sábado, 18 de abril de 2026

El diablo, un cuento de Richard Argüello

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Por Richard Argüello



Parte 1

La bienvenida del Carare había sido implacable y contaba con mi imprudencia
como su máxima aliada. Con algo de sorna recuerdo aquella infortunada tarde, en
la que empezaron mis males; su génesis, un crepúsculo observado desde la proa
de una motorcanoa encallada en las playas llenas de pedruscos, chispitas de
esmeraldas y arena negra del puerto de La Pedregosa.

En principio se antojaba mágico, los guarumos con sus hojas anchas custodiando
mi espalda, al frente los arreboles danzando entre las nubes y emergiendo entre el
lomo verde de la serranía de Las Quinchas, sobre la piel, la leve caricia de la brisa
de El Minero y como acompañantes una nube de zancudos y pringadores que
supieron darse un banquete con mi sangre foránea; en consecuencia, con las
fiebres de los días siguientes desaparecería entre los escalofríos y los delirios el
aura poética de aquel momento.

Desde aquel insuceso han pasado algunos días, sé que es domingo por el
volumen alto con el que los corridos prohibidos retumban en las paredes de mi
estancia, me llevo las manos al cuello y noto que la fiebre ha bajado, lo que me
anima a vencer la modorra y colocarme en pie a pesar del bochorno y aquel sol
que arreciaba hasta tal punto que hacía crepitar las láminas de zinc que, adosadas
sobre vigas de madera, tapizaban el techo.

Traspasada la puerta, mis pasos cansinos hacían saltar el polvo de las calles en
tierra del caserío, mi paseo discurría entre casas de paredes de madera burda,
pisos de tierra y techos de zinc y unas pocas donde primaba el cemento, por lo
general, estas pertenecían a los comerciantes y la gente notable del caserío; como
en Macondo, el ordenamiento urbano había sido obra de los patriarcas, al
respecto solo puedo decir que su forma era la de una espina de pescado que
remataba aquel punto en el que moría la carretera entre el puerto de La India y el
pueblo de La Cimitarra.

Por aquellos días el caserío de La India era un paraje de fiesta eterna, en la
morada de Baco, la “magia” empezaba a mostrar su capacidad de seducción y
lujo, los corridos prohibidos no hacían más que sonar a toda hora y momento, las
esquinas se habían convertido en cantinas y a un costado de un lote de pasto que
fungía como parque había emergido una “carrampla”, en su entrada de ladrillo a la
vista, yacía sentada en un taburete con el espaldar de cuero crudo recostado
contra la pared, una niña de no más de 12 años, que abrazaba ansiosa entre sus
brazos delgados una muñeca de trapo, mientras daba la bienvenida a lujuriosos
raspachines con las manos encallecidas por la coca, hediondos de alcohol y
coronados por una aureola de perga.

El tumulto y el bullicio de los comensales de los puestos de comida rápida, obligan
a una pausa en mi caminar, se percibe el babel de sueños y acentos con orígenes
variopintos, Este tiempo me permite darme cuenta que el dengue me ha dado una
tregua y que mis fuerzas me permiten un paseo más largo del presupuestado, es
así como llegó hasta el tanque de agua adornado por sus grifos bañados en
níquel, alrededor de los cuales las mulatas hacían fila con cipote de indios pulidos
a punta de brillo, ceniza y azulín; al fondo difuso de la postal había una figura que
resaltaba más que el reflejo de las ollas.

Era un hombre bajito, contextura delgada, con cabello hasta los hombros, bigotes
finamente arreglados, vestido impecablemente con un pantalón de poliéster,
camisa manga larga de algodón y unas botas texanas negras terminadas en
punta de plata, el negro del conjunto contrastaba con sus cabellos y bigotes
canos, como accesorio curioso, un sombrero negro con una banda de óvalos
plateados entrelazados por una fina cadena, que por los destellos que emitían, se
notaba que habían sido pulidos la noche anterior con brilla metal a la vieja usanza
de los reclutas, para rematar no podía falta una correa de cuero crudo color
marrón rematada en una chapa grande y brillante que reflejaba la luz del sol y
hería los ojos de quienes reparaban en el personaje.

