Por Alejandro Nájera CUENTOS wiliam faulkner

Walton Fairbanks, escritor

WALTON FAIRBANKS, ESCRITOR (Una experiencia en el mundo del cine), es una versión libre y ampliada de la anécdota narrada por William Faulkner a Jean Stein Vanden Hauvel sobre su experiencia como guionista en Hollywood. 

Por, Alejandro Nájera   


Walton Fairbanks hubiera preferido no hacerlo. Chandler, Hemingway, Faulkner, Hammet, Fitzgerald, Fink y otros tantos escribían o habían escrito guiones para películas. Entonces, en ese lugar, era común que varios escritores lo hicieran. O que al menos lo intentaran. Sin embargo, Fairbanks jamás buscó la oportunidad. Fue su amigo Mark Martins, asistente de un director de cine, quien, casi con vehemencia, le insistió para que escribiera el guión de una película.
Tras aquellas largas conversaciones en las que Fairbanks finalmente fue convencido, pasaron algunos meses sin que éste tuviera noticias de Martins. Durante ese tiempo Fairbanks, fiel a su costumbre, mantuvo la calma. Jamás practicó la jactancia. Su estilo era tangencial, proclive a la reserva. Si determinaba dar un paso era ante todo para ejercer su derecho a la lejanía. Es por eso que en las reuniones de su discreto círculo literario siempre se refirió al asunto con cautela. Por supuesto que nunca imaginó la fama ni la idea de derrochar dinero en bebidas costosas y hoteles de lujo, mucho menos la posibilidad de salir con alguna hermosa celebridad que se rindiera, no a su fisonomía, desde  luego, sino quizá —solamente quizá— a su talento. Para Fairbanks la situación refulgía por su claridad: si la oportunidad se concretaba, sería un logro que tomaría con tranquilidad e incluso con cierto desdén. Extrañamente, no podía reprimir un leve cosquilleo que entorpecía un poco su quehacer literario. Nada de qué preocuparse, la inquietud de un nuevo reto, algo de nerviosismo. Después de todo, para él no era imprescindible huir del oscuro agujero donde trabajaba para conocer ese mundo donde, se decía, la vida se vivía a plenitud.
De modo que Fairbanks no abandonaba la sabia mesura. Ni siquiera cuando recibió, sin previo aviso, un sobre procedente de Culvert City, California, rotulado con el logotipo de MGM Studios. Fairbanks lo abrió y encontró un cheque con el pago de su primera semana de trabajo. La sorpresa no fue menor, pues en su lugar esperaba encontrar un aviso oficial de parte de la empresa o un contrato. Pensó que por algún motivo estos documentos se habían retrasado y que llegarían en el transcurso de la semana. Guardó el sobre en la bolsa de su saco y con paso premeditado se dirigió a un banco.
Una semana después recibió su segundo pago. Ni el aviso oficial ni el contrato habían llegado. Siguió cobrando sus cheques por más de un mes, pero la situación comenzó a inquietarlo. Echaba de menos una explicación sobre la proveniencia de aquellos pagos.
Quizá por eso recibió con gusto un telegrama que contenía el siguiente mensaje: “Walton Fairbanks, Oxford, Miss. ¿Dónde está usted? MGM Studios”.  Ese mismo día fue a la oficina de telégrafos y en respuesta escribió: “MGM Studios, Culvert City, Cal. Walton Fairbanks, escritor”.
La joven operadora miró con extrañeza a Fairbanks y preguntó:
—Señor, ¿dónde está su mensaje?
—Ahí está, señorita —respondió señalando el papel.
—No es posible enviar un telegrama así; tiene que escribir un mensaje —afirmó la
operadora con tono de enfado.
—¿Se le ocurre algo? —la operadora soltó su pluma, sacó una caja polvorienta y la
colocó sobre el escritorio. Contenía plantillas para distintas ocasiones. Fairbanks eligió una al azar y la entregó a la operadora, quien lo miró con desconcierto. El telegrama decía:
“MGM Studios, Culvert City, Cal. ¡Feliz aniversario de bodas! Walton Fairbanks, escritor”.
