featured Jose Hoyos

Lo que no tiene historia

miércoles, febrero 06, 2019Jose Hoyos



Me acuerdo de los ‘me acuerdo’ de Joe Brainard, una serie de evocaciones cortas de cosas o eventos que se recuerdan, lejanos o no tanto, triviales o no tanto, y de descubrir que se puede escribir simple y hondo al mismo tiempo. Es un libro que hace dar ganas de escribir.

Me acuerdo de las peleas que se armaban en el bar Sirenitas. En el baño de hombres decía Caballeros, pero los hombres no hacían caso y entraban. Era un lugar especialmente fecundo para pelear. Una vez vino un golpe de silla y le fracturó la pierna buena a un señor que tenía una pierna de palo.

Me acuerdo de la primera vez que fui a cine con una muchacha. Era una cita oficial y yo temblaba hasta las orejas. Durante la película, en medio de un silencio lleno de tensión, se me escapó un pedo muy sonoro. Hice ruidos con los zapatos contra el piso a ver si sonaba parecido. Ella se me acercó al oído y me dijo “tranquilo que ya me di cuenta”.

Me acuerdo del estanque de vida en que envejecía mi pueblo cuando yo era niño. La gente disponía la mitad de su tiempo esforzándose en no ser sospechosa de atentar contra la moral y las buenas costumbres, y la otra mitad en olfatear el pecado ajeno. Y cuando lo encontraban lamentaban sentirse satisfechos.

Me acuerdo de un viejo desdentado que siempre estaba furioso porque perdía cosas por culpa de los bolsillos rotos. Con frecuencia le oía maldecir contra Dios por no haber dotado el cuerpo del hombre con un buen par de bolsillos en vez de esas tetillas inútiles.

Me acuerdo de la biblia que había en mi casa, siempre abierta en la página 587, donde estaba el Salmo 91. Mi abuela decía que nunca podía cerrarse o la casa perdería la protección de Dios. Yo creía que tampoco podía abrirse por ninguna otra página. La hoja estaba negra y ajada de mugre. Una vez la gata se cagó encima.

Me acuerdo de Aricapa, un flaco jorobado que cada recreo me decía “a la salida nos vemos pa’ sonarle los mocos” y nunca cumplía, así que yo salía tranquilo. Un día cumplió. Me persiguió cinco cuadras. Le pedí a mi mamá que siguiera yendo a la escuela por mí. Siempre iba puntual.

Me acuerdo de los viajes en bus urbano, se componen de un montón de tiempo de inactividad mental más el problema de no saber hacia dónde mirar. Si uno mira a alguien directo a los ojos puede llegar a ser peligroso.

Me acuerdo de un enorme charco que se formaba cuando llovía en la esquina de la casa donde crecí. La gente que necesitaba pasar tenía que poner piedras donde pararse. El barro hacía peligrosa la maniobra. Siempre que la señora que vivía junto a mi casa tenía que cruzar, yo le pedía a Dios que se resbalara y cayera. Una vez se cayó. La culpa me impidió dormir.

Me acuerdo del epitafio que vi en un cementerio: “Les advertí que estaba enfermo”.

Me acuerdo de un compañero del colegio al que le decíamos Corazón porque el papá era paramédico y a veces tenía que transportar en la ambulancia un corazón metido en una pequeña nevera con hielo para que llegara a su nuevo pecho lo más fresco posible.

Me acuerdo de lo difícil que era no reírme sacando la lengua para comulgar.

Me acuerdo de la primera vez que me emborraché. En realidad me acuerdo de lo que después me contaron. Fue en una fiesta familiar en mi casa. Yo invité a mi noviecita Natalia. Mientras estaba cagando me quedé dormido y tuvieron que forzar la puerta del baño. Me fotografiaron sentado con el pantalón abajo. La foto la tomó Natalia.

Me acuerdo de los días en que trabajé haciendo domicilios en una heladería. Un día lluvioso tuve que llevar una ensalada de frutas a un noveno piso de un edificio que no tenía ascensor. Cuando llegué me dijeron que ahí nadie había pedido ningún domicilio. Me senté en las escaleras y me la comí, y después dije que se me había caído.

