El recolector de fresas

Camilo Rodríguez (Bogotá, 1987): Profesional en estudios literarios (Bogotá, 2010) con maestría en letras francesas (Toulouse, 2014) y comunicación (Toulouse, 2015), Camilo colabora en diferentes revistas literarias con traducciones, relatos cortos y poemas. Actualmente reside en México D.F., donde trabaja para el servicio de cooperación universitaria de la embajada de Francia en México. Cuento.

¡Yo no sé si ese mundo de visiones 
vive fuera o va dentro de nosotros; 
pero sé que conozco a muchas gentes 
a quienes no conozco!

Gustavo Adolfo Bécquer

Después de sacar la séptima canasta de fresas, Juan sintió un leve dolor en donde termina la espalda. No le prestó mucha atención, pues el fuerte trabajo del verano siempre le dejaba algunos malestares. De todas maneras, solo le quedaban cuatro días para terminar la temporada. —En la cosecha del año pasado, un torpe peón irlandés de esos que apestan a whisky diariamente, le había aventado una caja de abono sin avisar. Como consecuencia, su hombro izquierdo sufrió una grave lesión y el irlandés fue despedido al anochecer.

Ocho canastas, nueve canastas, diez canastas. La producción era rigurosa y acompasada. Las carretas iban llenas y regresaban vacías. Los hombres hablaban poco. Los capataces vigilaban a caballo e instruían de tanto en tanto a los nuevos recolectores. La hacienda estaba orquestrada con precisión, al igual que el clima, que ofrecía el mejor sol de Agosto.

La semana en que sufrió el golpe, Juan tuvo que usar una lámina de yeso sobre el hombro y quedó invalidado para cualquier tarea pesada. Lo único que pudo hacer en la hacienda fue alimentar a los perros que cuidaban las gallinas y regar una parte del cultivo por las tardes, antes de ir a misa de seis.

Al repique del sol sobre el verde de la montaña, el capataz sonó el silbato para anunciar el fin de la jornada. Los arrieros, recolectores y demás campesinos dejaron sus herramientas en el depósito del galpón para luego reclamar el sueldo y, probablemente, irse a la taberna o al casino. Sin embargo, Juan se sentía indispuesto esa tarde. Se excusó con sus compadres y se fue directamente a las literas. Antes de recostarse sobre el camastro, sintió otro agudo picón en plena espina dorsal, pero el cansancio que traía era tal, que apenas le dio importancia.

•••

Hacia la medianoche, Juan se dirigió al baño de los trabajadores. Cerró la puerta con seguro, se quitó el sombrero, el chaleco, la camiseta. Se giró delante del espejo. Constató que no estaba inflamado ni había tampoco algún indicio de contusión. Una gota de frío sudor tocó su mano temblorosa. Se sintió débil y se desvaneció en seguida sobre el mosaico blanco.

Una pálida luz acompañó sus delirios.
•••

Al volver a la consciencia tiritó fuertemente. Su mejilla izquierda estaba pegada al suelo y había un poco de saliva alrededor. De su ensueño recordaba aún a ese desconocido que, armado de un palo macizo, lo perseguía en medio de la neblina. Vestía una boina negra que contrastaba con la desnudez de sus pies y su gran mostacho rojo. El lugar era semejante a la antigua carretera que conduce hacia la vieja vereda del pueblo. Su principal temor no era la inminencia del extraño individuo sino la constante fricción del palo contra el pavimento. Un insoportable carraspeo que calaba más hondo que su dolor en la espina dorsal.

Pero Juan se tranquilizó al comprender que todo eso había quedado atrás. Se incorporó, volvió a las literas y comenzó a llenar su mochila para partir en seguida.

•••

El sol del atardecer era inclemente a esa época del año. Aunque el machete hacía las veces de bastón y el saco no era muy pesado, el dolor no lo había abandonado del todo. Los pocos camiones que pasaban por la vereda seguían derecho sin reparar siquiera en Juan. Además, su aspecto no lo favorecía mucho. Sudaba, su camisa estaba hecha un andrajo, tampoco tuvo tiempo de afeitarse. Agotado, se sentó junto a un frondoso ciprés que daba a la encrucijada. Allí sentado, se lió cuidadosamente un cigarro de tabaco negro que luego encendió con un fósforo de madera.

De repente, el hombre del mostacho rojo se le acercó. Juan se levantó lentamente, ya resignado. Cambiaron un par de palabras. El desconocido le dijo que no había nada que hacer, que una promesa era una promesa. El último sonido que escuchó Juan fue el del palo arrastrándose cada vez más lejos y perdiéndose en lo alto de las lomas mientras un fino hilillo de sangre le salía por la oreja.

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