Al cabo de una semana Fairbanks recibió una llamada de larga distancia. Era un empleado de MGM Studios que en un par de segundos ordenó: “Tome el primer avión a Nueva Orleáns. Diríjase al hotel Imperial Grandeur. Repórtese con el director Steven Carson”. Fairbanks, aún con el auricular en la mano, pensó que si tomaba un tren en la estación de Oxford llegaría al sitio indicado en ocho horas. Sin embargo, decidió obedecer las instrucciones. Se dirigió a Memphis y tres días después abordó un avión hacia Nueva Orleáns.
Llegó por la noche al Imperial Grandeur, se registró y preguntó por Steven Carson.
Un mozo llevó su equipaje a su habitación mientras un joven regordete de modales afeminados lo conducía hacia un salón donde se escuchaba el bullicio de una fiesta. A unos pasos de la entrada encontró a su amigo Martins, quien, visiblemente ebrio, le dio una entusiasta bienvenida y le presentó a una chica delgada de cabello negro y rizado, ojos azules y dilatada sonrisa. Fairbanks la saludó con nerviosismo y segundos después advirtió que Martins había desaparecido. La chica, sin que él hiciera pregunta alguna, dijo que se llamaba Sally O’Shaughnesi, que era de Kansas, que desde niña había soñado con ser actriz, que era su primera oportunidad en el cine, que haría el papel de la protagonista y de la hermana gemela de la protagonista, que se sentía extraordinariamente emocionada y muy orgullosa, pues a pesar de su corta edad, de la categórica oposición de su familia y de sus modestos orígenes, había conseguido un logro fenomenal que indudablemente provocaría la envidia de todas sus amigas: ¡actuar en una película de Hollywood! “¡WOW!”. Fairbanks asintió a cada una de las aseveraciones y sólo atinó a pronunciar un seco “Ah”. Sally lo miró fijamente esperando una reacción más elocuente. Ante la parquedad de Fairbanks, la chica comenzó a voltear hacia todos lados mientras enredaba su dedo índice entre sus rizos.
Por fortuna, Martins volvió a aparecer con un vaso de whiskey que entregó a Fairbanks.
—Vuelvo en un segundo, darling —dijo Martins y condujo a Fairbanks con Carson.
El director estaba charlando con un hombre espigado de cabello engominado, bigote teñido y prominentes quijadas. Se presentó como el héroe de la película. Carson saludó a Fairbanks y con tono despreocupado dijo:
—Dejemos que nuestro amigo se presente.
—Walton Fairbanks, escritor.
–Oh sí, el escritor. Vaya a dormir, debe estar cansado. Mañana comenzamos muy
temprano.
—Muchas gracias, estoy bien. Quisiera conocer los pormenores de la historia.
Supongo que tengo que empezar a trabajar lo antes posible.
—¡Ah, la historia! —exclamó Carson—. Vaya a ver al escritor. Debe estar en su
habitación. Él le contará todo.
—Disculpe, Carson, creo que hay un malentendido. Yo soy el escritor.
—¡Oh, por supuesto! Quiero decir el otro escritor, el de rodaje… Mmm, ¿cuál es su
nombre?… ¡Bah, no importa! Pregunte el número de su habitación.
Fairbanks se dirigió a la habitación indicada. Tocó la puerta. Abrió un hombre larguirucho, de rostro demacrado y cabello revuelto. Miró a Fairbanks con una expresión de asombro y amargura, y unos segundos después preguntó:
—¿Quién es usted?
—Walton Fairbanks, escritor —respondió extendiendo la mano.
—Ah, otro escritor —dijo el sujeto ignorando el saludo—. ¿Quiere que lo felicite?
Cada quien se gana la vida como puede y usted ya debería saber que escribir no es la mejor.
¿Qué quiere?
Fairbanks, sin saber qué hacer con su mano, contestó:
—Voy a escribir el guión de la película y quiero saber de qué va la historia.
—¡¿Usted va a escribir el guión?! —refunfuñó el hombre—. Esta gente no entiende que con un escritor basta. Muéstreme lo que ha escrito. ¿Ya tiene los diálogos?