Al lado del “Diablo” (así lo apodaban los lugareños) iba una mujer de mirada
nerviosa, estatura baja, cuerpo rollizo y vestida como las pentecostales en día de
Sabbath, era la sombra muda de su macho. Por fortuna en algunos casos o por
desgracia en otros, los caminos en esta tierra del olvido, tarde o temprano
coinciden, es así como de un momento a otro y por un instante el camino del
Diablo y el mío coincidieron (esta vez como comedia la próxima sería como
tragedia).

Sobre la calle principal me dirigía a la caseta de Ruth para tomar un café de negro
intenso, tostión extrema y endulzado por quien se sueña en un cañadulzal, del
cual apuraba cada trago con un pequeño bocado de queso costeño (costumbre
extraña para un cachaco) mientras mi mirada escrutadora se perdía por segundos
en las aguas negras y el paso bravío del Carare.

Desde allí pude avizorar que el destino de El Diablo era la cantina de “Pacho”,
más exactamente las mesas de juego, eran unas cuatro ubicadas bajo un techo de
anacuma y al aire libre, allí los hombres jugaban al domino, los dados y al póker,
El Diablo escogió este último, le encantaba que en el se combinaba la pericia, la
malicia y el azar, con estas dos últimas cartas había jugado toda su vida, desde la
serranía de San Lucas, pasando por el Catatumbo, ahora en el Carare y hasta ese
momento no había perdido ninguna partida, algo más grande que cartas se
cocinaba en su mente, con el primer golpe seco de una carta sobre la mesa El
Diablo desataba un nudo gordiano en su historia.


Parte 2


Mientras la motor canoa abandonaba las aguas de La Guinea, teñidas de amarillo
por los sedimentos que arrastraba la lluvia, debido a la pérdida del manto verde de
los lomeríos destajados por la codicia; el comandante Nicolas repasaba el diálogo
de la reunión que acaba de sostener en un campamento de guerra resguardado
del sol por el dosel de los abarcos, con una atmosfera impregnada por los aromas
de los caballeros de la noche y en su periferia a manera de guardianes las ceiba
tolúa con sus espinas como lanzas.

Creonte, el máximo comandante de la región, había sido lapidario en la
distribución de los territorios para la compra de la pasta de coca; a Nicolas, el
polígono que comprendía las veredas adyacentes a la vía La India – La Cimitarra,
todas ellas ubicadas entre los ríos Carare y Guayabito, a Carlos, las veredas
comprendidas entre El Ermitaño y el Carare, no podía haber lugar a equívocos, las
fronteras del agua son como las cicatrices, nadie las puede ocultar, ni alegar no
haberlas visto ni reconocido.

Creonte remató el mapa que había dibujado con sus palabras con una dura
sentencia, el pendejo que se quiera pasar de vivo y venda la pasta por fuera de su
territorio, se muere y su cuerpo debe dejarse a la intemperie para que se lo coman
los chulos y los perros, los cadáveres insepultos hacen que el miedo cunda y la
gente entienda que con nosotros no se juega; que si mengano cruzó el río para
venderle a Nicolas, porque la paga más cara y también es de los nuestros, se
muere, es una cuestión de disciplina, tampoco hay lugar para problemas entre
nosotros por estos impasses, los problemas son para los que infringen la Ley,
entre nosotros no puede haber problemas porque somos la Ley.

La misma brisa que había movido las palabras de Creonte, atizaba en Agua Linda
unos maderos llameantes confinados en un fogón de barro cocido y hornillas de
hierro. La media mañana estaba lista; un café humeante endulzado con melao,
una arepa de maíz pelao y unos chicharrones ahumados conformaban el menú del
día, todo servido en platos de plástico que Antonia colocaba con alegría sobre una
mesa de madera maciza.

