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Podemos apreciar a un artista, a un deportista o a un científico por su obra
¿Pero qué pasa cuando sus valores humanos, más allá de su talento, nos provocan asco?
--Pedro Saborido
“Un recuerdo es un recuerdo es un recuerdo y una pasión es la forma del recuerdo de aquello que pudo ser y nunca fue. Es una oportunidad perdida o una época arruinada y en este negocio, en este deporte, en el fútbol, no hay que entender nada y hay que vivirlo todo. Podría ser una pasión que siempre falla y nunca acierta, aunque esté diseñada como un plano milimétrico con inicios e indicios, desarrollos y resultados, clímax y desenlaces. Algo que en apariencia puede ser cien por ciento predecible. Pero no es cierto. El fútbol es pasión pura y sin pura pasión no hay fútbol. Eso lo entienden en todos lados, en cualquier lugar donde se practique el futbol, los jugadores, el público, los utileros, reporteros, narradores, la pelota e incluso quienes lo narran y hacen negocios con el juego y lo vuelven espectáculo o entretenimiento. Saben de la pasión y de que en esto, cualquier beneficio tiene su costo”.
- ¿Quieres algo sin los peligros de la pasión? Diseña rutinas de patinaje artístico -le dije a Joshep Guardiola el día que nos despedimos, antes de que lo encontraran colgando en el arco del camp nou.
Estas eran el tipo de historias y reflexiones que Italo Cavenaghi, mi bisabuelo, dejo grabadas en millares de audios dentro de sus nubes y dispositivos electrónicos. Yo encontré todos esos recuerdos el día que fuimos a limpiar su casa de la campiña o lo que quedaba de ella. El crecimiento metropolitano en Italia es tal que propiamente dicho, ya no queda espacio que pueda llamarse campiña o campo. Esa casucha formaba parte de mi herencia familiar y me tomó mucho tiempo decidirme y organizar a mi familia para ir a limpiarle y dejarla óptima para su venta.
Así que, cuando finalmente logré convencer a mi hijo y mi pareja de que me acompañaran a las afueras de Roma para ordenar la desvencijada cabaña, casualmente di con estos materiales que si no fuera por su banalidad o importancia genealógica, podría llamar históricos. Son una curiosidad por su valor para entender la época de mi bisabuelo. Incluso hay cosas que pienso donar a los museos. Por ejemplo la pelota de fútbol. Fue el primer descubrimiento de que este deporte existía. Sucedió así: mi hijo y yo estábamos en el sótano revolviendo baules y cajas cuando David halló un esférico de cuero y fue a preguntarme qué era eso, para qué servía. Yo no supe responderle. A mí me pareció un objeto curioso y singular. Por un momento creí que estaba relacionado con un globo terráqueo o algo similar pero mi sorpresa fue otra al saber cuál era el uso qué se le daba a ese balón de cuero inflado con aire comprimido.
Así que David y yo no lo dudamos y le preguntamos a nuestras inteligencias cuánticas por aquel misterio. Capturamos la imagen y la enviamos para ser procesada y en menos de un segundo supimos que aquello era una pelota para jugar futbol o football soccer, un deporte del que mi bisabuelo vivió toda su vida. En pocas palabras, después de consultar con la IC, supimos que mi bisabuelo hizo de aquel juego su medio de vida, alcanzó fama social y consiguió vínculos emocionales y mentales duraderos por ser un miembro activo de los pocos, poquísimos, escasos seres humanos, que practicaban y organizaban este juego como deporte profesional y como gran negocio. De ahí que, hasta el día de hoy, la fortuna de mi bisabuelo llegue a mi hijo, su tataranieto.
A partir de que obtuve esa información mi curiosidad se convirtió en un interés real y comencé a organizar, segmentar y clasificar todo lo que había en la cabaña de ese sótano relacionado con mi bisabuelo, el calcio y la historia de la que nos enteramos, después de horas, tal vez días, de búsqueda y, en cierta forma, aprendizaje familiar, para llegar a la conclusión de que uno no se parece ni remotamente en nada a sus antepasados y de que el pasado siempre parece una excentricidad; que todo lo sólido se desvanece en el aire aunque esté inflado de aire, como le pasó a ese deporte que por un poco más de un siglo fue un acto de devoción y esperanza pública tan universal que a nosotros, al menos a mi mujer a mi hijo y a mí, nos resulta difícil de creer que haya sido así.
