Por J S de Montfort

Extraños en la ciudad, un cuento de J.S. de Montfort

J. S. de Montfort (España, 1977). Escritor y crítico literario. Autor de Fin de fiestas, ed. Suburbano 2014. Diplomado en Literatura Creativa (Escuela TAI-Madrid) y Graduado en Estudios Ingleses (Universidad de Barcelona). Ha sido editor en Revista Hermano Cerdo y actualmente es responsable de prensa de Editorial Malpaso.


1.

Qué debe estar pensando en estos momentos la vecina del bloque de enfrente (que queda muy cerca, a menos de diez o doce metros, quince a lo sumo); te ha visto pasando por delante del balconcito (la cortina corrida de par en par, y a ti que no se te ocurrió que algo habrías de hacer con los pantalones caídos). Caminando como un pato, la mano llena de semen pegajoso (ingeniero, ingeniero, pero cómo no tienes un maldito paquete de kleenex!); te escondiste hacia el lado del sofá, y con un gesto definitivo corriste la cortina. Zas.
Solo queda un resquicio, resquicito, pequeño: a través del que miras.
La vecina parece estar hablando con alguien, pero luce calmada y sobria; quizá no te haya visto, oh, sí, puede ser; quizá haya creído ver un reflejo, un fantasma. Oh, sí, seguro.
De todos modos... bien pensado, teniendo en cuenta que... qué más da, si  no sabes siquiera cómo se llama, ni si es soltera o casada o viuda, ni su edad, a qué se dedica. Nunca has intercambiado una sola palabra con ella.
Bah, una sombra más en esta ciudad llena de sombras. Una extraña.
Hay más de un millón y medio como ella.
Ellos sí son los verdaderos fantasmas y no tú.
Un fantasma, por definición, es una proyección psíquica.
fan-tas-mas



*
A las once habrían de venir a revisar las vigas. Es impepinable que hagan las catas, así te lo dijo Wilfredo, tu inquilino, el que ahora habita este piso tuyo, el ingeniero. Im-pe-pi-na-ble, ok-man.
(si no se entrega el informe del laboratorio al ayuntamiento, donde se asegura que el edificio no corre riesgo de derrumbe, os denunciarán; no solo al ingeniero, también a tí. Esto es: a toda la comunidad. O peor: si no se entrega el informe y hay un riesgo severo de derrumbamiento, cualquier día se nos caerá encima el techo... qué más da)

Son ellos, los que han llamado al timbre. Los de las catas.
Y no son ni las once; faltan nueve o doce minutos.
¡Ah, qué poca seriedad!
Las once son las once, no las once menos diez o menos nueve.


[…]

En un periquete lo haremos, dice el operario, quien tiene a su lado a una arquitecta, imperterrita
(sabes que es la arquitecta porque la semana pasada  fue a tu piso; al operario no lo conoces, es diferente del que vino a tu casa).

Y es verdad: así sucede.
En un pispás, listo.

2.

Son las once de la mañana, en punto (de la mañana del día siguiente).
Has vuelto al piso del ingeniero Wilfredo.
Tú eres un hombre libre, ahora. Ayer no, porque ayer dependías del compromiso adquirido.
Hoy no.
Por eso has vuelto a la casa del ingeniero.
Por eso has vuelto a las once: porque ayer tenías una cita a las once, una obligación, un compromiso. Por eso y porque se da la circunstancia de que tienes llaves para entrar.
Pero hoy no, no hay ningún compromiso ya, vuelves porque tienes las llaves (y no solo las que te prestó Wilfredo, sino una copia extra -y él no lo sabe-): vuelves porque esta es tu forma de demostrarle al mundo... que hey, estoy aquí porque quiero, me da la gana hacerlo de esta manera, a sabiendas de que nada me reclama, a sabiendas de que no pesa sobre mí ninguna responsabilidad.
Yo soy un anarquista, piensas, y no me debo a nada ni a nadie.