El Diablo tomaba lentamente el café, mientras contemplaba el humo que expelía la
taza, como tratando de leer los designios del destino entre sus formas
caprichosas, por otro lado, Manuel, su compañero de caminata, disfrutaba de
aquel bocado sin misterio alguno.

Antes de ponerse en marcha, el diablo se acicaló mirándose sobre un espejo roto
y lleno de polvo de cemento, que yacía colgado en una de las paredes que daba al
patio trasero de la casa, era todo un ritual, se peinó varias veces y no se detuvo
hasta que su pelo largo y canoso se ondulo como él quería, por último, con un
pequeño peine plástico retocó su bigote y despuntó con unas tijeras aquellos
bordes imperfectos que afeaban su imagen.

En marcha le gritó a Manuel, al compás de estas palabras, el binomio empezó a
bajar por una trocha serpenteante abierta a punta de machete, con retoques de
azadón y reforzada en algunos puntos con material pétreo, era un camino con
abundante maleza y selva a lado y lado, que los ocultaba de las miradas
indiscretas, esto le daba tranquilidad al Diablo, quien para distraer la fatiga
observaba como Toby, su sabueso y compañero de caza, se atravesaba entre sus
piernas, iba brincando a lado y lado, oliendo todo cuanto había a su alrededor, de
vez en cuando hacía una pausa, aguzaba el oído, levantaba la mirada, verificaba
que no hubiera peligro y continuaba.

Ya se avizoran las playas del Carare y justo antes de salir al claro, con la mano
derecha se toca la espalda y se asegura que la merca sigue en el bolso, sabe que
hay que agilizar el paso porque tiene la certeza que el comprador espera en
alguna de aquellas cantinas esquineras que por estos días pululaban en el puerto
de La India, sabe que no se le puede quedar mal, es una transacción de riesgo,
pero el dinero de más vale la pena.

Desde lo lejos verifica que la macho-canoa este en el sitio, efectivamente, allí esta
amarrada con una manila de polipropileno color amarillo atada a una mata de
guadua, que se ha aferrado firmemente a la playa, lo que no vio El Diablo es que,
al dejar el manto de la selva, dos hombres le ganarían la espalda y lo
interpelarían.

-¿Por qué tanta prisa viejo?, ¿Quién los espera?

En respuesta, El Diablo, se volteó lentamente, seguro de sí mismo y dispuesto a
responder con su verborrea afilada, pero cuando había dado un giro de 180
grados sobre sus pies, reparó en los fierros que los hombres tenían en sus manos,
la seguridad se le convirtió en un tartamudeo ininteligible, por lo que Manuel
intervino.

-Mano… nada del otro mundo, a comprar el mercado de la semana,
tomarnos unas cervezas y pasar la noche con unas viejas bien buenas.

El que cargaba una escopeta de corredera le insistió.

-Eso no es lo que dice la cara de su compañero, ni los corrinches del pueblo.
Estando en esas el Diablo y Manuel dieron unos pasos hacia atrás como tratando
de ganar la orilla, no tanto pensando en huir, sino en hacerse más visibles y
esperando que alguna motor canoa de línea o algún compadre los reconociera y
se sumara a la conversación, haciendo más gravosa cualquier acción letal por
parte de los armados, pero esta vez las moiras les dieron la espalda.

- Entonces, espetó el que llevaba la 9 milímetros, no va haber ningún
problema si nos muestran lo que llevan en los bolsos.

Manuel y El Diablo, cruzaron miradas, sabían que no había nada que hacer, el que
tiene los fierros en la mano no pide favores, manda.

