Cosas de campo, por Camila Bordamalo


Durante los últimos tiempos se había apoderado de mí la abrumadora sensación de que la degradación del mundo iba muy rápido, por eso creí conveniente darme un aire y salir de la ciudad. Nos metimos por  caminos polvorientos y estrechos, subimos montañas y peñascos de tierra roja bajo un cielo impoluto. La alta luminosidad del lugar, comparable sólo a la del Sahara fue estableciéndose a medida que avanzábamos. Cuando divisamos la casa de nuestro amigo campesino allá en lo alto, ya hacía calor, pese a que era temprano. 


Como el camino fue encogiéndose ante la inmensidad de la montaña, dejamos el carro bajo la sombra de un árbol semidesértico, sacamos las bolsas con las viandas para el desayuno y empezamos a caminar.

Llegamos acaloradas, abotargadas. Corrí a la sombra del zaguán, la frescura de la tapia pisada era una bendición. Los perros siguieron batiendo la cola y olisqueando nuestras bolsas, eran café amarilloso como las piedras dispuestas en fila sobre el piso de tierra, de pelo corto, con la cola larga y arqueada hacia arriba. Tulio salió a recibirnos, en medio de la baraúnda del saludo se asomaron dos hombres con sombrero.

_Vienen por el ternero, -nos dijo Tulio-, les vendí un ternero ayer.
_¡Vamos a verlo! ¿Puedo dejar esto aquí o los perros lo cogen?
Tulio me recibió las bolsas, las entró y salió en seguida.
_¡Sigan! Les gritó.
Los hombres entraron, aseguraron la puerta enganchando la argolla de alambre al  palo y caminaron hacia la casa.
_¡Buenas!
_Buenas, cómo están.
_Unas amigas de la ciudad, -nos presentó Tulio-
_Mucho gusto.

Después del apretón de manos y las palabras amables nos fuimos con ellos por el ternero, terminada la diligencia haríamos el desayuno y nos lo comeríamos frente a aquella vista maravillosa. La casa de Tulio queda en una muela de la montaña, su parcela llega hasta donde empieza el abismo, si uno se asoma bien al borde y se inclina un poco puede ver la carretera destapada abajo. Al frente se ven la cordillera, el río y algunos pueblos pequeños. Los perros nos siguieron alegres.

El ternero se había salido del corral, estaba tranquilo, parecía contemplar el paisaje. Le colgaba una cuerda delgadita del cuello, una cuerda amarilla pálida como los ojos de los perros. Uno de los hombres de sombrero se acercó para cogerla, pero todo pasó en cuestión de segundos. Pasó un chulo, volaba veloz y bajito, Silvia y yo hasta nos agachamos un poco porque el animalaco volaba muy bajo, el ternero se asustó y echó a correr apenas lo sintió pasar encima suyo, la sombra del ave duró más en la tierra que el ternero que se lanzó al abismo hacia una muerte segura, mientras el chulo planeaba sobre el vacío, impasible.

Camila Bordamalo García
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