*

Hubo algo mezquino en ese silencio tuyo.
Rocío te acababa de preguntar si ya había vuelto el ingeniero, si te había pagado lo que te debía. Pero tú levantaste los hombros, como diciendo “a mí que me registren”.
Ella: qué raro, dijo, escucho ruidos en la casa. Espero que no se esté escondiendo para no pagarte.
Tú: vendrán de otro lugar... seguramente. Los ruidos.
Y es lo más probable, si algo hay de sobra en estos pisos-colmena del centro de la ciudad son los ruidos, se cuelan por todas partes.
Las paredes parecen papel de fumar.
(Rocío no sabe nada del tema de las catas, del favor que te pidió el ingeniero; Rocío está muy ocupada tratando de no volverse loca con los turnos infernales que le ponen en el hospital, y con las huelgas, las manifestaciones, las entrevistas en la radio, los artículos que manda a los diarios, etc etc etc quieren desmantelar -privatizar- su hospital, y su puesto de trabajo corre serio peligro -ya han puesto en la calle a más de veinticinco o treinta, ya perdiste la cuenta-. Rocío está luchando con uñas y dientes por mantener su trabajo)

*

Bebes un bloody mary.
Rocío un martini.
Bebes otro bloody mary.
Rocío sigue con su martini.
Bebes otro bloody mary.
Rocío sigue con su martini.
Así pasáis una noche de sábado, muchas noches de sábado, en el Tutto bene, un bar de lesbianas que queda justo en la esquina de vuestro piso. Te gusta que esté a tu lado, bebiendo. Rocío. Y te gusta su silencio cómplice, mortecino. A veces te da la sensación de que no está
           
      (pero esto, como yo habría de averiguar después, era la más pura verdad: ella no estaba)

*

Mientras bebías y bebías bloody maries pensaste mucho en hacer el amor con Rocío (porque hace cuántos días, semanas... oh, dios). Pero cuando ya estáis en la cama, todo listo... ella , patapún, se duerme rápida, como un rayo, y no te da tiempo.
Rocío, Rocío... imploras. Pero nada.
Siempre está tan cansada.
En el colchón solamente queda vivo tu cuerpo.
Ella duerme, o no está.
         
                   (no está, ni su calor, ni su pelo flamígero, ni su almohada, ni sus ojos cerrados; tampoco su respiración: esto también lo averiguaré más tarde)

La valentía del vodka te indujo a pensar que quizá podrías haberle dicho a Rocío que eres tú, el que hace los ruidos en la casa del ingeniero. En fin, que no pasa nada.
Es solo un juego inocente: vas allá y te masturbas (o no, o no siempre).
Una mentirijilla. Se habría reído.
Pero no, mejor no contarle nada.
Está tan ocupada siempre
Se pensará que la engañas, seguro que te has montado ahí un picadero, te dirá, que con la connivencia de tu vecino andáis con las orgías (Wilfredo es un proxeneta, te dijo un día, me da asco).
Qué más da.
No importa.
Nada importa.

3.

Te recuerdas muy feliz, estando con tu hija en el puerto olímpico.
Antes de todo esto de ahora, esta... uhm: anarquía.
Se puede ir andando desde tu casa, al puerto olímpico, se pasa uno por lo menos cuarenta y cinco minutos caminando. Y Las Ramblas están llenas de estímulos, de gente, de voces, de idiomas, de colores: son una fiesta pagana. ¡Un delirio de hermosura!
Ya tiene uno, así, media tarde solucionada.
¡Mira, cariño, qué trasantlántico tan portentoso! Y le señalas a tu hija hacia el oeste, justo al lado de la torre del teleférico. ¡Mira, cariño! Le diriges con la mano su carita dulce, contra el sol, y gritas excitado, igual que gritabas hace cinco u ocho años, cuando eras tan feliz, con tu hijta.
Y le gritabas: qué belleza, mi chiquitina, mira qué belleza.

