lunes, 9 de mayo de 2022

Alejandra

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La insoportable levedad del ser (Película 1987)

Tras la guerra, nuestro pueblo se ha abierto a la economía del turismo. Por eso, en aquel entonces me inscribí en un curso en el que nos capacitarían para convertir nuestras fincas en postales atractivas para todo aquel viajante, excursionista o expedicionario que quisiera conocer la cultura agropecuaria chucureña: los cultivos de cacao, el proceso de producción del chocolate, el ordeño de las vacas, nuestra gastronomía, etc. 

No suelo asistir a ningún curso o capacitación con la idea de certificarme en algo. Por eso tampoco terminé ninguna carrera universitaria, pero aquella vez tenía la necesidad práctica de aumentar los ingresos que produce mi parcela, que son escasos, y como soy un hombre precavido sé que para llegar mejor preparado al ocaso de mi existencia es necesario tener cada vez más reservas de todo: más vida, más salud, más fuerza, y ciertamente más plata. 

Cuando entré en el salón (recibíamos las clases en las horas de la tarde, en el colegio en donde realicé mis estudios básicos) a la primera persona a la que vi fue a Alejandra, una muchacha de cabello negro, ojos rasgados y marrones, piel clara, cuerpo delgado. Y cuando digo “delgado” no me refiero a esas mujeres con figuras esculpidas en el gimnasio cuya altura promedio les hace parecer esbeltas en comparación con las mujeres gordas. Alejandra era realmente flaca, con el pecho y la cadera de una niña, huesos largos, rostro simétrico. Para el hombre común, no era alguien que llamara la atención, pero a mí me pareció tan bella, con una forma de moverse tan delicada (hasta en sus acciones más insignificantes, como cuando apoyaba su mentón sobre la palma de la mano mientras escuchaba al tutor) que me sentí atraído inmediatamente, a pesar de lo cual tomé asiento a unos cuantos puestos de distancia, para disimular mi interés. 

¿Me creerá alguien si aseguro que en mi atracción hacia Alejandra no había nada sexual? Claro, todos sabemos cómo funciona el amor sublimado y lo que busca. Busca salvación. Busca eternidad. Busca elevar la consciencia sobre las necesidades mecánicas de nuestro cuerpo: comer, beber, defecar, dormir, follar, etc. Y al final todo se reduce a podredumbre, detritus, destrucción. Una mierda. 

Una mierda, sí. Porque lo que todos buscamos es que el animal que somos sea feliz, cague bien, folle bien, y además de eso viva la vida como si fuera eterno. Lo mejor que puede hacer un hombre o una mujer para no entrar en un episodio depresivo es seguir el camino que le indica esa voluntad biológica. Pero en el caso de Alejandra, bueno: no me era posible desearla físicamente. Su aura incorpórea hacia que el solo hecho de imaginarla desnuda, en la cama, tal y como lo hago ahora, fuera un acto infame y sacrílego, como el de escupir en la cara a un niño. 

Ella, por su parte, tampoco demostró mucho interés en mí; algo a lo que estoy acostumbrado. Los hombres feos sabemos que, en el juego de la conquista, el tiempo es nuestro aliado, y aquellos cuerpos livianos, platónicos, de mujeres que parecen ángeles indiferentes al sexo, muchas veces solo están aguardando el momento adecuado para caer desprevenidamente en una pasión amorosa. Así, durante algunos días más, mantuve mi distancia de Alejandra mientras veía cómo tomaba apuntes en su cuaderno anillado (siempre tan discreta) y reía con sus dientes blancos y perfectos a los comentarios que los estudiantes más jóvenes hacían para llamar la atención. 

Entonces apareció él. Llegó después de una semana de haber iniciado el curso. Lo primero que hizo al entrar en el salón fue observar a aquella chica delgada que estaba sentada en la parte de atrás del recinto y sonreírle. Para mi frustración, Alejandra se sonrojó. Mi competidor también conocía la estrategia de tomar distancia, así que se sentó a unos cuantos puestos de ella. Las mujeres que valen la pena nunca se arrojan en los brazos de los hombres que manifiestan un interés excesivo. A ellos los desprecian. A quienes saben contenerse, por el contrario, les dejan la puerta abierta para que entren en su vida, y se quedan esperando allí, hasta que la figura del hombre en cuestión entra y las hace suyas. 