A mi bisabuelo no le era complicado hablar con la idea de que lo hacía para sí, era para un público y principalmente para la posteridad. Creía que el fútbol era inmortal. Pero ni al público ni a la posteridad le importaba lo tenía que decir. Italo Cavenaghi fue director técnico de la selección italiana de fútbol y al menos una docena de equipos de primera división en por lo menos seis o siete países. Es decir, fue un creador y organizador lúdico o lucido, qué más da, de la actividad deportiva más popular durante el siglo XX y la primera mitad del siglo XXI en todo el planeta, conocida, según la DL (digital library) como fútbol o futbol o calcio o balompié o soccer o futebol o fussball o football. Un juego que consistía en que dos equipos de once jugadores cada uno, empujaran un esférico de piel sintética dentro un rectángulo de 7.32 metros de ancho por 2.44 metros de alto. De las veintidós personas que estaban en el campo solo dos y en un área limitada del total del campo de juego, podían utilizar las manos, sobre todo para evitar que los esféricos entraran en los rectángulos que defendían como propios. Los demás jugadores podían mover el balón con cualquier parte del cuerpo y usaban, generalmente, los pies.
Al parecer, el fútbol fue una actividad que paralizaba y definía mucho de lo que le pasaba al planeta por esos años. Eran pocos los ser humanos que desconocían su existencia. Lo que sucedía durante los noventa minutos que duraban los partidos y antes y después tenía relevancia económica, política y cultural. Era tanta la locura que generaba este juego que personas morían por una u otra circunstancia relacionada con el resultado, el desarrollo, el devenir y la conclusión de algo que se renovaba juego tras juego, infatigable e infinitamente; sobre todo, gracias a los marcadores de cada partido en su propia singularidad. Parecía algo eterno y de una importancia extrema. Incluso la organización mundial que regenteaba y administraba el juego en cada nación del planeta que se quisiera considerar miembro oficial de este deporte, consiguió el poder de modificar leyes y marcos jurídicos en “beneficio y mejora del juego”. La FIFA (así se llamaba) se perpetró y logró que se movieran fortunas de un país a otro con tal de que el campeonato principal, la copa del mundo, se jugara en los países que lo solicitaban y postulaban por una oportunidad para tener ese torneo en su territorio. Repito, todo parecía imperecedero hasta que un día, simplemente, desapareció.
Digamos que no fue un suceso tan simple o espontáneo pero hoy, noventa años después, es cosa del pasado. Casi nadie recuerda las prácticas ancestrales como algo loable o benéfico, al contrario, se les piensa como una situación bárbara y estúpida. Al fútbol lo prohibieron porque comenzaron a esclavizar y aplicarles lobotomías a los jugadores “profesionales” y la humanidad en un acto de cordura y buen juicio, decidió proscribir esta “diversión”. Mi abuelo fue, ahora lo sé, el primero en levantar la voz sobre esta situación. O al menos así lo dice en los audios que encontré.
“En el fútbol, a pesar de lo que se diga, las historias de los ganadores son vulgares y ahí tenemos a Maradona, Pelé, Messi o Ronaldo como ejemplos ¿para qué me extiendo? Las únicas historias que merecen ser contadas son las de los perdedores. Solo esas valen la pena. Sin embargo, en el fútbol siempre puede pasar de todo, haber excepciones. Y ahí está el caso de Joseph Guardiola. Él lo ganó y lo perdió todo al mismo tiempo. Su caso es tan vulgar que merece la pena hablarlo. Guardiola es y fue la gran paradoja del futbol donde todo, siempre, puede pasar para ser olvidado. Lo que este cabrón hizo no debemos dejarlo pasar por alto, no importa cuanto haya justificado que fue su amor por este maravilloso juego lo que lo llevó a buscar la última consecuencia en el perfeccionamiento del mismo”.
“Era una época donde las imágenes de los partidos estaban presentes en todas las pantallas de cualquier dispositivo en la circunferencia del planeta. Había una infinidad de torneos y competencias hasta como era posible organizar. Siempre faltaba tiempo para ver todos los partidos, conocer todos los resultados, saberse de memoria el total de las alineaciones. Se jugaba en los Andes y en el Himalaya. En las islas del pacífico y en los desiertos de medio oriente. Día y noche nunca dejaba de jugarse y transmitirse fútbol”.