—No —respondió Fairbanks, confundido—. Necesito saber de qué tratará la película.
—Cuando tenga algo escrito se lo diré —cerró la puerta.
Fairbanks se quedó mirando el número de la habitación. Luego regresó al salón en busca de Carson. El director aún estaba con el héroe de la película. Se paró al lado de ellos sin atreverse a interrumpir su conversación. Estaban relatando historias obscenas que invariablemente culminaban en estrepitosas carcajadas. Mientras reían, uno y otro se turnaban para dar enérgicas palmadas sobre la espalda de Fairbanks, quien, con una sonrisa forzada, fingía divertirse con ellos. Después de algunos minutos, finalmente Carson miró a Fairbanks y dijo:
—¡Basta! Dejemos que nuestro amigo se presente.
Fairbanks no supo qué responder. Luego, con un discurso embrollado, volvió a explicar quién era y contó lo que había sucedido con el otro escritor. Carson fingía escucharlo con atención sin poder reprimir una expresión socarrona. Fairbanks advirtió que no estaba entendiendo:
—Mire, diríjase con el escritor... ¡Bah, no importa! Vaya a dormir. Nos vemos por la mañana. ¡Ah!, recuerde levantarse muy temprano.
Fairbanks dio la media vuelta y caminó hacia la salida. Carson y el héroe de la película volvieron a reír. Fairbanks tuvo la certeza de que habían jugado una broma a sus costillas. Antes de salir escuchó un estruendo de vidrios rotos que silenció los clamores de la fiesta. Los invitados dirigieron sus miradas hacia un rincón del salón. Martins y un mesero estaban tratando de controlar a Sally, que entre golpes y pataleos no paraba de gritar: “¡Déjenme sola, no me toquen! ¡No quiero que nadie me toque!”.
Al siguiente día, Fairbanks se levantó muy temprano y bajó a la sala de recepción. No encontró a nadie. Fue a desayunar. Regresó. Tomó un diario y se sentó a leer por más de media hora.
—¡Por fin llegó el que faltaba!
La voz áspera de Carson hizo levantar a Fairbanks de un salto. Las hojas del diario fueron a dar al piso. Al instante aparecieron dos hombres para recogerlas. Detrás de Carson estaban el héroe de la historia, Martins, Sally, una rubia cincuentona que se presentó como la asistente Betsy, y un sujeto pequeño y nervioso que acarreaba cosas a una camioneta que esperaba fuera del hotel. Todos portaban gafas oscuras. Fairbanks, aún sobresaltado, saludó a uno por uno. El sujeto pequeño y nervioso se llamaba McCauley. Carson miró su reloj y dijo a modo de reproche:
—¡Es hora de irnos!
Salieron del hotel y abordaron la camioneta. Llegaron a un muelle donde ya los esperaba Jamal, un negro enorme de espaldas prominentes y brazos voluminosos. Jamal se colocó frente al timón de un yate que los demás abordaron entre risas y ocurrencias jocosas.
Entre tanto, McCauley siguió trasladando las cosas: tripies, cámaras, mochilas y otros accesorios. Finalmente zarparon y navegaron alrededor de media hora. Durante el trayecto Fairbanks se enteró de que se dirigían a Grand Isle, un islote donde el gobierno estadounidense había confinado a una tribu de indios. Era el lugar donde jamás se rodaría la película.
Cuando llegaron a Grand Isle, un grupo de indios ya había levantado una reluciente carpa de rayas rojas y blancas. Bajo la carpa se extendía una larga mesa con platones de frutas. McCauley comenzó a bajar las cosas. Luego todos comenzaron a caminar detrás de Carson, quien entre anécdotas e ideas inconexas ordenaba al sujeto nervioso tomar fotos de distintos escenarios: “¡Ahí, ahí, McCauley! Ese será el lugar de la batalla”. “¡McCauley, por acá! Allí se ocultará el monstruo”.
