Por COLOMBIA CUENTOS Jerónimo García Riaño

Iniciando Sesión

Por Jerónimo García Riaño

El despertador suena. Juan Manuel abre los ojos, toma el celular de la mesa de noche, mira la hora y con un ligero movimiento de los dedos sobre el teclado del aparato, cancela ese suave silbido de Kill Bill que lo ha sacado del sueño. Devuelve el celular a la mesa, gira hacia el otro lado de la cama y encuentra el rostro dormido y escondido en el pelo largo de Daniela, su esposa desde hace dos meses. La observa: un mechón de pelo se levanta al ritmo de la respiración y siente el aliento que sale de la boca abierta. Con pequeños besos sobre el rostro oculto, Juan Manuel despierta a Daniela que se mueve y se estira suavemente. Su pelo abandona la cara. Sonríe. Se abrazan con fuerza, como si no quisieran que desapareciera el calor que dan las sábanas en la mañana.
—Son las seis, hoy tengo reunión temprano en la oficina —dice Juan Manuel.
Se levantan de la cama y desnudos caminan al baño. Entran a la ducha y esperan a que el agua se torne caliente. Daniela pone su cuerpo blanco debajo del rocío del agua y moja el pelo, luego los brazos, acaricia los senos y se lava las piernas. Juan Manuel la mira. Esos movimientos suaves de su esposa levantan las ganas de hacerle el amor y se une a ella. El agua se reparte entre dos cuerpos, uno de espaldas al otro. Juan Manuel abraza a Daniela, la lleva hacia la pared de la ducha y empuja su pene mojado y erecto en el cuerpo de la mujer. El agua ahora cae directa al suelo. Daniela abre su boca y siente algo caliente que entra en ella. Juan Manuel mueve la cadera una y otra vez. Daniela lleva el cuerpo hacia atrás, se acomoda. El movimiento de Juan Manuel se apura, como si tuviera afán, y ahora el agua cae sobre la espalda de Daniela. Abren las bocas, gimen.  Daniela aferra sus manos a la pared del baño, la rasguña. Juan Manuel saca su pene del cuerpo excitado de su esposa y termina con un brote de energía que cae al suelo y se escurre con el agua de la ducha. La llave se cierra y las toallas cubren los cuerpos húmedos que llegan a la alcoba para vestirse.
—¿Te preparo el desayuno?  —pregunta Daniela a medio vestir y con el pelo recogido.
Juan Manuel asiente con la cabeza y deja ver en la expresión de los ojos la prisa que lleva por salir de la casa. Estrena un vestido: saco y pantalón negro, camisa blanca y corbata rosada.
Llega al comedor, se sienta en la silla preferida y toma el periódico que está encima de la mesa. Busca la sección de Deportes y empieza a leer. Cuando Juan Manuel está por terminar la primera columna del artículo, Daniela lo interrumpe con unos huevos fritos, un par de panes y una taza de chocolate caliente.
—Empieza a desayunar —dice Daniela con una voz dulce, mansa. — Te levantas temprano y llegas tarde al trabajo. Además hoy tienes reunión.
—Sí, sí. Tienes razón  —Juan Manuel deja el periódico y come.
—Yo también debo ponerme a trabajar en el libro —dice Daniela que se va hacia la alcoba a terminar de organizarse.
Juan Manuel acaba el desayuno, limpia la boca con mucha crema dental y un cepillo dientes. Daniela ha terminado de vestirse. Tiene un par de tenis negros, un jean azul y una camiseta del mismo color que tiene bordada una gaviota blanca y sin ojos, la gaviota está encerrada en un círculo formado por dos textos: Hollister Patrol.
—Qué tengas un buen día —dice Daniela.
—Igual para ti. Trabaja en tu libro… Nos vemos en la noche.
Un beso apasionado marca la despedida en la mañana. Juan Manuel toma el portafolio y sale del apartamento, llega al ascensor y oprime el botón para llamarlo. No contesta. Oprime de nuevo y el ascensor nunca llega. Decide bajar por las escaleras los ocho pisos que lo separan de la salida del edificio. El bus que lleva a Juan Manuel al trabajo pasa justo al salir de la casa, pero decide dejarlo ir. La ciudad apenas se levanta y los carros todavía no inundan las calles. Toma el lado izquierdo de la calle y camina rápido hasta la esquina. Un silencio incómodo adorna el ambiente. Juan Manuel dobla de nuevo por la izquierda y llega a una pequeña sala de internet que, por estar en una zona universitaria, abre más temprano. Saluda a la mujer que está detrás de un mostrador y le pregunta si tiene un equipo disponible.
—Hágase en el número cuatro —dice la mujer.
—¿Tiene cámara? —pregunta Juan Manuel.
La mujer dice que sí, Juan Manuel agradece y se sienta frente a un computador negro y viejo. Entra a Messenger, introduce su nombre de usuario y su clave: Neptuno, *******. Aparece un texto que dice Iniciando sesión, y debajo, los íconos de Messenger cogidos de las manos que dan muchas vueltas, como si jugaran a la ronda. Juan Manuel golpea los dedos contra la mesa del computador. Los íconos dejan de jugar y Messenger muestra las personas conectadas. Juan Manuel busca un nombre, lo susurra, no lo encuentra. Mira la hora, las 7:15 de la mañana. En su segunda búsqueda, encuentra el nombre, Samsara. Ansioso, Juan Manuel da clic sobre ese nombre y escribe en la pantalla Ohla, luego corrige.
—Hola —dice Samsara.
—Te esperaba —escribió Juan Manuel.
—Qué pena, me demoré un poco.
—Yo también, pensé que hoy no íbamos a hablar.
—No, cómo se te ocurre.
—Oye, estoy en un computador con cámara. ¿Nos podemos ver?
—Por fin… Conéctala.
Juan Manuel habilita la cámara y puede ver su rostro ansioso. Organiza el saco del vestido, se acomoda la corbata, se peina un poco con los dedos y espera a que Samsara acepte la invitación. El computador emite un dulce sonido y muestra en la pantalla a una mujer sonriente que se organiza el pelo, viste una camiseta azul con un dibujo bordado, que desde la pequeña silla de Juan Manuel, parece una gaviota blanca y sin ojos.

Imagen: Miroslav Tichy. Google Imágenes

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