Me acuerdo de un libro que solicité en préstamo en la biblioteca. A los pocos días recibí un correo diciendo que no podían prestarlo porque ese libro “tenía problemas”. Pensé que debía tratarse de un gran libro, pues si no tuviera problemas no lo sería.

Me acuerdo que desde los 15 hasta los 18 años mi medio de locomoción más usado e involuntario fue una patrulla de policía.

Me acuerdo de unas palabras que una mujer de voz liviana, sentada junto a mi mesa en un restaurante, le dijo al muchacho que la acompañaba: “Ese día estuve tan feliz que me entraron ganas de quedarme quieta”.

Me acuerdo de un guayacán muy grande que había frente a mi casa y que cada diciembre dejaba que las flores amarillas se tiraran desde lo alto hasta formar un tapete mullido que cubría media cuadra. Yo caminaba por un ladito.

Me acuerdo de cuando tomaba consejos de vida de Woody Allen.

Me acuerdo de Xime García. Tenía porte de leona y cuando me clavaba los ojos se me iba de golpe todo el aire de respirar. Nunca sonreía, no le era necesario. Pero cuando estábamos solos era como una abejita haciendo miel. Nos queríamos, cada uno con su tenedor. Cuando la veía el mundo se me organizaba. No caminaba, se esculpía a cada paso. Ahora me odia.

Me acuerdo de cuando creía que a todo buen escritor le tenía que gustar Flaubert.

Me acuerdo de proponerme estudiar a fondo para saber por qué los ñu se llaman así.

Me acuerdo del dibujante Muchasuerte. Cuanto más borracho mejor dibujaba. En sus momentos de mayor miseria, pedía prestados 20 mil pesos y se gastaba 25 mil comprando regalos de agradecimiento para quien se los había prestado.

Me acuerdo del misterioso Error 404.

Me acuerdo de cuando me proponía entretener al lector. Cuando leí Viaje al fin de la noche retuve una frase de Céline: “Todo este esfuerzo tormentoso de escribir, ¿para entretener al lector? Que lo entretenga su puta madre”.

Me acuerdo de una grabadora de CD (eran lo último) que me ofreció un hombre en una esquina muy céntrica. Yo no podía creer que la diera tan barata. Tenía una como muestrario y las demás bien acarreadas en sus cajas. La compré sin vacilar, el hombre la probó y mientras yo contaba la plata la metió en una caja y me la entregó. Cuando llegué a mi casa la caja tenía un par de ladrillos.

Me acuerdo de mi prima Sandra porque el pelo se le metía una y otra vez en el plato de sopa.

Me acuerdo que mi abuela me obligaba a confesarme cada domingo en la misa mayor. El cura era un viejito de mejillas colgantes que se parecía a un hipopótamo triste. El castigo que me imponía por tener pensamientos impuros era de siete padrenuestros. Cuando me masturbaba el castigo era de tres padrenuestros. La paja sin adicionales siempre salía más barata.

Me acuerdo de cuando se terminaba la misa y yo quedaba convencido de que era una buena persona.

Me acuerdo que de niño yo intentaba parecerme a todos porque ellos eran los que estaban bien.

Me acuerdo que Muchasuerte decía que no hay ninguna época que no sea posguerra, guerra o preguerra.

Me acuerdo de la revista Selecciones Reader’s Digest. Tenía de todo, narraciones, crónicas, humor, reportajes, ciencia, fotografía. A mi abuela le eran muy útiles cuando había una mesa coja.

Me acuerdo de la doctora Sanesteban. Era una mujer refinada y devota de la categoría. Decía nivel en lugar de estrato. Siempre estaba disimulando algo. Vimos un cartel con el anuncio de una película, de esos que ponen un pequeño resumen de la trama junto al afiche promocional, y dijo: “Sinopsis, qué interesante título.”

Me acuerdo de mi primer vuelo. Entregué todas mis energías mentales y físicas sosteniendo mi silla con las manos para ayudar a que el avión se mantuviera en el aire.

Me acuerdo de ir a votar cada que había elecciones. Me importaba una mierda votar, solo quería que me dieran medio día libre en el trabajo.

