El mundo aparte, por Ángel Castaño

Angel Castaño Guzmán. Editor en Revista Corónica.

El 2015 fue un año muy movido en el ya proverbial combate entre los académicos y Colciencias. El primer jab lo conectó el organismo estatal al formular la serie de requerimientos de la convocatoria 693-2014, que dejó de una pieza a muchos. La otra parte no tardó en contestar el golpe: Los docentes del Departamento de Literatura de la Nacional soltaron la bola de nieve: según ellos Colciencias desconoce la naturaleza de las humanidades. El inconformismo llegó al punto de quiebre: no someter el trabajo de sus semilleros al peritaje de Colciencias. El coraje de los literatos fue bien recibido por no pocas personas. La ruptura motivó, incluso, el apoyo de otras universidades, tanto públicas como privadas. Luego, ya es costumbre, el asunto perdió el interés del público y terminó en un punto muerto. El debate apenas duró un parpadeo: el mundo no da tiempo para detenerse a mirar en detalle las cosas. También, y es una de las mejores ironías del capitalismo, las cosas se reciclan para desaparecer de inmediato: así, en breve, volverá a ocupar la parrilla informativa otro altercado entre los púgiles que no se animan a noquear al otro, a dar el golpe final.

Minucias mediáticas aparte, el viejo recuerdo me sirve para traer a la palestra unas inquietudes: ¿hay pensamiento humanista en las aulas de clase y en las oficinas de las dependencias universitarias? ¿Las universidades son, en el fondo, fortines de la burocracia o reservorios de las ideas y los conceptos? ¿Acierta quien emplea el término humanistas para referirse a los catedráticos? En un principio, sí. ¿Acaso no merecen dicha distinción Pedro Henríquez Ureña, Harold Bloom, George Steiner, Rafael Gutiérrez Girardot, insignes botones de muestra del humanismo y a la par docentes de prestigiosos claustros? ¿Hay hoy por hoy humanistas en la Universidad colombiana? ¿Qué elementos debe reunir una persona para merecer el calificativo? ¿Basta dar clases en una facultad de humanidades para serlo?

Soy claro: creo inoportuno amén de injusto llamar humanistas a todos los doctores y magísteres que vegetan en las facultades de humanidades, bendecidos con suculentos salarios – La República publicó el año anterior un informe interesante: en Colombia los profesores universitarios con estudios de posgrado pueden ganar entre 9,3 y 30 millones al mes, una cifra, la verdad, nada despreciable si se tiene en cuenta lo obvio, los índices de pobreza del país–. Dejo de lado las odiosas cuestiones monetarias pues, dice la comparsa de Perogrullo, nadie gana tanto como cree merecer. Voy a lo importante: la producción académica y sus repercusiones en el diálogo social y cultural. El humanista con su labor intelectual eleva el debate público, ofreciendo luces e incógnitas. Ahí están los casos de Sanín Cano y Gaitán Durán, personajes cuyo magisterio estuvo más bien vinculado a las páginas de los periódicos y a la vida de la imprenta: el primero aportó una mirada novedosa a la crítica literaria, distinta a la impuesta por la escuela conservadora; el segundo, por su parte, le abrió las puertas del mundo europeo a una hornada de colombianos. ¿Hacen algo parecido los docentes de educación superior? Sí, pero no… En otras palabras, lo hacen unos cuantos, las famosas ovejas descarriadas. Y, lo peor, lo hacen en contra de las normas, del espíritu institucional de la Universidad que bendice a los conformes, a los sacerdotes de la mediocridad. Un repaso a vuelo de pájaro a los catálogos virtuales de las editoriales universitarias y a los índices de las revistas indexadas –me limité a ojear los datos relacionados con la literatura por aquello de la frase popular: zapatero a tus zapatos– deja una conclusión en borrador. Los profesores olvidaron una regla elemental de la cortesía literaria: la claridad beneficia la salud de los argumentos. De un tijeretazo, cortan toda posibilidad de réplica o controversia. Quien se le mida a la tarea de leer muchos de esos “ensayos” –las comillas, por dios, no son gratuitas– se topará con acertijos a modo de títulos y prosas indigestas. Van ejemplos de los trabalenguas –ojo, no en el espíritu travieso de Cabrera Infante–:

1)       Sobre las políticas de los cuerpos y las emociones para la construcción del proyecto de nación en la novela María de Jorge Isaacs (1868) y en la prensa* de 1900 a 1920 (El asterisco está en el original).
2)       Literatura y existencia: hacia una hermenéutica literaria basada en los presupuestos de una filosofía existencial.
3)       De una sujeto femenina a una sujeto mujer-crítica. Pedagogías del cuerpo en Languidez y Ocre de Alfonsina Storni
4)       El sentido religioso de la historia y valores eternos. Motivos religiosos, místicos y apocalípticos en La guardia blanca de Mijaíl Bulgákov.
5)       Una teoría del cielo para el neobarroco: interpelaciones entre la 'ficción autobiográfica' y el biografema.

No hace falta el olfato de un sabueso de Scotland Yard para darse cuenta que algo de cierto hay detrás de la cantinela según la cual la Universidad vive de espaldas a la sociedad, en una especie de pecera teórica. La jerga de especialista aleja sus trabajos de donde se cuecen los huevos: la agenda de opinión nacional. Encerrados en el estrecho círculo de las especulaciones abstractas, casi siempre terminan siendo glosas del pontífice de turno, llámese Lacan, Bajtín o Derridá. Los artículos académicos, en su mayoría, no responden a las lógicas del debate sino a las de la indexación, soslayando, de paso, la responsabilidad de los miembros del Alma Mater de construir una crítica cultural sesuda y al tiempo al alcance de los lectores. Ya es momento de dejar atrás el prejuicio de la ignorancia de la audiencia y de confundir la hondura con la aridez. Las ventas de El Capital del siglo XXI, no comparables a las del fenómeno E.L. James mas al fin y al cabo significativas, demostraron, entre otras cosas, el interés ciudadano en temas que escapen de la ligereza de los medios masivos y de las redes sociales. El éxito editorial de los volúmenes de Alain de Botton, de Michel Onfray, de Enrique Krauze o de Cristopher Hitschens está, en buena medida, cimentado en una escritura digerible cuando no estimulante.

El problema, sin duda, no se reduce a la falta de elegancia prosística de los profesores. Ellos –muchos de ellos– cayeron en la trampa de la docencia burócrata, se convirtieron en oficinistas del conocimiento, petimetres hábiles para atornillarse en sus mullidos puestos de comisiones curriculares. Condenan los eruditos la banalidad del discurso social y lo califican de síntoma preocupante. No obstante pocos salen de la molicie del otro mundo, como con malevolencia no desprovista de agudeza el presidente Lleras Restrepo llamaba a la academia.

Imagen: Panoramio

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