Sobre Una cosa salvaje que conoce
la muerte, de Lina María Parra Ochoa
Por Paula Andrea Marín
C.
No. No es otra autora del gótico andino. No. No es otra
autora que escribe narrativa de terror. No. No escribe solo desde la intuición,
aunque también lo haga desde allí. Es muy fácil encasillarla, para que pierda
su valor, el significado de su escritura, como ha sucedido tantas veces con las
mujeres que han escrito sobre temas de este subgénero literario. La escritura
de Lina Parra Ochoa es un perfecto artefacto parlante, en donde todo está
medido, cada elemento en su lugar, ocupando su sitio dentro de la estructura
que recompone la realidad que ella ha elegido re-presentar, para no perder a la
lectora o lector, para llevarlo hasta el efecto buscado. El de Lina Parra es un
mundo pequeño y, por ello mismo, perfectamente conocido por ella. Su voz va al
lado de sus personajes, a quienes ha visto toda su vida moverse, hablar,
reflexionar, actuar; su voz acompaña y alienta a esos personajes a los que
admira, a los que aprecia. Lina María Parra ha escuchado parte de las historias
que narra y las reconstruye para que las conozcan otras y otros.
En 2025, Comfama organizó, en Medellín, un evento sobre
brujería (la "Feria Popular de Brujería") y el evento se llenó. Mucha gente se quedó por fuera -yo incluida-; muchas
personas expresaron su incomodidad, su desacuerdo con el hecho de que la ciudad
fuera relacionada con las brujas y prácticas esotéricas. La presentación del
nuevo libro de Lina María Parra Ochoa, en Medellín, replicó lo que sucedió con
ese evento: el auditorio de La Pascasia estuvo lleno. Mucha gente tuvo que
quedarse de pie o sentados en el suelo; casi todos, jóvenes veinteañeros o
treintañeros que han seguido a Parra Ochoa, sobre todo, desde su novela La mano que cura. Pese a que cierto
sector de la población ha intentado siempre reprimir las prácticas ancestrales,
estas sobreviven en el interior de las casas y en las plazas de mercado, y
siguen tan vivas como antaño, como antes de la llegada de los españoles, de los
portugueses, de los ingleses, del Imperio romano, de los califatos, del
catolicismo. Occidente (y también Oriente, pero me faltan referentes) está
asentado sobre estas prácticas ancestrales, “paganas”, tan antiguas como lo es
la relación de los seres humanos con la naturaleza. No resulta raro, entonces,
que la escritura de Parra conecte con tantas personas.
Sin embargo, lo más interesante en Parra, creo, no es la
presencia de esta cultura ancestral latinoamericana, occidental, sino, la
manera en la que usa esta presencia, estos elementos para hablar de cuestiones
de esta dimensión, de este lado de la realidad. A Parra no le interesa dejar a
sus personajes en estados de delirio o en regodearse con el lado más oscuro de
los “poderes”. En todos los cuentos, hay una necesidad de la narradora de hacer
que sus personajes encuentren un lugar de dignidad en su aquí y ahora, una
ética que se contrapone a la corrupción del sistema en el que están inmersos,
así hayan sido débiles ante él en algún momento y eso nos deja, como lectoras y
lectores, con un sabor a ilusión para seguir creyendo en lo humano.
Lo que escoge Parra no es lo sobrenatural per se o lo sobrenatural espectacular,
sino lo sobrenatural cercano, popular: las guacas, las ánimas, los espíritus de los
muertos que han quedado atrapados o que regresan para dar algún mensaje, los
“amarres” para despistar a la realidad por unos instantes. Este es el elemento
que ha ganado más espacio en su narrativa, luego de los libros de cuentos Malas posturas y de Llorar sobre la leche derramada. En este reciente libro, Parra
Ochoa ha incluido dos elementos más: el narcotráfico que sigue campeando en la
ciudad donde nació y donde vive, el paramilitarismo que ha encontrado nuevas
formas para camuflarse y pervivir. Lo sobrenatural cercano convive con el
relato del fantasma de la violencia que hace parte de las dinámicas urbanas de
la Medellín del presente. Pero aquí no hay monstruos, como tampoco hay disparos
ni sangre; lo que hay son personas que viven situaciones límite que hacen
emerger una valentía singular.
Tengo dos cuentos favoritos de este libro: “El fuego en los
pies” y “El lento e imperceptible retiro de las aguas”. El primero, porque
nunca había leído un cuento que expresara de manera tan precisa lo que nos
sucede a las mujeres (y también a los hombres, aunque con otra gradación) en la
adolescencia, en donde pareciera sellarse esa forma de relacionarnos con
nuestras congéneres, a partir de la comparación y la soterrada o a veces
directa competencia, aprendida de un sistema patriarcal que apenas hemos
empezado a desmontar. Elena Ferrante escribió cuatro libros para mostrar -entre
otras cosas- esta lógica de la amistad femenina en la saga Dos amigas; Lina María Parra lo ha hecho en “El fuego en los pies”.
Todas y todos tenemos un fuego interno, la llama que nos mantiene vivos y que
nos hace sentir vivos; esa llama puede quemar a otras y a otros o quemarnos a
nosotras mismas, cuando no logramos sentirla o cuando no sabemos bien qué hacer
con ella o cómo alimentarla. El otro cuento, me gusta porque pone en el centro
a esas muchas personas que han quedado al margen de la narrativa oficial del
conflicto armado en el país: las y los que quisieron hacer bien su trabajo (anónimo,
cotidiano, sin protagonismos de ninguna clase), pero se encontraron amenazados
de muerte y tuvieron que huir para que su vida y la vida continuara.
“La hermana ambidiestra” será el cuento favorito de muchas y
de muchos, porque es el que mejor hace parte del multiverso de La mano que cura, con su misma forma de
narrar y con su mismo efecto final. Una
cosa salvaje que conoce la muerte es eso mismo, como lo dijo Parra en la
presentación del libro en La Pascasia: un multiverso en el que sus personajes
de otros libros reaparecen, resucitan y en el que otros ingresan. Parra necesita
de esa confianza para desplegar su escritura. La veo preparándose un café,
poniendo en off las notificaciones
del celular y del PC, cancelando planes y encuentros, para poder sentarse a
escribir la historia que la ronda desde hace días y de la que ha tomado notas
en su libreta. Lina se sienta y convoca a sus personajes conocidos: su familia
cercana y lejana, sus amigas y amigos. Luego empieza a contar, como si no
hubiera tiempo, como cuando uno sabe que se puede demorar en los detalles, que
la otra o el otro no está impaciente porque lleguemos al final o porque vayamos
“al punto”. El resultado es una voz que no se parece a ninguna que haya leído
antes; una voz que resulta familiar y en la que, al mismo tiempo, se puede ver
la habilidad para hilar, enternecer, impactar y hacer ver en lo cotidiano el
más allá que siempre nos está llamando: nuestro lado indomesticado o
protoplasmático, y el más acá que nos pide valentía para discernir y actuar,
pero también para mirar nuestra vulnerabilidad, nuestra mortalidad, recordar
nuestro breve paso por la Tierra. La escritura de Lina Parra ha encontrado su
plan y su filo, así como ella misma ha encontrado una manera de ser escritora
en Medellín, en Colombia. Solo espero que el equilibrio se mantenga y que la
dimensión de allá no acalle a la de acá. Pero, ¿quién soy yo para hacerle
peticiones a quien escribe?
Lina María Parra Ochoa, Una
cosa salvaje que conoce la muerte. Bogotá, Alfaguara, 2026.
