lunes, 22 de junio de 2020

De cómo nos roban las palabras

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Desde los inicios de la historia del hombre, la agricultura fue un conjunto de técnicas a través de las cuales se logró hacer que la tierra pariera frutos. Era tan sencillo (y tan difícil, y tan duro) como sembrar la simiente, abonar el suelo, administrar el agua, controlar las plagas y cosechar la producción.

Si bien se trató siempre de un proceso de/en mejora constante, en un momento determinado (allá en los albores de la Revolución Industrial y la emergencia del sistema capitalista), esas técnicas fueron "optimizadas": para que los campos produjeran masivamente, para reducir el embate de las pestes, para lograr "mejores" productos vegetales (más grandes, más bonitos)... Esa agricultura industrial, capitalista, de producción en masa, de disminución notable de la calidad y la variedad genética de las hortalizas, verduras y frutas, se convirtió en la agricultura por defecto. La otra, la agricultura de siempre, la que nunca dejó de ser practicada por miles de pequeños productores, la de las huertas familiares y los sembradíos comunitarios, la de los remedios "caseros" y "naturales" para acabar con los pulgones y el mildiu, la que desarrollaron nuestros abuelos y bisabuelos y tatarabuelos y todos sus antepasados desde que el mundo es mundo y un arado es un arado, pasó a llamarse "agricultura orgánica". 

En los pueblos en los que he vivido durante los últimos quince años, en Argentina, España, Ecuador o Colombia, aún quedan muchos agricultores "tradicionales" cuyos tomates, berenjenas o papas son catalogados, ante su completo asombro, como "orgánicos" por aquellos urbanitas de la gran ciudad que los visitan. El asombro se debe a que esos trabajadores de la tierra no han variado demasiado las costumbres agrícolas heredadas de sus mayores. No han hecho nada que merezca ser tildado de "orgánico" o "natural", o que precise designación especial alguna. En sus palabras, han hecho y siguen haciendo lo de siempre. Lo de toda la vida. 

¿Por qué esa agricultura ha sido etiquetada, adjetivada, diferenciada, vista incluso como algo "exótico" y "curioso", y la industrial, la que quema la tierra, agota los recursos, juega con la genética de las plantas, disminuye la diversidad biológica, llena de plaguicidas y otros químicos nuestros alimentos y subyuga la producción a las leyes del mercado, ha pasado a ser "la" agricultura? ¿Por qué la hoy llamada "orgánica" no es "la agricultura" y la otra no es denominada "agricultura industrial", "agricultura de producción masiva", "agricultura capitalista", "agricultura de plaguicidas", "agricultura de empobrecimiento" o cualquiera del centenar de opciones que ahora mismo se me vienen a la cabeza? 

Los robos de palabras no son extraños en este mundo nuestro. En realidad son una práctica habitual, casi necesaria para la supervivencia del nocivo statu quo en el que vivimos. Porque las palabras, los términos que usamos o nos hacen usar (aunque nadie nos obliga a hacerlo, por cierto) para designar y definir las cosas, construyen nuestra comprensión del universo. Nos quitan vocablos, les dan otro significado y nos los venden como "los de siempre", modificando así nuestro entendimiento de la realidad. 

Llamamos "democracia" a algo que claramente no lo es: basta con analizar los regímenes desequilibrados e injustos bajo los cuales vivimos. Pero ¿quién nos convence de lo contrario, si por el mero hecho de haber repetido hasta la saciedad que vivimos "en democracia" ya creemos que nuestros destinos como ciudadanos están en manos de un "gobierno del pueblo"? Llamamos "libertad", "independencia", "justicia" y "educación" a cosas que distan mucho de lo que deberían ser, de lo que fueron o quisieron ser alguna vez... Los vocablos ocultan la realidad, y pocas veces vemos más allá de la mera palabra. ¿Es "leche" lo que bebemos con el desayuno matutino, simplemente porque lo dice el envase? ¿O quizás sea leche lo que ordeña todas las mañanas mi vecino, y lo que nos venden en el supermercado es en realidad un triste sucedáneo diluido en agua y "enriquecido" con media docena de porquerías químicas? 

Siguiendo esa lógica, ¿a qué llamamos "cultura"? ¿A qué le decimos "historia"? ¿Y "memoria", "tradición", "identidad"...? ¿Acaso tienen aún algo que ver con nosotros, con lo que fuimos, supimos e hicimos alguna vez? ¿O son ya un producto diseñado, preparado, edulcorado, vendido y/o impuesto por otros? 

¿Cuándo nos dejamos hurtar los viejos y queridos términos que designan las cosas que siempre conocimos? ¿Por qué permitimos que nos los robaran? ¿Y por qué no hacemos algo para recuperarlos? Algunos han comenzado a andar este último camino. En muchas ciudades del mundo, manifestantes indignados por las políticas nefastas de sus gobernantes repiten a voz en pecho "lo llaman democracia y no lo es". Saben que han sido estafados, que les han vendido gato por liebre, y se niegan rotundamente a seguir aceptando la patraña. Muchos otros se sacuden docenas de otros conceptos que han sido acuñados o claramente manipulados para mantenernos callados, para convencernos de que debemos vivir como a otros les interesa que vivamos... 

Basta con plantarse ante una palabra en concreto, cualquiera de ellas, y recordar (o pedir que nos ayuden a recordar) lo que solía significar hasta no hace tanto, o en su origen. ¿Es esto "un tomate", es esto "información", es esto "solidaridad"? ¿Estos son "derechos humanos", eso es una "cumbia tradicional"? 

Nos llevaremos grandes sorpresas. Y descubriremos que, aunque no lo hayamos notado hasta ahora, solemos vivir con una venda en los ojos, una mordaza en la boca, y conducidos de aquí para allá como si fuésemos obedientes borregos de un obediente rebaño. 
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Ilustración. NYC Writing Project. [En línea]  
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PUBLICADO POR Edgardo Civallero
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1 comentario:

  1. Buenos días. Para robar que se oye y Lee muy feo, comenzaron por decirnos, "sustrajeron";luego asistimos a algo delicioso,la variedad de significados de una palabra, esa suerte de diacronia, entonces sardina ya no era , y no fue más ese pececito enlatado en tómate o aceite que comíamos sobretodo en semana santa, pececito atrapado en las costas colombianas y envasado y empaquetado y etiquetado en Ecuador, sardina fue, también, la jovencita adolescente de los años sesenta, la de las minifaldas promocionadas por la modelo Twigy. El consumo hizo fiesta con la economía del lenguaje, y de la riqueza de los sinónimos pasamos a los "140" caracteres , y ahora a la dictadura del emoticón. Cultura, que según le escuché a Jesús Martín Barbero una vez en clase en Univalle, antes de que la disolviera el estallido del incendiado carro del rector de la universidad, era "El mundo de la Vida". Y se hizo tan cierta esa expresión que el mercado hizo del jugo de frutas marcas embotelladas o paquetes llamativos de " MaracuYa", "Mora Ya", "LuloYa", y cientos de ofertas de similar etiqueta como el inefable "Frutiño" que la gente toma convencida que es jugo pura de frutas, mientras el industrial de las bebidas en letras pequeñisimas le advierte , por si decide demandar,que lo que le vende es un químico con sabor a fruta y no la fruta misma, así como la leche de la que habla el artículo. Gracias al autor por devolvernos la palabra en tan bella exaltación de la palabra. Gracias revista Coronica.

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