Evelio Rosero: una guerra contra los editores


Evelio Rosero, autor de Los Ejércitos, premio Tusquets de Novela, dictó en la biblioteca Luis Angel Arango de Bogotá la conferencia De autores y editores, en la cual repasó a vuelo de pájaro la historia de sus encuentros y desaires con el gremio editorial.
Biografía, reflexiones sobre el lenguaje y testimonio sobre la experiencia literaria, de viva voz por uno de los escritores colombianos con una obra sólida que empieza a ser advertida en el extranjero pero no lo suficiente en su país.
La conferencia fue dictada el 11 de septiembre en la Biblioteca Luis Angel Arango, de Bogotá.

En Revista Corónica el audio completo y fragmento del texto leído por el autor:


En 1985 me fui a París, seguramente porque ese era el sueño de los jóvenes narradores de entonces, seguir las huellas –no literarias- pero sí físicas de varios de los grandes de la literatura latinoamericana que se habían forjado en París y en Barcelona. La experiencia me enseñó que no era necesario dejar mi ciudad y mi país para escribir lo que tenía que escribir. Fue un año difícil; una revista de turismo me había dado los pasajes de avión, ida y vuelta, a cambio de 10 artículos sobre París. No tenía entradas económicas, excepto los dólares que me enviaba de tanto en tanto mi hermana Martha Esperanza. En ocasiones debí dedicarme a soplar la flauta en los pasillos del Metro de París, para hacer lo del vino y los cigarrillos: la juventud da para todo. Una tarde fui a abordar un vagón de metro, para tocar la flauta en otra estación, y entonces las vi: eran dos niñas de diez años, sentadas y tomadas de la mano, mirándose con amor: eran dos niñas enamoradas: la mejor excusa para huir de mis responsabilidades en París. Me puse a escribir una novela de amor: Juliana los mira, en lugar de estudiar y practicar el francés, algo que todavía lamento, pero ya es demasiado tarde. Me dediqué, en los descansos de la escritura, a desesperar del mundo donde me encontraba. No de París, que es hermosa y avasalladora, sino de los parisinos, insípidos y frívolos y dueños de tan mal humor, humor que yo atribuía al frío. Pues nunca vi a París en verano. Uno sólo puede –y debe- vivir en el país donde uno quiere, y por eso me fui a Barcelona: pleno verano. Voces en español, o en catalán, que para mí resultaba idéntico. El Mediterráneo azul, las mujeres casi desnudas. Me ahorré varias noches de hotel durmiendo en la playa. No había terminado Juliana los mira, pero volví a equilibrar las cargas y me senté a terminar la novela. Después de acabarla empezó el más cruel interrogante para todo escritor joven: ¿Dónde diablos encuentro un editor que quiera publicarla, y pagarme, además, por semejante honor? Hice tres fotocopias de Juliana. Tres libros que envié a otras tantas editoriales. De todas me llegaron puntuales tres cartas de desconsuelo: ninguna se interesaba, agradecían mi confianza, etcétera. Incluso una de ellas me alentaba a regresar a mi país porque –aseguraban- el boom de la literatura latinoamericana ya había terminado. Pero, de lo que yo sí estaba seguro, en mi empecinamiento de escritor acorralado, era que ninguna de esas editoriales había leído mi obra. Un amigo, Nicanor Vélez, me llevó un recorte de periódico: la convocatoria al concurso internacional de novela de la editorial Anagrama. Participé. Quedé finalista. Y no tuve mayor emoción, lo confieso, porque los finalistas no recibían un duro. Al menos la publicación.
Si hay algo que siempre he repetido a los jóvenes escritores de hoy es que nunca escriban una novela para ganar un concurso, o para participar en un concurso de literatura. La hechura de una novela obedece -o tiene que obedecer- a más nobles impulsos, por más felices o desgarradores que estos sean. Yo no escribí ninguna novela para ganar un concurso, pero no imaginaba que en adelante tendría que recurrir a los concursos, no tanto para la publicación de mi obra, sino para sobrevivir. Porque de lo que sí estaba seguro es que no quería trabajar en nada distinto a la literatura, no quería dar clases en ningún colegio y universidad y mucho menos ser periodista, aunque de vez en cuando debí ceder y recurrir a esporádicos trabajos de esta índole. En Barcelona recibí la tarjeta del editor Jorge Herralde, donde decía que mi novela lo había entusiasmado, y que se la había leído en un fin de semana. Me dio una cita en su