martes, 17 de noviembre de 2020

Encaramado en las nubes

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Cedo el espacio para este hermoso texto: Encaramado en las nubes

Por Andrés Felipe Escovar

¿Quién está encaramado en las nubes? Uno piensa en el narrador de la historia, es decir, en ese sujeto que está fuera de la psiquis de la mujer que también narra (en una operación que evoca a las mil y una noches). Pero el encaramado en las nubes es quien le da la espalda a eso que se impone como realidad. Y sólo es capaz de dar la espalda aquél que repara en lo que ella sostiene: Por eso, el hijo del diablo, uno de los personajes que fundamentan a esta narración, dice:

“Me dieron muchas ganas de estar preso para poderme escapar”.

Solo en una realidad opresiva se levanta el horizonte de la fuga.

Y esa fuga se materializa en las nubes, que nacen de las bocanadas bazuqueras que mana el cuerpo del hijo del diablo: el infierno del bazuquero es el mismo que, al verse en el espejo, se transforma en un paraíso. 

El infierno, como ardid del paraíso para corroborarnos que no existe, nos tiende otra trampa: la dicha; por eso, en la realidad más explícita, no hay posibilidad de que ella aparezca. La promesa de algo feliz tampoco se da en el reflejo del infierno bazuquero pero la sensación de volver a probar eso que se promete pero jamás será cumplido, instiga a la esperanza: las promesas crecen cuando no se cumplen y jamás pierden su sustancia inacabada: la mejor forma de sustraerse del tiempo que nos erosiona es no cumplir lo prometido para así prolongar eso que se promete y mantener viva la llama de lo que se espera porque, cuando esto se materializa, siempre hay desilusión.

***

En la vida no todo es bazuco. También hay maternidad y desarraigo, como aparece justo en el primer párrafo del libro:

“Florecieron los espinitos con la lluvia y la sabana entera parecía que la hubieran regado con tinta verde, desde el tranquero la mujer miró más allá de la llanura y su hijo no venía, fue en ese lugar con olor a ganado y pasto donde lo vio por última vez el día que se enroló en el ejército para no soportar el hablar chinchorreado y lleno de impertinencias que tenía esa mujer bonita y sencilla: su mamá”.


Además de la maternidad y el desarraigo, está la naturaleza: no sólo la aceptada como fatalidad conclusa sino la que se transforma y de la que surgen los diálogos en los hatos o la memoria de los guajibos .

En la historia de la mujer que busca a su hijo, procreado con el diablo, hay otras que se entrelazan y propician una atmósfera henchida de nubes de bazuco tan espesas que hacen tempestades paranoicas en donde hay detectives que nos persiguen, quizá para recordarnos que la felicidad es una broma pesada y lo único que tenemos entre nuestras manos es el tocamiento a nosotros mismos pese a que otros cuerpos se atraviesen en el trayecto que va de nuestras palmas al resto de nuestra piel.

Un resto que es el excedente mortuorio que se depositará en un ataúd.


***

El segundo texto que conforma a este volumen es Las valientes también me gustan, una evocación hecha en un lugar concreto: Arauca. Y con una fecha exacta: 16 de Octubre. Y, también, con una temperatura que es la del calor de mediodía.

Un hombre recuerda el flirteo para con una carajita pero también es el arte poética del propio Amaya Luzardo:

“porque en la escritura tiene uno la intimidad y el encanto de rumiar las palabras”

Y las palabras nacen justo cuando discurren en el papel. 

En la escritura de Amaya Luzardo se evidencia esa noción del lenguaje como un acto que supera una tarea comunicativa: a cada palabra no le corresponde una cosa sino que abre un sendero que desafía a la realidad sin incurrir en los registros notariales que describen otros mundos cuando acuden a la lengua como una herramienta:

“Las palabras tienen el sabor de la tierra que las produce y como en la llanura solo crece lo que comúnmente nace en todas partes: la hierba, hoy, nueve días después de nuestro encuentro, con voz de sabana y con sabor a pajonal, tendré que empezar esta carta como la empezaría cualquier llanero: Con un saludo por delante”. 

Esta asunción de la palabra, enraizada en una tierra que muta tanto como las visiones del bazuco y las persecuciones demoniacas o los flirteos en los que el que se cree gavilán termina hecho una paloma cazada, materializa la condición del artista:

“Por eso cuando entendí que ser artista equivale a comer mierda, trabajes mucho o trabajes poco, me dediqué a -no hacer ná- a vivir con un libro frente a los ojos, y cuando se me acaba me meto a internet y frente a la pantalla duro horas interminables buscando datos en Google y comunicándome con mis amigas, como lo estoy haciendo en este momento contigo.” 

Umberto se ha encaramado en las nubes.


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PUBLICADO POR Juan Pablo Plata
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