jueves, 4 de junio de 2026

Algo que no me sorprende, pero que en realidad me da mucho miedo

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Guillotina
Guillotina. Foto: National Geographic Historia

Por: Gustavo Agudelo

Y aquí viene lo verdaderamente peligroso: el antipolítico es pragmático. No el pragmatismo que se encamina a la concreción, sino al que reduce e instrumentaliza. En aras de esa instrumentalización tiende a responsabilizar a la política tradicional de todos los males de la sociedad. Es un alquimista al revés: convierte las virtudes de la democracia en sus principales problemas, alegando que aspectos como el pluralismo, la argumentación, el consenso, el disenso y el diálogo son inútiles e ineficaces y por tanto, innecesarios.

El 28 de julio de 1794, ante una multitud expectante con los ojos cristalizados por tanto miedo y espanto, un Robespierre agonizante y con el rostro desfigurado avanzaba con torpeza a su encuentro con la guillotina. Dos días antes, en un fervoroso discurso ante la Convención Nacional, había amenazado de forma velada a una serie de diputados que no veían con buenos ojos que se insistiera con el Régimen de El Terror cuando el ejército austriaco, derrotado en Fleurus, ya no representaba una amenaza para Francia. Los diputados actuaron rápido porque sabían mejor que nadie que no había nada más peligroso para la salud que ser enemigo de Robespierre. Lo acusaron de tiranía y lo capturaron al día siguiente. Robespierre no pudo hacer nada al respecto. Lo intempestivo de la decisión evitó que buscara apoyo en los sans-culottes y, cuando todo estaba perdido, tampoco consiguió que un disparo en la mandíbula lo enviara al otro mundo y le evitara la humillación. Pobre Robespierre: enfermo, aislado, paranoico y sin puntería.

Si bien es cierto que la muerte del dirigente francés puso fin (de manera temporal) al sistema del Terror responsable de ejecuciones sumarias a gran escala, no es menos cierto que instauró la represión y la violencia como elementos legítimos en el imaginario del quehacer democrático. No fueron los únicos ni mucho menos los primeros, claro, pero no deja de llamar la atención que el evento histórico que sirvió de inspiración para muchas de las democracias occidentales haya utilizado la violencia como instrumento de poder. Quizá del sistema democrático pueda decirse lo mismo que Benjamin afirmaba sobre el capitalismo cuando decía que cabía esperar de él "el establecimiento de condiciones que posibilitan su propia abolición". Es decir, una serpiente que se muerde la cola.

Que sujetos como Trump, Milei o De La Espriella sean ahora los protagonistas del pulso político debería llevarnos, cuando menos, a preguntarnos si algo no está funcionando bien en el interior de los engranajes que sostienen el espíritu democrático. Lo interesante (lo realmente preocupante, en realidad), de todo esto es que ninguno de los hombres que menciono crecieron por fuera de la democracia. Algunos de ustedes dirán que de eso precisamente va la democracia, la posibilidad que tenemos todos de expresar nuestras ideas sin ningún tipo de amenaza y eso está muy bien. Lo problemático es que alzándose en sus hombros se desvirtúe todo lo que representa. Y, vaya paradoja, que esto esté ocurriendo es responsabilidad de la misma democracia. Bueno, no, de la democracia no porque es un concepto; es responsabilidad de quienes ejercen los poderes democráticos.

Fíjense en los nombres que listé. La mayoría llegaron a la política no como parte de una larga tradición, sino como rechazo a esa misma tradición: políticos que no se reconocen como políticos, es decir, antipolíticos. No se reconocen como políticos porque consideran que la política tradicional ha llevado al mundo a un estado de indefensión tal que no es posible cambiar nada si se sigue apostando por esa tradición. Y esa idea del antipolítico cala de forma profunda en una ciudadanía y en un electorado que han visto diluirse sus esperanzas con cada nueva votación, con cada nuevo escándalo de corrupción y con el deterioro evidente de sus condiciones de vida. Los votantes ven en el antipolítico una solución viable porque se presenta como alguien completamente ajeno a la tradición, al poder y a las lógicas partidistas y esto resulta atractivo porque lo convierte en un outsider, en alguien que no está vinculado a la crisis de los valores políticos tradicionales. Esto, por supuesto, no es más que una ilusión porque el antipolítico también responde a una agenda y a unos intereses; lo que ocurre es que consigue presentarlos como si estuvieran por fuera de la política.

Y aquí viene lo verdaderamente peligroso: el antipolítico es pragmático. No el pragmatismo que se encamina a la concreción, sino al que reduce e instrumentaliza. En aras de esa instrumentalización tiende a responsabilizar a la política tradicional de todos los males de la sociedad. Es un alquimista al revés: convierte las virtudes de la democracia en sus principales problemas, alegando que aspectos como el pluralismo, la argumentación, el consenso, el disenso y el diálogo son inútiles e ineficaces y por tanto, innecesarios. El antipolítico no tiene incertidumbres, sólo certezas y sueña con imponerlas de manera unilateral. Es Robespierre con la mandíbula destrozada de camino a la guillotina. Lo realmente insólito es que esa simplificación resulta efectiva y las personas la creen. No es que me sorprenda, claro que no, pero sí me da mucho miedo.

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Publicado por Gustavo Agudelo
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autores. Revista Corónica es una publicación digital. ISSN 2256-4101.

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