Al cabo de una hora se sintieron hambrientos. Regresaron de inmediato al sitio donde estaba la carpa. Los indios empezaron a servir alimentos mientras el héroe de la historia repartía whiskeys. Comieron y bebieron animadamente. La conversación discurría con alegría entre recuerdos, bromas e historias que por momentos conducían al grupo a breves silencios.
Minutos más tarde las bromas subieron de tono, al igual que el color en los rostros de los comensales. Las risas eran cada vez más francas y escandalosas. Fairbanks comenzó a charlar desenfadadamente con Sally, un comportamiento que incluso lo desconcertó a él mismo, tan habituado a su carácter taciturno. Betsy se había soltado el cabello y estaba sentada en las piernas del héroe de la película. Martins y Carson discutían sobre distintos asuntos y por momentos se aliaban para hacer escarnio de McCauley. Jamal sacó una guitarra e hizo gala de una potente voz para interpretar viejas canciones de blues.
McCauley interrumpió el coro de Lonesome Road tras advertir que no tardaba en anochecer. Apenas habría tiempo para volver al hotel antes de que oscureciera. Tras una serie de reproches, los demás se levantaron y caminaron tambaleándose hacia el yate. Pero la fiesta no terminó ahí. Durante el trayecto Jamal entregó el timón a McCauley y siguió cantando. Fairbanks se sentó junto a Sally para continuar con la charla. Se sorprendió al darse cuenta de que la conversación se había internado por un rumbo de alusiones eróticas; incluso ya estaba pensando en escabullirse al cuarto de la chica en cuanto regresaran al hotel. Pero se sorprendió aún más al advertir que el rostro de Sally había pasado de una encantadora expresión de júbilo a una grotesca mueca de preocupación. La chica palideció de modo alarmante y se sujetó de su asiento como si temiera caer.
—¿Estás bien? —preguntó Fairbanks, consternado.
—Sí —respondió la chica, pero tras pronunciar el monosílabo su pequeño cuerpo sufrió un espasmo inconcebible y se abalanzó hacia el borde del yate. Enseguida lo inevitable: vómito profuso y estrepitoso. En ese instante sucedieron varias cosas a la vez: Jamal dejó de cantar; Sally, con medio cuerpo de fuera, amenazó con tirarse al mar; Fairbanks estiró sus brazos de manera prodigiosa para tomarla por las nalgas; los demás se incorporaron para ayudar a Fairbanks, excepto Carson. Entre la confusión, el héroe de la película cayó al agua y comenzó a manotear con desesperación: Jamal dejó a un lado su guitarra y se lanzó al agua para rescatarlo. Martins y Fairbanks finalmente lograron contener a la chica, que no paraba de gritar: “¡Déjenme sola! ¡No quiero que nadie me toque!”. Betsy se abrió paso entre los dos para propinarle una enérgica bofetada que terminó por controlar la crisis. El rostro de Sally se tornó horrendo: la boca torcida, los ojos desorbitados, el maquillaje corrido sobre los pómulos, la saliva acumulada en las comisuras de sus labios, y en su mejilla derecha se podían distinguir los regordetes dedos de Betsy. La chica entró al camarote sollozando y avergonzada; casi enseguida se quedó dormida sobre el hombro de Jamal, quien la había acompañado hasta allí. Fairbanks borroneó los esbozos que su febril imaginación ya había trazado y pensó que sería mejor ponerse a trabajar.
Ya en el hotel se acercó a Carson para preguntar por la trama de la película.
—Oh, sí, la trama… Mire, diríjase con...
El escritor abrió la puerta.
—Ah, es usted. ¿Ahora qué quiere?
—Carson me ha enviado con usted para que me explique de qué tratará la película
—respondió Fairbanks con determinación, dispuesto a conseguir su propósito.
—¡Carson no sabe nada de este asunto! ¡Y usted no me hable en ese tono! —el escritor hizo una pausa, respiró profundamente y agregó:
—¿Ya tiene los diálogos?
—¿Cómo voy a escribir los diálogos si no conozco…?
—¡Ya le dije que no me hable en ese tono! Y no vuelva hasta que tenga algo escrito
—azotó la puerta.
