Payaso metropolitano, por Joey Rego

"Cuando te casas, ya ni te dejan tener medias con huecos. Te lo juro que es así pana, te las botan, sin preguntar te botan las medias", así me lo juraba el chofer de un taxi que olía a humedad de vodka. Los vidrios no bajaban y el tráfico detenía el tiempo. Eran días de Carnaval y la mitad de la ciudad se iba a de viaje o regresaba de él. 
 |CRÓNICA



A los 45 minutos, decido que lo mejor sería bajarme del taxi antes de seguir escuchando al chofer hablarme de su esposa como si fuera Catalina La Grande. Lo dejo quedarse con el vuelto solo para evitar pasar más tiempo ahí adentro. Era como estar atrapado en la garganta ebria de algún integrante de La Sonora Dinamita.
El problema de Caracas, es que nunca sabes si tomaste o no una buena decisión.
Entraba la noche y pude ver una estación del Metro cercana, así que cualquier cosa parecía mejor que aquel taxi. Cuando entré a la estación, agradecí que fueran días de Carnaval, la mitad de la ciudad se encontraba arriba, en sus carros, en colas infernales de horas y horas. El Metro se encontraba prácticamente vacío; una pareja en una esquina, dos estudiantes compartiendo historias de sexo y uno que otro obrero con pantalones manchados de blanco. Me paré lo más lejos de todos, cerca de la franja amarilla que tanto nos protege y cuando la luz del gigante se acercaba, podía imaginar llegando a casa y olvidándome de todo. Después de encontrar a mi novia semidesnuda con mi mejor amigo y pasar más de cuarenta minutos en una botella de vodka con ruedas, solo quería llegar a casa.
Abordé el tren y creo fue de las primeras veces que me he podido sentar, traté de cerrar los ojos y reclinar la cabeza, sabiendo que me esperaba un viaje de diez estaciones por delante.
Habían pasado tres estaciones cuando desperté deseando estar en casa, aún faltaban muchas estaciones, me di cuenta que dormirme a esa hora y con todo tan solitario fue movimiento de caraqueño amateur, decidí abrir los ojos y estar alerta. Noté que el piso estaba lleno de confeti y empaques vacíos de chucherías que me recordaron que estaba, como dije, en días de Carnaval.
Llegamos a alguna estación cuando un escuché un escándalo cercano, pensé que tal vez una persona se había quedado atrapada en la puerta, quizás algún durmiente subterráneo como yo que despertó segundos antes de alejarnos de su estación. Pero noté que un grupo de personas corrían fuera del tren y  los gritos se acercaban.
Pocos minutos después, un grupo de payasos había entrado a mi vagón. Si, payasos en el vagón. Entre seis o siete hombres y mujeres, maquillados, con botellas y palos de madera. Ninguno era como Doctor Yaso, más bien todos parecían una versión dipsómana de Tim Curry. Como andar en el mismo infierno de Bob Gray. Saltaban de un asiento a otro y se mecían con las agarraderas escupiendo alcohol y empujando a los pocos que se encontraban en el vagón.
Entre las normas del Metro De Caracas, no hay nada sobre qué hacer si hay un ataque de Augustos y Contraugustos en un vagón. Traté de pasar desapercibido hasta que llegáramos a la próxima estación, aprovechando que desmoralizaban a una pareja, burlando al novio y manoseando a la chica.  Me vieron al final del vagón, corriendo hasta mí.
Por mi cabeza solo pasaba el taxi de vodka y Catalina La Grande. En Caracas nunca sabes si tomaste una buena decisión.
Entre cuatro payasos me agarraron por  los brazos y piernas, me levantaron y me lanzaron a lo largo del vagón. Corrieron hacia mí, me levantaron de nuevo y me sentaron. Trataba de defenderme lo mejor que podía, recordando mis días en el escuela del Shihan Yushu Ikura, pero tampoco había aprendido nada para un ataque de payasos. Logré estampar mi zapato en la cara de uno, mientras otros dos me golpeaban el estómago y uno me besaba la cara y me maquillaba, otro payaso, gordo y con tatuajes desteñidos en el brazo cantaba alguna canción para niños, de esas doble sentido que en verdad hablan de la Peste Bubónica.
El Metro sufrió algún tipo de retraso que ocasionó una parada de golpe y pude ver a los payasos caer al piso del vagón. Aproveché para correr y acercarme a la última puerta mientras el tren retomaba el viaje, esperando que llegáramos a la próxima estación antes que los payasos fueran por mi dignidad  de nuevo. Claro, el Metro nunca es lo suficientemente largo como para salvarte de un ataque de payasos.
Bozo y Ronald McDonald me agarraron por los brazos pero habíamos llegado a la estación, logré zafarme y al menos golpear a uno en la cara con un codo, salir del tren y tirarme contra la pared de las escaleras afuera del vagón. Buscando aliento y tratando de entender lo que había sucedido. Los payasos no saldrían del tren, su vaudeville no había terminado. Me miraban fijamente riéndose mientras el tren cerraba sus puertas y partía al este.
Subí buscando la salida, pensé en reportar lo sucedido pero golpeado y oliendo a Vodka, no lograría convencer a Seguridad de haber sido atacado por payasos.
Al salir, tomé un taxi a casa. El Chofer me preguntó por los golpes, le hablé de los Payasos y creo lo tomó metafórico; “Si, hoy en día hay muchos payasos en todos lados” y vaya que es así.
Al llegar a casa, mi madre me recibió escandalizada por mi apariencia. Traté de explicarle lo que había sucedido pero solo recibí caras de desconfianza mientras se alejaba murmurando que probablemente estaba ebrio llegando de alguna orgia, buscándole sentido al maquillaje en mi cara. Le hablé de los payasos, me respondió que el payaso era yo.
Tomé una ducha, me acosté desnudo en la cama adolorido. Recordé a mi novia con mi mejor amigo, y si, al final el payaso había sido yo.
En esta vida nunca sabes si tomaste una buena decisión.

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Ilustración especial para Revista Corónica por Andrés Espinosa

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