“En los albores del Calcio, había sabios y expertos en el juego. Hermeneutas de un texto que se escribía en la cancha y en el que todos, a pesar de que solo había discrepancias, coincidían en algo: era imposible predecir al cien por ciento los resultados y el desarrollo de un solo partido. Cada juego de noventa minutos tenía su propia singularidad. Contrario a lo que sucedía en otras disciplinas, en nuestro deporte nada estaba escrito. El tipo menos apto física o intelectualmente era la estrella mundial y el equipo menos valorado podía vencer el más caro y mejor posicionado. Todo era más o menos así, hasta que aparecieron Guardiola y su demoniaca fijación por perfeccionar el juego en su totalidad. Él lo echó a perder todo. El fútbol no se podía calcular o predecir. Joshep Guardiola demostró lo contrario”.
“Cuando comencé a declarar que el esquema de juego táctico de Guardiola estaba arruinando la forma de jugar de los equipos italianos me acusaron de reaccionario. Pero, para poder jugar como él lo deseaba y sus cuadros lo hacían, era necesario crear un paradigma específico de jugador que, primero que nada, debía pasar por el tratamiento psíquico al que Guardiola los sometía. La gente del futbol me llamó envidioso y resentido. Sin embargo, a pesar de la lluvia de críticas no detuve mi campaña contra el esquema de Guardiola, no contra Guardiola. Yo estaba tan obsesionado con denunciarlo como él en purificar de azares o contingencias el juego. La prensa se reía de mí y era invitado a los programas de los especialistas para que me ridiculizaran, para quedar como alguien incapaz de comprender la revolución que tal diseño de esquemas y movimientos significa. Llegaron a nombrarme como un conservador del pasado, alguien con miedo a la velocidad del progreso futbolístico. O más vilmente, un resentido que envidiaba los triunfos de su colega. Yo no me amedrentaba, toleraba todas esas calumnias con estoicismo y madurez. A mí lo que me interesaba era demostrar que asimilar y adoptar tal doctrina como la vanguardia del fútbol era la ruina misma del juego, el deporte y el negocio”.
“Paradójicamente, como todas las fantasías que da el futbol, el único que sí me tomaba verdaderamente en serio era Guardiola. Él era capaz de comprender lo que escondía su propuesta táctica y no, no lo negaba. Es más, quiso convertirme en su aliado y buscar en mis críticas la resolución final a cualquier contradicción interna de su planificación operativa. Por eso, un día cualquiera, sin mediación alguna, tocó la puerta de mi casa. Cuando salí a abrir nos reconocimos y él me dio, sin mediación alguna, un fuerte abrazo. Me dijo, “lo entendiste todo”. Desde ese día, nos hicimos amigos o, mejor expresado, confidentes. Yo me convertí en el asesor negativo de la maldición que Joseph Guardiola le heredaba al fútbol mundial”.
“Los años continuaban y Guardiola lo ganaba todo. Excepto lo más importante, el torneo por el que todos los demás torneos valían la pena y con el que todos los jugadores y no jugadores soñamos: un mundial. A Guardiola lo nombraron técnico de España y ahí, en esa instancia, le fue imposible armar un cuadro efectivo para su fijación o delirio lúdico. Una federación nacional de futbol no puede invertir los millones que se necesitan para comprar a los jugadores que el famoso tiki taka requería ya que eso pasa por la suerte. El que un equipo nacional triunfe depende del puro azar. Requiere de algo enigmático y volátil, se necesita de algo muy simple, es forzoso que cada país tenga el talento natural en sus habitantes. Es decir, que ahí, en esa región específica del mundo, nazca o llegue gente con el don o habilidad innata para hacer del juego una maravilla y no la torpe y obtusa escenografía que en pies de personas sencillas, realmente es. Así que Guardiola fracasó en la selección española y lo primero que hizo fue renunciar a ella cuando lo eliminaron del mundial en el que participó. Acto seguido, fue a buscarme para decirme”:
- Ya verás amigo. Me voy a desaparecer por un tiempo pero, cuando regrese, esta vez sí será campeón del mundo y el futbol nunca será el mismo otra vez.
- Te deseo toda la suerte del mundo Pep. Pero también deseo que fracases -fue lo único que pude decirle.