Así estuvieron las cosas por un par de semanas. Todas las mañanas salían hacia Grand Isle y regresaban antes del anochecer, completamente ebrios. Durante ese tiempo Sally tuvo tres o cuatro crisis más. Jamal solía tomarla entre sus brazos para consolarla. Betsy y el héroe de la historia se perdían por largas horas en los sitios más recónditos del islote. El alcohol solía desperezar el odio que Carson y Martins se profesaban en silencio. En una ocasión tuvieron un altercado tras estar discutiendo las películas de John Wayne. Jamal y McCauley tuvieron que intervenir para que la disensión no llegara a los golpes. Al otro día se habían olvidado del asunto y siguieron tan amigos como siempre.
Esa misma noche llegó Randall Murphy, un actor octogenario cuya carrera se había desplomado desde hacía varios años. Aceptó unirse a los viajes del grupo con entusiasmo.
Su ingenio era más perspicaz que el de Carson, quien comenzó a sentirse relegado y un poco celoso. Un par de whiskeys bastaban para que el carcamal se embriagara. Entonces ordenaba a Jamal dejar de tocar su “música de aborígenes” y se levantaba a ejecutar extravagantes pasos de Charleston.
Un día, sofocado por la nostalgia, le dio por recordar sus inicios en el mundo de la farándula. Contó que había comenzado como payaso de un circo que recorría el estado de Missouri, y que además de su inigualable talento humorístico, el público solía aplaudir la precisión casi pitagórica de sus acrobacias. Enseguida se levantó de un salto y, ante el asombro de los demás, trató de ejecutar una pirueta de un altísimo grado de dificultad. En lugar de admiración, el anciano sólo consiguió caer de manera descompuesta. Luego se incorporó lentamente y regresó a la mesa preso de una preocupante agitación. Se sentó en una silla con los ojos en blanco; jadeaba de modo incesante e intentaba ventilarse con su sombrero. Los demás lo miraban con estupor desde sus asientos. Segundos después sufrió un violento espasmo y cayó de espaldas sobre la arena.
Todos se levantaron a observar el cadáver. Nadie se sorprendió.
Aquella tarde volvieron en silencio, un poco más temprano que de costumbre y con el cuerpo de Murphy tendido sobre la popa. A mitad del camino Carson se levantó, se aclaró la garganta y exclamó con solemnidad:
—Qué gran pérdida hemos sufrido. Murphy era un gran actor. ¡Un gran hombre! —hizo una pausa y añadió—: Imposible olvidar aquella tarde en San Francisco. Estábamos sentados al borde de un muelle, en silencio, contemplando el Golden Gate, que refulgía bajo las luces cobrizas del crepúsculo. No sé en qué profundidades estaba yo inmerso cuando escuché que Murphy me dijo: “Stevie” —solía llamarme Stevie— “cuando muera, te pido… ¡No!, te exijo que arrojes mis restos al mar. Prométeme que lo harás.
¡Promételo!” “Así será, Randy, así será…”.
Los demás miraron a Carson con recelo pero nadie se atrevió a contradecirlo. Para ese momento, Jamal ya había levantado el cadáver y, sin pensarlo, lo lanzó con furia al océano: “¡Pues que se cumpla su voluntad!”. Al llegar al hotel, Carson llamó por teléfono al productor e informó:
—Murphy se fue sin decir nada.
Fue cierto, de algún modo.
Tres días de luto obligado y secreto. Tras la noticia sobre la desaparición de Murphy, el productor prometió llegar a Nueva Órleans en ese mismo plazo. Desde la ventana de su habitación, el escritor los veía asolearse junto a la piscina o caminar de un lado a otro. Se veían aburridos, impacientes, desesperados. No podían soportar la espera. En cualquier momento inventarían algo para continuar con ese comportamiento desenfrenado que ya era imposible contener.