Sin embargo, para el caso particular, más parecía que Alejandra hubiera sido pillada mirando por el resquicio de la puerta, como una niña cuando ve pasar al maloso del barrio que la trae loca. En ese momento supe que había perdido y que carecía de sentido alargar mi derrota. No pasó mucho antes de que empezaran a sentarse juntos; él la hacía reír, le murmuraba cosas, le mostraba sus tatuajes (tenía los brazos llenos de figuras que parecían haber sido hechas con una aguja hipodérmica) y luego, para colmo, empezó a llevar al salón una cámara fotográfica, con lo que supuse que se dedicaba a la producción audiovisual, o pretendía hacerlo. 

Se llamaba Joaquín. Su padre era carpintero. No tenía madre. Tenía la jovialidad de la gente joven que aún es capaz de creerse sus propias mentiras para hacer más llevadera su vida familiar. Ante mis ojos, vi cómo me arrebataba la oportunidad de salvar mi carne putrefacta a través del amor de Alejandra. Tal vez se la merecía más que yo. No importa. Ya no importaba nada. Desde ese momento Alejandra comenzó a parecerme tonta y le pronostiqué una gran decepción al final de su embelesamiento con aquel hijo de puta. 

No terminé el curso. Ya había aprendido todo lo que se necesita saber para expandir la productividad de una parcela hacia el área del turismo, así que dejé de ir. Luego de un año me enteré por las redes sociales que Alejandra y Joaquín se habían casado. También supe (hasta aquel momento) que Alejandra era una niña rica, hija del propietario de dos bombas de gasolina y una gran hacienda dedicada a la lechería y la venta de carne vacuna. No es raro que mi misantropía me mantenga en la ignorancia con respecto a quién es quién en mi pueblo, pero me alegra saber, en todo caso, que mi fascinación de unos cuantos días por ella fue sincera, cosa que no se puede decir de quien, para entonces, se había convertido en su esposo. 

No sé por qué los padres de ahora no tienen el valor para desaprobar las relaciones de sus hijas. Todos quieren ser amados por ellas y les dicen cosas como que lo más importante es el amor, princesa, y yo lo único que quiero es que seas feliz. Por eso se muestran condescendientes con las parejas que les presentan en casa, aunque saben que todo aquello es mentira, que lo más importante en una relación es la lealtad, el respeto y la ambición mutua. 

Lo que pasó después no habría sucedido de no haber prosperado en mi pequeña finca. Gracias a un apoyo financiero que me concedió la administración municipal (el futuro de nuestro terruño está en manos de los emprendedores, decían) construí una cabaña para hospedar a los turistas y hablé con mi hermana, Clemencia (que volvió al pueblo después de muchos años y ahora es dueña del predio vecino) para que se uniera a mí y juntos ofreciéramos un servicio agroturístico de calidad. Empezamos a recibir turistas de otras regiones del país y también extranjeros. Algunas veces venían académicos que querían estudiar la biodiversidad de nuestro pueblo y la manera como el conflicto armado había afectado la naturaleza del territorio. Otras veces recibíamos adolescentes o gente relativamente joven que solo querían fumar yerba junto a una fogata, beber licor y copular. Todos eran bienvenidos. El futuro del terruño está en manos de nuestros emprendedores, sí señor. 

No volví a saber nada de Alejandra ni de su esposo en mucho tiempo. Mi misantropía, como dije antes, me mantiene al margen de la mayoría de chismes que son la comidilla de las personas de mi pueblo. Pero como me asocié con mi hermana, que es un as manejando las redes sociales, logramos posicionar nuestro servicio en línea, de forma que la clientela que llegaba al pueblo venía directamente a nuestros predios y no teníamos que salir al parque principal para cazar viajeros, como hacen los guías empíricos que no han hecho ningún curso de capacitación y creen que el turismo es, básicamente, pasear grupos de personas de aquí para allá. 