editorial, una tarde de invierno. Y seguramente por ese invierno encontré una editorial oscura y lóbrega, como una cueva. Me atendió un señor de nombre Enrique Murillo que más parecía un vampiro con las alas desplegadas que el primer piloto del editor que me aguardaba. Herralde me esperaba en su oficina y, después del saludo de rigor, me hizo sentar en una poltrona frente al escritorio y me preguntó, a boca de jarro, si yo pertenecía a la “plutocracia” colombiana. Semejante pregunta no me desconcertó sino me hizo reír por dentro hasta el paroxismo. Semejante pregunta no me la esperaba y, para no delatarme fingí no saber qué quería decir plutocracia. Entonces él aclaró: aristocracia. Yo acababa de descubrir que la pregunta nacía de la lectura misma de mi obra, por supuesto, donde Juliana es hija de un ministro, una niña consentida que tiene chofer y camina por las calles de Bogotá protegida por guardaespaldas, etcétera. Yo soy de la clase media-media colombiana, y esa es una de las virtudes de la literatura, que puede hacer pensar que un escritor de clase media es un aristócrata, o que un escritor inocente es un voyerista pervertido o un asesino en potencia. Esa fue la primera y última vez que hablé con mi primer editor en España. Pues me llegaron las pruebas o galeradas de mi novela Juliana los mira, y allí fue Troya. Ya no se trataba de la humilde indicación del impresor de Mateo Solo, respecto al por qué de interrogación, que debe ir separado, sino de otras impensables e inaceptables correcciones. Padecí varios días con sus noches, sin lograr dormir, corrigiendo al corrector, página por página, y eran más de 200 páginas. Allí donde yo ponía matera, ese recipiente por lo general de barro donde los colombianos sembramos las matas, me habían puesto maceta. Y, si bien es cierto que los colombianos entendemos como sinónimos matera y maceta, sin ningún problema, tampoco yo podía aguantar las macetas, o sus macetazos. En cierto modo, fue también mi primera experiencia con las traducciones. Pues, de hecho, siendo como era un escritor en español, me estaban traduciendo al español. Temible descuido: cualquier regionalismo, español o mexicano o argentino enriquece el acerbo lingüístico, fortalece y universaliza el idioma. Qué bueno que a través de la literatura sepamos que pibe es chavo o chamo y que chamaco es pelao y que escuincle culicagao y que magrear es abejorrear y hostia es mierda o carajo o golpe y un kikí es un braguetazo y una güera es una mona y otra mona es una rasca y que etcétera es etcétera. Etcétera. En Juliana, donde yo escribía, por ejemplo, debe ser que Juliana está enferma, los correctores corregían: debe de ser, y ese debe de era para mí peor que un martillo en los tímpanos. Tenía varias páginas de diálogo entre Camila y Juliana, que yo había decidido no puntuar –simple y llanamente porque entonces consideré que así imprimía más velocidad a la lectura de esos diálogos entre dos niñas que se hablaban vertiginosamente, descubriendo sus más profundas intimidades, y, sin embargo, todos esos diálogos aparecían puntuados (como si se hubiese tratado de un descuido imperdonable del autor). En fin, yo era joven aún, nada discreto y diplomático. No voy a mencionar los otros tantos cambios, pero escribí una carta algo irreflexiva al editor Herralde acusándolo a él y a sus correctores de “poseer un oído cacofónico”. Por supuesto, la carta no me la respondieron. Tampoco se reeditaría Mateo Solo, que era lo que se tenía pensado, así como las posibles obras venideras. El arrepentimiento me duró un buen par de años. Pero sólo un par. Y sí, se publicó Juliana los mira tal y como yo la había escrito, pero nunca salió de España, nunca llegó a Colombia –que era por sobre todas las cosas lo que yo más quería, que la novela llegara a los míos-. De vez en cuando un librero colombiano traía al país dos o cuatro ejemplares, y demoraba en venderlos. Porque así como la edición de Mateo Solo en Villavicencio había recibido tres críticas entusiastas, una del escritor Gardeazábal, que hablaba de una “magnífica novela apretada”, otra de Isaías Peña, y otra de Jaime Mejía Duque, que la saludó con entusiasmo y me animó por su clarividencia –respecto a los ámbitos de mi novela-, pasarían muchos años antes de que alguien volviera a referirse –con o sin beneplácito- a mi obra. Estaría, en pocas palabras, rodeado de silencio por todas