Enfadado por el desbarajuste en que se había convertido el asunto de la película, y preocupado por el inminente arribo del productor, el escritor se alejó de la ventana, tomó el bolígrafo que había dejado sobre el buró y se puso a recoger las notas que estaban esparcidas por el cuarto. Se propuso comenzar y terminar el guión durante las siguientes setenta y dos horas. Casi un instante después pensó que era muy poco tiempo para lograrlo, pero al menos tendría una idea más clara y convincente, algo distinto a ese remedo de historia donde los personajes obraban como les venía en gana. Lo que le preocupaba era el montón de lugares comúnes que había suplantado su falta de imaginación; pero particularmente, esos asuntos triviales de los que el supuesto protagonista ya ni siquiera participaba. Era un embrollo en el que se había extraviado casi por completo. Pasó toda la mañana recogiendo y buscando hojas, recopilando notas, subrayando pasajes que creía relevantes, haciendo nuevas anotaciones. Al tercer día la situación se había tornado aun más caótica. Fue entonces que decidió abandonar la habitación para salir a caminar.
Ya fuera del hotel no supo hacia dónde dirigir sus pasos. En los alrededores sólo se veía un sinfín de hoteles y restaurantes atestados de turistas, que se la pasaban bebiendo y exhibiendo con inexplicable orgullo sus carnes escocidas por el sol. Su deseo más genuino era marcharse de ahí, de modo que comenzó a caminar con premura, casi con demencia, hacia cualquier lugar. El sombrero bien ceñido sobre la frente, las enormes gafas negras cubriendo casi la mitad de su rostro, el traje marrón que caía con holgura a lo largo de su escuálido cuerpo parecía inconcebible bajo esa temperatura de más de treinta y cinco grados en pleno verano. Pero en el rostro del escritor no asomaba ni una gota de sudor, ni un atisbo de bochorno que lo hiciera desistir de la impertinencia de su atuendo. Diríase que su indumentaria no lo preocupaba tanto como los andrajos de su mente; su inquietud, su consiguiente obsesión, estaban totalmente entregadas a la historia no contada. Entre un inicio apenas esbozado y un final inalcanzable se extendía un territorio totalmente inhóspito. Aquel bello pasaje que prometía convertirse en una historia inolvidable (“¡Como jamás se había visto en el cine!”), esa anécdota que había refulgido como una perla hallada entre las tinieblas del océano, ahora menguaba su brillo conforme los segundos se extinguían. Cada uno de sus pasos concretaba el abandono de aquel texto que lo hizo vislumbrar un reconocimiento más amplio de su quehacer literario. El hallazgo apenas constaba de tres páginas, extraídas de entre las notas de un escritor —ese sí— de sólida reputación. Se trataba de un lacónico recuento sobre una experiencia que el autor había tenido en el mundo del cine, una vivencia rescatada de la insignificancia por un amor imprevisto, efímero pero apasionado. Siempre le había resultado inconcebible que tal brevedad concentrara un relato tan profundo como atractivo para un público ávido de entretenimiento. Más increíble era que por diversas circunstancias el relato, anécdota, o cualquier cosa que fuera, jamás había sido impresa ni filmada. Durante más de diez años esas páginas habían sido leídas y descartadas, apiladas y traspapeladas entre un sinnúmero de proyectos fallidos o en espera de un benigno presupuesto. Fueron varias las gavetas que resguardaron aquel breve texto, no menos las personas que alguna vez lo poseyeron y olvidaron. Y pensar que al principio la adaptación parecía tan sencilla: expandir la historia, robustecerla con algunos detalles para conferirle verosimilitud, crear escenarios y circunstancias menos nebulosos, quizá algunos personajes que terminaran por hilvanar el entramado, zanjar un camino propicio para los protagonistas. Toda una labor que supuso ardua pero sin duda factible.
El escritor había caminado por más de media hora sin percatarse de que en el fondo sólo anhelaba la lejanía. Cierta noche de insomnio había proyectado su figura avanzando a largos trancos por el corredor, descendiendo entre delatores rechinidos de escaleras, precipitándose hacia la salida del hotel ante el susto producido por una voz anónima que pronunciaba su nombre. Sin embargo, sus pretensiones literarias se expresaban con mayor elocuencia que la posibilidad de la huída. Sin advertirlo, súbitamente se encontró en el embarcadero donde salían los botes hacia Grand Isle. Un marinero se aproximó a él y, sin proferir palabra alguna, le señaló el camino del abordaje. Sin más, el escritor subió al bote.                                      
