Por Sara Giraldo Posada

República independiente azul y oro




Pensar en Argentina representa para algunas personas comida, cultura, literatura, tango, vino, mientras que para otras Argentina es sinónimo de fútbol. Así, una parte importante de mi viaje a Buenos Aires era visitar los grandes estadios, decidí ir primero al de Boca Juniors, ubicado en el barrio La Boca, o “República independiente de La Boca”, como aparece en varios graffiti en las paredes. Estas pintadas tienen su origen en el momento en que unos inmigrantes extremistas genoveses se alzaron como consecuencia de una huelga laboral y declararon la independencia del barrio, incluso pusieron en conocimiento del rey de Italia tal hecho, incluso, llegaron a izar su bandera. Sin embargo, los aires separatistas para la sucursal de la Bella Italia en el Río de la Plata no prosperaron  pues el presidente Julio A. Roca se hizo presente en el lugar, en compañía del ejército, para  bajar la bandera y aplacar los impulsos rebeldes.  


Ahora bien, lo primero que se aprecia –después del mal olor causado por las aguas estancadas de donde funcionaba el puerto antiguamente-  es el famoso Caminito, un conjunto de casas cuyas fachadas se encuentran pintadas de colores vivos y variados, en homenaje al pintor boquense Benito Quinquela Martín. Este se ha vuelto un lugar turístico obligatorio para los visitantes de la ciudad. Por ello abundan los personajes vestidos como bailarines de tango, los cantantes y las tiendas que venden productos manufacturados que hacen pasar por artesanías.

A primera vista el estadio no se divisa, no obstante, después de recorrer un par de cuadras de Caminito, es abrupto el encuentro con la inmensa pared amarilla de La Bombonera. En ese preciso momento sentí una emoción fuerte, me encontraba en un lugar histórico, emblemático, grandes jugadores han pisado esa cancha y defendido esos colores. Es el hogar de uno de los equipos más populares y más grandes del planeta. En palabras de Diego Maradona es “el templo del fútbol mundial”.

Unos metros más adelante está el acceso al museo del equipo, pagué la entrada y además una visita guiada al interior del estadio. Ésta es la única manera de conocerlo, si no se va a un partido oficial, que por cierto es imposible si no se es socio ya que el edificio no tiene ni siquiera la capacidad para albergar a todos sus accionistas, aunque cuenta con espacio para 49.000 espectadores, solo 15.000 puestos tienen silletería.



Mientras la visita salía, me dispuse a recorrer y observar lo que constituía el centro histórico del equipo. En un muro se exponen todas las camisetas que ha lucido el club y en una sala se exhiben solo algunos de los trofeos que este posee, lo que es realmente inexplicable, toda vez que es la institución con más títulos internacionales oficiales en el mundo, veintidós, superando al Real Madrid (19) y el Milán de Italia (18). Lo que sí no podía estar ausente era un homenaje a su jugador más representativo: en una pared hay una imagen gigantesca de Diego Maradona con la siguiente leyenda: “¡Genio! ¡genio! ¡genio! Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste? ¡gracias dios! … por el fútbol… por Maradona… por estas lágrimas”. Que se hizo famosa por la narración de Víctor Hugo Morales en el momento en que El pelusa le marcara el segundo gol a Inglaterra en el mundial de 1986, anotación posteriormente conocida como el Gol del siglo.  Por último, hay un balón inmenso que hace las veces de sala de proyección, donde pasan un video, muy mal logrado por cierto, de lo que es y lo que se siente ser un jugador de Boca. Esto es básicamente lo que contiene el museo de La Bombonera.


Cuando por fin fueron las 2:30 pm salió la visita y la expectativa de conocer la cancha se volvía insoportable. Una vez la guía se presentó “hola, soy Sabrina” entramos. Crucé el umbral de la puerta y mis ojos pudieron observar lo que contenían las cuatro paredes amarillas: el estadio y la cancha son realmente pequeños, nada qué ver con la visión que tenía de lo que debía ser la casa de uno de los históricos del deporte rey. Boca Juniors tiene un campo de juego que está muy cerca de las graderías. Los espectadores se ubican en tribunas que escalan verticalmente –no es un desnivel gradual, como es común, es una gradiente abrupta-. El estadio por ello es bastante alto.

