Carlos Polo Es de noche cuando los gatos son pardos

La oscuridad y su tinte felino

sábado, noviembre 03, 2018Revista CORONICA

Por Jaime Cabrera González



…estamos todos locos y en una celda solitaria

William Golding,

La oscuridad visible

Hay novelas que tienen la virtud de abrir la puerta del interés desde los primeros indicios de la existencia de un trazo febril; que le hacen creer a uno que podrá llevar a cabo un rápido recorrido por toda la casa hasta el otro extremo, ese traspatio en donde espera la resolución de los conflictos planteados. Pero muy pronto se cae en la cuenta de que, aunque se desee atacar la lectura devorando páginas y páginas en un solo tirón, lo que mejor conviene es ir despacio, lento, sin apremio y disfrutar de una prosa dúctil, rítmica, de coloración poética, así en el fondo haya plasmada una historia fraguada con un material duro, un metal tenaz.

Esto fue lo que encontré al alcanzar la última página de Es de noche cuando los gatos son pardos, la novela de Carlos Polo ganadora del primer puesto en su categoría en el Portafolio de Estimulo del Distrito de Barranquilla. Una obra que se me ocurre está hecha para ser leída con una imagen hurtada al escritor norteamericano John Cheever —así no se trate precisamente de visitar el Paraíso (más bien ir al Este)— o, por lo menos, con ese espíritu: “En la cama, en una casa vieja, una noche de lluvia…”, con los perros dormidos; y que, además —doy fe de ello—, no pierde su vigor en las relecturas (esto último gracias a que su trama lo permite sin descoserse pues hasta el desenlace es coherente y estéticamente satisfactorio, no obstante, más de uno trine no sé qué cosa. También hay lectores así…, no hay más que ir a una de las novelas de Severo Sarduy para encontrar el epíteto que ellos se merecen).

Cuando se avanza en sus matices también se descubre que nada va para donde se suponía que iba, que la cuestión es mucho más compleja, que no se trata solo de lo apostado en el capítulo inicial —este surgió como una falsa bandera, una trampa para capturar al lector, un pretexto—, sino que las variadas situaciones narradas, los hechos múltiples que jalonan la novela, tienen otra finalidad que la aleja de la anécdota. Poco a poco crece y se fortalece como una propuesta literaria que consiste en encajar las piezas vitales en la construcción de una metáfora existencial y contorno definitivo: la del protagonista frente a un cruce de caminos y destino adverso, en busca de sí mismo y no sólo de las sombras que pisa.

Carlos Polo no se aferra a lo que le hubiera garantizado el desarrollo de una fábula conmovedora, una estremecedora historia cuya temática ya era de por sí atractiva, y que le hubiera bastado con su pericia de novelador para contar con solvencia, sino que acude a otras facetas en que desplegar elementos recónditos de la condición humana de tal manera que le den una mayor gravedad y riqueza a la novela; profundidad que obliga a pensar, todo desde la óptica de quien narra, se convierte en personaje y se ve afectado tanto por los sucesos y el entorno en que se mueve como en su labor y en su vida íntima e interior.

De un episodio inicial, titulado “Caso”, en que se cuenta la aparición de una joven violada y ahorcada llamada Julika, se da paso al relato periodístico, a las crónicas sobre una sucesión de asesinatos de mujeres llevados a cabo con similares características durante varias semanas; con el telón de fondo de un mismo barrio periférico; y con la voz oficial de las autoridades que insisten en que son incidentes aislados para evitar una situación de pánico en la ciudad y que como tal debe presentar el reportero asignado al caso por un prestigioso periódico.