A Fairbanks también lo acometió el aburrimiento, pero el suyo se arrastraba en dirección contraria al de sus compañeros. No sólo eso. Las noches comenzaron a prolongarse cuando lo acometió un insomnio inesperado. El silencio de su habitación durante la madrugada parecía una sustancia viscosa que absorbía los sonidos de sus movimientos o de sus palabras. La oscuridad se expandía como una oquedad vasta, abismal. Ciertos pensamientos lo perturbaban. Sospechaba que sus últimas vivencias lo habían encauzado hacia un territorio cuyas reglas no alcanzaba a comprender. Le parecía que los escenarios del día —el hotel, la playa, Grand Isle y sus alrededores— eran parte de una absurda escenografía donde sus compañeros se paseaban con una indolencia desconcertante. Pensaba que su frivolidad, su desenfado y sus excesos etílicos respondían a un comportamiento adjudicado por arbitrariedad, sin un propósito definido. A todo esto se sumaba una sensación de culpa por no haber escrito nada aún.
Noche a noche Fairbanks imaginaba al escritor entregado a su labor, urdiendo la trama que él desconocía. Por su mente se paseaban los posibles sucesos que el otro podía estar concibiendo, pero las imágenes se tornaban inasibles, las circunstancias no guardaban relación entre una y otra. Por momentos tenía la impresión de estar errando por caminos que abrían encrucijadas, terrenos inaccesibles o marismas que lo hacían volver sobre sus pasos. A veces intentaba concentrarse en una idea que inevitablemente se desdoblaba en una infinidad de posibilidades, y entre ellas era imposible saber dónde se hallaba el escritor.
Sin embargo, Fairbanks no tardó en descubrir que el escritor también se había extraviado, que estaba desesperado por completar una forma apenas delineada. Y por eso había veces que prefería desaparecer de la historia, de su propia historia. Esa trama no le venía bien o simplemente había dejado de interesarle. Porque en el fondo de sus experiencias vislumbró un vacío, un sinsentido absoluto. Tuvo la sensación de estar atrapado en una existencia inacabada, sin idea ni propósito algunos; se creyó destinado a vagar sin rumbo para encontrarse, tras un largo camino, al borde de un oceáno en el que no tendría más remedio que arrojarse. A ese mismo lugar habrían de precipitarse los recuerdos de Murphy, el amor que Sally ya sentía por Jamal, las vejaciones a las que McCauley era sometido, las interminables riñas entre Carson y Martins, los largos paseos de Betsy y el héroe de la historia.
Fairbanks decidió ceder el papel principal a este último, acostumbrado al protagonismo, y mientras ellos continuaban con sus asuntos, él se alejaba hacia la playa para arrinconarse en sus pensamientos.
Ahí fue donde finalmente encontró al escritor. Reconoció a la distancia su larga figura, aquel traje marrón que para entonces se avenía con más propiedad al atardecer. Las gafas negras volvían impenetrable su rostro, pero Fairbanks sabía que se dirigía hacia él. El escritor se detuvo de pronto, se quitó su saco, lo colocó cuidadosamente sobre la arena y se sentó a un lado de Fairbanks. Enseguida, sin proferir palabra alguna, se dedicó a contemplar el paisaje, y al cabo de unos minutos el clamor del océano se había ahogado en el fondo de sus reflexiones.
El viento se ensañaba con Fairbanks: su cabello se levantaba como si fuera a desprenderse de su cabeza; su sombrero había volado y se alejaba dando vueltas sobre la arena; su ropa se sacudía de tal modo que parecía que de un momento a otro comenzaría a desintegrarse. Sus palabras se habían reducido a murmullos que se enredaban entre los sonidos del viento. El escritor tuvo que concentrarse para escuchar una pregunta que Fairbanks ya había repetido en varias ocasiones: “Y bien, ¿ya tiene los diálogos?”. En ese susurro casi desprovisto de sonoridad, el escritor percibió un tono de burla del que se resguardó en el silencio. La respuesta, además, era obvia, y Fairbanks lo sabía perfectamente, porque en ese instante ambos estaban conscientes del hermetismo de la realidad, del desbarato de la imaginación. El escritor siguió mirando hacia el mar, abrumado por la indiferencia de ese paisaje que no le ofrecería revelación alguna, nada que pudiera evitar el derrumbe de ese mundo que había intentado construir en su interior.