Unos turistas te miran raro, no con pena, sino con esa alegría de quien descubre un hecho extraordinario y no acaba de darle pábulo.
Estás tú solo, le hablas a nadie. Le mueves la carita a un ser inexistente.
Piensan los turistas que eres un performer. Un actor que interactua con otros actores invisibles, en una representación fantasmagórica. Y genial
                                             (a los turistas cualquier tontería les parece genial)
Te tiran un euro. Y la jovialidad de la moneda atrae a alguna monedilla más
          (tú, descubierto en tu farsa, continúas; exageras, teatralizas: quieres más monedas,
                                                                                                                                       las necesitas)
*

Hace años que tu hija dejó de visitarte (muchos, tantos).
Tu mujer te puso una orden de alejamiento.
Esto Rocío no lo sabe (no lo sabía).
Le dijiste que tuviste una mujer, una vez, hace muchos años.
Pero nada de hijos. Rocío detesta los niños.
“Mi feminismo me impide doblegarme a mi matriz”, así se las gasta(ba) Rocío.
Piensas en esto, de camino a casa, en los beneficios personales (esto es: para ti) del feminismo, en que esta es la única razón quizá por la que dejaste que Rocío viniera a vivir a tu piso. O acaso dejaste que se enamorara, si es que esto acaso sucedió (para ti, sin embargo, el amor está agotado: lo usaste una vez, hasta sus últimas consecuencias, y ya).

Pero toda esta quimera, este deseo de verdad (pensar que Rocío te ama, te amó) proviene de la cerveza peleona, que te embota la mente. Te sientas a descansar en uno de los bancos de la sede central de Correos, en la Plaza de Colón. Te hacen compañía cinco latas de Voll-Damm, acurrucadas a tu derecha, solícitas: junto a las costillas.
La noche es apacible; tanto que te quedas dormido.
Te despierta un guardia municipal, cuando el alba ya se anuncia en el horizonte.
No están a tu lado las cervezas, te las robaron (y también el reloj, aunque ahora mismo no seas consciente). Pero bueno, es un reloj de mierda, te dirás al descubrirlo, mañana, lo compré en un puestecito de los chinos, te dirás. Qué importa.

4.

El ingeniero no vuelve, ni te llama
(y le has debido dejar por lo menos ya seis mensajes en el contestador).
No debería extrañarte, de todos modos. Es frecuente en él. Desaparece y, al cabo de un cierto tiempo x, reaparece, pero nunca solo. Siempre viene con alguna rumbosa chavalita dominicana.
Si un día le registran este piso lo empapelan, seguro. Tiene mogollón de fotografías de adolescentes en posiciones lascivas. Algunas, ejem, muy muy menores de edad. En una esquina de la foto, impreso en colores dorados: un teléfono de contacto. Y un nombre, seguramente falso.
Pero a ti esto no te incómoda (ni tampoco excita); sencillamente no es de tu incumbencia.
Tú piensas en la droga que sabes -o sospechas- el ingeniero tiene guardada en el congelador.

Speed.

(te ha invitado otras veces, no a speed, sino a cocaína, el speed es de pobres)

Piensas: podría cogerle un poquito, apenas nada... seguro que no se entera.
Pero te da miedo que te pille. El ingeniero tiene unos brazotes musculotes capaces de tumbar a un toro. Tú lo viste: no a un toro, pero sí a tres yonquis. Una noche.

(tu mismo rostro fue hogar para una de sus hostias, cuando le exigiste con demasiada insistencia que te pagase el alquiler, una vez que venía con retraso -esto lo vi yo, no es necesario que nadie me lo cuente-; luego se disculpó, te pagó, o eso me dijiste, e incluso te regaló una botella de Jack Daniels, sí, pero la hostia no te la quitó nadie: yo la vi con estos ojitos míos grises, el moratón)

Estos edificios, y no solo sus paredes, sino también los cristales, son puro papel de fumar. Se escucha todo. Oíste (y viste, pues no pudiste resistir la tentación de asomarte al balconcito de tu casa) cómo Wilfredo se enfrentaba con tres macarras y los tumbaba a porrazos. A los tres. Lo has oído también como amenaza a la gente, por teléfono.
Y da miedo. Mucho mucho miedo.
Así que, ejem... mejor me la cojo suave (te gusta esta expresión latina, se la has oído a Wilfredo).

Te masturbas. Pero en el baño, nada de excentricidades hoy.
Para relajarte.
Y luego echas un vistazo a las estanterías del salón.

*

Un enamorado por primera vez
no osa desnudar con el pensamiento a la chica idolatrada
 ni considerarla naturalmente

Esto es lo que encuentras, en una página marcada, subrayada, anotada. Le das la vuelta y buscas en la portada. Dice: Confusión de sentimientos, de un tal Stefan Zweig.
Ay, madre mía, a ver si el Wilfredo nos ha salido gay...

