”, es decir, penetrase así mismo. La analogía es apenas obvia, el pene en su elasticidad funciona como el arco metálico de los candados, y el culo como el agujero de cierre.

Pensé que tal cosa no era posible, hasta que hace poco vi en una película gay llamada Bubblegum Dicks, (vergas de chicle) la curiosa maniobra: un chico negro con una picha del tamaño de un bolardo, se autoinfligía placer.




Pero,  “hacerse el candado” también es esconder y estrangular la verga entre las piernas.
Expertas en “hacerse el candado” son las transgirls de todas las naciones del mundo. Pero solo puedo hablar de las barranquilleras a quienes he tenido de cerca  a la hora de practicar tan sensible acto. Por lo general  lo último que hace la trans luego de maquillarse, vestirse y entaconarse, es “armarse el truco”,  que viene siendo  lo mismo que “hacerse el candado”.
Grandes y exóticos sexos como frutas del Caribe son estrangulados para lucir por una  noche como  una vagina de ensueño.

He visto algunas fotos de famosos como Al Pacino, Robinson Díaz, entre otros, donde aprisionan su pene entre las piernas.

La curiosidad me llevó un día a experimentar que tal se sentía “hacerse el candado”. Frente al inmenso tocador de mi casa lo hice, luego de un refrescante baño me incliné un poco, tomé entre mis manos aquel bello adminículo  que la naturaleza me regaló y de un tirón lo llevé hacia  atrás lo más que pude, de inmediato junté mis muslos con fuerza y la sensación de leve dolor fue convirtiéndose en una especie  de tibio adormecimiento. Por breves segundos, frente al  espejo  fui un eunuco, un  ser desprovisto de maldad y deseo. Mi vello púbico resplandecía con la luz del mediodía que se filtraba por las persianas. Llevé mi mano izquierda y froté la falsa castración, una erección aprisionada  empezaba a tomar fuerza…

Así que recomiendo a mis amigos heterosexuales y gays  “hacerse el candado”, es algo sano e intimo, y a mis amigas mujeres les digo una cosa: llaves para abrir el cofre de sus secretos hay de todos los tamaños, pero nada como una de "hierro forjado" que haga volar todas las cerraduras.


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