JUAN PABLO PLATA

Las mujeres que no amaban a los hombres. (Reportaje sobre el maltrato)

jueves, noviembre 15, 2018Silver Editions




Este texto apareció originalmente en Kienyke.com en 2013. Sale de nuevo acá porque es coyuntural ver las cosas más equilibradas en la balanza ahora con el #metoo y el auge del feminismo.

Felipe Ramírez, ingeniero civil, tiene treinta y ocho años y lleva siete años casado. Desde los primeros días de su relación con Natalia Álvarez, comunicadora social de treinta y cinco años, notó pequeños rasgos de agresividad e insolencia a los que dio poca importancia. Al cabo de dos años de matrimonio y una rutina de cantaletas que se daban los fines de semana cuando más tiempo compartían juntos, su esposa comenzó a darle leves empellones y puños en los brazos reclamándole por irreales hechos de infidelidad, pidiéndole otras veces mayores gastos en ropa, cosméticos y viajes incosteables. El conflicto inició, dice Felipe, “a partir del intensivo reinició de contacto de Natalia con sus amigas de toda la vida para ingerir alcohol”, pero se retracta de inmediato y cuenta que las peleas durante la época de noviazgo eran frecuentes y suscitadas siempre por Natalia. Hoy Felipe no sabe si divorciarse o reconciliarse con su esposa, quien ahora es abstemia. Por el momento, Felipe ha resuelto ir a vivir con su hermano mayor, en espera de que se calmen los ánimos en el hogar de clase media en que aún espera hacer una familia con su novia de los tiempos de universidad. Ha pensado en someterse a terapia de pareja o ayuda psiquiátrica, pero su ocupaciones no le dejan tiempo libre para hacerlo. El anterior fue un testimonio atípico y difícil de conseguir, porque por vergüenza y tabú los colombianos no denuncian ni hablan del maltrato infligido por las mujeres en ellos. Aunque el agravio es casi siempre psicológico, no se echan en falta episodios de violencia física, así sean una rareza por ser escondidos y minimizados por los vulnerados. A pesar de lo anterior, encontré que el Instituto de  Medicina Legal de Colombia registró 9.437 casos de violencia intrafamiliar en su Centro Nacional de Referencia, en el contexto de violencia de pareja donde las víctimas fueron hombres entre los años 2012 y 2013, con corte del mes de octubre. En el mismo periodo, las zonas con mayor incidencia fueron Bogotá (2828), Antioquia (1150), Valle del Cauca (752), Cundinamarca (642) y Santander (416). Entre 2004 y 2009 hubo 20.536 reportes conocidos por la misma fuente de hombres maltratados, con similares índices de reparto geográfico.

Las cifras casan con lo expuesto por María de la Paz Toldos Romero, quien en su libro Hombres víctimas y mujeres agresoras. La cara oculta de la violencia entre sexos. Ella declara una mayor propensión a la violencia psicológica y física por parte de las mujeres y culpa al estereotipo caído en los hombres como agresores principales a una costumbre mayor de las mujeres por denunciar. La autora apuesta incluso hacia una equivalencia en el maltrato: “(…) la principal diferencia entre varones y mujeres, es que los ataques perpetrados por las  mujeres tienden a ser informados sólo si son verdaderamente peligrosos y si existe realmente un daño importante. Por todo ello las denuncias interpuestas en las comisarías de policía y las encuestas de victimización no representan un claro ejemplo de la realidad, ni un cuadro completo de la incidencia de violencia entre sexos y mucho menos para el caso de los varones víctimas de su pareja.”

En consulta con Juan Carlos Gallón Guerrero, abogado de familia, dilucidé que en el marco legal colombiano el hombre se encuentra desprotegido en comparación a las legislaciones especializadas en la protección de las mujeres. Nada más el año pasado el gobierno aprobó la Ley 1542 que vela en exclusividad por las mujeres y sus hijos ante situaciones de atropello y suprimió la posibilidad de desistir de la querella judicial e instauró la validez de las denuncias hechas por terceros sobre agresiones intrafamiliares.

Los machos por el contrario deben usar leyes generales de familia como la Ley 294 de 1996 o la 575 del 2000. Ordinariamente el hombre acude a denunciar ante las autoridades el maltrato en busca de que se respeten sus derechos de tenencia y visita de sus hijos. Sin embargo, no hay un regazo estatal amplio y específico de parte del Estado para los hombres abusados. Cuando se usa la expresión de violencia de género se habla como en discriminación positiva solo de mujeres.
Cualquiera puede ver que la misma desproporción en lo legal ocurre con el cubrimiento sobre la violencia intrafamiliar y de género en los medios de comunicación en el país, porque se informa sobre mínimos o desastrosos hechos acaecidos a las féminas por culpa de los hombres, mientras en el caso de los hombres como damnificados se informa cuando ya han ocurrido  hechos fatales.
Al hombre maltratado se le encuentra entonces en silencio o muerto.