*

En definitiva, que en tu aplicación para la búsqueda de alguna actividad (tu vida profesional es una de puro rácano, apenas te exige nada: es lo bueno de ser rentista), te decides por dedicarte a este librito breve.
Y cada mañana vienes un rato (pero siempre a las once) y vas leyendo algunas páginas.
Sí, es gay. Te dices. O un sentimental.
El amigo Wilfredo.
O no.
Ahora el confuso eres tú, porque la dedicatoria, en la primera página, no deja lugar a dudas.
¿o sí?

Dice:

Para que nunca me olvides.
Y una fecha: 17 de abril de 1993.
Firmado por Luis Alfredo F.


No entiendes nada

(pero esto no es cosa nueva en ti)

5.

El Raval es tu vida, y más específicamente esta calle estrecha, menuda, inhóspita. Y, aun más, este mismo edificio-colmena por cuyas escaleras vas bajando (no hay espacio suficiente para el ascensor, así que nunca tuvo ni tendrá). Naciste en esta planta quinta (donde está el piso de tus padres, que ahora es tuyo). Siempre te ha gustado pensar este piso como una torre vigía, en lo más alto. Si alguien sube hasta aquí se escucha el crujido de los pasos en la escalera de madera: nadie puede sorprenderte en esta atalaya, te dices. Un buen lugar para vigilar el mundo.
Además, también el piso de al lado es tuyo, donde vivían tus abuelos y ahora vive Wilfredo. Toda la quinta planta en tu poder (al menos mientras no regrese Wilfredo)
No sales de estas calles del Raval si no es estrictamente necesario. Aquí tienes todo lo que un hombre podría necesitar. Tu razón de ser está aquí.
Con el alquiler del piso de Wilfredo has venido pagando la manutención de tu hija (no te dejan verla, pero tienes que pagar sus gastos, eah que sí).
De la miseria que te queda, salen tus gastos propios: exiguos, roñosos, como una alpargata.

*

Este es tu mundo: los tres bares de la esquina, uno con terraza (magníficos los precios, baratos; y aquí no hay turistas, solo gente del barrio, de toda la vida). En una calle paralela a esta hay otro bar, de comida tradicional (menú barato, entre semana, mucho currela). Y si te sientes atrevido, en una noche loca, puedes alejarte cuatro o cinco calles, al antiguo cabaret Sin gracia (que ahora se llama La Taberna Maravillosa). Nada de gin tonics con pepino ni mariconadas, whisky on the rocks: cuatro euros.
La vida es agradable aquí...
Pero Rocío es un alma cosmopolita.
Y eso os trae algunos problemas.
No desde hace tiempo, ya unos meses largos, desde que comenzó la lucha sindical para que no privaticen el hospital donde trabaja Rocío (no está en Barcelona, el hospital, sino en la periferia: en el extranjero, en tu opinión).
Lo que quiero decir es que anda tan ocupada... que para mí es una bendición, me dijiste, lo recuerdo (pero yo sabía que era mentira, cómo no iba a saberlo), una de aquellas pocas noches en las que me contaste tu vida, puesto que sus demandas respecto a mí, respecto a lo que es o debería ser un buen novio, me decías, tienden hacia la nada más absoluta. Y mi anarquía, en este contexto, halla su razón de ser.

(recuerdo perfectamente esa frase, tan pulida y limpia para un borracho que solía tartamudear tanto)

O, al menos, así me lo expresan mis instintos. Mi natural tendencia al desparrame.
                                         (eso me dijiste, o algo así)
Téngamelo en cuenta, señorita (ah, y esa caballerosidad tuya tan desgastada y apolillada, igual que tú): solo un ácrata es capaz de sentarse a las siete y cuarto de la mañana, en la terraza del Tres Tombs, y pedirse una ginebra con naranja.
Yo.
(hay que ser un hombre de valor para adentrarse en terreno enemigo, me dijiste)
Un ácrata, ah, sí, ya se lo dije: pero también -de vez en cuando- un sibarita.
Porque lo soy, yo, de sibarita.
Aunque este esnobismo tonto, este orgullo de propietario, de potentado (tengo dos pisos, recalcabas siempre, dos; no uno: dos), vaya, me dura más bien poco. Porque, además, escúcheme señorita (nunca te aprendiste mi nombre, África, África, África) estoy en territorio enemigo, me repetías, y es que a ese bar vienen un chorro de turistas.