El Diablo tomó la iniciativa, terció el bolso, lo colocó sobre su pecho, se fue
agachando para colocarlo lentamente sobre el piso, abrió con parsimonia la
cremallera y empezó a sacar las cosas con parsimonia, esperando que este gestó
desanimara a los hombre y les permitieran continuar el camino, lo primero que vio
la luz por la boca del bolso fue un par de camisas negras manga larga, un
pantalón del mismo color que llevaba para lucir esa noche en la cantina, una
pantaloneta y una camiseta que usaba como pijama, le siguió una mandarina y
una naranja que llevaba para chupar durante el camino, aquí hizo una pausa y
lanzó una mirada a los armados, para luego fruncir los hombros y el ceño en señal
que no valía la pena en seguir que aquella diligencia inoficiosa.

La respuesta no fue la esperada:

- Viejo, no estamos en un circo, usted no es un mago y ese bolso tiene más
de fondo que usted de inteligencia

En ese momento el miedo inicial cedía el paso a la astucia, El Diablo pensó que
era el momento de sacar las cartas, evadir la responsabilidad o negociar, todas
eran opciones y en todas era bueno, presumía conocer mejor que nadie los
torcidos renglones del alma humana.

El Diablo continuó con su labor, lanzó las manos al fondo del bolso de donde
emergió un paquete de forma irregular, hecho en bolsa de aluminio, envuelto en
vinipel y sellado con cinta de embalaje. El Diablo sabía que este era la
introducción a un nuevo acto, por lo que mojó su lengua con saliva y la pólvora del
verbo empezaba a arder en su mente, pero de un momento a otro se truncó el 
camino, el brillo de la bolsa fue respondido con los fogonazos de la escopeta y la 9
milímetros. Manuel que también se encontraba agachado y con el bolso en tierra
intentó levantarse y correr hacia las aguas negras del Carare, pero su vida fue
ahogada por el fuego.

El sonido de los disparos se propagó a lo largo de todo el plan, fue esparciéndose
desde los tatuajes de pólvora sobre la piel caliente de las víctimas, pasando por
entre una bandada de churicas movidas por el hambre y la búsqueda de maizales
para saciarla, corrió entre los gaurumos, los guaduales, la soleras que se
levantaban como maleza entre los potreros, los naunos y las flores rosada de los
guayacanes que con fina coquetería adornaban las faldas de las montañas.
Mientras el sonido de la muerte se propagaba en el espacio, Antonia estaba en el
cobertizo contiguo a la casa, contemplando como el peón sobre una lona de
plástico, tendida sobre un piso de cemento, picaba con la guadaña las hojas de
coca, repasándolas una y otra vez, buscando que asemejaran al tamaño que
alcanzan las hojas secas cuando se deshacen entre los dedos, estando en esas,
los sonidos de los disparos se fueron a perder entre las aspas del yoyo y el ruido
del motor.

Antonia empezó a percatarse de la tragedia cuando Toby llegó a sus pies con el
lomo bañado con la cal que el peón estaban esparciendo sobre las hojas, sus
orejas estaban llenas de viruta de pega pega, lo primero que hizo fue mirarlo con
extrañeza, lo hacía, en la orilla opuesta de El Carare, en la casa del compadre
Javier, en tertulia con Tiberio y Chester, unos criollitos que la comadre amaba con
el alma, sin embargo, su rostro cambió cuando Toby empezó a dar vueltas en
círculos y a gemir como cuando era cachorro, en aquel instante, entendió que su
visita era un mal presagio, al instante, una aguja de hielo se clavó en su corazón,
su cuerpo empezó a temblar y unas horribles ganas de llorar no la dejaban
articular palabra, como los animales salvajes, solo atino a correr monte abajo.
La carrera loma abajo fue bastante atropellada, en su memoria, de aquel momento
solo quedaron las imágenes de su vestido rasgado por la maleza, un zapato
extraviado en medio de la carrera y su pie izquierdo herido por las rocas filosas de
la trocha sumado a unas espinas que se habían enterrado en la planta de sus
pies.