“El hombre es un guerrero por antonomasia en Colombia y en casi todo el hemisferio Occidental la masculinidad va inscrita en una mentalidad de machismo. Las mujeres incluso dicen que van a mandar a sus hijos al ejercito para hacerlos más hombres, más varones. Y parece que ser más hombres es morir en la guerra”, opina Nancy De La Hoz, psiquiatra forense de Medicina Legal, quien ha atendido casos de abuso en estratos medios, populares y en estudiantes de diversas índole socioeconómica en el centro de Bogotá donde ejerce la consulta externa. De La Hoz también opina que en las relaciones entre maltratadores y maltratados hay antecedentes en la infancia y se pueden reconocer en micro algunos de los conflictos o características de una sociedad: “El papá o la mamá devienen en autoritarios en una sociedad autoritaria y patriarcal.”

En mi recorrido por comandos de policía, juzgados, comisarías de familia, personerías y CAVIF, los Centros de Atención e Investigación Integral Contra la Violencia Intrafamiliar, observé una anormal recepción ante las denuncias de hombres en las oficinas gubernamentales, donde la chanza y la incredulidad eran el denominador afín. Pude hablar con dos hombres en comisarías de familia de Bogotá y con uno en Chía, Cundinamarca, quienes habían notificado a las autoridades  maltrato físico y psicológico reiterado. El de Chía, Alberto Castro, me contó en medio de lágrimas que su ex había tomado una barra de hierro, sobrante de unas obras de remodelación y que en medio de sus debilidad por estar borracho, le increpó  por su llegada a altas horas de la madrugada y prosiguió a golpearlo en la cabeza, brazos y piernas. Ese fue su último día de convivencia. Este hombre de un metro cincuenta y cinco centímetros me describió a su ex mujer como “alta, acuerpada, más bien rolliza y muy brava”. Cuando lo entrevisté por segunda vez, iba a recoger a sus dos hijas a la escuela después de su práctica de danza folclórica, pues el juez le dio la patria potestad y eliminó la demanda por alimentos que tuvo por un año, ante las pruebas de maltrato por parte de la madre luego de un tortuoso caso judicial.
Los tres hombres coincidieron en calificar como traumáticos los efectos de sus relaciones interpersonales con mujeres por los prejuicios sociales, sumado a una suerte de actitud recelosa por parte de los funcionarios en las comisarías y juzgados ante sus requerimientos judiciales. Me conmoví ante sus relatos, pues los hijos aparecieron como el motor que los hizo dejar atrás la indignación y miedo para acercarse a las autoridades civiles a pronunciarse sobre el abuso recibido por parte de sus mujeres.

El psiquiatra Jorge Forero Vargas, presidente del Instituto para el Desarrollo de la Salud Emocional (IDESEM), me describió cuatro asuntos reiterados en sus consultas con ciudadanos de estratos altos en Bogotá, sobre casos de maltrato psicológico y físico en que el hombre es la víctima:

“Cuando la dama proviene de una posición social distinta. Por ejemplo, la mujer se casa o ennovia con un hombre de un estrato inferior que ha ido ascendiendo en sus lucros, se da a veces maltrato psicológico en que sale a relucir la humilde extracción social del varón, en que se le señalan gustos y actividades como de mal gusto y no propias de la posición social a la que aspira pertenecer. Entonces se le hace saber al hombre su origen: “Claro como yo lo recogí. Como usted era un Don Nadie hasta antes de conocernos. Ahora si viene a hablar cosas, siendo que usted es un levantado.”
“Cuando la mujer tiene ingresos salariales superiores a los del hombre esta situación se presta para manipulación y maltrato psicológico. La mujer se torna como la que toma decisiones, la definidora siempre de manera arbitraria de casi todos los asuntos del hogar o la relación.
Sobre lo anterior, me dijo Forero Vargas : “Cuando el hombre tiene una posición económica superior no sucede igual menosprecio, pues el hombre antes brinda cobijo y no es tan intransigente en un noviazgo o en las familias. El hombre cede casi siempre con facilidad la administración del dinero, en otras la comparte con la mujer. La mujer es más esquiva cuando tiene una posición superior de entregar la gestión de los gastos.”

