La caja negra y sus fotografías




La caja

Andrés vagabundeaba de noche por el centro de la ciudad, interesado en conseguir una lectura que lo estremeciera provocándole inquietud. Quería asustarse y esconderse bajo las cobijas, usarlas como armadura contra las pavorosas elaboraciones de su mente, inducidas por misteriosas palabras.
Las tinieblas rondaban a las estrellas que acompañaban al lector, cazador de emociones, quien pese a la motivación empezaba ya a sentirse agotado y desilusionado dispuesto a retornar a casa. Sin embargo, la magia se hace esperar y Andrés se la encontró justo antes de perder la esperanza.  Un  letrero  de  tienda  esotérica  lo  invitó  a  pasar, adentro lo recibieron esculturas de arcilla con formas tristes de personitas llorando o clamando; obras que presentaban demonios, brujas y santos, adornados con telarañas. Mezcla de inciensos y tabaco alrededor le turbaron los pensamientos y los sentidos.
El hechicero le dio la bienvenida. De entre arrumes de basura extrajo una   caja   de madera   grabada con   La   tentación   de   San Antonio y San   Antonio,   atormentado   por   los   Demonios   y adornado con cruces. Era un cofre de ébano que le entregó enseñándole sus tres diente. En lo que éste se distrajo el viejo desapareció y solo quedó flotando un humo espeso.


De  todas  maneras,  resultaba  demasiado  fabuloso  que  no  le hubiese costado nada algo tan increíble. La caja negra permanecía aun sin abrir, pero el olor que emanaba aunque suave era desagradable. Andrés la observaba, la sostenía, la acariciaba aterrorizado y curioso; la contempló eclipsado por un instante hasta que la abrió despacio. El misterioso cofre contenía un libro que plasmaba el mismo dibujo de éste, también guardaba una rara figura de arcilla, era un niño sujetándose el vientre en señal de dolor. Parecía que ninguno de los objetos derivaba olores fétidos, por lo cual no podía entender de dónde procedía el hedor que se intensificaba.
Las imágenes de la extraordinaria edición, más que dibujos o ilustraciones, mostraban macabras fotos reales de cadáveres destrozados, niños muertos, jóvenes colgados, desangrados, disparos en la cabeza y toda clase de escenas perturbadoras. El muchacho más que impresionado quiso deshacerse de aquello. Con seguridad estaba inmerso en su peor pesadilla, porque cuando las echó a la chimenea vio a cada una de las atormentadas imágenes regocijarse y contraerse entre las llamas. Infierno o purgatorio, él ya hacía parte de eso.
Se  encerró  en  su  cuarto  y  notó  que  el  olor  a descomposición se había acrecentado y apoderado de toda la vivienda. Se tiró en la cama para esconderse entre las cobijas y hacer de cuenta que nada de eso estaba sucediendo, solo ansiaba despertar. No pudo escapar, pues justo ahí con él estaba la estatua con expresión de dolor, viéndolo. Se precipitó de la cama hasta la ventana y arrojó muy fuerte la representación, confiado en acabar así su malaventurada idea. Maldecía el instante en que se cruzó con aquel desgraciado negocio.

Por la mañana, su mamá entró para dejarle diez mil pesos que puso en la mesa de noche, y un beso en la frente. Andrés quedó estupefacto porque ella no había percibido el olor inmundo de su cuarto. Cuando salió, el chico prácticamente de un salto cayó en la ducha y con una esponjilla frotó su cuerpo hasta que el dolor de las raspaduras fue prueba suficiente para acabar la limpieza. Hizo de todo para eliminar el apestoso ambiente, desde perfume,  hasta  incienso  y  cigarrillo;  y  cuando  creyó  que  ya estaba resuelto  el  asunto,  al  sacar su  abrigo  del  armario  ¡ahí estaba la figura de arcilla!, horrorosa y fétida.
Estaba asqueado por culpa del olor a podrido y se sintió desamparado e impotente al no poder deshacerse definitivamente de todo lo relacionado con aquella caja. Huyó exasperado de su casa con el dinero que le había dejado su madre y abandonó la “cosa” entre la basura de afuera. Se metió en un bar para esconderse tras vasos grasosos llenos de cualquier licor, intentando emborracharse cuanto pudiera con la cantidad que tenía. Entre más bebía  su estabilidad más disminuía. Salió trastabillando hasta llegar al lecho, pero no le fue posible descansar pues un objeto le apretaba la espalda.
Andrés no soportó el acoso de la maldición y su única salida fue terminar con todo. Se amarró un cinturón al cuello y se ahorcó del el techo, así como le había mostrado  una de las  fotografías espantosas.  Sus  ojos  abiertos pero inertes parecían mirar a la maldita escultura perpetuamente.

La madre, 2 días antes

Doña Antonia despidió a su hijo por la noche. Iba a comprar un libro de miedo de los que le encantaban. La oficiosa mujer se dispuso a lavar los platos y a asear el hogar en compañía del perrito sarnoso que su hijo había adoptado hacía una semana; el animal, naturalmente curioso y hambriento comía cualquier cosa que encontrara por ahí, entre lo cual, un día antes tuvo la desdicha de toparse con un veneno que la señora tenía preparado para los ratones que paseaban por doquier.
De repente, entre chillidos y vómitos el pobre animal empezó a colapsar repentinamente ante la mirada incrédula de la pobre mujer que no tuvo tiempo de reaccionar. En cuestión de minutos el sarnoso ya había abandonado esta tierra, y a doña Antonia solo se le ocurrió deshacerse de la mascota de su hijo. En una bolsa metió al difunto y lo guardó hasta que pasara el camión de la basura, sin reparar en que el camión iría en tres días. Unas horas luego del incidente, ella comprendió que lo único que podía hacer era conservarlo un poco más, y lo dejó oculto  en el patio de ropas.
Al día siguiente, al despertar, lo primero que notó fue la pestilencia que invadía la casa. La angustia no le permitía pensar con claridad, sin embargo, hizo cuanto estuvo a su alcance para disimular ante su hijo, a quién pensaba decirle que el tierno perro había escapado por la noche.
Yendo para el trabajo recordó que no se había despedido del chico, de inmediato se devolvió y  en el camino tropezó con una particular y escalofriante estatuilla, la cogió emocionada y sin dudarlo se la llevó a Andrés que gustaba de ese tipo de cosas desagradables. Quiso sorprenderlo y situó el obsequio en el armario con los abrigos, besó en la frente a su hijo y dejó diez mil pesos sobre la mesa de noche.
Cuando regresó de su trabajo fue a buscarlo llena de expectativa por todo lo que estaba aconteciendo, pero al abrir la puerta presenció lo peor que puede ver una madre: su hijo yacía colgado del techo con los ojos enclavados en la macabra figura de arcilla.

El testigo

Ahí estaba el morboso policía tomando fotos, inquieto de irle a vender unas copias al anciano misterioso de la tienda esotérica del centro.

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