Tras varios minutos estirados por la ansiedad, había llegado al final de la mata de
monte, en este punto se lograba avizorar la playa; ella, con la respiración
entrecortada, su corazón punzado que no paraba de arder y el invierno sobre sus
ojos, decidió hacer una pausa; buscar con la mirada los buitres, los perros o algo
que le indicara donde estaba su esposo, contrario sensu, nada delataba la
presencia de un cadáver; cosa irónica, sus ánimos no se calmaban por el
contrario esto la terminó de descomponer, un cadáver sobre el río, es un luto
eterno, un duelo inconcluso y comida para los muelones.

Un segundo de lucidez le permitió caminar en dirección de la macho-canoa, allí a
unos cuantos pasos del borde donde la arena se besa con el agua del río encontró
el cuerpo de Manuel, su rostro tenía grabado un mohín de desesperación, tenía
los ojos abiertos clavados en la embarcación, para hacerlo más dramático, reparó
que una de sus manos estaba estirada, haciendo evidente su anhelo de fuga y la
ilusión de aferrarse a un madero para dejar que el padre hiciera su santa voluntad
y negara la victoria a los mortales.

Unos metros más allá, estaba El Diablo, arrodillado y derrumbado sobre su
costado izquierdo, vencido por el impacto de las balas, desde la distancia, sus
ropas negras se veían húmedas por la sangre, ante el hallazgo, Antonia sintió sus
venas y las neuronas arder, camino lentamente hacía él, bañando copiosamente la
tierra con su llanto, no había duda, era él… en medio del dolor, el descubrir su
cuerpo custodiado por mariposas, fue una estrella fugaz en el firmamento de su
tristeza.

Hermosas guardianas que cubrían las zonas desnudas de su cuerpo, sobre sus
manos se había posado un ramillete de mariposas del amor (Biblis Hyperia), con
sus alas superiores de color negro y las inferiores con un ribete rojo que al verlas
todas juntitas, daban la sensación que era el último presente de aquel romance de
invierno; sobre su rostro se habían posado las mariposas de la memoria
(Heliconius charitonius) y en sus labios como un botón de un azul brillante
metálico, yacía una emperador de granada (Morpho granadensis) que lamia los
rastros de café con melao mezclado con la saliva del beso de despedida de esa
mañana.

Sintió culpa de recordar las mariposas por su nombre científico, le evocaban
aquellos días en los que un joven biólogo del ejercito anarquista en tono coqueto
se los hacia repetir, mientras se sentaba a tomar un tinto cerrero recostado sobre
la baranda del pasillo externo de su casa, aquella casa paredes de madera
pintadas de barniz rosado del borde de la ventana para abajo y de blanco del
borde la ventana hasta el cielo, la misma que en sus paredes colgaban materas
con novios rojos y blancos, la que tenía al frente un pequeño jardín con
algodoncillos y novios cercados por plantas medicinales, “la casita boyacense
perdida en la serranía de San Lucas”, le decía el joven biólogo mientras se reía
con ganas.

En su interior, a la culpa le siguió la vergüenza, se reprochó su falta de escrúpulos,
se llevó la mano a la frente para persignarse y pidió a dios que la perdonara por
estar pensando en un macho mientras el cuerpo inerte de su esposo yacía a sus
pies, empero era inevitable no pensar en la casita boyacense en este momento, la
había dejado abandonada en la serranía por las fantasías de su esposo de
llenarse de billete verde como rezan los corridos, para ella, allí empezó esta
tragedia, el cadáver a sus pies solo era el acto final, espantar las mariposas y
cerrar los ojos de su esposo era bajar el telón y decretar el fin.

Richard Argüello (1977) nació en Piedecuesta, Santander. Es abogado de la UIS. 
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Publicado por Revista Corónica
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autores. Revista Corónica es una publicación digital. ISSN 2256-4101.

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