“Si se presenta infidelidad masculina, la mujer decide tomar venganza. Ella hace esto porque quiere que el dolor que sintió al descubrir a su novio o marido sea también experimentado por él con creces. Se dan episodios de sobreactuación en que las mujeres dicen cosas como: “Usted no sabe la clase de arpía que soy. Yo soy muy buena persona, pero usted no se imagina lo que soy capaz de hacer.” Esto coacciona al hombre hacia una sensación o actuación de minusvalía, de inferioridad moral ficticia por haber sido sorprendido poniendo los cuernos.

“La suspensión de las relaciones sexuales es una forma de ejercicio de poder por parte de las mujeres. Se usa como venganza o chantaje ante el incumplimiento de deseos materiales o caprichos en general. Esta interrupción del disfrute sexual es  extendida hasta por cuanto tiempo lo desea la mujer: hasta que ella decide levantar una suerte de sanción.

La interrupción de los placeres carnales data de épocas muy antiguas como en la comedia griega Lisístrata de Aristófanes, en que las mujeres retiran sus favores para acabar con la guerra del Peloponeso. En Colombia también se han presentado huelgas sexuales en que las mujeres piden un alto a la violencia, como en 2006 hicieron las compañeras de pandilleros en Pereira, Risaralda. Para 2011, la huelga de piernas cruzadas en Barbacoas, Nariño, logró la adecuación de vías de transporte terrestre hacia Pasto y Buenaventura.

Según Forero Vargas  y otros especialistas en el tema del maltrato con quienes indagué: en Colombia las personas de un alto nivel cultural pueden salir de este tipo de conductas pues no presentan comúnmente antecedentes de desplazamiento o violencia relacionada con el conflicto armado o la delincuencia, y pocas veces hay antecedentes graves en la infancia. Pero en muchas ocasiones se cambian los roles. El maltratador se vuelve víctima y viceversa. En conclusión, son muy raras las rehabilitaciones de las relaciones y las personas si hay una personalidad patológica grave o precursores violentos en las historias personales, en particular durante los primeros años de vida. El alcohol y las drogas son detonantes clave sin distingo de estrato para el maltrato entre parejas.

Para los cuatro tipos de maltrato ejemplificados arriba, Forero Vargas usa terapia de corte cognitivo conductual. Esto hace que las personas logren introspección, es decir, que puedan ver dentro de sí y reconocer su conducta y juzgarla como nociva para sí mismos y los otros, además de permitir al facultativo conocer la mente de la víctima y/o el victimario. Después de un sondeo con otros médicos, entre ellos Forero y De La Hoz, hallé que las perpetradoras de maltrato presentan rasgos leves o límite de trastornos de personalidad como el narcisismo y la sociopatía. El problema con estos rasgos es que no producen solidaridad ni acompañamiento como en el caso de la depresión. En estos trastornos de personalidad hay mucha impulsividad; son personas turbadas que no miden el alcance de sus acciones. Si en un análisis y terapia se comprueba que hay un asunto de trastorno de personalidad de la perpetradora del maltrato, entonces los médicos  deciden intervenir con fármacos de la familia de los estabilizadores del ánimo para mejorar el control de las emociones y reducir así la hostilidad del verdugo. El maltratado por su parte puede desarrollar un caso agudo de depresión y baja autoestima. Me dijo Forero Vargas que más allá de fármacos para los diagnósticos de cada persona, existen moderadores para los síntomas: irascibilidad, hostilidad, ansiedad, desórdenes alimenticios, entre otros.

En mi pesquisa con psiquiatras, funcionarios públicos, víctimas y victimarios, noté al maltrato físico en estratos altos como un asunto encubierto o subestimado. Pude ver que se guardan mucho las apariencias pues se espera que en estos niveles sociales se recurra menos a las acciones violentas y que todo quede en meras ofensas verbales. Así pues, aunque se cree que la agresión física es más común en estratos populares, para mí todo tiene que ver con el grado de sinceridad con que las personas tratan sus conflictos de las puertas de sus casas hacia fuera.

Por ejemplo, Lucia Urriago, de cincuenta y dos años, perpetradora de maltrato en sus dos matrimonios hasta la fecha, me confesó haber sido golpeada e insultada por sus padres cuando niña y a ello culpa llevar a cuestas dos divorcios- uno en Colombia y otro en Estados Unidos- causados por sus desmanes en el trato con los dos hombres que más ha querido y padres de sus hijos. Me contó de su menospreció, múltiples infidelidades e insultos sobre la apariencia y desempeño amatorio de sus conyugues. Incluso me dijo que cuando percibió especial flojedad en su segundo esposo, le comenzó a propinar golpes con zapatos y correas, en claro recuerdo de las fueteras recibidas de sus papas.

