El síndrome de Pinocho



La primera noticia de la que tengo algún recuerdo sucedió en 1997: frente a las cámaras una joven con una barriga inmensa decía esperar sextillizos. Aquel embarazo inusitado fue centro de la vida nacional durante 30 horas. Extasiados ante la fantasía que se abría paso todos se transformaron en creyentes: desde diversos rincones del mundo organizaciones, empresarios y ciudadanos de ‘buena fe’ se organizaron para apoyar a la joven madre y la  multitudinaria familia que habría de llegar. Todo era fiesta y sonrisas y la patria detestada unas cuantas horas atrás, volvía a brillar ante lo extraordinario de la vida: sí, esta era Colombia cuna de sextillizos, lugar de la barriga más grande del mundo. Sin embargo, la verdad detrás de la historia era más extraordinaria aún que la mentira: detrás del monumental vientre no había embarazo alguno, solo montones de ropa vieja.

Aquel suceso desapareció pronto de las páginas de los periódicos y se transformó en anécdota de bolsillo para reuniones familiares. En mi casa, mi madre empleó la historia en modo ejemplarizante. Mi padre por el contrario, repetía una y otra vez que saber mentir iba más allá de la invención: requería astucia, pericia, arte. Si llegaba a descubrir algunas de mis farsas, el castigo no era por faltarle a la verdad sino por ser incapaz de sostener mis propias fantasías. A través de este juego de ladrones y policías, mi padre y yo terminamos teniendo como pasatiempo mentir. Cada vez inventábamos tramas más complicadas y escenarios más creíbles. Para probar la coherencia de nuestra invención, buscábamos a la abuela y su olfato de sabueso. Si el embrollo fallaba, salíamos hacia el patio trasero de la casa y bajo la sombra del guayabo intentábamos atar mejor los cabos. Pero si no éramos desenmascarados, nos aventurábamos a contar la misma historia a primos y tíos, pues como decía mi padre “una buena mentira es la que puede repetirse más de diez mil veces”.

Sin embargo, a medida que la mentira se difunde es necesario tener más habilidad para sostenerla, pues la historia original se amplía y aumentan los personajes, las tramas, los clímax. Sin retentiva no hay coherencia y sin ella no hay posibilidades de credibilidad. Así pues, es necesario ejercitar la memoria y recorrer una y otra vez los pasadizos que el pensamiento ha creado, no vaya a ser la mentira de ayer no corresponda con la mentira del mañana. Para evitar caer en estos olvidos, junto a papá creamos un cuaderno conjunto en donde anotábamos cada detalle de las mentiras dichas: día, lugar, hora, estado del clima, diálogos, ánimo. Si por algún motivo dudábamos de nuestro relato, estas notas nos daban certidumbre: todo lo que se hallaba inscrito en él existía.

Además de estas precauciones a la hora de mentir, papá y yo también ejercitábamos nuestras aptitudes histriónicas. El cuerpo también era vehículo de nuestra fantasía y debíamos tener control sobre él. Una mirada insegura o una postura temerosa podían revelar nuestros artificios, así que era necesario saber sostenernos pese a nuestros miedos: nada de agitar las manos, mover las piernas con insistencia o cruzar los brazos frente al pecho. Nuestra voz tenía que ser clara y sin titubeos, la mirada fija, nuestros rasgos serenos. Frente al espejo practicaba algunas posturas, declamaba la mentira con diversos acentos y me confrontaba y defendía simultáneamente.

Para mamá estos pasatiempos eran inmorales y poco educativos, pues enseñarle a mentir a un niño iba en contravía de la pedagogía, la iglesia, los preceptos de los maestros. No obstante, papá era obstinado en su posición. Frente a todos defendía su crianza bajo el argumento de que mentir era el primer paso para desarrollar la imaginación. La verdad la aprendería a lo largo de la vida, pero la mentira solo la podría conocer en la infancia. Ante aquel despropósito, varios familiares decidieron apostar sobre mi destino: algunos decían que sería timadora, congresista o actriz. Otros decían que abogada, vendedora de seguros, gerente de un banco.

Sin embargo no fui ni lo uno ni lo otro. Años después encontré el sentido en las palabras de papá: mentir no fue la lección. Me enseñó por el contrario, a navegar en mi imaginación y a hacer de cada delirio un mundo posible. Las notas en aquel cuaderno fueron los primeros relatos que inventé y los personajes de mis embrollos siguen siendo 20 años después los arquetipos de mis ensoñaciones.

Fotografía: Darren Loh (Pinocchio)


1 comentario:

  1. Ay condenaos! Hice comentarios de troll y la autora me censuró porque, seguramente, mi mentira le pareción mentirosa, lo cual la hace una verdad menitirosa.
    Ladran las Guacharacas!

    ResponderEliminar

RevistaCorónica se reserva el buen gusto de retirar del foro los mensajes que sean ofensivos

Con la tecnología de Blogger.