Fairbanks seguía esperando una respuesta con sus manos hundidas en la arena, como si se aferrara a una tierra donde no era más que un intruso. No tardó en comprender que si existía una respuesta tenía que venir de él mismo, pues el escritor parecía resignado al silencio de ese paisaje que las palabras no conseguían descifrar. “Y sin embargo, a diferencia de nosotros, tan vulnerables, tan proclives al deterioro, las palabras son más resistentes a las distancias, a la ausencia, a la desaparición. Ya no me ve pero sé que aún me escucha. Este instante se disipará y yo me disiparé en un instante, dejando un tenue rastro de mi existencia en su memoria, un breve recuerdo que sólo permanecerá en mis palabras…”. El mar terminó por consumir ese murmullo. Fairbanks se había marchado. El escritor lo vio desaparecer por la misma ruta que había vislumbrado para emprender su propia partida. Era un rumbo cualquiera, pero no necesitaba más para alejarse.
Permaneció unos minutos más en el mismo sitio, contemplando a un indio que había encallado su piragua a unos cuantos metros de donde él estaba. Pensó que por un largo rato ambos habían ocupado el mismo espacio pero dos realidades que jamás llegarían a rozarse.
El indio había estado observando a unos trabajadores que construían un pequeño muelle para el rodaje de la cinta. Sobre la plataforma se levantaba un muro falso con una hilera de puertas que conducían directamente al mar. El indio desapareció por unos minutos para luego regresar acompañado de dos niños, una mujer y un anciano. Una y otra vez subían al muelle, cruzaban las puertas y se dejaban caer al océano. Ese simple acto, que parecía procurar a esa gente un júbilo indescriptible, no dejaba de inquietar al escritor.      
Las llamadas del teléfono se escuchaban hasta el pasillo. Fairbanks entró corriendo en su habitación para contestar. Era Carson. Le pidió que se dirigiera inmediatamente a su habitación. En cuanto entró, Carson le entregó un telegrama que decía: “Walton Fairbanks está despedido. MGM Studios”.
—Calma, Fairbanks, no se preocupe. Llamaré al estudio en este mismo instante y no sólo haré que lo vuelvan a contratar, sino que le extiendan una disculpa por escrito.
En ese momento llamaron a la puerta. Carson abrió y recibió un telegrama con el siguiente mensaje: “Steven Carson está despedido. MGM Studios”.
Antes de tomar el tren de regreso a Misisipi, el escritor fue por última vez a Grand Isle. Caminó hasta el sitio donde se alzaba la carpa, que ahora lucía sucia y abandonada. Todo parecía ilusorio. El lugar estaba desolado, incluso los indios habían desaparecido. Ya no merodeaban por ahí como solían hacerlo: expectantes, atónitos, atentos al incomprensible comportamiento de aquellos extraños que todos los días invadían su tierra hasta el atardecer. Observó la frágil estructura que habían levantado sobre el muelle, con su muro falso a punto de colapsarse y sus puertas despintadas. Caminó hasta allí con su maleta en la mano derecha. Subió a la plataforma preguntándose si se atrevería a dar el paso hacia el océano. Se detuvo frente a una de las puertas e imaginó que del otro lado lo aguardaba algo inesperado, un pasaje que lo conduciría a ese mundo que no había podido consumar. Sin levantar la mirada, abrió la puerta y vio las puntas de sus zapatos sobre el borde del muelle.
El reflejo del sol sobre las aguas lo deslumbró por un instante, de modo que al volver la mirada no distinguió las puntas de sus zapatos. Entonces tuvo la sensación de que estaba comenzando a desaparecer.

Imagen: Faulkner. Alfred Eriss/Time & Life Pictures/Getty Images/TheGuardian 

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