Así como decía arriba, las expresiones violentas pueden culparse en parte a antecedentes en las familias, pero el maltrato de los hombres, las enfermedades mentales y las condiciones económicas y sociales  también determinan los patrones de las abusadoras.

De expedientes legales y testimonios, concluí que en estratos populares y en la clase media el varón usa, sobre todo, el tono de su voz, la fuerza física, las prohibiciones de gastos, diversiones como la televisión y la música, la libre movilidad e incluso en muchas circunstancias el hombre llega a un control completo motivado por odio, celos y paranoia. La mujeres, en comparación, intentan la persuasión, el engaño, la estafa en las relaciones con los hombres cuando quieren causar daño. En sí son menos dadas al daño físico por su condición biológica inferior, pero lo reemplazan con perversa inteligencia. En cuanto a malos tratos con consecuencias mortales, el arma de preferencia de las mujeres son los cuchillos, el veneno y los aparejos del hogar; usados todos para equilibrar su diferencia de fuerza. Con respecto al maltrato psicológico a hombres, he establecido que este  pasa en todas las esferas de la sociedad por un cuestionamiento sobre la masculinidad y la comparación con los amantes, además de referencias nefastas sobre la forma física, el dinero y  las capacidades sexuales e intelectuales. Detrás del menosprecio sexual está casi siempre una carencia económica del hombre.

Sobre procesos aterradores de maltrato supe de enfermos mentales, soldados lisiados o personajes del común discapacitados, casados o relacionados con mujeres que acaban abusados. Conocí sobre mujeres empoderadas por el dinero, frente a maridos desempleados,  que comienzan a exigir eficiencia en las labores domésticas hechas por los hombres desocupados. Descubrí que los hombres sin un trabajo pierden el rol de proveedores y enseguida se convierten en individuos vulnerables al abuso de la autoridad por parte de las nuevas dueñas de la casa.
Una de las historias que encontré en mi entrevista con la psiquiatra De La Hoz supera la truculencia de un culebrón televisivo: un viudo de sesenta años con un duelo agudo entabló una relación con una joven que era su empleada del servicio. Ella conocía la amplia capacidad económica del que acabó siendo su novio e inició a sonsacarle dinero haciéndole gastar en cirugías plásticas. Más adelante el viudo se negó a complacerla en sus peticiones materiales, ella lo amenazó con un ataque por parte de los hermanos. Ellos mismos y después el amante, cumplieron las amenazas en varias ocasiones y tiempo después despojaron de sus negocios y bienes al anciano. El único beneficio de la víctima frente a los victimarios fue evitar su muerte y nuevas golpizas hasta que pudo huir. Todo estuvo sumado a un retiro completo de afectos y del disfrute sexual.

En un atisbo al contexto internacional percibí una mayor apertura social a tratar el tema del maltrato de mujeres hacia hombres. En Canadá, Australia, Chile y España, por citar los mejores ejemplos, el gobierno y organizaciones privadas han elaborado incluso cartillas y  programas de asistencia para identificar a maltratadoras, recuperar derechos legales, estabilidad emocional  e integridad física. En Australia la fundación One in Three se formó cuando en sondeos sobre maltrato, en las dos décadas recientes, se descubrió que una de cada tres víctimas de maltrato en el país eran hombres.

Para 2013 la campaña No more de la Coalición Contra la Violencia Doméstica de Estados Unidos (NCADV por sus siglas en inglés) condujo estudios cuyos sorprendentes resultados entre jóvenes arrojaron que entre las edades de 15 a 22 años, una de cada siete mujeres admitieron haber golpeado a sus parejas en una muestra de más de un millón de personas, entre la que también apareció que el 15% de las víctimas de abuso en Estados Unidos son hombres.

En España la asociación Hombres Maltratados, asesora en temas legales y recuperación psicológica. El bufete de abogados Patón y Asociados dedica sus labores a hombres vejados; los defiende de las mujeres en casos de divorcio, custodias y denuncias falsas. En Chile, por el mes de Abril de 2013, se reportaron cifras record de maltrato hacia hombres y divorcios zanjados por la misma razón.
En internet se encuentran muchos testimonios del maltrato y grupos en redes sociales en países del primer mundo, mientras en el mundo hispano y en países emergentes hay menos grupos virtuales o asociaciones, con la particularidad de que las primeras son en su mayoría grupos dedicados a la sátira u otros temas alejados de cualquier tipo de asistencia seria para las víctimas.

A diferencia de otros países donde ya hay un fuerte activismo por los derechos de los hombres mancillados, en Colombia el hombre no tiene voz.
El maltrato de hombres es una realidad incómoda, pero su ventilación puede salvar la unidad y la vida en noviazgos y familias. ¡No más tapujos!

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