*

A pesar de haber vivido toda tu vida aquí, no eres muy popular entre los vecinos.
Fantasmas, te parecen todos. De tan vistos como los tienes puedes mirar a su través

(me acuerdo de una noche de lunes, aburridísima, te pregunté: ¿eres capaz de mirar a través mío?
Te quedaste callado. No me dijiste nada. No tuviste agallas)

Van pasando vecinos, y siempre hay alguno que te saluda (bueno, que hace algún gesto con la cabeza, como un desquite, igual que si quisiesen sacarse una mosca del peluquín).
Entretanto, lees un libro que le has birlado al ingeniero.
Cartas a Evelina, se llama.
Es un intelectual del carajo, este Wilfredo

(cómo te gustaba repetir esto, cuando era evidente que el tipo era un bruto, un animal; quizá lo hicieses para impresionarme, pienso ahora, no para seducirme, desde luego, y no porque pensases que no tenías ninguna oportunidad conmigo -no sé, quizá alguna tuvieses, quién sabe, la vida es tan rara-, sino porque no te interesaba el romance, tú única preocupación era la botella, eso y nada más)

*

SEÑORA: Yo he cambiado mucho! De pocos años a esta parte soy otro, es decir, soy el mismo en otro. Esto no tiene nada de particular si usted tiene en cuenta que no he hecho otra cosa que no sea obedecer a la más general de las leyes de la Naturaleza.

(Esto es lo que pone en la primera página del libro, Cartas a Evelina, te intriga)

*

Tú también eres otro en tí mismo, piensas, ayudado por la fuerza de las varias cervezas (y de los dos whiskies). Antes de ser un anarquista tú eras un hombre de bien. Lo recuerdas. Honrado, y trabajador (durante larguísimos años fuiste mecánico). Estuviste tan enamorado de ella, de tu mujer... tanto. La conociste aquí, en el Raval. Vivía en tu mismo edificio. Toda la vida juntos, desde chicos. Os hicistéis novios a los doce años, y luego os casásteis, y luego... qué pasó luego.
Pues qué va a pasar, hombre. Lo sabes perfectamente.

Ella y tú érais primos.
Primos lejanos, sí, pero primos, en fin de cuentas: ambas familias originarias de Extremadura.

Pides un trifásico (café, leche, coñac), en un intento por aclararte, por ver las cosas con alguna perspectiva. Y porque, además, ya se ha hecho la hora de comer, y tienes las piernas entumecidas.
Pero volver a casa... no, te aburres en tu casa, y aquí, de todas formas, se está tan agustito... pides un whisky más. Solo uno más. Pero no. Imploras. Y te dicen que no. Solo uno. Que no. U-no.No.U-no. No. Que no. No.
Tuputamadrecabrón.
Explotas: mí, a mí, mímímí... a mí. Tuputamadrecabrón.
Y le das una patada estupenda a la mesa. Salen volando algunas sillas.
Hijodelagranchingada
(los nuevos camareros son mexicanos, qué risa, pensaste entonces, recuerdo que me lo dijiste)


Maldices el suelo que pisas, gritas en todas direcciones.
Un extraño, un fantasma (pero tú no lo oyes, obcecado por tu grito) le dice a otro:
 joder, otra vez el tío este gritando lo de los cien millones de pesetas.

(Y es verdad: yo lo he visto. Me enseñaste la cartilla del banco. No parecía una falsificación)

Te los ingresaron por equivocación. Fueron tuyos, sí, pero eso apenas duró un microsegundo. Nada. Pluf, Ni eso.
Desaparecieron
(aunque tú crees que siguen siendo tuyos, que te adornan)


Unos turistas, son una familia: un chico adolescente, una niña de unos siete años, un hombre robusto, de unos cuarenta, y su mujer, más frágil, rubia. Te miran con una mezcla de curiosidad, pasmo y miedo, en tanto que te acercas a ellos.