Aunque el hilo conductor son estos feminicidios y, por ende, la aspiración a que se resuelva lo que se mantiene en suspenso, es decir, quién es el asesino, qué lo motiva a matar mujeres, la novela toca el drama personal del protagonista y narrador. Este es un reportero de las páginas judiciales que muchas veces aparece condenado al turno de la noche (visto como un castigo), y que en las jornadas diurnas (cuando no está suspendido) tiene asignado informar sobre nuevas mujeres asesinadas y en qué va la investigación de las ocasiones anteriores. Es un amante del cigarrillo y los licores baratos. Vive en una pensión junto a inquilinos solitarios, desadaptados, desencantados como él, y prostitutas (con una de ellas ha establecido una extraña relación). Amigo de un exboxeador que se pasea en una moto con música a todo volumen y le aporta datos. Pero mucho más tenebrosa que las noticias que cubre es su inestabilidad laboral, que se balancea en la cuerda floja de los despidos del periódico cuyo director —a quien considera un tirano que cuenta con un adlátere, el jefe de redacción—, le hace la vida más difícil que aquello que debe enfrentar cada día en la calle.

Otro de los resortes nos revela la impotencia del reportero al no poder comunicarse con su hija, la niña de sus ojos, ya que su mujer no sólo lo ha abandonado, sino que procura establecer distancia y alejarse hasta desaparecer. A la par con estos conflictos, el periodista nos traslada a otras instancias; casos propios de la denominada crónica roja; sus reacciones mentales y puestas en escenas imaginarias ante confrontaciones en la oficina de la dirección o en la sala de redacción del rotativo; sobre el conductor y el fotógrafo que lo acompañan en sus misiones; de qué manera sus crónicas son bien o mal recibidas; las fuentes que no revela, pero que le permiten al lector de la novela conocer a quienes rastrea para armar sus notas; su vida bohemia, la noche, los bares de mala muerte, las verbenas, los personajes típicos de ciertos patrones; la casa de pensión en donde vive y otros hábitat de la marginalidad; páginas que recuerdan las de un diario y que a veces corresponden más que al trasnocho y la resaca, a una pesadilla infinita y pesimista.

La novela está segmentada en nueve capítulos. Narrada en tercera persona cuando se presenta el acontecimiento y en primera persona ya desde la perspectiva del periodista, quien relata en tiempo presente para que el lector lo acompañe en todo momento, en simultánea, pues los hechos se suceden en esa estrechez de una actualidad que cambia, y se entere en el instante con él, padezca los intríngulis de su oficio o se confunda también cuando las víctimas se le aparecen y le hablan en una entremezcla de lo real y la ensoñación, sin caer en explicación alguna.

A lo testimonial, a la objetividad periodística, Polo le encuentra su revés pues se acoge a la inventiva, es decir a la literatura, y a una gama de recursos ficcionales. Algunos de ellos de orden estilísticos y otros, de técnicas narrativas; satura la adjetivación y encadena las definiciones, utiliza términos callejeros, extranjerismos, frases inventadas, neologismos, fragmentos de canciones no como parte de una banda sonora que acompañe a la narración, sino inherentes a esta misma y a lo que dicen o sienten los personajes; crea atmósferas y señala tonos en circunstancias y sitios precisos. Habla en clave popular sin caer en lo folclórico; da un espesor a los personajes no sólo por lo que describe de ellos y permite verlos con sus rasgos a mano alzada, sino cómo actúan, hablan o piensan. Hay una concreción en el tiempo y en los espacios. Sorprende con la voz de escritores de otros tiempos que escoltan al protagonista y le recitan apartes de sus textos a través de su teléfono móvil.


En fin, esta novela tiene la sazón básica para lograr la aceptación que bien se merece: la crónica roja, la tensión, la fantasía, el humor, la vitalidad, la frescura, lo musical, el lado B, la especulación…, a lo que hay que agregar los desparpajos del lenguaje, que se la pueda navegar sin enredarse y que las historias estén urdidas en lo pardo de la oscuridad urbana con sus gatos y todo, pero al final concluya a la luz de quienes aún no se han enterado de lo terrible de la condena.


Es de noche cuando los gatos son pardos una obra que me lleva a un tema musical cubano que endilga el éxito a saber en dónde está el detalle que atrapa, que mata, que evidencia aquella poética que podría ser puesta en los labios de Carlos Polo a la hora de revelar su influencia, experiencia y magia; él respondería como el reportero de judiciales de su novela (repitiendo lo que dice dicha canción): “No soy adivino, lo que pasa es que yo tengo calle”.

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