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| Homero Tabares en El último Chibcha-cortesía Larry Mejía |
Por Larry Mejía
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Conocí, conocí a Homero Tabares el 15 de junio de 1995, pasadas las 11 de la noche en el mismo lugar donde lo habría de ver por el resto de los años resistiendo, insistiendo: su bar el Chibcha del Centro de Bogotá.
Solo una vez lo vi afuera: iba atrás de un triciclo bajo la lluvia, protestando por otro de los arbitrarios cierres que hace tiempo querían hacerle al último Chibcha que habitó la Candelaria: territorio de disfraces donde hubo dignidad. “Homero somos todos”, gritaba un grupo de manifestantes que caminó bajo la lluvia por horas y que quedó registrado como en el título de un libro para antes del olvido.
Homero nació en el Valle del Cauca, quizá por eso era tan buena persona, había estudiado en el Santa Librada, colegio que inmortalizó el bahiller honoris causa Jotamario Arbeláez. Con Jotamario también estuvimos en el Chibcha, pero eso fue años después, cuando ya yo había decidido hacerme poeta, la noche del 15 de junio, aún mi sueño era ser músico. Esa noche Homero me presentó a Charly García. Andaba yo por entonces con un reproductor de casete que consistía en: pesadas, disfuncionales y costosas baterías, las cuales arrojaban a través de incómodos audífonos, pastoso sonido, hermoso rock. En ese casete reproducía una entrevista que le había hecho en el programa Al Aire, Alejandro Villalobos a Fito Páez. Homero muy gentil, con un niño que entonces tenía 12 años, decidió no dar importancia a los demás beodos y toda la noche barajó frente a mis ojos los discos de Juan Carlos Baglietto, Luis Alberto Spinetta, y como dije antes: Charly García. Esa noche me contó historias del Café Di Tella, que años después yo leería en biografías, y me conminó a continuar con la tarea que el rock me había impuesto según yo, según él.
Aquel 15 de junio mi madre presentaba junto a sus compañeras de la Academia Superior de Artes de Bogotá, una desafortunada versión de Mariana Pineda, de Federico García Lorca, en la Sala de la Fundación Gilberto Álzate Avendaño, tras un extenso montaje que le había tomado meses de preparación y esfuerzos. Era una noche de celebración.
Años después, ya hecho hombre insistí en la poesía y abandoné el rock. No solo porque aquí, a diferencia de allá, no estudiamos elementos de conservatorio desde la primaria; sino porque nuestro mayor logro musical es pasar la materia aullando la canción Moliendo café en la flauta. Ojo, que uno también puede ser Mozart y votar a Milei. Te escucho reír en esta línea Homero, no sé si de mí, no sé, pero te escucho, es tu voz.
Así que, con la poesía y el metal, volví al Chibcha, ya no era un niño, ya no tenía canicas que cambiar en la cantina por copas de vino. Ya tomaba whisky malo que por horrible siempre es bueno; los casetes eran discos compactos y yo había podido grabar uno con mi banda de entonces de manera precaria, no por la calidad de los equipos sino más bien de los músicos. Homero lo escuchó. Eran 3 canciones y un outro, según se estilaba en la época; no pasaba el compacto de los 20 minutos. Lo repitió varias veces y ocurrió como en las líneas de Poe: había perdido su sentido. Brindamos. Le dije que estaba escribiendo. “Yo sí sabía”. Agregó y me fui. Uno siempre se iba de donde Homero, Homero fue el único Homero que para serlo siempre se quedó.
Luego volví con una Guerrilla poética, y otra vez nos abrió la reja. Aquí debo decir como en las películas: años después…
A la música que no pude hacer, la había desplazado el Desprecio por los Negacionistas que componen la literatura en nuestro país. Le propuse a Homero que nos permitiera con mi Guerrilla, encontrar en el Chibcha, una tregua de Nepente, y nos dio la bienvenida. Después de los primeros días de conspiración, repartimos papelitos invitando a la lectura y llenamos el lugar. Al final de la noche uno de los negacionistas, el más negado, le cagó la puerta. Eso se dice fácil, pero es que el narrador da por sentado en su ignorancia, que también el lector ignora cosas: Desde el 15 de junio de 1995, pasadas las 11 de la noche, fecha en que conocí a Homero, hasta hace un par de semanas que lo vi por última vez, seguía en la juega, desde una silla de ruedas.
Qué lección me diste. Habías recorrido el mundo entero alrededor de tu cuarto, porque te sobraba Voluntad y eso es la Belleza.
2
Siempre le regalé mis libros porque siempre regalo mis libros; pero a diferencia de otras deferencias, Homero siempre los leyó y en esa memoria homérica, onírica, guardaba preguntas, y cuando como en el libro de Lorca Así que pasen cinco años, el tiempo me ponía de nuevo bajo su reja, frente a su rostro, con mis ojos pegados en los suyos, él me iba desgajando sus sentimientos e intuiciones acerca de los libros míos, que por caminos verdes le llegaron o que yo mismo le entregué. Conocía el destino del tipo que le había cagado la puerta, conocía los otros libros de la Guerrilla literaria ya extinta que no pudo terminar de señalar a los Negacionistas de la poesía colombiana, que son sus mismos poetas. Él lo sabía. Siempre estuvo bien informado. Y siempre sabía qué decir y a quién. Sobrevivió a épocas oscuras, con una perspectiva estoica, y aun así dispuesta al humor como conjura. Su dignidad no conocía límites, y por eso las mujeres lo amaban, y los tipos como yo lo veíamos ejerciendo un papel cada vez más anacrónico en una ciudad caníbal.
3
En épocas oscuras, (como las que se avecinan, si no dejamos la mezquindad), nos dio calor de hogar en la Candelaria, entre Escobar y Rosas y otros tugurios apestosos como la tienda de Marielita o la más sórdida aún tienda de doña Ceci.
Hace muchos años me dijo: “Ahí donde te sientas tú, se sentaba Raúl”. Raúl, otro perro solitario de la poesía a quien esta ciudad también enloqueció. Pero Bogotá, qué te vas a acordar… Hablábamos de los hermanos Parra, de Calzadilla, de Huidobro, de mis obsesiones, que pasaron por sus ojos, pues Homero era un lector como he visto pocos. Y yo me iba, a Quito, a Caracas, a México, pero siempre volvía con noticas de los amigos y con libros y él me daba noticias de sus lecturas y de otros amigos que permanecían en otras latitudes. Esas conversaciones las acompañaba de bocadillos y frutas.
Hablamos solos muchas veces, porque muchas veces lo visité y estaba solo. Nunca supe si tenía hijos o hermanos, o una mujer en la cual pensar, sentir, o un hogar al cual regresar; no hablábamos de intimidades así, él era cuidadoso con sus palabras, por su recinto soñadores y camaradas desfilaban y el Chibcha fue también trinchera. En sus mesas se fraguaron exposiciones, antologías, festivales, recitales, intervenciones, conciertos y desconciertos.
Una parte especial de una ciudad sumergida en su propia porquería ha desaparecido con él. Nuestras conversaciones en cambio, siguen intactas, pues como dijo Álvaro Mutis alguna vez: “Esto es la poesía, es así como sucede la poesía y es así como la poesía perdura y dura, a través de la triste miseria de la memoria humana”.