Pero no quieren comprobar tu cartilla de ahorros, les apasiona lo esperpéntico del espectáculo
                                                                              (no habrán leído a ValleInclán, pero eso da igual; casi nadie ha leído a Valle-Inclán)

Sacan unas monedas, te las dan.
Y huyen.
Tú sigues con la cartilla del banco en la mano, esa cartilla que llevabas el día en el que yo te conocí. En el portal de tu edificio-colmena, donde yo me mudaba.
Esperaba a que regresase mi nueva compañera de piso, Rocío. Tu Rocío, la misma. Sí. De eso me enteraría más tarde. No era tu novia, pero qué más da.
Contradecirte era una perdida de tiempo.
Se te metía algo en la cabeza y no había manera de sacártelo.

Dudo que tengas una hija (aunque nunca se sabe). Lo del amor de tu vida sí me lo creo. Lo de tu mujer, tu prima. Lo creí desde el primer momento. No se bromea con eso.
Uno puede fanfarronear con cientos de cosas, pero no con el amor.
Eso una mujer lo sabe. Lo percibe. Lo siente.
Quizá esa fuera la razón -la única razón- por la que dejé que Diego, el portero del bar de copas donde trabajaba, al lado de casa (yo también me hice ravalera, nunca quería salir de ahí, de ese mundo fascinante que ahora extraño tanto), no te echase a la calle, aquella primera vez que viniste a verme (no sé cómo te enteraste de que trabajaba allí, te lo diría Rocío, supongo), aun cuando era del todo obvio que andabas muy muy pasado de vueltas. Pero tú no podías vivir tu vida si no era con una copa de más (con unas cuantas, en verdad).
Te caíste de la silla, armaste jaleo. Aquel día.
Pero, no sé, había algo lastimero en tus ojos abatidos.
Esos ojos implorosos que no sé ya si siguen contemplando el mundo, ese pequeño mundo del Raval, un mundo fascinante que yo también compartí contigo, y con cientos de personas más, hace ya por lo menos diez años.

Ahora he vuelto a mi pueblo.

Es lunes, dicen que es el día más triste del año. Lo acabo de ver por la tele.
Quizá por eso me acordé de ti, ahora. Quizá por eso me serví yo también un whisky, de buena mañana, como a ti te gustaba.
Y me resulta raro, porque apenas charlamos cinco o seis veces. Me fuiste contando estas cosas y quizá muchas otras que no recuerdo (algunas cuantas mentiras seguro, los borrachos sois así, qué le vamos a hacer). Luego alguna vez nos cruzamos en la escalera, pero tú ni me veías: era para ti un fantasma, igual que todos los otros. Me borraste.
Lo extraño es que me acordé hoy de ti, pienso, y de todas estas cosas tuyas. Pero, sin embargo, y fíjate qué curioso es el mundo, apenas recuerdo el rostro de Manuel, mi novio de aquella época, con el que estuve saliendo por lo menos un año, o un año y medio. Y lo quería, Lo quise mucho. Creo.

Ahora no tengo trabajo, y me paso las horas estúpidas en casa, a la espera de que vuelva mi madre de un recado, de ver a una amiga, de misa, de donde sea que se haya marchado, ya me da igual (sí, tuve que volver aquí, a este pueblo odioso, me ejecutaron la hipoteca de la casa, qué rara es la vida, joder).


África, sí, como el continente, así me llamo.
Pero tú erre que erre, que no, que África es y no puede ser más que el nombre de un continente, no un nombre de persona.
Se te metía algo en la cabeza y no había manera de sacártelo.
Qué más da.
Pero yo sí que me acuerdo de tu nombre, eso no se me ha olvidado: Ra-úl Ce-ba-llos Gar-cí-a.
Raúl es un nombre bonito, sí, pienso, un nombre adecuado para una persona real,
de carne y hueso; y de buen corazón.
África no. En eso quizá sí tenías razón, he de concedértelo.
África (el nombre, pero también la persona: yo) no es más que un chiste, y uno de los malos. Igual que esos que solías contarme tú, cuando no sabías ya de qué más hablar.
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Foto: Miroslav Tichy

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