partes. Pues regresé a Colombia y a pesar de que publicaba en una editorial prestigiosa, El incendiado, Señor que no conoce la luna, Las muertes de fiesta, Plutón, yo no veía mis libros ni siquiera en los escaparates de las librerías. Eso, a cualquier escritor que no lo sea en toda su locura, lo hubiese convencido seriamente de convertirse en zapatero, de cambiar de oficio cuanto antes, en lugar de seguir escribiendo a nadie. Porque es innegable que el escritor escribe para todos, y esa comunicación es su auténtica razón de ser. ¿Qué músico compone para oírse a solas? La única excepción de todas estas aflicciones editoriales fue, lo digo sinceramente -no porque la editora se encuentre aquí-, fue Margarita Valencia, de Carlos Valencia editores, que publicó en el 88 Cuento para matar un perro y otros cuentos, una colección de cuentos cortos que yo había escrito en los jardines de la universidad Externado de Colombia mientras mis demás compañeros estudiaban, y que ella se encargó de difundir y apoyar como tiene que apoyar y difundir un editor a sus jóvenes escritores, sobre todo cuando éstos se encontraban platónicamente enamorados de la bella y joven editora. De ese libro escuché opiniones entusiastas, no sólo de mis amigos sino de lectores desconocidos, que son ellos la real prueba de fuego. Y eso siguió animándome a vivir el extraño y paradójico mundo editorial colombiano. En su gran mayoría los editores colombianos que yo padecí no eran buenos lectores, y muchos todavía no lo son. Eran, mejor, negociantes, y muy buenos, que basaban sus éxitos en sondeos de mercado, en engañar con solapas al lector para interesarlo, en publicar un libro con el público ya de antemano garantizado, o programado. Así, si el escritor es además catedrático y garantiza la compra de sus ejemplares con sus estudiantes universitarios, o si es además político o actor de televisión o bella modelo o un sacerdote casi santo, o libretista de telenovelas de éxito, todo esto lo tienen en cuenta para impulsar la edición. Nunca el trabajo, nunca el oficio y calidad del escritor. Con semejantes editores las editoriales pueden lograr el éxito comercial, pero nunca la promulgación de una obra de arte literario. Creo que las cosas ya no son de este carisma, y eso es alentador, pero a mí me tocó padecer otras cosas. Las pocas reseñas que encontré, algunas de ellas publicadas en el Boletín Bibliográfico del Banco de la República, eran duros golpes. Y tanto, que desde entonces me propuse no volver a leer reseñas y críticas, estuviesen a favor o en contra de mi obra. Entre ellas la de un crítico colombiano, “colombianólogo”, profesor de literatura en los Estados Unidos -me contaban preocupados mis amigos-, que escribía que todos mis personajes eran pobres de espíritu (como si la literatura universal no se alimentara sobre todo de los pobres de espíritu: los representa). Otro crítico y poeta se enojó terriblemente cuando vino a congraciarse conmigo porque había escrito en contra de todas y cada una de mis novelas, “No es nada personal, Evelio”, y se dio cuenta enseguida que no lo había leído. Pero cómo no iban a alentarse estos críticos viscerales que tuve si yo mismo, a los treinta años, había publicado un artículo en contra de mí mismo. Entonces me encontraba padeciendo una crisis creativa espeluznante, la única vez que padecí de semejante catarro del espíritu, y publiqué ese artículo diciendo que todo lo mío se había ido al traste, que yo me estaba repitiendo (¿qué escritor no se repite?) y que lo único que esperaba era que viniera en mi ayuda la siempre imponderable imaginación. Eso fue el detonante, claro, para que las críticas nefastas arrecieran contra mis libros. Pero también sirvió el artículo para que exorcizara mi crisis: sólo verlo publicado en el Boletín Bibliográfico, y continué escribiendo, puro, como después de un baño puro en las puras aguas del río.

2 comentarios:

  1. Hola

    Este artículo muestra lo difícil del arte literario, felicitaciones por este escrito, me sirve de referencia para mi blog, que es un proyecto de revista literaria.

    http://historiascercas.blogspot.com

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  2. El testimonio de Rosero es estimulante y una lección de tenacidad para creadores. Una oportunidad oírlo en voz de su autor. Ánimo con esa revista, Oscar.

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