El tiempo siguió acumulándose en mis huesos y en mis tripas y en los huesos y las tripas de Clemencia. Un día mi hermana me dijo, van a venir unos amigos del colegio, que quieren reunirse para un encuentro de promoción. Clemencia se había graduado hacía más de veinte años y ella y sus amigos tenían un grupo virtual en el que se mantenían en contacto y se compartían información sobre sus vidas y sobre las personas del pueblo que se iban muriendo. 

Me preguntan si estamos disponibles para el próximo fin de semana, continuó. 

Claro, le respondí. ¿Cuántos son? 

Aun no sé, dijo ella, diría que unos veinte, aunque siempre hay quien cancela a última hora. 

Se lograron reunir una docena de personas, contando a Clemencia. Ninguno quería hacer el recorrido agroturístico (los cultivos de cacao, el proceso del chocolate, el ordeño de las vacas, etc.) pues no eran foráneos, sino oriundos descendientes de familias campesinas que conocían al dedillo las faenas agropecuarias, y solo querían verse y recordar anécdotas de cuando eran adolescentes. 

Como no era necesaria mi presencia, luego de la bienvenida y el reconocimiento de quienes iban llegando (¿Este es Jaimito, Cleme? ¡Pero si entonces era solo un niño!) dejé a mi hermana atendiendo a la comitiva y me fui para los establos a picar el forraje para las vacas y los terneros. Antes tenía cabras, pero no son tan buen negocio, así que las vendí y compré ganado vacuno en compañía. Uno de los amigos de Clemencia, que se llamaba como yo, se decidió a acompañarme, por hacer algo. 

¡Ah, el olor a boñiga, tocayo! ¡Esto sí es vida!, exclamaba. Me recuerda mi infancia cuando me levantaba a las cuatro de la mañana con mi papá y comenzábamos las labores de la finca. Eran tiempos lindos, inocentes. Mis hijos se levantan a las once de la mañana y si intento despertarlos más temprano me dicen que soy un padre maltratador, ¡un maltratador! Claro, ellos no conocieron las necesidades de uno. Todo lo que conseguimos con mi señora fue a punta de mucho estudio y esfuerzo. Mi papá era un viejo resabiado, pero me enseñó que había que esforzarse en la vida. Yo decidí desde pequeño que no iba a ser como él cuando tuviera hijos, y por eso no soporto que me digan que soy un maltratador, tocayo. ¡No lo soporto! 

Venía un poco alicorado. Pensé que ese pobre hombre era otra víctima de los métodos de crianza modernos. Me preguntó por el tipo de pasto que usaba en el forraje y luego se quedó mirando a uno de los terneros mientras éste mamaba de la ubre de la madre, que de vez en cuando intentaba patearlo para resguardarse de sus mordiscos. En ese momento se escuchó el sonido de una motocicleta que se acercaba por la carretera (el corral queda casi al borde) y una persona, de cierta edad, pelo cano, barba medio crecida, se detuvo y me gritó sin apearse del vehículo que si podía cortar algo de pasto. Su rostro se me hizo conocido, como el de uno de esos lugareños que hacían parte del paisaje humano del pueblo cuando yo era un niño. Le dije que sí y le señalé el lugar en donde tenía el pasto Cuba 22 maduro (el que usamos en la parcela). Entonces se bajó, tomó el machete que llevaba ajustado a la dirección de la moto y comenzó a cortar algunos tallos. 

