domingo, 10 de mayo de 2026

El oscuro encanto del umbral

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Sobre Una cosa salvaje que conoce la muerte, de Lina María Parra Ochoa

 


Por Paula Andrea Marín C.

 

No. No es otra autora del gótico andino. No. No es otra autora que escribe narrativa de terror. No. No escribe solo desde la intuición, aunque también lo haga desde allí. Es muy fácil encasillarla, para que pierda su valor, el significado de su escritura, como ha sucedido tantas veces con las mujeres que han escrito sobre temas de este subgénero literario. La escritura de Lina Parra Ochoa es un perfecto artefacto parlante, en donde todo está medido, cada elemento en su lugar, ocupando su sitio dentro de la estructura que recompone la realidad que ella ha elegido re-presentar, para no perder a la lectora o lector, para llevarlo hasta el efecto buscado. El de Lina Parra es un mundo pequeño y, por ello mismo, perfectamente conocido por ella. Su voz va al lado de sus personajes, a quienes ha visto toda su vida moverse, hablar, reflexionar, actuar; su voz acompaña y alienta a esos personajes a los que admira, a los que aprecia. Lina María Parra ha escuchado parte de las historias que narra y las reconstruye para que las conozcan otras y otros.

 

En 2025, Comfama organizó, en Medellín, un evento sobre brujería (la "Feria Popular de Brujería") y el evento se llenó. Mucha gente se quedó por fuera -yo incluida-; muchas personas expresaron su incomodidad, su desacuerdo con el hecho de que la ciudad fuera relacionada con las brujas y prácticas esotéricas. La presentación del nuevo libro de Lina María Parra Ochoa, en Medellín, replicó lo que sucedió con ese evento: el auditorio de La Pascasia estuvo lleno. Mucha gente tuvo que quedarse de pie o sentados en el suelo; casi todos, jóvenes veinteañeros o treintañeros que han seguido a Parra Ochoa, sobre todo, desde su novela La mano que cura. Pese a que cierto sector de la población ha intentado siempre reprimir las prácticas ancestrales, estas sobreviven en el interior de las casas y en las plazas de mercado, y siguen tan vivas como antaño, como antes de la llegada de los españoles, de los portugueses, de los ingleses, del Imperio romano, de los califatos, del catolicismo. Occidente (y también Oriente, pero me faltan referentes) está asentado sobre estas prácticas ancestrales, “paganas”, tan antiguas como lo es la relación de los seres humanos con la naturaleza. No resulta raro, entonces, que la escritura de Parra conecte con tantas personas.

 

Sin embargo, lo más interesante en Parra, creo, no es la presencia de esta cultura ancestral latinoamericana, occidental, sino, la manera en la que usa esta presencia, estos elementos para hablar de cuestiones de esta dimensión, de este lado de la realidad. A Parra no le interesa dejar a sus personajes en estados de delirio o en regodearse con el lado más oscuro de los “poderes”. En todos los cuentos, hay una necesidad de la narradora de hacer que sus personajes encuentren un lugar de dignidad en su aquí y ahora, una ética que se contrapone a la corrupción del sistema en el que están inmersos, así hayan sido débiles ante él en algún momento y eso nos deja, como lectoras y lectores, con un sabor a ilusión para seguir creyendo en lo humano.

 

Lo que escoge Parra no es lo sobrenatural per se o lo sobrenatural espectacular, sino lo sobrenatural cercano, popular: las guacas, las ánimas, los espíritus de los muertos que han quedado atrapados o que regresan para dar algún mensaje, los “amarres” para despistar a la realidad por unos instantes. Este es el elemento que ha ganado más espacio en su narrativa, luego de los libros de cuentos Malas posturas y de Llorar sobre la leche derramada. En este reciente libro, Parra Ochoa ha incluido dos elementos más: el narcotráfico que sigue campeando en la ciudad donde nació y donde vive, el paramilitarismo que ha encontrado nuevas formas para camuflarse y pervivir. Lo sobrenatural cercano convive con el relato del fantasma de la violencia que hace parte de las dinámicas urbanas de la Medellín del presente. Pero aquí no hay monstruos, como tampoco hay disparos ni sangre; lo que hay son personas que viven situaciones límite que hacen emerger una valentía singular.

 

Tengo dos cuentos favoritos de este libro: “El fuego en los pies” y “El lento e imperceptible retiro de las aguas”. El primero, porque nunca había leído un cuento que expresara de manera tan precisa lo que nos sucede a las mujeres (y también a los hombres, aunque con otra gradación) en la adolescencia, en donde pareciera sellarse esa forma de relacionarnos con nuestras congéneres, a partir de la comparación y la soterrada o a veces directa competencia, aprendida de un sistema patriarcal que apenas hemos empezado a desmontar. Elena Ferrante escribió cuatro libros para mostrar -entre otras cosas- esta lógica de la amistad femenina en la saga Dos amigas; Lina María Parra lo ha hecho en “El fuego en los pies”. Todas y todos tenemos un fuego interno, la llama que nos mantiene vivos y que nos hace sentir vivos; esa llama puede quemar a otras y a otros o quemarnos a nosotras mismas, cuando no logramos sentirla o cuando no sabemos bien qué hacer con ella o cómo alimentarla. El otro cuento, me gusta porque pone en el centro a esas muchas personas que han quedado al margen de la narrativa oficial del conflicto armado en el país: las y los que quisieron hacer bien su trabajo (anónimo, cotidiano, sin protagonismos de ninguna clase), pero se encontraron amenazados de muerte y tuvieron que huir para que su vida y la vida continuara.

 

“La hermana ambidiestra” será el cuento favorito de muchas y de muchos, porque es el que mejor hace parte del multiverso de La mano que cura, con su misma forma de narrar y con su mismo efecto final. Una cosa salvaje que conoce la muerte es eso mismo, como lo dijo Parra en la presentación del libro en La Pascasia: un multiverso en el que sus personajes de otros libros reaparecen, resucitan y en el que otros ingresan. Parra necesita de esa confianza para desplegar su escritura. La veo preparándose un café, poniendo en off las notificaciones del celular y del PC, cancelando planes y encuentros, para poder sentarse a escribir la historia que la ronda desde hace días y de la que ha tomado notas en su libreta. Lina se sienta y convoca a sus personajes conocidos: su familia cercana y lejana, sus amigas y amigos. Luego empieza a contar, como si no hubiera tiempo, como cuando uno sabe que se puede demorar en los detalles, que la otra o el otro no está impaciente porque lleguemos al final o porque vayamos “al punto”. El resultado es una voz que no se parece a ninguna que haya leído antes; una voz que resulta familiar y en la que, al mismo tiempo, se puede ver la habilidad para hilar, enternecer, impactar y hacer ver en lo cotidiano el más allá que siempre nos está llamando: nuestro lado indomesticado o protoplasmático, y el más acá que nos pide valentía para discernir y actuar, pero también para mirar nuestra vulnerabilidad, nuestra mortalidad, recordar nuestro breve paso por la Tierra. La escritura de Lina Parra ha encontrado su plan y su filo, así como ella misma ha encontrado una manera de ser escritora en Medellín, en Colombia. Solo espero que el equilibrio se mantenga y que la dimensión de allá no acalle a la de acá. Pero, ¿quién soy yo para hacerle peticiones a quien escribe?

 

Lina María Parra Ochoa, Una cosa salvaje que conoce la muerte. Bogotá, Alfaguara, 2026.


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Publicado por Paula Andrea Marín C.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autores. Revista Corónica es una publicación digital. ISSN 2256-4101.

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