featured Keren Marín

Apolo, ¡quitad de nosotros el manto de la "ciencia"!

domingo, junio 16, 2019Keren

Si se trata de buscar culpables, diré que todo ha sido responsabilidad de la academia. Quien se haya visto envuelto entre normas de citación, índices de productividad y anhelos de reconocimiento, sabe bien que la institución demanda sacrificios, como aprender el lenguaje de la ciencia y entregarnos con devoción a los anhelos de objetividad. En este pequeño cosmos de teorías, datos y cifras, se dice que la razón es la única luz que ilumina nuestro camino: sin ella seríamos solo materia, espíritus incapaces de desentrañar los mecanismos y leyes del universo. Será por ello que hacemos de nuestra escritura un laberinto: entre más oscura, densa y despojada de experiencia sea nuestra narración, somos aparentemente más ingeniosos y sagaces. Allí donde hay árboles, nombramos sujetos arbóreos y donde hay casas, unidades domésticas habitables. Creemos que con tales artilugios rendimos culto y homenaje a la utopía racionalista, pero nuestro conocimiento deviene a ser un discurso grandilocuente, vacío y alejado de la vida y sus historias mínimas.

Lo más trágico de esta situación, es que aquello que puede salvarnos de la trampa cientificista rara vez es cultivado en los claustros académicos: la creatividad y la imaginación. Dichas fuerzas- aún en el siglo XXI- son consideradas contrarias al conocimiento pues nos desvían hacía el ámbito de la percepción y nos alejan, en consecuencia, de los hechos. Esta lucha entre lo lógico y sensible, asume al ser como una dualidad en constante oposición y no como una totalidad sentipensante capaz de integrar razón y creatividad. Maria Sibylla Merian -naturalista, exploradora y pintora- fue una de las primeras mujeres en desafiar esta postura. Con tan solo trece años inició sus observaciones sobre la metamorfosis de las mariposas, animales considerados entonces por la iglesia como engendros del demonio ya que estos, se creía, surgían del lodo por generación espontánea. En su libro la oruga, maravillosa transformación y extraña alimentación floral, Maria plasmó el ciclo de vida de los insectos y sus procesos de transformación mediante dibujos y pinturas que pronto se transformaron en obras de valor científico.

Fue tanta su curiosidad y el deseo de reunir arte y ciencia que emprendió -junto a sus hijas y contra toda norma- un viaje de exploración en Surinam, antigua Guayana Holandesa. Allí estudió y dibujó plantas e insectos, poniendo especial énfasis en sus pinturas, ya que su propósito no solo era describir la morfología o fisiología de estos animales sino brindar al lector una imagen capaz de evocar aquellos parajes entonces desconocidos. El libro Metamorfosis de los insectos de Surinam, reveló a los europeos seres nunca antes imaginados y ofreció a las generaciones siguientes un punto de partida: el arte como medio de observación, entendimiento y creación.


Un siglo después, Alexander Von Humboldt seguiría sus pasos ya que también consideró la imaginación como una llama capaz de encender la pasión, asombro y admiración por la ciencia, siendo las artes una forma de acercarse a aquellas realidades que se dirigen a nuestra alma y escapan a nuestras mediciones. En libros como viaje a las regiones equinocciales del viejo continente o Cosmos, Humboldt no sólo nos regaló su visión racional de la naturaleza -comparaciones atmosféricas, composiciones químicas, detalles geológicos- sino las profundas huellas que dejó tal contemplación en su espíritu: Miríadas de insectos se arrastran por el suelo y revolotean entorno a las plantas resecas por el ardor del sol. Un ruido confuso sale de cada arbusto, de los troncos de los árboles en descomposición, de las fisuras de las rocas y de la tierra horadada por los lagartos, ciempiés y cecilias. Hay tantas voces que nos proclaman que toda la naturaleza respira; y que, bajo mil formas diferentes la vida se difunde por toda la tierra agrietada y polvorienta”.

Para él, todo aprendizaje debía cultivar nuestro intelecto y creatividad, hacernos más sabios pero también más sensibles e imaginativos. Si somos capaces de describir la forma en que funciona o se manifiesta un fenómeno, también deberíamos ser capaces de conjurar con poesías aquello que conmueve nuestra mente y corazón. Ernst Haeckel, zoólogo alemán, es claro ejemplo del aprendizaje que enciende la llama de la creación: en sus exploraciones científicas llevaba consigo instrumentos como microscopios, placas, escalpelos y pinzas así como pinturas y caballetes, pues quería comprender la complejidad de todo organismo así como su extraordinaria belleza. Fue tal su capacidad de observación y asombro que encontró en anémonas, corales, medusas, cefalópodos y peces, formas y colores tan fascinantes que se dedicó a ilustrar sus propias obras de zoología. Con cada pincelazo -afirmaba Haeckel- lograba penetrar en los secretos de la naturaleza y ver un mundo poético y delicioso.


Desafortunadamente, esta visión romántica y trascendental del conocimiento desapareció con la especialización de las ciencias y sus divisiones disciplinares. En el siglo XX un método basado en la poesía, la ciencia y el arte era visto como una excentricidad y no como un camino capaz de cultivar la curiosidad y ensoñación. Fue así como lo artistas quedaron encerrados en sus talleres y los científicos en la asepsia de sus laboratorios. El conocimiento terminó convertido en monopolio de especialistas, en publicaciones empolvadas consumidas por el voraz apetito de los comejenes. El arte brindaba a la ciencia la posibilidad de manifestarse en cualquier escenario: las publicaciones de Humboldt, por ejemplo, eran leídas por investigadores, poetas, cocheros, reyes y albañiles. Su lenguaje no buscaba la pretensión sino la forma de transmitir amor por el conocimiento y hacer de la ciencia un saber accesible y popular y ¿qué mejor forma de hacerlo que a través de aquello que conmueve al corazón?

Por eso hoy lanzo mi plegaria: "Apolo, ¡quitad de nosotros el manto de la “ciencia”!

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1 comentarios

  1. https://www.letraslibres.com/mexico/ciencia-y-tecnologia/la-ciencia-esa-aterradora-desconocida

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