Nos sentamos en la tribuna preferencial, todo estaba bastante sucio pues la noche anterior se había jugado el partido por los cuartos de final de la copa Libertadores contra Nacional de Uruguay. Sabrina se incorporó diciendo: “buenos días, bienvenidos a La Bombonera”. Luego nos contó que el club había nacido como producto del deseo de seis jóvenes amigos (1905) de ascendencia genovesa de tener un equipo. Inicialmente jugaban con camiseta azul celeste, pero como otro equipo de la ciudad también lo hacía, decidieron disputar un partido y así, quien ganara, conservaría el uniforme.  El equipo bostero adquirió sus colores azul y oro –los verdaderos hinchas nunca dicen amarillo- pues los fundadores decidieron, después de ser derrotados en el encuentro, utilizar los colores de la bandera del primer barco que llegara al puerto, y este fue uno sueco.

Luego de relatar la historia, Sabrina comenzó a indagar por la nacionalidad de los asistentes, la mayoría eran brasileros. Cuando les preguntó de qué equipo eran sonrió con todos de una manera cordial y con un dejo de complicidad. Hasta que apareció un hincha de Corinthians, a quien, con tono burlón, le indicó por dónde quedaba la salida. Dejando claro que los bosteros –y en todo caso los argentinos- no se miden con las cuestiones futbolísticas.

Procedió la guía a explicarnos los nombres y la ubicación de las tribunas. Nosotros estábamos en la preferencial -donde mejor se ve la cancha en todo el estadio- justo debajo del palco presidencial y del de Maradona. A la derecha se encontraba La 12 que es donde se ubica la barra, que nunca deja de alentar,  y su nombre se debe a que es el jugador número doce. Al frente estaba la gradería regular, a la izquierda la otra popular en el primer piso y en el segundo, el espacio para los visitantes.

Allí es donde se tiene la peor visibilidad, pasa una corriente de aire que, entrado el invierno, no es nada placentera. La mayor parte del año el sol da de frente. Además, como si fuera poco, hay un solo baño habilitado para atender a miles de personas. Queda claro que los xeneizes no disfrutan de la compañía de foráneos y así lo hacen sentir. (Xeneize quiere decir genovés o hijo de la ciudad de Xeina, en dialecto genovés).

Antes de continuar con la expedición por uno de los templos del fútbol, Sabrina nos explicó que La Bombonera tiene este apodo desde su construcción, que se originó cuando el arquitecto Viktor Sulĉiĉ, quien estaba a cargo del proyecto, cumplió años y una amiga le regaló una caja de bombones que Sulĉiĉ llevó a todas las reuniones de obra de ahí en adelante por su semejanza con el diseño del estadio.

Después de la explicación sobre la distribución del estadio Alberto José Armando (su nombre oficial), pasamos a poner nuestros pies en La 12 –en ese lugar no hay sillas-, y la verdad no son necesarias pues la barra nunca se sienta, siempre están saltando. Los escalones en que se ubica la gente tienen una particularidad, es que no son de concreto, sino de un material diferente. No es casual, ya que justo debajo de la tribuna está el camerino de los visitantes, y en virtud a la constitución de los escalones el ruido producido por los hinchas cuando saltan es muchísimo más fuerte. Situación que dificulta las charlas técnicas y la concentración del equipo rival. Sin dejar de lado que crea un ambiente que intimida a quienes están por cruzar el túnel. De ahí que la barra de Boca es denominada como el jugador número doce.

Por último, este sector tiene una acústica privilegiada, tanto así que las treinta personas que asistimos a la visita lo pudimos comprobar cuando gritamos juntos GOOOL y todo el estadio quedó retumbando. Ahora, ¿cómo será cuando miles de asistentes lo hacen? ¿Cómo sonarán los cánticos de la hinchada? Es por esto que popularmente se dice que La Bombonera no tiembla, sino que late.

Con ello, terminamos el tour de recorrido al interior del estadio. No obstante, la experiencia azul y oro no había terminado, justo al frente de la puerta de salida hay un fantasma de cartón, con una banda roja cruzada y una cresta –que hace referencia a las gallinas, que es uno de los apodos con que se conoce a River Plate, su histórico rival- con el letrero: 26-06-2011 Yo te vi descender.

Después de todo esto llegué a la conclusión de que lo que hace tan grande a este club es su hinchada, al fin y al cabo son la mitad más uno. Este equipo está impulsado y construido sobre la pasión. Esto se puede percibir en cada esquina, en cada comentario, en cada expresión de sus seguidores, así mismo en todos aquellos que han vestido su camiseta. En la capacidad que tienen de convertir a sus ídolos en dioses y seguir la escuadra como fanáticos religiosos.

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