featured Keren Marín

La estética del apartamiento o el valor del instante

martes, septiembre 17, 2019Keren


“Here, in my solitude, I have the feeling that I contain too much humanity” Ingmar Bergman

El crujir del viento entre la montaña, el canto incesante de las cigarras entre la transitoriedad del mundo. Allí, donde el silencio es un fuego perenne el espíritu encuentra sus cantos originarios y comprende los lenguajes de la evanescencia. Tal vez es por ello que a veces nos domina la idea de la partida, el súbito intento de abandonar las certezas para emprender el viaje hacía la montaña del alma. Kamo no Chōmei -poeta, músico y escritor japonés- decidió iniciar esta travesía a la edad de sesenta años. Noble de nacimiento y ermitaño por decisión, vivió en el siglo XII  entre las eras Heian (794-1185) y Kamakura (1185-1333), periodo durante el cual fue testigo de la fragilidad de la existencia y del destino vacuo de todo apego. 

Para entonces Chōmei vivía en Kioto, capital del imperio durante la era Heian y escenario -elegido por azar o decisión de los dioses- de todo desastre posible e imaginable. En 1177 la ciudad fue víctima de un incendio tan feroz que en palabras del poeta “a la gente todo debió parecerle tan irreal como un sueño” y tres años después de este acontecimiento se presentó, contra todo pronóstico, un tifón cuya fuerza “se tragaba el sonido de las voces”. La tragedia pareció entonces tomar posesión de Kioto, pues en los años siguientes la hambruna sacudió la ciudad y se llevó consigo a 42.300 personas. Fue tanta la angustia y el deseo de sobrevivir que los campesinos, cuenta Chōmei, abandonaron sus tierras mientras los comerciantes ofrecieron con desespero sus tesoros a cualquier precio. Algunos incluso se atrevieron a saquear los templos para robar las imágenes sagradas y hacer con ellas fuego: la vida contra la muerte y la vacuidad.

Esta experiencia dolorosa le reveló al poeta la fragilidad de lo existente. Desde entonces se preguntó -de manera reiterada y casi obsesiva- dónde encontrar el más fugaz de los refugios y la más efímera serenidad. Tras la muerte de su padre y su falta de interés por los asuntos que doblegaban el espíritu de sus contemporáneos, Chōmei se recluyó voluntariamente en el Monte Hino. Allí inició la senda del budismo y escribió Hojoki (pensamientos desde mi cabaña) obra canónica del género zuihitsu, a saber, el ensayo. En ella, Chōmei describe los padecimientos de su tiempo y se pregunta por la caída de los imperios y el olvido que cubre las glorias y recuerdos de los hombres. Este apartamiento se convierte así en la puerta hacia la contemplación y el ejercicio del pensamiento: 

“Si alguien dudara de mi sinceridad, debería considerar a los peces y a las aves. Un pez jamás se cansa del agua, pero solo otro pez entiende el por qué. Un ave busca los árboles, pero únicamente otra ave puede entenderlo. Así sucede con los placeres del retiro. Solo un recluso puede comprenderlos” 


Seis siglos después, Henry David Thoreau -escritor, filósofo y naturalista norteamericano- se dejaría seducir por los ecos y alegrías del retiro, llama esencial de su prosa. Durante dos años, dos meses y dos días, Thoreau vivió en una casita en medio del bosque pues “quería vivir deliberadamente, afrontar solo los hechos esenciales de la vida”. Esta casa, construida con sus propias manos, fue en principio un lugar desde el cual dejarse llevar por la desolación, la amargura y la desgracia, pues tras la muerte de su hermano a causa del tétano, la vida para Thoreau se transformó en un lastre. Sin embargo, el sosiego de las aguas, la armonía de los pinos blancos y el dulce cantar de las garzas azules fue aliciente suficiente para comenzar a soñar de nuevo, ya que “no puede tener una melancolía verdaderamente negra quien vive en la naturaleza”. 


Esta temporada en solitud también le enseñó al poeta a viajar a lugares lejanos mediante la observación minuciosa del devenir. En invierno aprendió a distinguir los rastros dejados por los animales salvajes entre la nieve y en primavera llegó a diferenciar los hábitos de vuelo de azulejos, gorriones campestres y alcaudones norteños. Este carácter sosegado y simple del destino le brindó a Thoreau las mayores alegrías conocidas: observar los trozos de arcoiris desvaneciendose en el cielo, soñar bajo el polvo de las estrellas, caminar entre hojas marrones, naranjas y amarillas. Su pensamiento y su mirada se asentaron por completo y el miedo al vacío dio paso a la serenidad: “Tengo un pequeño mundo para mí, ¿porque me voy a sentir solo?”. 

A partir de esta travesía y el descubrimiento espiritual y filosófico que le significó a sí mismo, Thoreau publicó en 1854 Walden (la vida en los bosques), ensayo en el cual invita a emprender una vida en libertad, una existencia sencilla donde los sueños esten orientados a la renuncia y contemplación. El pensamiento, afirma, solo se apresta a llenar el vacío, el instante y “nuestra filosofía llega tarde si no consigue oír a los gallos que cacarean en los corrales de nuestro horizonte inmediato”. Así, el poeta reivindicó el momento presente como punto de partida y de llegada de toda reflexión, siendo la experiencia el fuego desde el cual nuestros conocimientos cobran sentido. 

Este deseo por la renuncia y el llamado a explorar los laberintos de nuestra alma son retomados en tiempos recientes por Sara Maitland, escritora y feminista británica cuya obra busca explorar las paradojas y contradicciones de la soledad y el apartamiento. A Book of Silence (Viaje al silencio) es el resultado de esta búsqueda: durante diez años Maitland atraviesa las infinitas capas del silencio que hacen de este un elemento de terror, parálisis, creatividad o liberación. Para ello, revisita sus orígenes culturales y labra caminos hacia espacios donde su esencia ha de existir: páramos, monasterios, montes sagrados, paisajes desérticos. En cada una de estas latitudes su vida -esquiva y aislada- empieza a cobrar forma y a hallar en los testimonios de exploradores, místicos y condenados al ostracismo, pistas para desenredar la madeja:

“En nuestra cultura obsesionada por el ruido, es muy fácil olvidar que muchas de las principales fuerzas físicas de las que dependemos son silenciosas; la gravedad, la electricidad, la luz, las mareas, el movimiento invisible e inaudible del cosmos. La Tierra gira deprisa mientras todo sucede en silencio”.

Recorrer a partir de esta aparente vacuidad el laberinto de nuestro pensamiento, es para Maitland el fin último: el silencio -semejante a una marabunta en sus inicios- se transforma en una barca que nos guía hacia nuestra propia isla. Allí, el vacío da paso a las voces del viento y al rumor de las plantas que fecundan la tierra. Nada salvo nuestro propio eco puede interrumpir la armonía existente.

Lo único que nos resta es empezar a entender la naturaleza de las cosas, arriesgarnos -aún esté pronto el ocaso- a subir la montaña y divisar desde sus alturas las palabras que los otros han dejado para nosotros, pues la poesía sólo nacerá donde el corazón encuentre su alimento. 

Fotografías: Hengki Koentjoro

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1 comentarios

  1. Muchas gracias por las referencias, Karen, en verdad me gustó la nota y me entusiasmó tanto que ya comencé a buscar dos de los autores que mencionas porque no los conocía. Yo por estos días terminé de releer un ensayo que toca el tema del distanciamiento y la soledad, se llama "El silencio en la era del ruido", es de Erling Kagge, un editor noruego y aventurero de los polos. Ojalá puedas leerlo y chévere si después podemos conversar. Un saludo

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