Me acuerdo de los días en que uno se levanta confiado en que va a pasar algo y después no pasa nada.

Me acuerdo de la casa de Meneses cuando nos reuníamos a hacer tareas. Me gustaba ir porque la mamá usaba blusas de escote y cuando se agachaba se le veían las tetas. Toda la casa era un caos. Olía raro. A veces guardaban ropa en la nevera. A veces la señora no sabía si había metido los niños al horno y llevado las empanadas al colegio.

Me acuerdo de que el punto y coma siempre me pareció estridente e innecesario; un día me prometí no usarlo jamás.

Me acuerdo de la vez número 40 que vi Leaving Las Vegas.

Me acuerdo de mi vieja bicicleta Monark. Siempre que se dañaba, la única solución que se me ocurría era sentarme a llorar hasta que se arreglara sola.

Me acuerdo del momento exacto en que empieza el insomnio y ya todo está a la sombra de otra cosa.

Me acuerdo de mi gata Negra. Tenía negras hasta las uñas. Cuando yo tenía miedo la miraba largo rato, ahí, en reposo, más serena que la serenidad, segura como un dardo. Era impresionante la suficiencia con que se sentaba y esperaba, cómo sus movimientos eran decididos por sí mismos, cómo imponía su asombrosa dignidad. El miedo seguía conmigo, pero ya era capaz de soportarlo. Un día Negra se fue y no volvió. Era buena, lo suficiente como para recordarla ahora que la luz es pálida y las noches lentas.

Me acuerdo que siempre me lamenté de que Isaac no se hubiera dado cuenta a tiempo del tipo de papá que tenía. Y siempre me asustó el negro fervor entre Dios y Abraham.

Me acuerdo que de niño la Ñ me parecía una letra medio marica con ese sombrerito ladeado.

Me acuerdo de un aforismo de Ernesto Esteban Etchenique: “Te siento cuando te toco y, cuando no te toco, también te siento. ¿Qué tienes en la piel?”

Me acuerdo de Al Neri, el hombre de confianza de Michael Corleone. Neri tuvo la misión de cargarse a Fredo y a Barzini. Era silencioso desalmado e incondicional, un perro contundente: un gran hombre. Durante las tres películas de la saga no dijo más de veinte palabras y con eso tuvo para encaramarse como uno de los personajes más potentes del cine.

Me acuerdo que crecí oyendo a mis primos decirme que yo no era de la familia, tan solo me habían recogido cuando me caí de un trasteo. Mi primo Jaime salía en mi defensa alegando que no era cierto, que yo solo me había caído del zarzo.

Me acuerdo de las 4 de la mañana, una hora en que nadie se siente bien.

Me acuerdo de cuando me entregaron los ejemplares que me correspondían del primer libro que publiqué. Eran 100 y yo no tenía en qué echarlos. Conseguí una bolsa de basura y cuando la llevaba por la calle, en pleno centro de la ciudad, se desfondó y los libros quedaron esparcidos por el piso. Estaba sudoroso y sucio acuclillado en el andén recogiendo papeles. Mientras la gente que pasaba me miraba con lástima, pensé: “La literatura lo disminuye a uno”. Sigo pensándolo.

Me acuerdo de las clases de guitarra en que fracasé cuando niño. Asistí a dos jornadas y no volví porque el profesor tenía un aliento de pedo capaz de desafinar las cuerdas.

Me acuerdo de una frase de Orhan Pamuk en su discurso al recibir el Nobel: “Escribo porque puede que así comprenda la razón por la que estoy tan, tan enojado con ustedes, con todo el mundo”.

Me acuerdo de no entender cómo era posible que cuando yo abría de repente un libro ilustrado de cuentos el rey siempre alcanzara a sentarse a tiempo en el dibujo. Tampoco entendía que el guayacán frente a mi casa volviera a levantarse inmediatamente después de un parpadeo.

Me acuerdo de que es casi infinita la cantidad de cosas de las que no me acuerdo.

Me acuerdo de muchas cosas que por cotidianas no tienen historia, pero merecen ser contadas porque los grandes acontecimientos son muy poquitos.

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