“Y así fue. No supe de él hasta que pasaron más de diez años. Para ese entonces el futbol ya era, sobre todo, una puesta en escena muy calculada que, a pesar de todo, no dejaba de sorprender. El juego, nadie sabe cómo, lograba hacer realidad la ficción más descabellada, en cuanto al juego se trataba. Ese elemento es el que mantenía viable la magia original. Así es cómo iban las cosas cuando Pep reapareció como se fue, de la nada, para contarme su descabellado plan. Guardiola organizó todo su proyecto en secreto para establecer que su teoría del futbol puede domesticar la casualidad en todos los detalles. Tanto era su frenesí que llego al grado de suprimir su ego y autoría para que, una vez demostrada su teoría como ley, se confesara como la mente creadora. Esto fue lo que me dijo”:
- Mira, lo que hicimos no fue sencillo o fácil. Tuvimos que vencer muchos reparos para llevar el plan hasta sus consecuencias finales. Y hablo en plural porque todo esto no lo hubiera logrado sin la ayuda de inversionistas y patrocinadores comprometidos con esta revolución. Primero, tuve que reunir la materia prima o el talento elemental. Buscamos varios niños de entre cuatro y seis años en los países donde se da la gracia de este tipo de jugadores. No le avisamos a sus padres de nuestra operación, sencillamente los tomamos (las familias siempre son un problema) y los desaparecimos de sus entornos de nacimiento para trabajarles la memoria. Una vez que tuvimos los suficientes candidatos (recuerda que esto era un experimento y necesitamos sacrificar algunos en los primeros intentos) trabajamos con ellos para despojarlos de cualquier individualidad o voluntad. Ahí, en las instalaciones de un centro especial y ultra secreto los nacionalizamos españoles y los hemos preparado para que lo único que sepan hacer perfectamente es jugar mi esquema táctico. Sin errores, sin fisuras, sin fallas. Todos estos años después, los chicos ya están listos. Los hemos diseminado por algunos clubes del país para que parezca que surgen de la cantera de esos equipos. Les inventamosuna biografía ad hoc. También tienen otros padres, nuevo pasado, diferente historia, este presente y hoy estamos manipulando su futuro. Como refuerzo de verosimilitud incorporamos una masa anónima de niñas que de igual forma, recluimos y educamos para que sean las esposas, amantes o prostitutas de cada jugador. Todo depende de la personalidad redactada para cada una de nuestras estrellas. La parte final del plan es que en dos o tres años más yo resurja como director técnico de la selección española (que fue puesta en crisis intencionalmente) y convoque a cada una de mis creaciones para resolver esa dificultad. Entonces y solamente así, España volverá a ser campeona del mundo pero, sobre todo, revelaré mi proyecto. Sé que habrá algunos reparos e incluso voces en contra pero cuando vean jugar a mis muchachos todos entenderán que los sacrificios y métodos valieron la pena. Estoy seguro de que tú, después de ver jugar a mi equipo, caerás de rodillas y me darás la razón. Ya lo verás, lograré convencerte.
“Lo primero que hice cuando Josep terminó de contamer su historia fue felicitarlo por su arrojo y valentía. Luego me despedí de él no sin antes desearle el mayor de los éxitos. Al día siguiente, me puse manos a la obra y recopilé toda la información y evidencia posible sobre este Frankestiano plan. Unos meses después tenía suficiente evidencia y apoyo para que las autoridades civiles me creyeran y lo denuncié de manera anónima. Le entregué todo el material recopilado a los defensores de los derechos humanos. Tampoco iba a arriesgar todo por algo que podía no funcionar. Los intereses económicos del futbol son demonios que no tienen nada que ver con el juego. Sin embargo pasó. Fue tal la presión internacional de los organismos humanitarios una vez que descubrieron el aborrecible plan, que lograron desmantelar el programa y la agenda de Guardiola”.
“No fue un proceso fácil. Arruinar la súper estructura del fútbol era una tarea sobrehumana. Por un tiempo parecía imposible. Era tanta la coraza de impunidad y corrupción que había en los intereses económicos creados que nadie estaba dispuesto a perder, por razones humanitarias, su fortuna. Es más, había quien ni siquiera creía que lo que se delataba fuera real. Se negó, escondió y justificó hasta el cinismo y la desvergüenza. Lo único que se logró en un primer momento fue castigar a Guardiola. Se le prohibió participar en el fútbol profesional y lo castigaron penalmente con un breve tiempo en prisión domiciliaria. Cosa que a él no me importaba ya que al final, su maldición estaba en marcha”.
