Jose Hoyos

Golpe

viernes, enero 18, 2019Unknown


La tórtola está parada junto al ventanal que da a la terraza del último piso de la biblioteca donde leo, donde leía hasta que la vi. Casi no se mueve, y no se entiende cómo puede mantenerse en pie después del totazo que se dio contra el ventanal. Era para estar rígida y tumbada en el piso. Esta choqueada. Mediante un esfuerzo descomunal consigue mantenerse en pie. El vidrio del ventanal la hizo creer que la realidad continuaba. Que había vida después del vidrio. Es muy convincente el reflejo del vidrio, incluso el hombre está convencido de que el mundo no es un reflejo, de que en este lado del vidrio está Lo Real. Cualquiera que vea la tórtola en este momento diría qué raro, una tórtola inmóvil y de pie, sería fácil echarle mano. El atontamiento la volvió presa fácil. Es joven, seguro que hasta ahora nunca había sufrido un golpe. No es tanto la contusión física, quiero creer, lo que la tiene achantada, sino la revelación de que ese paraíso de vuelos y árboles y sol y viento de repente se convierta en un golpe seco capaz de arrebatar el vigor de la juventud y de depositarlo a uno en la planicie gris de la adultez. En este momento exacto la tórtola ha madurado. Le llegó la madurez con su mensaje fatídico: “Lo mejor de tu vida ya pasó y ni siquiera te diste cuenta”. Se ha hecho adulta, y eso siempre viene con un golpe. Con una sucesión de golpes. Hacerse adulto significa darse contra un ventanal, tan duro, que quede extirpada la capacidad de volar. Y a eso lo llaman crecer. La adultez es lo peor que puede pasarle a un ser vivo. Y no hablemos de la vejez. Pero a esta tórtola le bastaron treinta minutos y echó a volar de nuevo con una salud casi insolente. Su vocación de vuelo se parece a la de los buenos y viejos poetas. Tuvo una segunda oportunidad. Perdió tres o cuatro plumas, cosa que no la inmutó, porque el instinto le dice que lo natural es ir dejando cosas por el camino y después dejar el camino. Hay que estar tocado para recibir una segunda oportunidad. Esa cosa rarísima de complacerse creyendo que las imágenes externas son el mundo no aplica para un animal. Lo Real tiene la capacidad de ficción suficiente para hacernos creer que continuará después del vidrio. Nada más animal que una consciencia.

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