¡Don Misael!, exclamó el que se llamaba como yo. ¡Don Misael, qué gusto saludarlo! ¿Cómo me le va? El viejo levantó el rostro que hasta entonces estaba concentrado en su trabajo y sonrió. Bien, bien, gracias, alcanzó a decir. ¡Don Misa, qué sorpresa!, continuó aquel pobre hombre víctima de la paternidad moderna, al que hasta hace poco escuché quejándose de sus hijos. ¡Me alegra mucho verlo! ¡Qué grata sorpresa! ¡Qué casualidad! Yo soy Jaime Rueda, hijo de don Pedro Alejandro Rueda, continuó. El conductor de la motocicleta hizo como si lo conociera y siguió sonriendo y aprobando su saludo. También continuó cortando el pasto hasta cuando tuvo suficiente y luego me dio las gracias y se despidió de nosotros con cordialidad. 

¡Pobre don Misael!, dijo el tocayo en cuanto le vio alejarse. Lo perdió todo en muy poco tiempo. 

¿Quién es él?, le pregunté. 

¡Don Misael Vecino!, respondió como si le sorprendiera mi ignorancia. Él y el hermano eran los dueños de dos bombas de gasolina, la de Los Conejos y El Topón, y de la hacienda El Valle, que queda frente al antiguo batallón del ejército. Todo lo perdieron. Parece que le lavaban plata a los paras. Al hermano lo echaron a la cárcel. Don Misael se salvó por poquito. 

Recordé a Alejandra. Ya había visto ese rostro antes, ciertamente, pero solo supe quién era cuando me enteré que ella se había casado. ¿Cuántos años habían transcurrido desde entonces? ¿Cómo diablos pasa el tiempo tan rápido? Cuando vemos hacía atrás siempre nos sorprendemos de los veranos y las cosechas que se acumulan detrás de nosotros. Al volver a la cabaña en donde estaban reunidos mi hermana y sus compañeros lo primero que hizo el tocayo fue decirles a todos: a que no adivinan con quién me encontré hace un momento. Y se soltaron todos a hablar sobre don Misael y su hermano, que se llamaba Rogelio. 

Yo empecé a participar de la charla como quien se esmera por socializar con la gente, aunque solo me interesaba saber de Alejandra. 

Esa niña, dijo una amiga de Clemencia que se tomó la palabra. Se enamoró de un muchacho, un chucureño, de familia humilde. Don Misael no les puso problema; hasta se lo llevó a trabajar en la hacienda después de que se casaron. Luego supe que la hija se fue a vivir a los Estados Unidos con el esposo, y después fue que comenzó todo el problema del blanqueo y se les vino encima la Fiscalía. Parece que les tocó devolverse como al año, pero dizque ella ya venía con la intención de separarse. Como que no se entendieron por allá. 

¿Y en qué ciudad estaban?, pregunté. 

Eso sí no sé, dijo ella. 

Como que en Boston, respondió otra persona. 

Ciudad horrible, dijo mi tocayo. 

Los matrimonios jóvenes nunca funcionan, dijo Clemencia. 

Ahora don Misael tiene una finquita, continuó la amiga de mi hermana. Pero eso tiene como tres vaquitas y pare de contar. Vive con la mujer, y a veces los visita la hija. 

Según me enteré, Alejandra se quedó a vivir en la capital del departamento. De Joaquín nadie sabía nada. Pensé en aquellas personas que solo son alguien en nuestra sociedad porque son hijos de tal o padres de tal o esposos de tal. Una vez satisfecha mi curiosidad, le pregunté al tocayo si quería que trajera más licor y él dijo que claro y los demás lo secundaron con entusiasmo. Regresé poco después con tres litros de ron y el tocayo me dijo más tarde, un poco más borracho, como ladrón que juzga por su propia condición: yo la vi en el pueblo hace nada, parece que se vino a vivir otra vez a San Sebastián. 

El encuentro terminó al día siguiente con abrazos y promesas de volverse a reunir. Don Misael volvió a pasar por mi parcela a los quince días para ver si le regalaba algo de pasto. Le dije que sí, que tomara todo el que quisiera. 

Uno siempre está intentando salvar su carne putrefacta.
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Publicado por Pedro Ismael Cárdenas Ballesteros
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autores. Revista Corónica es una publicación digital. ISSN 2256-4101.

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