“Por un tiempo, las cosas parecieron seguir con normalidad. Sin embargo, fueron las contradicciones internas, no del juego, sino del esquema económico del negocio, las que precipitaron su caída de forma torrencial y desastrosa. Fue en el año 2026, en el mundial que se realizó en México, Estados Unidos y Canadá. A partir de ahí el fútbol perdió la sensación de invasión. De que la gesta era en un territorio especifico, lleno de mitologías charlatanas pero que cohesionaban una idea de falsa batalla entre orgullos nacionales. Lo que siguió después fueron mundiales intercontinentales y finalmente un mundial sempiterno que se jugaba cada año con selecciones nacionales viajando de un país a otro en un torneo sin forma ni sobre todo, sorpresas. El público regresó a lo local. La gente comenzó a concentrarse una vez más en sus propias ligas, en sus rencillas de aldea. Y esa subrepticia indiferencia desprotegió la trama internacional de flujos y contraflujos de capitales. Al final la justicia pudo accionar el desmantelamiento de un juego que cada día se parecía más los entretenimientos norteamericanos o chinos donde todo está dispuesto, coordinado y decido antes de que inicie el espectáculo”.
“Hubo desmanes, caos y motines. Los grupos de fanáticos violentos fueron los primeros en reaccionar y crearon una sensación de angustia en las canchas y tribunas. Los dueños y todos sus posibles medios de comunicación culpaban a las hinchadas, barras bravas, hooligans, ultras, torcidas, tiffosis o porras de la crisis del fútbol y estos respondieron como sabían hacerlo, con violencia y revelando los pactos mafiosos entre los empresarios y políticos locales con ellos. El miedo a asistir a un estadio y presenciar un match alejaba a los ciudadanos promedio. Poco a poco se convirtió en un asunto tan marginal que varios países comenzaron a prohibir el juego en un efecto dominó tan acelerado que, incluso aquellas culturas con tanto apego por el juego, fueron las primeros en dejar de practicar el hábito de patear una pelota y anotar un gol. Sin saber cómo, el fútbol desapreció casi por completo del planeta y comenzó a jugarse en circuitos clandestinos, como la ruleta rusa o las peleas de perros. Se transformó en lo que siempre fue, un juego tan salvaje y sin reglas, que revela los instintos caníbales de la humanidad, que lo mejor fue proscribirlo. El problema era que no resultaba nada fácil ocultar a veintidós jugadores y sus espectadores. Esa fue su verdadera ruina. Que es un juego gregario”.
“Todo esto ocurrió en un periodo de casi dos décadas, sin embargo, antes del final, algunos años después de que Pep y sus cómplices fueran sentenciados y salieran libres de sus mínimas condenas, así como en la primera ocasión, sin avisar, mi viejo amigo me llamó y me dijo:
- Fuiste tú quien me denunció, no lo dudo. Pensé que amabas este deporte.
- Pep ¿Quieres algo sin los peligros de la pasión? Diseña rutinas de patinaje artístico.
“El resto ya es historia. Días después de nuestra última conversación encontraron el cuerpo de Guardiola colgando en la portería del camp nou. Es una lástima que Pep no haya visto cómo fue el autor de una maldición que arruinó aquello que él tanto decía amar. Eso hubiera sido justicia poética para nosotros, todos los que aceptábamos este deporte con sus imperfecciones y nunca quisimos controlarlo. Yo sólo quería adornar el fútbol, no dominarlo. A estas alturas no dejó de pensar que yo también soy responsable de lo que sucedió. Es curioso cómo también se puede matar lo que se intenta proteger. En todo caso, un recuerdo es un recuerdo…”
En fin, estos son sólo algunos de todos los audios que mi bisabuelo grabó. También hay videos y archivos de texto que no vimos en su totalidad. Nuestro morbo no llegaba a tanto. No sé si fue debido a este escándalo que aquel deporte desapareció, al menos en la forma profesional, absoluta y bruta en la que estaba organizado. Yo por ejemplo, no tengo la menor idea de cómo se juega y cuál es el sentido final de ir corriendo atrás de una pelota rodeado de otros que gozan y sufren al mismo tiempo. Con mi hijo y mi pareja vimos los videos e intentamos replicar lo que aquellas personas hacían con el balón pero nos tropezamos y caímos tantas veces que, a pesar de la diversión, decidimos dejarlo por la paz. No queríamos lastimarnos o mucho peor, fracturarnos un hueso de la pierna. Como sea, algo nos quedó un poco en claro, que solamente es posible amar y sentir con locura, aquello que no se entiende.
